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“Erase una vez, unas hojas en blanco» de Benjamin de Brousse
Oficina de prensa MCC
Como parte de la Semana Internacional de la Francofonía que organiza la Alianza Francesa de Guanajuato, México, después del evento “Voces de la interculturalidad en México», se inaugurará el 25 de marzo de 2015 la exposición: «Erase una vez, unas hojas en blanco», del artista visual francés Benjamin de Brousse. Permanecerá en la Alianza Francesa de Guanajuato hasta el 17 de abril de 2015. Entrada libre.

«NO quiero ser Narco», obra de Benjamin de Brousse. Oleo sobre papel. 48 cm x 36 cm. 2012. http://www.benjamindebrousse.com/
“Erase una vez, unas hojas en blanco».
«Todos fuimos niños… o niñas. Todos fuimos puros, como una hoja en blanco. Teníamos una sabiduría innata, sencilla, auténtica. Sólo teníamos preguntas y no respuestas sobre el mundo, nuestra conciencia era un lienzo blanco, sin preceptos ni juicios escritos. Lejos de los hábitos de los adultos, no dudábamos en cuestionar e reinventar constantemente los paradigmas. Teníamos un mundo libre, virgen, con su propia lógica y sueños. Pero la hoja en blanco se llenó de azul, de rosa, de gris, de negro… de la herencia de nuestros padres y de la sociedad. Las cosas se volvieron complejas, contradictorias. Aprendimos a la mala y a la buena. Desarrollamos hábitos, estrategias de supervivencia, temores y planes para el futuro. Nos volvimos perros de Pavlov en el gran experimento de la vida y creímos en la maldición de Freud que dicta que la “infancia es destino”. Acabamos por aceptar el mundo tal como es sin ponerlo fundamentalmente en duda. Nos volvimos esclavos de valores ajenos. El mundo nos cambió para que nosotros no cambiáramos al mundo. Nos volvimos adultos, nos volvimos serios, nos volvimos secos. Perdimos algo en camino… Tal vez un poco de nuestra humanidad. Nos dejamos arrastrar por la corriente hasta que nos volvimos padres y nos enfrentamos cara a cara con el niño que fuimos. ¿Lo escucharemos esta vez? Erase una vez la infancia, erase una vez una hoja en blanco».
Benjamín de Brousse nació en las afueras de París en 1979 y creció en Dijon. Es maestro en Finanzas, egresado de la Université de la Sorbonne (2002). Ha trabajado en bancos, en los mercados financieros, y en varios planes de negocios de proyectos en desarrollo. Artista autodidacta, realizó sus primeras creaciones durante sus estudios en 1998. Un día se le ocurrió escribir una historia de tinte apocalíptico. Las letras se fueron transformando en garabatos y los garabatos en dibujos. Cuando el blanco y negro dejaron de ser suficientes, el óleo entró a escena… y la magia comenzó. Su trabajo se fue transformando con el pasar de los años hasta aterrizar en un estilo más bien figurativo, dentro de la tendencia del pop surrealismo, el llamado arte lowbrow. Entre 2003 y 2004 empezó su relación con América Latina con una larga estancia en México, donde conoció a la mujer que se convertiría en su esposa. Más tarde vivió durante casi dos años en Montevideo, Uruguay, para luego regresar a México a finales de 2012. Entre sus idas y venidas entre Europa, América Latina, y algunos viajes a Estados Unidos, el artista fue definiendo el enfoque de su obra alrededor de temas que le preocupan profundamente. Sobre el calentamiento climático, por ejemplo, creó la serie “Climapocalipsis”, en la que figuran pinturas que retratan un Nueva York sumergido en las aguas o un París entre dunas de arenas. También le estremece la decadencia de los valores en la época contemporánea, por lo que en las series “¿Qué le hicieron a nuestra tierra?” y “Erase una vez, unas hojas en blanco” retrata el desarrollo desproporcionado de un capitalismo invasor en detrimento de culturas ancestrales, así como la tristeza de niños que llegan a un mundo con prioridades absurdas, como ser “bonito” o “rico” o “violento”. También sigue de cerca la regresión democrática, económica y social que impulsan las diversas oligarquías que gobiernan el mundo, creando así la serie “La Oligarquía Punk”, en la que se mofa de banqueros y petroleros que buscan imponer sus intereses. La visión del artista está muy enfocado en las múltiples capas de civilizaciones sobre las que nos asentamos -romana, griega, azteca- , y que se están derribando en una especie de “big bang pop apocalíptico”. Él estima que somos el producto de nuestra educación y ámbito familiar, pero también a nivel colectivo, somos frutos efímeros de una historia común, a veces antagónica y siempre compleja. Pintor y fotógrafo, Benjamín de Brousse ha estado exponiendo en París, Londres, Nueva York, California, Florida, Montevideo y Ciudad de México.
Contacto: http://www.benjamindebrousse.com/
The Mexican Cultural Centre: 15 voces de la cultura mexicana, México-Estados Unidos-Reino Unido
Paniel O. Reyes Cárdenas
Un aspecto sumamente interesante de las distintas definiciones de la experiencia, particularmente de la experiencia cultural, es su naturaleza inter-subjetiva, pública, colectiva y dinámica. Ciertamente la experiencia cultural es plural y dinámica: no podría ser de otra manera, ya que la formación de la identidad cultural personal es el resultado de la interacción continua y conjunta en una cultura en particular.

«The Mexican Cultural Centre: 15 voces de la cultura mexicana, México-Estados Unidos-Reino Unido». Compilador: Eduardo Estala Rojas; prólogo Paniel O. Reyes Cárdenas; Colección Estudios Mexicanos, Mexican Cultural Centre, Reino Unido, 2014; 46 pp.
Cada cultura, aunque cambiante, tiene un talante y temperamento propio y único, y está más o menos abierta al perfeccionamiento y a la expansión de sus límites en el florecimiento de los talentos. Como mexicano, creo que nuestra cultura, aunque ajena a unos límites demarcados por estar siempre abierta, tiene una poderosa identidad. La cultura, sin embargo, se puede promover o no, su enriquecimiento en el intercambio de razones y experiencias puede florecer u opacarse, dependiendo de las decisiones conscientes de promoverla y expandirla.
En tiempos en los que el impacto del conocimiento es casi una norma de aceptación para proyectos y realizaciones conjuntas han proliferado los intentos de reunir grupos, equipos y colaboraciones desde iniciativas institucionales. Estas iniciativas son signos positivos del reconocimiento de la naturaleza social y colaborativa de la construcción del conocimiento. Con todo, estas iniciativas suelen tener un carácter artificial ya que son producidas sí y sólo sí el proyecto ha sido financiado y garantizado de antemano. Hay otras iniciativas, sin embargo, que han nacido de manera natural como una expresión de la colaboración conjunta e interdisciplinar de los talentos como resultado consistente y continúo del amor al conocimiento, al arte y a la cultura.
Este es el caso del Mexican Cultural Centre (MCC), iniciativa que puede reconocerse como un fenómeno único de colaboración que ha nacido con el deseo altruista y auténtico de difundir el talento cultural mexicano desde la experiencia de extranjería. En efecto, el MCC ha permitido un espacio de intercambio plural de experiencias culturales, artísticas y cognitivas que promueven de una manera única y decidida la identidad y cultura mexicana.
Este libro es un paso más en este proceso, pues no sólo es único en su naturaleza, sino que decididamente pretende empujar los bordes de nuestra consciencia cultural a la hora de entender distintos aspectos de la diplomacia cultural presentando experiencias y pensamientos de jóvenes talentos mexicanos en su experiencia profunda de florecimiento en el contexto extranjero. Por tanto, el lector agradecerá que una colaboración tan única haya sido posible por el incansable esfuerzo del iniciador del MCC y compilador de esta colección, el escritor Eduardo Estala Rojas.
Nota del editor: Prólogo de “The Mexican Cultural Centre: 15 voces de la cultura mexicana, México-Estados Unidos-Reino Unido”. Compilador: Eduardo Estala Rojas; Colección Estudios Mexicanos, Mexican Cultural Centre, Reino Unido, 2014; 46 pp.
Aquí pueden descargar el libro electrónico sin costo:
Paniel O. Reyes Cárdenas, mexicano, es maestro y doctor en Filosofía por la Universidad de Sheffield, Reino Unido. En su tesis investigó el pragmatismo y la metafísica del realismo escolástico en C. S. Peirce. Aunque animado por su interés en la tradición pragmatista, Paniel tiene un amplio interés filosófico. Ha publicado artículos sobre filosofía de las matemáticas, metafísica, filosofía medieval, filosofía de la religión, Hegel, y sobre todo, Kierkegaard. Ha participado en un importante número de congresos académicos en más de 15 países. Fundador de la Sociedad Mexicana de Metafísica y Filosofía de la Ciencia. Actualmente realiza un posdoctorado en la Universidad de Nottingham, Reino Unido.
«Voyage a la constellation du centaure»: entretien de Don Adolfo Castañón, membre numéraire de l’Académie Mexicaine de la Langue
Eduardo Estala Rojas
Le 8 août prochain, Adolfo Castañón fêtera ses soixante ans. Au cours des années, il crée une œuvre prolifique tant de poète et de conteur que d’essayiste, d’éditeur et de critique littéraire. Parmi ses travaux, on remarque ses études sur Montaigne, Alfonso Reyes, Juan José Arreola et Octavio Paz.
Il est membre de l’Académie Mexicaine de la Langue depuis le 10 mars 2005 et a reçu le prix Diana Moreno Toscano (1976), le premier prix national de littérature Mazatlán (1995), le prix Xavier Villaurrutia (2008), le prix national de journalisme José Pagés Llergo (2010) dans la catégorie des programmes culturels de la télévision pour l’émission «Les maîtres derrière les idées» diffusée sur TV UNAM. Il a aussi été promu Officier des Arts et Lettres par le gouvernement français en 2004. Aujourd’hui, il occupe le poste de bibliothécaire archiviste de l’Académie Mexicaine de la Langue et est secrétaire de la Commission de Consultations Linguistiques depuis 2005 et président de la Commission de Communication et d’Informatique depuis 2009. Enfin, Adolfo Castañón est membre du Programme de chercheurs associés du Collège du Mexique pour lequel il prépare l’édition de la seconde partie de la correspondance entre Alfonso Reyes et Pedro Henríquez Ureña (1914-1916), en collaboration avec Isaura Contreras et Alma Delia Hernández.
—En 1973, vous publiez une biographie d’Alphonse Gabriel Capone dit Al Capone, votre premier livre que vous signez d’un pseudonyme et, grâce aux droits d’auteur, vous voyagez en Europe pendant quatorze mois. Vous vivez en Israël, dans un kibboutz, et en France où se conforte votre vocation. En quoi ce voyage a-t-il été déterminant pour votre esprit encyclopédique?
—En réalité, la biographie d’Al Capone n’a pas été mon premier livre, avant il y avait eu Autobiographie précoce, une commande d’Huberto Batis, et un certain nombre de poèmes, de contes et d’essais. Le voyage a été une expérience initiatique. En plus d’Israël qui se trouvait en pleine Guerre du Kippour, je suis allé en Grèce, en Turquie, en Italie, en Espagne et en France. J’ai connu la rue où j’ai appris à dormir, j’ai vécu des aventures, la pauvreté, les intempéries, l’amitié, l’art de survivre physiquement et mentalement. Ce voyage était motivé par l’envie de savoir si la civilisation avait réellement existé. Par exemple, j’ai rejoint à pied le port grec de Patras à la ville d’Olympie distante de 175 km. Ce fut un grand tour dans l’esprit de ceux que faisaient les jeunes Anglais du XIXe siècle. Le Castañón qui a quitté le Mexique en 1973 était une personne très différente de celui qui est revenu au milieu de 1974. Le fil conducteur dans le labyrinthe du voyage a été la culture grecque et latine. Je transportais deux livres: Le cicérone de Jakob Burckhardt et l’édition française du Bain de Diane de Pierre Klossowski.
—Vous dites dans un entretien à Radio France International: «Mon premier jeu a été une fenêtre à travers laquelle je regardais passer les gens et les voitures. Les noms de ces voitures m’impressionnaient. Et j’aimais inventer des mots». Quelle est votre fenêtre aujourd’hui? Quels mots aimeriez-vous inventer au XXIe siècle?
—Mes fenêtres actuelles sont celles de l’Académie de la Langue et du Collège du Mexique, des institutions où je travaille et auxquelles j’essaye de dédier tous mes efforts. Je ne sais pas si mon truc aujourd’hui est d’«inventer de nouveaux mots», bien que je vienne de mettre au point le livre des jitanjáforas* d’Alfonso Reyes, mais j’ai toujours été attiré par le secret métier de ceux qui baptisent les nouveaux produits pharmaceutiques de noms qui, j’en suis sûr, obéissent à des règles et des codes. Je n’aimerais pas tant inventer de nouveaux mots —qui s’apparentent parfois à des étiquettes mensongères ou même mercantiles— que de donner un sens plus intense, puissant et pur à des mots comme «silence», «eau», «amitié», «roche».
—Vous êtes l’un des critiques littéraires de tradition et d’autorité pour la langue espagnole, vos livres rendent compte de cela, par exemple: Anthologie de la littérature mexicaine, América syntaxis, Voyage au Mexique. Où placez-vous la critique littéraire au Mexique, en Amérique Latine et dans les Caraïbes en cette première décennie du XXIe siècle?
—Je crois que la critique littéraire dans notre monde hispanique, américain et latin, a une fonction spéciale: celle d’aider à construire et à restaurer le sens communautaire et réanimer les traditions enfouies, expatriées ou enterrées par la destruction pratiquée par ce qu’on appelle le «progrès». Ce n’est ni le travail du lecteur critique, ni celui d’un disc-jockey —pour le dire en français— qui passe de la musique pour accompagner la dernière fête ou celui d’un camelot vantant au supermarché les nouvelles promotions déjà périmées, mais peut-être celui d’un archéologue qui va identifier dans une lande les gisements archéologiques que le sous-sol garde jalousement, les ressources grâce auxquelles le voyageur peut survivre à la longue par lui-même et vaincre les effets de la pauvreté spirituelle. Ces gisements peuvent être certainement des sources qu’il est important de conserver et de réévaluer. La mission est celle, modeste, de sauver la musique cachée du monde dans les travaux des auteurs et artistes contemporains.
—Cela entre dans la tradition mexicaine depuis Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan José Arreola et José de la Colina. Où vous situez-vous dans la tradition littéraire au Mexique?
—Une tradition, c’est un peu plus qu’une donnée nationale. J’aimerais m’inscrire dans l’orbite d’Alfonso Reyes, de Pedro Henríquez Ureña, d’Octavio Paz et de leurs amis des revues Plural et Vuelta, de José Lezama Lima, Eliseo Diego, Fina García Marruz —que j’ai préfacés et intégrés dans mon anthologie—, de José Bergamín, de León Felipe, de Cyril Connolly, d’Evelyn Waugh, de George Steiner et de l’historien Harold Acton. Une tradition de style austère, presque apollinien… quoique les voix de la culture populaire telles qu’elles s’expriment à travers Carlos Monsiváis ne cessent de m’accompagner.
—En octobre 2000 et en janvier 2001 la NRF, célèbre revue française, vous a invité comme éditeur à préparer deux numéros sur la littérature mexicaine contemporaine. Quels auteurs sélectionneriez-vous pour un nouveau dossier en 2012 ? Et pourquoi?
—Je ne sais pas si je serais intéressé à refaire un dossier comme ceux-là, —strictement mexicains— qui incluaient Octavio Paz, Juan José Arreola, Salvador Elizondo, Alejandro Rossi, José de la Colina, Eduardo Lizalde et Carlos Fuentes. Si je devais refaire une anthologie de cette espèce, une gageure serait peut-être d’inclure les mêmes auteurs avec d’autres textes, mais en essayant de les mettre en correspondance avec des auteurs hispano-américains vivants ou morts comme Blanca Varela, Ramón Xirau, Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, José Balza, José Kozer. C’est que j’éprouve la nécessité chaque fois plus pressante de nous réunir autour du foyer de la culture communautaire. J’intégrerais aussi des auteurs comme le poète Francisco Cervantes, l’historien Luis González y González, parmi ceux de ma génération les Mexicains José Luis Rivas, Francisco Hinojosa, Francisco Segovia ou encore le critique Christopher Domínguez et des plus jeunes, des auteurs comme la Mexicaine Malva Flores et la Colombienne Gloria Posada. Mais, dans la mesure où ce qui m’intéresse maintenant, c’est chercher la manière de sauver, de réunir et d’harmoniser nos lettres, je n’ai plus pour le moment le désir d’affirmer notre littérature hors de nos régions, mais celui de lui donner une signification durable à l’intérieur de notre propre espace culturel.
—Il faut reconnaître que le monde de l’édition au Mexique manque de professionnalisation. Qu’en pensez-vous?
—Le manque de professionnalisation dans le monde de l’édition vient du fait qu’on valorise et reconnaît peu à l’université le travail éditorial en général ou dans ses différentes étapes. Ni la traduction, ni le commentaire de livres, ni la révision, et encore moins la vente ou la diffusion sont des disciplines reconnues académiquement ou appréciées d’un point de vue scientifique ou technique. Le marché de l’édition et au-delà celui de la gestion culturelle sont dans leur ensemble dominés par l’improvisation et la contingence, le népotisme et par d’autres mots en «ismes» infâmes comme celui attribué à la triste mère Malinche qui s’agenouille devant tout ce qui vient de l’étranger. Un éditeur qui se respecte doit savoir lire et écrire, relire et récrire au moins dans trois langues, sans parler de la maîtrise des terribles minuties de nature typographique.
—Comment développer la professionnalisation de l’éditeur?
—Le problème de la professionnalisation des éditeurs est un thème qui pourrait faire partie d’une réforme universitaire générale. Je n’irai pas si loin. Je me contenterais du fait que les gens sachent lire et relire, écrire et récrire dans leur propre langue et dans d’autres, et, en plus, qu’ils possèdent plusieurs dictionnaires, mais tout dépend du type d’éditeur. Il existe beaucoup de titres et de manuels ad hoc. Voir: Martínez de Souza. A consulter aussi: Les mythes de l’éditeur de votre conseiller en lecture: Adolfo Castañón (Lectorum, 2005).
—A quels défis est confrontée l’édition de livres face aux différentes formes de publications numériques?
—La compétition entre le numérique et le non numérique est un leurre. Il est évident qu’un bon éditeur le reste dans un espace ou dans l’autre.
—Quelle est la principale thématique de La troisième moitié du cœur, votre recueil de poèmes à paraître?
—Dans La troisième moitié du cœur, il y a bien sûr des déclarations d’amour et des déclarations de guerre. C’est un livre insondable pour moi-même, mais je crois que le lecteur pourra y trouver une carte du labyrinthe et une boussole pour en sortir.
*Type de poème bruitiste.
En espagnol:
http://www.siempre.com.mx/2012/01/viaje-a-la-constelacion-del-centauro/
Eduardo Estala Rojas est directeur et fondateur du Mexican Cultural Centre, Royaume-Uni.
Fomentar la diplomacia cultural de Latinoamérica en el extranjero
Miguel Ángel Muñoz
Siempre ha existido una relación cercana entre los países de América Latina, no sólo política, sino cultural. México fue durante años un país de referencia, aunque al paso de los años se ha perdido.
Es necesario en pleno siglo XXI, llevar a cabo una política cultural más fuerte en el intercambio entre instituciones, donde no sólo se incluyan a los “grandes nombres”, sino que también tengan voz los nuevos creadores y los que no estén en el círculo de poder. Por ejemplo, en mi campo de investigación que es el arte, se necesita rearmar el rompecabezas de los museos, galerías, becas y difusión. Es decir, abrir un debate en el campo: ¿Qué papel juegan las instituciones de cada país? ¿Para qué sirven los museos? ¿Para qué las becas de intercambio cultural? ¿Existe un sistema efectivo de promoción fuera de nuestro país de origen?
Lo que me gustaría es que se configurara un centro de investigación de arte y literatura de América Latina, destinado a difundir y promover en todo el continente nuestras propuestas artísticas. Es difícil, lo sé. Pero creo que valdría la pena, ese intercambio de propuestas a partir de una gran red, cuyo eje central fuera dicha institución, por la entidad de los interlocutores: historiadores, críticos, artistas, poetas, novelistas, que han marcado en cada uno de sus países su apreciación sensible una mirada moderna.
Una propuesta en la que siempre vence el orden frente a la fragmentación, lo añejo a lo inmaduro. Por qué no ver y descubrir lo que pasa en Puerto Rico, Panamá, Haití, Costa Rica, República Dominicana. Son países maravillosos más allá del mero encanto de lo extraño. Son culturas desbordantes y con ganas de que su arte y literatura se difundan.
“Los espejos multiplican las cosa y sus efectos lumínicos son fascinantes”, decía mi admirado Robert Hughes. Cada civilización tiene su historia, y que mejor que crear un puente entre todas ellas. Creo que ese sería un buen aporte para crear una diplomacia cultural de Latinoamérica con el extranjero. Es un desafío y un reto de la política cultural de cada país, pero México podría ser el pionero de un proyecto clave y de vanguardia.
Lo veo posible: tenemos —a diferencia de muchos países— una infraestructura cultural armada, con una institución como CONACULTA, con muchos años de experiencia. Falta proponer y dar el paso, realizar un proyecto de tal magnitud. Ojalá y la propuesta tenga cabida en ese mundo burocrático que tanto daño nos hace.
Miguel Ángel Muñoz, mexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En el 2009, fue reconocido en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana, por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.
Futuro de la universidad
Gabriel Zaid
La institución universitaria cumplirá un milenio este siglo. Es un invento medieval y estudiantil. Hubo en Bolonia abogados famosos que se habían formado en la práctica. Recibían como ayudantes a hijos de notables que deseaban tener en la familia expertos que abogaran por sus intereses.
Los artesanos medievales estaban agremiados, y entre sus reglas tenían las de aprendizaje y admisión de nuevos miembros. Cuando el aprendiz de un maestro demostraba que ya era capaz de hacer una obra maestra, entraba al gremio. El modelo gremial inspiró a los estudiantes. Formaron una cooperativa (universitas): una especie de gremio estudiantil para arrendar locales, contratar bedeles y pagar a los maestros que enseñaran ahí, no en su casa. Con el tiempo, también los maestros se agremiaron. Y aunque la nueva institución nació al margen de la Iglesia y el Estado, después quedó sujeta a su intervención.
El instrumento de control decisivo fue la autorización para ejercer. Nadie podía enseñar teología sin autorización eclesiástica. Nadie podía ejercer como abogado sin título profesional. Este monopolio privilegió a los titulados: excluyó a los que saben pero no tienen credenciales de saber.
Los primeros universitarios eran de clase alta, y no las necesitaban para subir a donde ya estaban. Pero las credenciales dieron la oportunidad de subir a los hijos de la clase media, y eso creó una demanda incontenible, que requería administración, mucha administración. En el siglo XX, las universidades se burocratizaron, como casi todo en el planeta. Hoy son instituciones buscadas, ante todo, por las credenciales que otorgan.
El negocio va mal, por razones económicas y tecnológicas. Cuando millones tienen credenciales para subir, la ventaja se devalúa: abundan los universitarios desempleados o con empleos de poca paga y prestigio. A pesar de lo cual, aumentan los costos de la institución, porque la administración se hincha y las exigencias sindicales son cada vez mayores. A esto hay que sumar la técnica medieval de enseñar, que se volvió obsoleta para un estudiantado masivo.
Quien haya tenido la fortuna de estudiar con buenos maestros, que en clase y fuera de clase le dieron atención personal para aprender y madurar, y hasta para iniciar con ellos su carrera profesional (en el despacho, consultorio o empresa del maestro), pueden creer que ese privilegio es generalizable a toda la población. No lo es.
Las universidades ya no valen lo que cuestan, y eso va a traer cambios. Tres están a la vista:
1. Separar dos funciones distintas: educar y credencializar, para concentrarse en educar. En muchos países ya existen organismos oficiales que no permiten ejercer (aunque se tenga un título universitario) sin aprobar exámenes uniformes. También existen asociaciones de especialistas que certifican los conocimientos de sus miembros.
Que las universidades certifiquen a sus graduados deforma su misión fundamental: educarlos. Si cobraran lo que cobran por dar los mismos cursos, pero sueltos y sin otorgar un título final, la demanda se desplomaría, reducida a los que quieren aprender, no sacar credenciales.
2. Separar las materias que requieren laboratorios, talleres, hospitales o la presencia física de un maestro de las que pueden enseñarse a distancia. Los costos de la presencia mutua del maestro y los estudiantes (desplazarse para coincidir en un lugar y momento) son elevadísimos, y sólo se justifican para algunas materias. Las demás deben impartirse de otra manera. Asombra el éxito de Coursera, una empresa asociada con universidades de prestigio para dar cursos en línea. En dos años pasó de cero a siete millones de estudiantes.
3. No ver la educación como una etapa previa a los años de trabajo, sino paralela y de toda la vida. Flexibilizar contenidos y calendarios en los planes de estudio para combinar educación y trabajo. Entrenar para el autodidactismo, y en particular: enseñar a leer libros completos, a resumirlos por escrito y discutirlos.
Después de la imprenta (renacentista) y la internet (actual), ¿se justifica la universidad (medieval)? Ya en el siglo XIX, Carlyle escribía: «La verdadera universidad hoy es una colección de libros». Lo más que puede hacer un maestro universitario por nosotros es lo mismo que un maestro de primaria: enseñarnos a leer (Los héroes, V). Desgraciadamente, se han multiplicado los universitarios que no saben leer libros, y las universidades no se hacen responsables de tamaña atrofia.
Nota del editor: Este artículo de opinión fue publicado en el periódico mexicano Reforma, 28 de septiembre de 2014. Se reproduce en el Mexican Cultural Centre, con la autorización del autor.
Gabriel Zaid, mexicano, es poeta, ensayista, crítico, traductor, editor, investigador. Miembro de El Colegio Nacional desde el 26 de septiembre de 1984, México. Recomendamos visitar: http://gabrielzaid.com/
El generoso placer del misterio
Hugo Plascencia
Hugo Gutiérrez Vega, nació en Guadalajara, Jalisco, México, 1934. Director de teatro, escritor, poeta, ensayista, periodista, profesor universitario y diplomático. Estudió derecho en la UNAM, letras inglesas en Michigan, Estados Unidos, letras italianas en la Universidad de Roma, Italia, y sociología de la comunicación en Londres, Inglaterra. Ha sido miembro de carrera del Servicio Exterior Mexicano; consejero cultural en Roma, Londres, Madrid, Washington; embajador en Grecia; concurrente en Líbano, Chipre, Rumania y Moldova; realizó trabajos especiales para la UNESCO en Irán y la Unión Soviética; cónsul general de México en Río de Janeiro, Brasil, y en San Juan, Puerto Rico.
Es Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, México, 1975, por Cuando el placer termine. Orden al Mérito 1966 en grado de comendador, Italia. Medalla Alfonso X 1981 de la Universidad de Salamanca, España. Comendador de la Orden Isabel la Católica 1983, España. Orden del Delfín 1994 (Gran Cruz), Grecia. Premio de Letras Jalisco, México, 1994. Premio Nacional de Periodismo 1999 en el área de difusión cultural. Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2001. Premio Xavier Villaurrutia, México, 2002 por Peregrinaciones y Bazar de asombros II. Premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval 2009. Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de lingüística y literatura, México, 2013. Es director de La Jornada Semanal y miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.
―Octavio Paz señalaba que la vocación literaria era un misterio, ¿cómo nació el misterio en la vocación literaria de Hugo Gutiérrez Vega?
―Como una especie de resultado de la lectura, desde muy pequeño aprendí y empecé a leer, y las circunstancias familiares me inclinaron a encerrarme en la lectura, leía todo lo que caía en mis manos, cuentos de hadas, revistas, había una revista creo que se llamaba Idea, era una revista pornográfica maravillosa en páginas sepia; luego leí la Ilíada y la Odisea como quien lee libros de aventuras ¡que además son libros de aventuras!, y de la lectura nació la necesidad de escribir, por qué escribe uno, por qué empieza a escribir uno, es difícil. Yo todavía no consigo descifrar el misterio, ¿por la necesidad de comunicar? no, me parece una explicación muy elemental. ¿Por la necesidad de desfogarse?, me parece psicoanálisis de pulquería. ¿Por la necesidad de conseguir la fama?, me parece también una motivación bastante elemental. Creo que es un misterio, la necesidad de decir, creo que Octavio lo definió muy bien, la necesidad de utilizar las palabras y sacarles todos sus contenidos y sus significados; entonces pasé de la palabra escrita a la propia palabra que busqué durante mucho tiempo, hasta encontrar la forma de decir las cosas, buena o mala pero mi forma, que es lo que tiene que hacer cada escritor, buscar su propia forma después de una larga trayectoria.
―¿En cierto sentido podemos decir que Jaime Sabines tenía razón al momento de definir la escritura como una necesidad fisiológica y ontológica?
―Yo creo que Jaime tenía razón porque se manejan muchas emociones cuando se escribe, la emoción es uno de los elementos primordiales de la escritura. No estoy hablando de lo que yo escribo en poesía, la diferencia entre la poesía narrativa y la poesía hermética, de la poesía como acto de la inteligencia y la otra como acto de la emoción. Creo que la poesía es producto de las dos cosas, es producto de la emoción y de la inteligencia, la emoción tiene mucho que ver con el acto literario y particularmente con el acto poético, por aquello que decía Eliot que la poesía está instalada en buena parte, su parte esencial, en los interiores del inconsciente.
―Si tuviera que escoger entre tres obras y autores que lo han marcado alrededor de su trayectoria como lector y poeta ¿cuáles y quiénes serían?
―El son del corazón de Ramón López Velarde, La casa de Asterión de Jorge Luis Borges, La divina comedia de Dante Alighieri y las obras de Francisco de Quevedo.
―Hablando de periodismo cultural, ¿ha influido éste en su obra poética? y si es así, ¿de qué manera?
―Yo creo que sí, decían los esteticistas ingleses, que eran como diríamos en Guadalajara: “muy delicaditos”, que no le convenía al poeta dedicarse al periodismo, ya que la palabra poética se contaminaba con la periodística. Por lo tanto, la gente como Walter Pater recomendaba a los escritores que escribieran su obra con la mano derecha y el periodismo con la izquierda, como un trabajo para sobrevivir, yo no lo pienso así, es una posición esteticista y es muy respetable, tiene su base en El Castillo de Axel, y Yeats también en algún momento mantuvo esa postura.
Creo que el periodismo cultural nos obliga como disciplina a mantenernos al día y a leer mucho, a discriminar mucho, y por otra parte nos estimula. Yo soy unos de esos escritores a los que estimula la lectura; a veces cuando paso por periodos de sequía me pongo a leer y me sucede casi milagrosamente que después de leer a uno de mis poetas amados (aparte de los que ya he mencionado) a Auden, Yeats, Eliot, Lorca o Cernuda, me estimulan para escribir. Lo mismo decía Verlaine, que la lectura estimula, y el periodismo cultural nos obliga a leer mucho y a mantenernos no sólo cerca de las novedades sino también a recordar textos antiguos para recomendarlos, analizarlos y releerlos. Yo soy muy dado a la relectura, un libro que leo todos los días es la Biblia, no sólo por razones religiosas sino porque el Eclesiastés me indica más o menos lo que debo hacer en el día. Generalmente no lo obedezco pero lo leo, me estimula y, de repente, un poema me estimula para la escritura. En las actividades del periodismo cultural estamos muy cerca de la producción literaria de todos los tiempos y particularmente de los nuevos.
―¿Cómo percibe al periodismo literario en México, ha perdido terreno en la actualidad?
―Creo que no, hay buenos ejemplos de ello, el más reciente era José Emilio Pacheco en la revista Proceso, seguía escribiendo maravillosamente, con un estilo moderno, por supuesto a como se escribía en el siglo XIX. Creo que hay buenos escritores, yo tengo en el suplemento La Jornada semanal un buen equipo de colaboradores que escriben muy bien, y que es lo primero en que les insisto, si eres periodista cultural tienes que escribir muy bien. Un ejemplo son las reseñas de los libros, es una recomendación en el caso de que el libro sea bueno, si tiene aspectos buenos y malos que los reseñen, y si es malo que lo olviden, para qué perder papel, tiempo y tinta de imprenta. Entonces yo creo que el periodismo literario aunque se encuentre en crisis, cierren suplementos, las revistas cada vez pierdan más páginas y la crisis económica al primer sector periodístico que afecte sea al cultural, a pesar de eso, se mantiene en buena salud gracias a los pocos suplementos que quedamos y que seguimos preocupados por escribir bien.
―Usted compartió varios momentos de su vida con Alberti, Asturias y Neruda ¿cómo definiría la experiencia?
―Alberti fue como mi hermano mayor, vivíamos en Roma y nos veíamos con mucha frecuencia, él prologó mi primer libro, lo leyó, lo corrigió y lo mandó a Lozada, quien me dijo que era absolutamente imprescindible que se publicara. Alberti llegó a esos extremos de amabilidad. Por cierto, el prólogo es un poema. Hablábamos mucho, decíamos poemas de memoria, siempre ha sido el aporte que a mí me interesa. No sé si usted estuvo en la sesión con Carlos Monsiváis en el Paraninfo de la U de G, donde decíamos poemas de memoria. En el caso de Alberti nos pasábamos las tardes en Roma diciendo poemas de Garcilaso de la Vega, El cántico espiritual de San Juan de la Cruz, las coplas de Jorge Manrique, los lamentos de Quevedo, los poemas de Cernuda, de Lorca; Alberti me pedía que leyera los poemas de los italianos que yo había traducido al español. Por cierto no muy bien, ya que fallé en esas traducciones, lo reconozco, eran los poemas de Quasimodo, Ungaretti, Montale, Pavese, Pasolini y Leopardi, Las estelas de la Osa Mayor que eran los cantos que más nos gustaban. Con Alberti aprendí y compartí mucho.
A Asturias lo conocí en Génova durante un congreso de escritores, luego me lo encontré en Roma; Alberti y yo luchamos para conseguirle algún pequeño trabajo en Italia ya que aún no ganaba el premio Nobel y todavía no era embajador en París. Era muy generoso, estudioso y dedicado a la escritura con una disciplina férrea. Después viajamos a Rumanía Alberti, Asturias, Neruda y yo. Yo era un joven escritor que había traducido un libro al español, una obra de teatro que se llamaba La carta perdida del escritor rumano Gianluca Cardinali, por eso me invitaron. Lo que hice en el viaje fue escuchar a Neruda, a Asturias y a Alberti y cargarles las maletas. No estaba mal, pero las maletas de Neruda cada día pesaban más por la colección de cosas, le gustaba una piedra y la metía ¡y ahí tenía al pendejo del mexicano cargándolas! Neruda era hermosamente infantil, era caprichoso, tremendamente inteligente, buen amigo de sus amigos y muy duro con sus enemigos de su posición ideológica, lo quise mucho y él me quería, intercambiábamos cartas, nos hablábamos por teléfono, todavía le hablé poco antes del golpe militar en Chile para decirle que me habían nombrado presidente del Comité Mexicano de Apoyo a la Unidad Popular, y le dio mucho gusto, me dijo: “te voy a enviar material, unos poemas para que los publiquen y ganen dinero”, es la última conversación que tuvimos. Así es que los tres, junto con Monsiváis, Sergio Pitol y José Carlos Becerra éramos grandes amigos, no sólo en lo literario sino en la vida.
―Después de su libro Antología con dudas, hemos escuchado que trabaja en otro libro México-Charenton, ¿qué nos puede adelantar de ese proyecto?
―Estoy trabajando en el tema, todavía no estoy muy seguro, salió la antología cuando pensé que ya era lo último y de repente me entró un algo, como esos viejos toreros que se retiran y luego de repente regresan, a veces es un desastre porque ya no tienen piernas, puede ser que toreen mejor por la experiencia pero las piernas ya no les responden. A mí las piernas ya no me responden, entonces ha llegado la idea, la estoy acariciando y pensando por aquello que decía Eugène Ionesco en La cantante calva, “señores, tomad un círculo, acariciadlo, ¡y se volverá vicioso!”.
―¿Cuál es el panorama que vislumbra en la reciente poesía mexicana?
―En el suplemento recibimos materiales de distintos lugares de México, y entre los jóvenes hay gente que está escribiendo muy bien, son nuevas influencias como en otra época, influencias de Paz o de Sabines, la famosa poesía intelectual y la de la emoción o la experiencia, que a mí esa teoría no me convence mucho, porque Octavio Paz tiene un poema que es producto de la pura experiencia, Pasado en claro, y Sabines era un lector dedicadísimo a los clásicos españoles, pero por naturaleza tienden también a la producción de la experiencia literaria y libresca, por lo que creo que no hay tal dicotomía con respecto al tema de la emoción, la experiencia y la inteligencia.
―¿Existe un compromiso en la “poesía social” de los autores jóvenes?
―En algunos sí he visto tal compromiso social pero cada vez menos y se entiende, la situación del país de porquería que estamos viviendo, esta desesperanza de los partidos, el fracaso de las ideologías, todo esto produce la desesperanza. Hace poco publicamos una antología con poetas muy jóvenes de Yucatán, entre veintiuno a veinticinco años, yo pensé Yucatán es el lugar de la trova, pero no, tenían la influencia del rock duro, pero en serio. Escribían sobre el sistema patriarcal de Yucatán y del país en general, entonces le dije a Luis Tovar hay que ponerle un título: ¡de cómo la trova yucateca se fue a chingar a su madre!
―¿Según su experiencia, cuál es el consejo que le daría a la nueva generación de poetas jóvenes?
―Que encuentren su propia voz, creo que eso es lo importante. Es normal que reciban influencias, la búsqueda se hace ardua, de repente caen en plagios, yo caí varias veces en plagios sin darme cuenta. Creo que una vez escribí un poema que terminaba: “la soledad, la lluvia, y los caminos” y a los pocos días abrí un libro de Vallejo y me encontré este poema que dice: “son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia y los caminos”. Entonces es normal, se habla del inevitable plagio de un poeta, sus influencias principales son de la poesía universal. Lo que les recomendaría es que lean mucha poesía, es fundamental que entren en la atmósfera de la poesía, la poesía se impone. Tú lo sabes perfectamente, es dictatorial y autoritaria, te obliga a una especie de disciplina y a casi una constante iluminación, por eso Rimbaud nos lo enseña con el título de su libro Iluminaciones; la poesía es eso, una iluminación que después toma forma ya con el estilo. Y por último, que al encontrar su propia voz sean fieles a ella, aunque la voz sea buena o sea mala, pero que se jueguen la aventura, es una ruleta rusa. Tengo un poema que hice sobre un poema fracasado que dice “De un árbol que cae seco al suelo, brotan algunas hojas verdes de las ramas, los pájaros se posan en ellas, pensando que están volando”.
Hugo Plascencia, mexicano, es poeta, periodista y gestor cultural por la Universidad de Guadalajara, México. Ha publicado en varios medios de prensa en Canadá, Estados Unidos, México, Inglaterra, España, Francia, Perú y Chile. Ha sido colaborador del suplemento La Jornada Semanal del periódico “La Jornada”, del Periódico de Poesía de la UNAM y del Petit Journal. Coautor de diversas antologías: Novísima poesía mexicana, Mapa poético de México, Panorama de la poesía Mexicana, Las afinidades electivas/Las elecciones afectivas: curaduría autogestionada de poesía mexicana reciente, Cien poetas del mundo, Vértigo de los aires: encuentro Iberoamericano de poetas, entre otras. Autor de los libros: Ahogar el Grito, 2005. Todo es Babel, 2006. Calandrias Underground, 2007 traducido al francés; y Razón de Bestia, 2008. Becario del CONACULTA (2005-2006) y (2008-2009). Ha participado en varios encuentros nacionales e internacionales de poesía. Parte de su obra ha sido traducida al inglés y al francés. Actualmente realiza performance poetry en colaboración con músicos y artistas visuales. Y colabora con poemas musicalizados para documentales en Francia.
La poesía en llamas de Efraín Huerta
Evodio Escalante
Comienzo con una evidencia. Por alguna extraña razón que no alcanzo a dilucidar, aunque se reconoce que Efraín Huerta es uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX, se ha escrito muy poco en torno a su obra. ¿Cuáles son sus aportaciones a la poesía mexicana? ¿Cuál es el balance acerca de su poesía? ¿Qué sigue siendo válido en lo que nos dejó, y cuál es, si se lo puede decir así, su actualidad? Huerta no sólo está presente en prácticamente todas las antologías que valen en la poesía mexicana de nuestros días, sino que es igualmente una referencia vital para muchos de sus lectores, que no son pocos. ¿Por qué entonces la parquedad de la crítica? Confieso que la pregunta me supera y que no sabría cómo responderla. Leí y admiré la poesía de Huerta desde mis años juveniles, y esta admiración, hoy que releo su Poesía completa, permanece intacta.[1] Pese a ello, esta es la primera vez que intento un comentario de frente a su obra. ¿El primero? No en estricto sentido. Hace muchos años, al redactar un ensayo en torno a Piedra de sol, el archiconocido poema de Octavio Paz, se me impuso una comparación que resultaba obligada: el poeta Efraín Huerta. Debo referir el contexto. “Himno entre ruinas” y Piedra de sol (1957), textos admirables en muchos sentidos, suscitaban en el crítico que yo era entonces algunos reparos que no temería en llamar “ideológicos”: me parecía que a fin de cuentas ambos textos ofrecían una visión conciliatoria y por lo tanto complaciente de una realidad que en sí misma resultaba abrupta y desgarradora. Paz, me parecía entonces, disfrazaba el conflicto e imponía una falsa transparencia como solución de sus textos. En cambio, El Tajín (1963) de Efraín Huerta me parecía un gran poema sin concesiones.
Sé muy bien que una lectura ideologizada de un poema resulta el día de hoy (si no es que desde entonces resultaba) altamente falible. Aquel ensayo, que titulé “El sol y la pirámide. Poesía y verdad en Octavio Paz”, y que incluí en mi libro de los años ochenta Tercero en discordia,hoy me parece envejecido.[2] No lo escribiría de nuevo, por supuesto. Y, sin embargo, desde otro punto de vista muy diferente, sigo creyendo a pie juntillas en la valoración que entonces arriesgué. Hoy vuelvo a leer Piedra de sol y sin dejar de reconocer que es uno de los grandes (y más disfrutables) poemas de Paz, encuentro que hay algo en su estructura que no acaba de convencerme. ¿Estoy estructuralista? Me explico. Los grandes poemas de la tradición poética mexicana, empezando por El sueño de sor Juana y terminando con Muerte sin fin de José Gorostiza y con el Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta, sin dejar fuera la Tristissima nox de Manuel Gutiérrez Nájera, son todos poemas que mantienen un hilo racional riguroso, están construidos siguiendo un orden mental muy preciso, muy sólido. No se puede trabajar el poema extenso recurriendo a una arbitraria asociación de ideas, y esto lo comprobamos si acudimos por ejemplo a los grandes poemas de Eliot: La tierra baldía y los Cuatro cuartetos. El problema con Piedra de sol es que no está tramado siguiendo un hilo de pensamiento, una causalidad racional. Es un poema que aglomera, que acumula, que encima las más disímiles materias. Un poema ecléctico que incluye figuras mitológicas tanto europeas como prehispánicas, pasajes de la historia universal y nacional, de la Guerra de España, pensamientos existencialistas, el tema de la otredad, invocaciones esotéricas al ser que no alcanza nombre, etc. Es un verdadero coctel literario, con hermosos y muy convincentes pasajes, esto es indudable, pero que –más allá del tono sostenido– carece de una unidad interna. Es un gran poema resuelto, por decirlo así, de manera irracional. En cambio, El Tajín de Huerta, que es un poema autónomo aunque entiendo igualmente que puede leerse como una especie de “respuesta” a los poemas de Paz, es un texto cerrado y riguroso, de una increíble economía. A más de treinta años de distancia, sigo pensando que en este punto Huerta le dio a Paz una lección de rigor literario, y que esta lección conserva el día de hoy toda su vigencia. La flama continúa encendida.
El poema de Huerta es sorprendente no sólo por su consistencia sino porque es el poema “nihilista” de un militante del comunismo que siempre permaneció fiel a la figura de Stalin. El marxista que era Huerta se va de vacaciones y lo que resulta es un poema desencantado en el que acaba imponiéndose la presencia escalofriante de la nada. Frente a este texto monumental, el de Paz resulta edulcorado y complaciente, con su transparencia y su eterno retorno, no importa que simulado. El de Huerta es implacable y duro como el cristal de roca. Interioriza la pirámide y trama en su torno una elegía acompañada de rayos y tormenta. Algo único.
Cito al azar un par de versos: No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos / y las columnas rotas y las plumas agónicas. Estamos ya en la atmósfera amenazante y despiadada del poema:
No hay un imperio, no hay un reino.
Tan sólo el caminar sobre su propia sombra,
sobre el cadáver de uno mismo,
al tiempo que el tiempo se suspende
y una orquesta de fuego y aire herido
irrumpe en esta casa de los muertos
–y un ave solitaria y un puñal resucitan.
Esta casa de los muertos parece una premonición de los asesinatos que estaban por venir en esa misma década de los años sesenta. El poema no necesita ser profético para ser real, atrozmente real. Hay una “resurrección”, es cierto, pero irónica, negativa hasta los huesos. Lo que resucita es, primero, un ave solitaria, y después, un puñal… Somos un país regido por asesinos, parece recordar el poeta. Debajo de la demagogia y del triunfalismo oficial, lo que se impone es este primitivismo mexicano que Huerta no disimula sino al contrario. Lo muestra y lo sostiene frente a nuestros ojos como si se tratara de una calavera.
La pulsión de muerte como prueba de temple literario. La aceptación cabal de la nada que nos rodea y a la vez de modo muy preciso nos constituye. ¿De dónde le viene esto a Huerta? De una fidelidad a la experiencia más personal, desde luego, y acaso de la cercanía con otro poeta guanajuatense como él, relegado habitualmente al cajón de los “populacheros”: Antonio Plaza.
No abundaré en la poesía de Plaza, tan maltratada en general por nuestros poetas de la tradición culta.[3] Diré, empero, que cierto tono “raspa” y populachero, que esa forma de entremezclarse con la pobreza, con los llamados “bajos fondos” de la sociedad, tiene en su poesía un antecedente que en algo puede ayudar a explicar la de Huerta, siempre que se tenga en cuenta que Huerta forma filas en la llamada generación de Taller, una generación cuyos años formativas transcurren durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-40). Se trata sin duda del sexenio más radicalizado de la época de la post-revolución. Cárdenas impone una retórica socialista y emprende acciones que benefician a obreros y campesinos. Acoge a los refugiados españoles, los republicanos que habían perdido la Guerra Civil ante el avance del Gral. Francisco Franco, que se convierte en dictador. Nacionaliza el petróleo. Protesta contra la anexión de Austria impuesta por la Alemania de Adolf Hitler, etc. Es una época combativa. Muchos de los jóvenes de aquella época no sólo querían cambiar la literatura, también querían transformar al hombre y al mundo. Entre ellos se encontraban –menciono a los más notables– Efraín Huerta, Octavio Paz y José Revueltas. También debería añadir a la lista los nombres de Neftalí Beltrán, Rafael Solana, José Alvarado y Octavio Novaro, cuando menos.
Muy diferentes entre sí, Huerta, Paz y Revueltas comparten una semilla de radicalismo socialista a la que siempre habrán de permanecer fieles. El primer libro importante de Huerta, Los hombres del alba (1944), no puede entenderse a cabalidad sin este contexto revolucionario, no importa que la realidad que evocan los poemas sea atroz y hasta un poco desesperanzada. Uno de los poemas más recordables de Huerta, “La muchacha ebria”, pertenece a este volumen, pero también está aquí su famosa “Declaración de odio”, en que el poeta se nos revela como un personaje herido de muerte y de amor por la ciudad de México. Unión de contrarios: amor y desprecio en una sola copa. El gran poeta urbano que es Huerta, insuperado hasta el día de hoy, realiza una tremebunda radiografía del significado que tiene esta ciudad que se nos impone como el hocico de una enorme boa constrictor. Pero habrá un mundo mejor, por supuesto. Este es el verdadero nervio que anima la poetización emprendida por Huerta.
Los hombres del alba es un libro magistral, dicho de otro modo, una obra maestra. Bastaría este título para asegurarle a su autor un lugar destacado dentro de nuestra memoria literaria. Sus descripciones laceran. Los habitantes de la gran ciudad estamos enfermos y a la vez adoloridos por todo lo que nos falta. Estos, los que él mismo designa como los hombres del alba, son en el colmo de la contradicción “los más abandonados, / más locos, más valientes, los más puros.” Continúa la radiografía, nunca edulcorada: “Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes. / Sé de la lluvia nocturna cayendo / como sobre cadáveres. / Sé que ellos construyen con sus huesos / un sereno monumento a la angustia.”
Los años sesenta son para Huerta un verdadero renacimiento y de cierto modo un cambio de piel. Brotan durante esa década, no sólo El Tajín, antes mencionado, sino otros grandes poemas entre los que destaca la serie de los “Responsos”. El poema que le dedica a Darío, “Responso por un poeta descuartizado”, es excepcional. Lo mismo hay que decir del homenaje que un hombre desconocido rinde a la tumba de Stalin en la Plaza Roja de Moscú (“Un hombre solitario”), convincente y conmovedor más allá de que los crímenes del dictador soviético nos sigan pareciendo repugnantes, o bien de las “Sílabas por el maxilar de Franz Kafka.” Todavía mejor, si es que esto es posible, me parece el “Borrador para un testamento.” Quien quiera saber qué cosa fue la generación de Taller, cuál era el temple de la época, cómo vivían sus días y sus noches hasta que llegaba el amanecer estos jóvenes de corazón ardiente, tendrá que acudir a este texto fundamental. Es uno de los poemas más intensos de nuestro siglo XX. Sólo a partir de este poema puede entenderse lo que significa en México pertenecer a una generación poética. Quizás desde entonces no ha habido de verdad otra generación en nuestro país. O sea, un grupo de jóvenes amotinados capaz de generar un mundo, y de identificarse de corazón con ese mundo que generan con su actitud. Poner el mundo y transformar el mundo no son sino dos caras distintas de una misma vitalidad armada, subversiva, beligerante. Esto es lo que explica, al menos en parte, la devoción que experimentaron los infrarrealistas por Efraín Huerta durante la década de los años setenta y de la que han dejado varios testimonios, todos ellos por escrito. Evoco al respecto algunos poemas de Mario Santiago Papasquiaro y por supuesto la extraordinaria novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.[4]
Valdría la pena intentar un análisis verso por verso de este texto excepcional. Dejo la tarea pendiente y me limito a indicar que ni la generación del Ateneo de la Juventud (Vasconcelos, Caso, Reyes, Martín Luis Guzmán) ni la de Contemporáneos (Gorostiza, Villaurrutia, Torres Bodet, Ortiz de Montellano, Owen y Novo) cuentan con un documento de identidad de este calibre y naturaleza. “Borrador para un testamento” es ya un poema histórico al que tendremos que regresar cada vez que intentemos reconstruir el pulso de la generación de Taller.
Hacer la revolución, cambiar al mundo y a la literatura. Creerlo en serio, involucrar médula y huesos en la ingente tarea. Pero igualmente reírse del intento. Conservar el hilo dorado de la ironía que permite que el guerrero se desligue de su responsabilidad histórica y ría, por un momento, al menos. Huerta puede tocar una cuerda que de algún modo lo emparenta con Renato Leduc, una cuerda irónico-humorística. El mejor ejemplo de ello no son los desafortunados “poemínimos”, que hicieron época y que arrasaron con la fuerza de una moda, pero que han contribuido con el paso del tiempo a que nos quede la imagen de un Efraín Huerta hasta cierto punto frívolo y muy menor. En mi opinión, los “poemínimos” le dieron a Huerta una notoriedad instantánea pero perniciosa. El verdadero Huerta humorista y libérrimo en su uso del lenguaje no está en esas miniaturas sino en el “Manifiesto nalgaísta”. Texto deliberadamente lépero y no apto para nuestra tiesa academia de la lengua, pero que me parece habrá de perdurar en nuestra conciencia. Lépero y contestatario. Huerta se burla en este poema lo mismo del apetito sexual que de la insoportable solemnidad de los poetas mexicanos que se toman demasiado en serio –debí escribir, de los poetas mexicanos a secas. Cito casi al azar este fragmento para mostrarlo:
¡Aleluya! ¡Aleluya!
Poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas
Poetas inmensos reyes del eliotazgo
Baratarios y pancistas
Grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa (…)
Con instinto alburero, Huerta le da un repaso paródico lo mismo a López Velarde que a Darío, lo mismo a Octavio Paz que a Pablo Neruda y González Martínez. La influencia (entonces) devastadora de T. S. Eliot espejea en esos poetas elotes tiernos. Lo de reyes del eliotazgo bien podría ser una referencia burlesca a la hegemonía de don Alfonso Reyes que tendría que correr parejas con la de las becas y los mecenazgos trans-sexenales tan al uso en nuestra República de las Letras. Hasta la venerada Gertrude Stein se cuela en cierto momento en el poema cuando Huerta descubre estupefacto que una nalga es una nalga una nalga una nalga una nalga.
Nadie ha desacralizado como Huerta (no olvido el antecedente de Leduc) la poesía mexicana enferma de solemnidad y de pedantería. No vayamos al Olimpo de los insoportables y de los exquisitos, vayamos mejor al nalgatorio que todo lo recompensa:
Sabedlo nalgaístas próceres y mendigos
Por abajo
Nadie tendrá derecho a lo superfluo
Por arriba
Mientras alguien carezca de lo estricto
Por abajo…
Pero aunque estimo que el “Manifiesto nalgaísta” es una de las aportaciones notables de Huerta al repertorio poético mexicano, no creo que sea éste el gran poema libérrimo del autor, sino las “Barbas para desatar la lujuria”, también incluido como el anterior por primera vez en libro en Transa poética.[5] Un coloquialismo paródico de inspiración joyceana, este podría ser el calificativo inicial que propondríamos para designar este texto juguetón y al mismo tiempo provocador. ¿Coloquialismo de inspiración joyceana? Por supuesto, Efraín Huerta era un gran lector y conocía bien el Ulises de James Joyce, tanto o mejor que, hay que decirlo, Salvador Novo. Hacia 1926-27, como se recordará, dos jóvenes poetas mexicanos de avanzada, Xavier Villaurrutia y el propio Novo, lanzarían la revista Ulises, con la que pretendían insertarse de pleno en la ola de la vanguardia más alta, con referencia a los franceses, por supuesto, pero anteponiendo el ejemplo seminal de Joyce. De Joyce toman el nombre de la revista, como de Joyce tomará Salvador Novo inspiración para escribir algunos de sus poemas más arriesgados de la época, basados todos ellos en la libre asociación de las ideas. Me refiero a Never ever (1935), texto eminentemente experimental en el que leemos versos merecedores de aguda atención:
Never ever clever lever sever ah la rima
imagina plombagina borra roba imposiblemente
treinta no más hola papa hola mamá
el divorcio extemporáneo muchísimamente
duradero duradero duradero invernadero
pudridero delantero esmero espero espuro espurio…
Que los psicoanalistas nos aclaren qué puede significar esta eminente referencia a la madre: imagina plombagina–¿imagina la vagina de plomo, quiso decir el poeta justo cuando cumple treinta años de edad y ya se siente viejo y corroído, y traído a tierra, además, por el peso del plomo materno? ¿Y qué podría ser eso del pudridero delantero? ¿Será que el macho tiene algo que es puro y a la vez espurio? Que los secuaces de Lacan nos amparen en este trance. Aunque no olvido la transgresión que implica comenzar un poema con vocablos tomados del inglés, me parece que Efraín Huerta saca todavía mejor provecho de la lección de la libre asociación joyceana cuando escribe sus “Barbas para desatar la lujuria”. El arranque sencillamente es magnífico:
So espléndido, chilló Ricardo
(Bloom) y se afeitó la negra y mulliganosa barba de cinco meses
alors cayeron catedrales de moscas piando misericordia
y fotos de Cecilia enseñándolo todo la muy cínica;
la expulsaron y después la dejaron entrar
mientras Ricardo (Bloom bum bum van a filmar Ulises)
se ahoga en un buche de agua en la Casa del Lago
y su barba de alquitrán va y viene
y el rector papá Chávez protesta cuando esa maldita barba
de no sé qué coño me recuerda
y la estatua del gran pirata apestaban a pólvora.
El sarcasmo no cesa, ni tampoco la autodenigración festiva del ser propio, de la identidad masculina que puede orinar sobre sus propios huesos: Porque ya hemos llegado, so hermanos / oh hermanos en el páramo de dólares de Joarez Avenue, / vamos a ver, queridos, que cada quien se la saque y orine sobre su propia tumba (…) / porque ha sonado la hora del trasero divino de Cecilia / y todo lo demás / Y después ya podremos hablar de todo lo que usted guste / y por ende hasta de Paz…
La parodia alcanza no sólo el trasero de una mujer muy apetecible que se ha dejado fotografiar desnuda, sino al inmaculado poeta Octavio Paz, que tendría que verse reflejado quizás no para bien en esta burla. Pero nadie se alarme: en el texto igualmente comparecen Jaime Sabines y José Emilio Pacheco, y el pintor Rufino Tamayo y Paz otra vez –quién le manda ser la figura hegemónica. Como se ve, Huerta no deja títere con cabeza.
Mientras Octavio Paz ha ido a buscar las fuentes del poema crítico en Mallarmé, como consta en algunos pasajes de El arco y la lira, Huerta ha acudido a un modelo más inmediato (y menos esotérico): James Joyce.[6] La crítica del lenguaje puede estar bien en el poeta ensimismado, en el poeta que hurga en las entrañas del significante, y que se queda ahí, como un buzo de lo absoluto, pero a Huerta lo que le interesa es la crítica social, la crítica de su mundo y de su tiempo. Si para hacerlo hay que ejercer violencia contra el lenguaje, ¡mucho mejor! Transcribo un fragmento para ilustrarlo:
Olvidé mi epitafio pri pri pritafio
prio prio prio cardenal pajarraco
pájaro cardenal (¿bailamos madre?)
juntos arrejuntados revueltos
nuncios cristeros miramones
cómo quieres tu dogma ¿frío o al tiempo?
militarazgo sotanazgo
y ardientes monjas de abismal trasero
Salvo algunos sonetos autodenigratorios de Novo, y algunos avances de Leduc, nadie como Efraín Huerta había abordado con tal desparpajo (y disfrute) el tema del deseo sexual. Si el “Manifiesto nalgaísta” (incluidos los homenajes al alburero mexicano) era ya una declaratoria al respecto, “Barbas para desatar la lujuria” es una culminación. El prodigio de la libre asociación sigue en su apogeo, las palabras en libertad alcanzan combinatorias excepcionales y siempre inesperadas:
Introito ad altare Dei
cierra el pico y ámame mujer de espeso sueño
senos maduros trigo dura entrepierna
axilas adivinanza nerviosos hombros
refulge lengua oh trasero sucumbe
lléname de barbas escándalo soy el cadáver
la entraña cementerio semen municipal
(…)
dame redonda estrepitosa realidad
esbelto palomar húmeda herida
suena resuena clarinada
cobíjame oh caderas oh saliva
silenciosa vencida resucitada muerta
bien muerta bajo labios bajo dientes
bajo la piel guitarra
ay amada así sea
La carga de sexismo es inevitable (la época era otra). Deja de hablar, mujer, y coge. La carga de violencia anti-femenina es contundente y no hay que tratar de aminorarla con eufemismos. A la mujer se la entiende como cuerpo, como plétora del placer, y es mejor que cierre el pico –una mujer hablantina es la frivolidad pura. Incluso la idea de la mujer que “muere”, así sea por instantes, en virtud de la posesión sexual es un poco excesiva, aunque no deja de ser en el fondo verdadera. Remite al dominio de lo real. Amas a la mujer para matarla, la embistes con tu arma erecta para aniquilarla, para partirla en dos, y siempre fracasas en el intento. La pulsión de muerte como el verdadero resorte de la posesión carnal, que se renueva y renace en la derrota misma. Puritanos y toda suerte de hipócritas, apártense.
La invocación final de Gorostiza, cundo le impreca a la putilla de rubor helado: “¡anda, vámonos al diablo!”, la retoma Huerta en un contexto mucho más relajado, en un contexto de baile y borrachera (siempre anti-imperialista) que no tenemos por qué despreciar:
Circúndame noche de barbas cuervos buitres
barras estrellas dólares águilas calvas
(…)
Ataúlfo
bebamos como asnos
bebamos so espléndidos amigos
arrodíllense
catedrales impías góticos coños
salud
y paz
misericordia
¡Vámonos al carajo!
Es verdad que no siempre mantiene Huerta este temple arrollador y prodigioso. Referí muy de paso la perniciosa moda de los “poemínimos”; habría que reconocer que sus poemas “soviéticos” son muy de ocasión y producen el día de hoy un poco de pena ajena. ¿A quién se le ocurre, en un poema escrito so pretexto de brindar por la eterna amistad de los pueblos mexicano y soviético, y en medio de alabanzas explícitas a Cárdenas y Stalin, afirmar que “El hombre es para el hombre el ser supremo”? (¡sic!) Cenizas por todos lados.El antropocentrismo más burdo y elemental, y también más escandaloso, al servicio de la idolatría marxista. La cursilería ideológica de la época stalinista tiene un verso maestro que no puedo dejar de citar, un verso de alabanza (¿a quién más podía ser?) a los queridos camaradas soviéticos: Con ellos vino al mundo la verdadera noción del alba… Mejor hagamos como que no hemos leído. O como que esos poemas no se escribieron jamás. Pero, sobre todo, que esto no nos impida volver a los grandes poemas de Huerta, esos que siguen ardiendo con una llama portentosa que el paso del tiempo no ha logrado apagar.
Obra citada:
[1]Efraín Huerta, Poesía completa. Edición de Martí Soler. México, Fondo de Cultura Económica, 1988, 603 pp.
[2]Evodio Escalante, Tercero en discordia. México, UAM-Iztapalapa, 1982, pp. 35-56.
[3]Remito a los curiosos lectores al espléndido soneto de Plaza titulado “Nada”, texto de alcances filosofantes de un poeta que, entre otras cosas, conocía el pensamiento de Ludwig Feuerbach.
[4]Efraín Huerta escribe un poema acaso con la intención de dejar testimonio del respeto que su figura inspiraba en varios jóvenes poetas latinoamericanos entre los que se encontrarían Hernán Lavín Cerda, Roberto Bolaño, Bruno Montané, Fernando Nieto Cadena, Enrique Verástegui, Jorge Pimentel, y, entre otros, los mexicanos Orlando Guillén y Mario Santiago. El texto se llama “De los desnudos será…” y se incluyó en Circuito interior (1977). Véase Efraín Huerta, Poesía completa, pp. 386-89.
[5]Efraín Huerta, Transa poética. México, Ediciones Era, 1980.
[6]En lo que se refiere a Mallarmé, remito a Octavio Paz, El arco y la lira. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, pp. 270-76. Mallarmé me parece “esotérico” porque a fin de cuentas, y por arriesgados que parezcan, sus poemas permanecen siempre dentro de la imantación simbolista.
Evodio Escalante Betancourt, mexicano, es doctor en letras por la UNAM y profesor e investigador de tiempo completo en la UAM-Iztapalapa, México. Ha publicado diversos libros de crítica y ensayo entre los que destacan José Revueltas. Una literatura del “lado moridor” (1979), Las metáforas de la crítica (1998), José Gorostiza. Entre la redención y la catástrofe (2001), Elevación y caída del estridentismo (2002), La vanguardia extraviada. El poeticismo en la obra de Enrique González Rojo, Eduardo Lizalde y Marco Antonio Montes de Oca (2003), Breve introducción al pensamiento de Heidegger (2007), Metafísica y delirio. El Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta (2011) y Las sendas perdidas de Octavio Paz (2013). Una recopilación de sus textos poéticos apareció bajo el nombre de Relámpago a la izquierda (1998). Prologó la edición facsimilar que hizo la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa de Irradiador. Revista de vanguardia que codirigieron Manuel Maples Arce y Fermín Revueltas en la ciudad de México en 1923. Su más reciente publicación es el libro de poemas Crápula (México, Ediciones La Otra, 2013).
Octavio Paz: el privilegio del arte
Miguel Ángel Muñoz
Para Marie-Jo Paz, por las complicidades compartidas
La idea de la obra de arte es su composición.
André Gide
El hombre es la palabra encarnada. Existe para ser consciente de ella y para expresarla.
Fiodor Dostoievski
«Como tras de sí misma va esta línea/ por los horizontales confines persiguiéndose/ y en el poniente siempre fugitivo/ en que se busca se disipa» [1] esta visión poética recorre no sólo la poesía completa de Octavio Paz sino también su obra ensayística sobre artes plásticas. Chopos y líneas mágicas que nos acercan en sus palabras a Claude Monet. Paz fue un autor que para desmenuzar y profundizar en su pasión por el arte necesitó la exaltación de la memoria, el deslumbramiento por las vanguardias y la pasión constante por la pintura. Dos caminos paralelos, el del poeta y el del crítico de arte, y una obra en prosa nacida a la luz del asombro. El poeta es un traductor que traduce sus palabras en colores, en líneas, en símbolos, en signos. Fue un poeta fuera de todo encasillamiento, un obsesionado por descubrir, por dialogar. Su apertura intelectual fue la de un medievalista imantado por el saber, fruto de su experiencia social, histórica, cultural y de una tradición crítica no sólo europea, sino también japonesa e hindú, que siempre habito la poesía.
Escapar de la repetición es un gran privilegio del arte, mientras que la vida se define en un sentido menos complejo por la inexorabilidad de la misma. El artista es un traductor, y el arte es lenguaje, gesto, poesía. Se puede aventurar que el placer estético aspira a la liberación de los deseos inconfesados de la voluntad y que por ello está obligado a ejercer la intuición poco más que la premonición. La crítica ejercida por Octavio Paz (México, D.F., 1914-1998) y la reflexión estética que en ella subyace, forjada a lo largo de seis décadas, participó de esa firmeza intuitiva, continuada con su poesía, ensayos literarios e históricos, y desde luego, en su privilegio de ver los cambios del mundo como sólo Paz lo pudo hacer: deslumbrado por descubrir. No fue un erudito aséptico ni un beligerante intérprete de las modas en uso. Entendió la historia del arte dentro de los límites de una traducción occidental de la que absorbe los argumentos y, en cierto momento, la metodología.
Para Paz, el artista es un creador de imágenes que tienen una historia condensada a lo largo del tiempo. Su gran enseñanza se resuelve en el aprendizaje de la mirada. «Ver es un privilegio —dice Paz— y el privilegio mayor es ver cosas nunca vistas: obra de arte. Desde muy joven sentí invencible atracción por las artes plásticas y muy pronto empecé a escribir sobre ellas, nunca como un crítico profesional sino como un simple aficionado»[2]. Quizá esta sensibilidad poliédrica haya hecho de Paz un personaje de definición complicada, huidiza, nada sencilla. Pero me gusta pensarlo como lo definía el escritor catalán Josep María Castellet: «Todo él respira un equilibrio adquirido probablemente a través de experiencias, lecturas, convicciones, de saberse él mismo y otro»[3]. La grandeza de esta obra permite tantas interpretaciones, que es difícil de interpretaciones. No es casual su obsesivo retorno a la traducción como tema cardinal de sus trabajos, paráfrasis de la obra entera, tan cercano en esto a la tarea titánica de transversión lingüística de Vladimir Nabokov. Poco dado a la especulación, sin embargo, y dispuesto siempre a someter la erudición a su portentosa intuición narrativa, fue, además, un polemista feroz, conversador ocurrente que vivió con pasión los mundos del arte que tanta sutileza ha colaborado a fabular.
Desde temprana edad comenzó a ver pintura, a escribir poesía y ensayo literario. Nunca dejó ninguna de estas disciplinas. Pero de pronto se ganaba la vida hablando sobre arte y poco tiempo después haciendo crítica de arte en Plural y Vuelta; también, en múltiples catálogos y libros de artistas que admiró siempre. Pronto se vuelve una referencia importante en el mundo del arte internacional de la segunda mitad del siglo xx. El arte se convirtió en uno de sus principales intereses. Entendió como pocos el oficio de escribir sobre arte no como crítico de oficio sino en el sentido de Charles Baudelaire: la pintura vista desde la poesía. Fue visitante ocasional en Francia, Italia, Inglaterra o España, donde admiró el renacimiento, la primera modernidad, los movimientos de vanguardia. Descubrió el cubismo, el dadaísmo, el surrealismo, el expresionismo abstracto y el informalismo Europeo, sobre todo el español que tiene su cumbre en el grupo El Paso. Vuelve a visitar esos espacios y esos tiempos con la vieja, cada vez más matizada idea de una historia social y cultural. Estados Unidos, más los años que vivió en India, se vuelven su escenario intelectual anclado alternativamente en México, a la par que continúa siendo un crítico nunca indiferente a cuanto destaca en el mundo de la imaginación contemporánea. Se forjó a través de un disciplinado y nada complaciente aprendizaje de la mirada. Sin ficciones eruditas ni prescindibles sobreposiciones de saberes adjetivos, a partir simplemente de la perpleja alerta de la sensibilidad del arte, su mundo de arte es más bien caleidoscópico y cabe en él tantas propuestas como opciones en juego. Picasso no adelanta a Rafael, ni Matisse a Cézanne. Simplemente es un aprendizaje permanente. Lo que importa es la capacidad de dramatización de esas experiencias particulares y su conversión en modelos universales de sensibilidad.
Descubre primero con Alfonso Reyes, José Vasconcelos y después con los poetas de la generación de los Contemporáneos —Villaurutia, Pellicer, Gorostiza, Cuesta, Tablada, Cardoza y Aragón— el arte mexicano: Bustos, Posada, Velazco, Zárraga, Atl, Rivera, Orozco, Siqueiros, Montenegro, Charlot, Alva de la Canal, Castellanos, Ruelas, Lazo, Izquierdo, Tamayo. Pasado y presente del arte de México y América Latina. Una pintura nacionalista que buscó cambios siempre convulsos y contradictorios, pero que encontró su mayor significado en el muralismo. El arte lo es todo: reverso e inverso: todo es. Comienza a descubrir su ansia de ver y el deseo por descubrir lo que ve. Le impresiona la cultura prehispánica de tal forma que nos descubre que toda cultura y todo arte deben contarnos una historia. Para Paz, el artista ensaya soluciones desde y en una vieja tradición que es doble. Por una parte, la técnica, destreza, modos de representación. Por otro, imágenes consagradas, sabidas, que operan sobre el consciente del espectador. «Ante los cuadros de Picasso, Braque y Gris —sobre todo del último, que fue mi silencioso maestro— entendí al fin, lentamente, lo que había sido el cubismo. Fue una lección más ardua; después fue relativamente fácil ver a Matisse y Klee, a Rousseau y a Chirico» afirma Paz. La crítica de arte, el lenguaje y la pintura dieron sentido a su realidad. Un ejercicio en el que nunca renunció a la reflexión sino que se convirtió en un alfabeto muy propio.
Con Baudelaire: Salones y otros escritos sobre arte; Apollinaire: Les Peintres cubistes; Breton: Le Surréalisme et la peinture, y Mallarmé aprende a someter la erudición a su intuición narrativa. Doble lección constante: crítica y tradición. Un conversador excepcional que vivió con pasión contagiosa los mundos del arte que con tanta sutileza colabora a fabular en sus ensayos. Octavio Paz fue uno de los poetas más brillantes que han escrito de arte en la segunda mitad del siglo xx. Su obra escrita, directa, poética tiene su cumbre en su libro Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp, que junto con Picasso fueron los artistas que ejercieron mayor influencia en el siglo xx. «Duchamp —dice Paz— no es menos sorprendente (que Picasso) y, a su manera, no menos fecundo. Los cuadros de Duchamp son la presentación del movimiento: el análisis, la descomposición y el revés de la velocidad»[4]. Duchamp será una obsesión de Paz y logrará arrancar al artista del Olimpo de las vanguardias, donde mueren los grandes, para devolverlo a la vida del gran Arte. He aquí una iluminación perfecta: Paz dio vida nueva a un artista genial.
Hay en su poesía y en su crítica de arte una extraordinaria consonancia entre el espacio interior y el espacio del mundo, entre la intimidad profunda y la extensión indefinida. Correlación entre microcosmos y macrocosmos, una consonancia entre lo inmenso y lo íntimo. Desde un ángulo de luz, en la penumbra, ante un cuadro de Joan Miró, el poeta descubre universos, sueña su inmensidad; acuden a él los sueños surrealistas, el silencio inmenso y fabulador del pintor catalán. Así es el poema titulado «Fábula», dedicado a Joan Miró:
El azul estaba inmovilizado entre el rojo y el negro.
El viento iba y venía por la página del llano,
encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
el viento iba y venía abriendo y cerrando puertas y ventanas,
iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
el viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
escribía y borraba lo que había escrito sobre la pared del día.
En el espacio de la pintura de Miró resuenan las constelaciones lunares, los pájaros de mil colores, el universo surrealista, el jardín de piedras, el azul, el negro, los siglos de la tradición y cultura catalanas. Ahí es donde Paz descubre los azules, las barcas, la imaginación interminable del artista. Por momentos, la cualidad de la imagen nos permite no sólo escuchar, sino ver.
Sigue Paz:
Miró era una mirada de siete manos.
Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles…
Nombres tan fronterizos como Velázquez, Zurbarán, Tintoretto, Rafael, Camile Pissarro, Picasso, Amadeo Modigliani, Man Ray, Fernand Léger, Jacques Lipchitz, Paul Klee, El Greco, Solana, Henri Michaux, Dubuffet, Eduardo Chillida, Chardin, Valerio Adami, Edvard Munch, Joan Miró, Henry Matisse, Roberto Matta, Hans Hartung, Marino Marini, María Helena Vira da Silva, Antoni Tâpies, George Segal, Balthus, Max Ernst, Giorgio Morandi, Maurice Denis, Pierre Alechinsky, Víctor Brauner, John Chamberlain, Juan Gris, Braque, José Luis Cuevas, Francis Bacon, Alberto Giacometti, Rauschenberg, Julio Le Parc, Joseph Cornell, René Magritte, Duchamp, Rufino Tamayo, Afro Basaldella, Rafael Canogar, Alberto Gironella, Fernando de Szyszlo, Juan Soriano, Vicente Rojo, Frida Kahlo, María Izquierdo, Gerzso, Antonio Saura, Richard Serra, Josep Guinovart constituyen una primera y final apuesta de su visión estética. Es el arte de su tiempo, de su memoria, pero sobre todo de sus inclinaciones pictóricas. Geometría, abstracción, figuración, ilusionismo, realismo o simplemente: transfiguración del arte. W.H. Auden decía que hay que buscar y encontrar en la labor poética «diamantes en el barro»; Paz en cada línea, en cada reflexión sobre arte no sólo encontró diamantes sino respuestas. En breves poemas o ensayos, el poeta explora la revelación estética de diversos artistas. Experiencia única e inédita; cómplice, reflexiva, cazadora, incandescente. Sus firmes convicciones surrealistas —André Breton sobre todo— lo llevan a detectar el fuerte discurso estético y narrativo del informalismo europeo y la abstracción estadunidense. No le preocupa indagar en las retóricas de la historiografía del arte sino entender la pintura y su historia a partir de la poesía. Paz decía sobre las diversas generaciones que se cruzan en la historia que los artistas deben redescubrir el punto de convergencia entre tradición e invención: «Ese punto es distinto para cada generación y es el mismo para todas. Convergencia no quiere decir compromiso ecléctico sino conjunción de los contrarios. El arte de nuestros días está desgarrado por dos extremos: un conceptualismo radical y un formalismo no menos estricto»[5].Vanguardias que se pierden y se transforman constantemente en el imaginario del poeta.
Es conocimiento y, al mismo tiempo, recreación del concepto artístico. Es cierto, muchos de estos artistas con algunas sensibilidades próximas a Paz son los que sigue en su evolución constante. Sobre todo Miguel Ángel: La Capilla Sixtina; Picasso: completo; Gris y Braque: el cubismo; Degas: El baño, mujer enguagándose, Bailarinas en escena; Matisse: Las naturalezas; Cezánne: Vista del Estanque, Frutero, plato y manzana, Taza, vaso y frutas, Tres bañistas; Miró: Las constelaciones; Marcel Duchamp: Desnudo bajando la escalera, Rueda de bicicleta, Fuente, Con mi lengua en mi mejilla; Paul Gauguin: Los árboles azules, Perros corriendo en el prado, Visión del sermón, Pastor y pastora en el prado, La ronda de las niñas bretonas, La vida y la muerte; Chillida: El peine de los vientos, Elogio de la luz, Yunque de sueños; Tâpies: Los muros; Rauschenberg: Los objetos; Matta: sus universos poéticos, su mundo surrealista; Motherwell: su poesía lineal y abstracta. Éstos eran algunos de sus artistas preferidos del siglo xx. Ni abstracto ni figurativo, lo que gustaba a Octavio Paz era un arte que nos enseñara a ver. Cuando se situaba frente a una obra se dejaba poseer y dominar por ella. «¡Qué podemos comprender de un retrato de Rembrandt?—decía Francis Bacon— Nada»[6].
Octavio Paz agregaría: Miramos y sentimos una sensación irrepetible. Más tarde sus intereses artísticos crecieron: Léger, Moore, Masson, Klein, Esteban Vicente, De Kooning, Rothko, Morandi, Tinguely, Râfols-Casamada, Torres García y siempre Rufino Tamayo. De él aprendió a comprender el puente que se abrió entre el arte prehispánico y la modernidad del arte en México: «Mi aprendizaje fue también un desaprendizaje. Nunca me gustó Mondrian, pero en él aprendí el arte del despojamiento. Poco a poco tiré por la ventana la mayoría de mis creencias y dogmas artísticos. Me di cuenta de que la modernidad no es la novedad y que para ser realmente moderno tenía que regresar al comienzo del comienzo. Un encuentro afortunado confirmó mis ideas: en esos días conocí a Rufino Tamayo y a Olga, su mujer. Ante su pintura percibí, clara e inmediatamente, que Tamayo había abierto una brecha. Se había hecho la misma pregunta que yo me hacía y la había contestado con aquellos cuadros a un tiempo refinados y salvajes. ¿Qué decir?»[7]. La exploración de las convergencias, la búsqueda del comienzo y la excavación de los límites de la imaginación. «El relato —dice John Berger— no depende en última instancia de lo que se dice, de lo que nosotros, proyectando en el mundo algo de nuestra propia paranoia cultural, llamamos su trama. El relato no depende de ningún repertorio de establecido de ideas y costumbres: depende de su avance sobre los espacios»[8]. Ver, sentir, escribir se traducen en descifrar signos. A veces la cualidad de la imagen nos permite no sólo oír, sino ver la pintura, el eco que el silencio traza en el cuadro, en el dibujo, en la escultura. Ver un cuadro es escucharlo, repetía Baudelaire. A Juan Gris: lo vemos y lo oímos. El espacio de creación, el espacio de la página fue con frecuencia el tema de sus ensayos y de su poesía. El poeta fue consciente del poder transformador de la imagen poética y de la poética de la imagen. Juego inverso. Convergencia lingüística. El poeta espera en un páramo desierto, en una superficie incierta, en un muro en llamas, como dice en el poema que le dedica a Antoni Tâpies:
Sobre las superficies ciudadanas,
las deshojadas hojas de los días,
sobre los muros desollados trazas
signos carbones, números en llamas.
Escritura indeleble del incendio,
sus testamentos y sus profecías
vueltos ya taciturnos resplandores.
Encarnaciones, desencarnaciones:
tu pintura es el lienzo de Verónica
de ese cristo sin rostro que es el tiempo.
Hace años nos vimos -casi siempre nos encontrábamos en París, Barcelona, Madrid y algunas veces en México-, y lo escuché en Barcelona en casa de Antoni Tâpies. Paz: era vehemente, brillante, devastador con el adversario. Un surrealista, un poeta, en suma. «No se trata —repetía Paz— de cambiar a los hombres como de acompañarlos, ser uno de ellos»[9]. Y ese fervor lo encontró en compañía de muchos artistas. A su entender, toda obra de arte es una traducción que desvirtúa una presencia real originaria. La negación y la crítica, fueron para él, la edad moderna. Y bien decía T.S. Eliot en su poema Coros de la piedra:
Pues las acciones buenas o malas pertenecen a un hombre sólo,
Cuando se yergue solo en el otro lado de la muerte,
Pero aquí en la tierra tenéis la recompensa del bien…[10]
Y, Octavio Paz fue un hombre sólo, un seductor intelectual único en su tiempo, que siempre intento dialogar con el otro, para hacerse entender, para dejar un registro luminoso de su paso por la vida. Fue un excelente observador de las convulsiones de las vanguardias artísticas de su tiempo. Imaginación pura. Un ejercicio de demolición crítica. Un poeta que al igual que Joseph Brodsky, Derek Walcott, Czestaw Milosz, Seamus Heaney, Adonis, Yves Bonneffoy, John Ashbery, José Hierro, José Ángel Valente, Wislawa Szymborska y John Bergen crearon un grupo de influencia fuerte en la poesía de la segunda mitad del siglo XX. A lo largo de setenta años el arte fue uno de los temas inacabables de una de las sensibilidades más brillantes y excepcionales del siglo xx.
[1] Octavio Paz, Cuatro chopos, en Los privilegios de la vista.Arte moderno universal 1, t. 6, Fondo de Cultura Económica, México, 1994.
[2] Octavio Paz, op. cit.
[3] Josep María Castellet, Los escenarios de la memoria, Editorial Anagrama, Barcelona, 1988.
[4] Octavio Paz, Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp, Editorial Era, México, 1973.
[5] Octavio Paz, prólogo al catálogo de la exposición de grabados Cartón y Papel de México, Museo de Arte Moderno de México, 1980.
[6] David Sylvester, Entrevista con Francis Bacon, Debolsillo, España, 2013.
[7] Octavio Paz, prólogo a Privilegios de la vista 1. Arte moderno universal. Círculo de Lectores, España, 1991.
[8] John Berger, El sentido de la vista, Alianza Editorial, Madrid, 1985.
[9] Jean Daniel, Los míos, Galaxia Gutenberg, España, 2012.
[10] T.S. Eliot. Poesías reunidas 1909-1962. Coros de la piedra. Versión española de José María Valverde. Alianza Editorial, 1999, Madrid, España.
Miguel Ángel Muñoz, mexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Su dedicación a la creación artística actual es absoluta; compagina su labor en El Financiero, La Jornada Semanal y en la revista Casa del Tiempo, con la de comisario de exposiciones. Ha trabajado personalmente con muchos artistas; entre ellos, Eduardo Chillida, Rafael Canogar, José Luis Cuevas, Josep Guinovart, Roberto Matta, Antoni Tàpies, Richard Serra, María Girona, Vicente Gandía, Ricardo Martínez, Chema Madoz, Luis Feito, Xavier Grau, Charo Pradas, Ignacio Iturria, Albert Ràfols-Casamada, Robert Rauschenberg y Luoise Bourgeois. Es autor de los libros de ensayo: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos (Editorial Praxis, 1999), Ricardo Martínez: una poética de la figura (CONACULTA, 2001), La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas (Editorial Praxis, 2001), El espacio invisible. Una vuelta al arte contemporáneo (Ediciones Batarro, Málaga, España, 2004), Convergencia y contratiempo (Plan C Editores- CONACULTA, 2008), Espacio, superficie y sustancia. La obra de Ricardo Martínez (Siglo XXI Editores, 2009) El espacio vacío, (CONACULTA, 2009), Gutiierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso (CONACULTA, 2009). Asimismo ha editado y comentado los libros El asombro de la mirada. Convergencia de textos. (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2010) Espejismo y realidad. Divergencias estéticas de Rafael Canogar (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2011) y Elogio del espacio. Apreciaciones sobre arte de Rubén Bonifaz Nuño ( UNAM, El Colegio Nacional y UAM, México 2012).Además, es autor de los libros de poesía El origen de la niebla (CONACULTA, 2005), Espacio y luz ( Centro de Producción Gráfica, México, 2003) con serigrafías originales de Albert Ràfols-Casamada, Convergencia (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) y Travesías (Centro de Producción Gráfica, México,2004) con serigrafías originales de José Luis Cuevas, Cinco espacios para Rafael Canogar ( Ediciones El Taller, Madrid, España, 2004), con grabados originales de Rafael Canogar y Fuego de círculos ( Editorial Praxis, México 2012) Sus textos se publican en diversas publicaciones de México, España y América Latina. Es director de la revista literaria Tinta Seca. Es colaborador, asimismo, de las revistas Metérika (Costa Rica), Banda Hispánica y Agulha (Brasil). Actualmente se está capacitando como doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En 2009 fue reconocido por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana y la Facultad de Artes por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.
Algunas influencias mexicanas en la literatura colombiana
Sebastián Pineda Buitrago
1
Desde quién sabe qué edades prehispánicas ha habido relaciones culturales. Pero al menos desde la Colonia se sabe que los poemas de sor Juana Inés de la Cruz enamoraron al poeta bogotano Francisco Álvarez de Velazco y Zorrilla, por allá en 1690 a finales del siglo XVII, cuando él comenzó a dedicarle poemas, endechas y acrósticos que no sabemos si ella alcanzó a recibir. Hasta una carta apologética le mandó. Sí. Uno de los más entusiastas lectores y admiradores que tuvo en vida la mejor escritora mexicana de todos los tiempos, sor Juana Inés de la Cruz, fue un poeta colombiano, Francisco Álvarez de Velazco y Zorrilla, nacido en Bogotá (o Santafé de Bogotá) en 1647 y muerto en altamar en 1704 por su culpa, de pena moral por nunca haberla conocido personalmente. En 1703 había zarpado del puerto de Cartagena de Indias con destino a Veracruz en el Golfo de México, con miras a subir hasta la capital de Nueva España y visitar a su amada, sin saber que una peste había arrasado con ella y otras miles de personas en 1695, es decir, siete años atrás. Las noticias entre las colonias hispanoamericanas sufrían de inmensos obstáculos.

‘Myology of the Horse (the shaman histories)’ 60x55cm. Arte de José Santos. http://www.jsantos.co.uk
Álvarez de Velazco y Zorrilla, que usaba todos sus apellidos por prurito burocrático, se apartó de los tinterillos y escribientes coloniales del Nuevo Reino de Granada cuando murió su esposa. Se entregó al modo de vida epicúreo, dedicado al placer de la lectura y a componer poemas conceptistas, es decir, al estilo de Quevedo y de Petrarca y de Dante, mientras vivía de las pocas rentas de sus vastas haciendas que se extendían por el valle alto del río Magdalena y tocaban el puerto fluvial de Honda, que es el último tramo navegable del río. Alguna vez debió recibir algún baúl de libros proveniente de México o de España. O de ambos. En 1680 se tiraron varios ejemplares del Neptuno alegórico publicados en la imprenta oficial del virreinato de Nueva España, y en 1690, en Madrid, se distribuyó Inundación castálida de la única poetisa, musa décima, Sor Juana Inés de la Cruz, religiosa profesa en el monasterio de San Jerónimo de la Imperial Ciudad de México, que en varios metros, idiomas y estilos, fertiliza varios asuntos, etcétera, etcétera. Bastó leer un par de sus versos para que cayera y se confesara enamoradísimo. Sin conocerla personalmente sino sólo por leer su poemario Inundación Castálida… (1689), él fue el primero en publicar, en la ruda y solemne colonia, endechas, sonetos y cartas de amor a esta mujer de carne y hueso. No tenía manchas de machismo o de coquetería barata. “Paysanita querida”, “Hipocrene”, “Apola”, la llamó. Con ella proclamó que Hispanoamérica ya estaba produciendo una cultura digna de atención: “Que también a estas partes / Alcanzan los vergeles / Del Parnaso, y que muchas / Dicen, que está en tu celda su Hipocrene. / Que no son caos las Indias, / Ni rústicos albergues / de Cíclopes monstruosos / Ni que en ellas de veras el Sol muere”. A los poemas le anexó una “Carta Laudatoria”, en donde le contaba su emoción por conocer la corte de Nueva España, “que la juzgo en toda metrópoli y cabeza de nuestras Indias […] con tanta más razón cuanto es más noble el objeto de estos deseos, reconociendo que con vuestra merced hay hoy en México una cosa mucho mayor y más admirable que el mismo México…” Nadie, en esos tiempos de abogados y clérigos, admitía estar locamente enamorado y menos escribir con esparcimiento y goce. “Me apliqué a las golosinas de las musas”, confesó en el prólogo a Rhitmica Sacra moral y laudatoria, título con el que reunió todos sus poemas que se publicó póstumamente Madrid en 1704. José Pascual Buxo indagó sobre ello en El poeta colombiano enamorado de Sor Juana (1999), y posteriormente el tema también ha dado para obras de ficción: a partir de una de las ilusiones del poeta bogotano, entrar de manera invisible en el estudio de Sor Juana y hacer ruido con sus papeles, R. H. Moreno-Durán imaginó en su obra de teatro, Cuestión de hábitos (2004), que Álvarez de Velasco alcanzaba a enviarle sus poemas y a visitarla secretamente en su convento.
Amante inquieto, siempre
En tu celda invisible,
Haziendo ruido estoy con tus papeles.
II
Tres de los principales escritores vivos de Colombia, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis y Fernando Vallejo, residen y habitan en México desde hace varias décadas. Cien años de soledad (1967), la novela colombiana más famosa del mundo, se escribió en un departamento de la colonia Cuauhtémoc o Anzures, cerca al centro del DF, bajo el hechizo –la lectura y la relectura constante– de la novela más mexicana, Pedro Páramo de Juan Rulfo. En el artículo “Breves nostalgias de Juan Rulfo”, Gabriel García Márquez declaró lo siguiente:
El descubrimiento de Juan Rulfo –como el de Franz Kafka– será sin duda un capítulo esencial de mis memorias. Yo había llegado a México el mismo día en que Ernest Hemingway se dio el tiro de muerte –2 de junio de 1961–, y no sólo no había leído los libros de Juan Rulfo, sino que ni siquiera había oídos hablar de él. [Recordemos que El llano en llamas es de 1953 y Pedro Páramo de 1955]. […] Yo tenía 32 años, había hecho en Colombia una carrera periodística efímera, acababa de pasar tres años muy útiles y duros en París, y ocho meses en Nueva York, y quería hacer guiones de cine en México. El mundo de los escritores mexicanos de aquella época era similar al de Colombia, y me encontraba muy bien entre ellos. […] En esas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa:
–¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!
Era Pedro Páramo.
[…] El resto de aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos me parecían menores. […] El escrutinio a fondo de la obra de Juan Rulfo me dio por fin el camino que buscaba para continuar mis libros [1].
No se escapa de la influencia mexicana otra de las grandes novelas colombianas –quizá la más densa o intensamente colombiana–, La vorágine (1924). En efecto, José Eustasio Rivera había viajado a México en 1921 en misión diplomática y muy seguramente contempló el naciente muralismo que llevaba a cabo Diego Rivera. A pesar de que ninguno de sus biógrafos se ha detenido en su viaje a México y sus críticos poco hacen esta asociación con el muralismo, La vorágine de José Eustasio Rivera es un gran mural de la nacionalidad colombiana. Un mural perturbador. Si un pintor la representara trazaría un mural de líneas secas y tajantes y haría reverberar intensamente de verde la selva de esta novela deslumbrante. Digo que se parece a la técnica cubista y hasta surrealista porque ambos Riveras, el colombiano y el mexicano, agregan otro tipo belleza que roza con lo monstruoso. Al horror agregan más horror, a la belleza más belleza –por seguir con un poema de Juan Manuel Roca, otro colombiano que vivió su niñez en México.
III
Resulta alarmante el constante transitar de los escritores colombianos por el mundo. Tienen como una constante “desazón suprema”, por decirlo con un término del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob que también vivió y murió en México. Es que a diferencia de México, un país que ha hecho su cultura como política de Estado en pos de defenderse del imperialismo estadounidense, el gobierno colombiano no tiene ninguna de esas políticas como no sea vender al mejor postor sus recursos mineros y dejar que se fuguen sus cerebros. Barba Jacob anduvo por casi toda Latinoamérica durante la primera mitad del siglo XX. Y en su poema “Futuro” llegó a recitar como Whitman su autobiografía: “vagó, sensual y triste, por islas de su América / en un pinar de Honduras vigorizó el aliento; / la tierra mexicana le dio su rebeldía, / su libertad, sus ímpetus… Y era una llama al viento”.
La vida de Barba Jacob la ha relatado minuciosamente otro escritor colombo-mexicano, Fernando Vallejo, quien también vive en la “desazón suprema” y en cuyas novelas, La virgen de los sicarios, La rambla paralela o El desbarrancadero, ha logrado fijar en el lenguaje, como nadie, el carácter apasionado y a ratos paranoide y compulsivo del colombiano que ha padecido el terrorismo desenfrenado del narcotráfico. Pero también su débil cohesión social. Su profundo individualismo. El poeta Barba Jacob, que antes se llamaba Miguel Ángel Osorio y por un tiempo, Ricardo Arenales, se parecía a Colombia que también había cambiado varias veces de nombre en su historia republicana. Llegó a México de veinticinco años sin ningún objetivo ni ningún por qué. Lo asustó el estruendo del DF, y se encaminó a Monterrey donde amistó con el hijo del gobernador del estado de Nuevo León, Alfonso Reyes, que solía pasar breves temporadas en esa ciudad, mientras cursaba Leyes en la capital. “Nunca podré olvidar –le confesará Reyes muchos años después– la sacudida eléctrica que recibí al acercarme a usted el primer día, ni podrá borrarse en mí la señal de nuestra amistad”. [2]. Lo que más admiró Barba Jacob en Reyes fue justamente lo que a él más le faltó: disciplina. En varias ocasiones le comentaba a su amigo proyectos literarios que nunca llevó a cabo: una oda a Monterrey en versos heroicos, una novela sobre quién sabe que tema, un ensayo sobre Jesús, otro sobre Bolívar y un drama que pensaba titular “Los tres caminos”. Mientras tanto, el joven Alfonso Reyes presentaba su tesis de Derecho, Teoría de la sanción, al tiempo que se sumergía en el teatro ateniense, interpretaba la poesía de Mallarmé, meditaba en el estilo de la prosa, espejo del pensamiento, reprochando de paso el fatigoso rodeo oratorio. Serían los temas que encerraría en su primer libro, Cuestiones estéticas, publicado en París a comienzos de 1911 y cuya primera edición se vendió casi toda en Colombia.[3]
Colombia suele producir algunos de los escritores más contestatarios y rebeldes y groseros: Vargas Vila, Fernando González, Fernando Vallejo… Todos pensadores a medias, ahogados a menudo en sus propias reflexiones, saturados, empalagados de su propia lucidez. No hay un pensador sereno y robusto como Alfonso Reyes. No. Baldomero Sanín Cano se quedó en libros muy sucintos. Hasta Nicolás Gómez Dávila, el de los Escolios, es rabioso y cascarrabias. Germán Arciniegas demasiado gracioso para tomárselo en serio. Acaso la razón sea geográfica. No hay un Valle del Anáhuac sino, al decir de Reyes, «anarquía vital»: chorros de verdura por las rampas de la montaña; nudos ciegos de las lianas; toldos de platanares; sombra engañadora de árboles que adormecen y roban las fuerzas de pensar. «En estos derroches de fuego y sueño —poesía de hamaca y de abanico— nos superan seguramente otras regiones meridionales [Colombia o Venezuela]. Lo nuestro, lo de Anáhuac, es cosa mejor y más tónica. Al menos, para los que gusten de tener a toda hora alerta la voluntad y el pensamiento claro». ¿De ahí que se hayan ido García Márquez, Mutis, Vallejo, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Laura Restrepo y quién sabe cuántos más a tratar de pensar mejor –escribir más claro– en el Valle del Anáhuac? Lo dudamos en unos; es evidente en otros. Pero no hay que culpar al medio por nuestras incapacidades cerebrales.
IV
Quien en México tomara en su coche la carretera Panamericana o la “autopista del sur” y avanzara más allá de Chiapas, cruzando Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, solamente llegaría hasta Yaviza, un pequeño pueblo en el estado panameño del Darién, a orillas del selvático río Tuira. Todavía le faltarían 87 kilómetros para alcanzar la frontera con Colombia y otros más para llegar al primer poblado, Chigorodó, en la provincia de Antioquia. Pero a huevo tendría que atravesar a caballo o a pie, por trochas empantanadas, el Tapón del Darién que tapa la comunicación entre las tres Américas. Es uno de los lugares más lluviosos del mundo: densa selva extendida por montañas azotadas de cascadas y henchidas de apretada vegetación. No hay quien pueda cruzarla, como no sea algún mochilero a fuerza de vadear ríos y pernoctar en la selva. Colombia es una cosa impenetrable, por usar el título de un ensayo de Juan Guillermo Gómez.
Estos accidentes geográficos son lo que más diferencian a México de Colombia. También los señaló el Barón von Humboldt en su viaje por nuestros países a comienzos del siglo XIX. El pequeño altiplano de Bogotá, donde los muiscas no dejaron ninguna pirámide, decía que no puede compararse en extensión con el de Anáhuac o México, salpicado de pirámides. Básicamente Humboldt sostenía que casi todo el territorio mexicano podía ser caminable de un océano a otro en pocos días: estaba más ajustado más a la naturaleza humana; no así el de Colombia.
El reino de la Nueva Granada presenta valles transversales, cuya profundidad impide a los habitantes viajar como no sea a caballo [por trochas que suben y bajan por desfiladeros deslumbrantes]. En el reino de Nueva España, al contrario, van los carruajes desde la capital hasta Santa Fe, en la provincia de Nuevo México, por un espacio de 2,750 kilómetros, sin que todo este camino haya tenido el arte de vencer dificultades de consideración […] en México la loma misma de las montañas es la que forma el llano. […] Caminando desde la capital de México a las grandes minas de Guanajuato se sigue por espacio de diez leguas sin salir del valle de Tenochtitlan, que está 2,277 metros sobre las aguas del océano[3].
A pesar de esas dificultades de comunicación, tenemos casi los mismos apellidos y escribimos el mismo idioma (decir que hablamos igual es una exageración) y además desde la Colonia, si no fue por tierra, abundó el contacto marítimo a través del Caribe o mare nostrum. Siguen siendo ciudades hermanas –puertos casi idénticos– Veracruz y Cartagena de Indias. Y actualmente siete vuelos de pasajeros aterrizan o despegan diariamente entre México y Bogotá.
Coletazo
Otros temas –cuando apenas estamos espigando los literarios– arrojan las relaciones de la cultura popular colombiana con la mexicana. Lo que Juan Rulfo ha significado para muchos escritores colombianos –una influencia notable– lo ha ejercido José Alfredo Jiménez para los cantantes populares. “Pero sigo siendo el Rey” suena dos veces como mínimo en cada pueblo colombiano. Y a ciertas horas de la noche y en ciertos puntos de Bogotá, por ejemplo, cualquiera puede detenerse y contratar a los mariachis como en la Plaza Garibaldi del DF, para amenizar fiestas o armas parrandas. Ha hecho tan suyo el mariachi el colombiano que yo he llegado a ver en España que, quienes tocan vestidos de charros en la Puerta del Sol en pleno centro de Madrid y para turistas europeos, suelen ser inmigrantes colombianos. Da igual si en las películas de Hollywood aparece un narco colombiano vestido con sombrero de Jalisco y con acento norteño: no será difícil ver un mismo personaje de la vida real, sin necesidad que sea narco, en las cantinas de un pueblo colombiano. Pero esto, repito, es otro tema. Muchas gracias.
Nota del editor: Texto leído en el marco de la XXVI Feria Nacional del Libro de León (FeNaL), México, 29 de abril de 2013. Se publica en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor y la FeNaL.
Sebastián Pineda Buitrago, investigador colombiano doctorando en Literatura Hispánica por El Colegio de México, estudió Literatura en la Universidad de los Andes, y en 2007 su tesis, La musa crítica: teoría y ciencia literaria de Alfonso Reyes, fue publicada en México por El Colegio Nacional. Investigador del Instituto Caro y Cuervo en 2010 fue becado por la Fundación Carolina para cursar el master de Filología Hispánica en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC en Madrid, España. Recientemente, además de artículos en importantes revistas internacionales, publicó una Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XX.









