Ópera a la luz de las velas: el regreso a la intimidad

César Octavio Moreno Zayas

Luz al nuevo teatro. Fotografía de César Octavio Moreno Zayas.

Luz al nuevo teatro. Fotografía de César Octavio Moreno Zayas.

Imaginen que están en la Ciudad de México en 1711. En el Teatro del Palacio Virreinal, ahora Palacio Nacional. Están presenciando a la luz de las velas y en un espacio relativamente reducido el estreno de la primer ópera compuesta en América del Norte. El título es La Parténope, compuesta por Manuel de Sumaya. El libreto es de Silvio Stampiglia y fue el mismo que usó Georg Friedrich Handel para su ópera homónima estrenada en Londres en 1730. Esta imagen es significativa porque da muestra de que la ópera es un espectáculo que siempre ha generado un gran interés y que en muchos países se ha desarrollado. Aunque también hay que decir que la forma en que disfrutamos la ópera ha variado mucho a lo largo de su historia, las tramas han cambiado, los estilos han cambiado y los teatros han cambiado. Ante tanto cambio es difícil, luego, pensar en cómo era la experiencia en otros tiempos.

En 2014 Londres abrió el teatro Sam Wanamaker. El nuevo espacio escénico es una reproducción de un teatro jacobino del S. XVII y fue construido por el Shakespeare’s Globe Theatre. Tiene una escenografía fija de dos niveles compuesta por tres puertas en el nivel inferior y un balcón en el superior; 340 asientos y su iluminación durante la función es con velas. Kasper Holten, quien es director de la Royal Opera House, quiso de inmediato participar en el nuevo foro por lo que el pasado 25 de marzo fue la primer presentación de L’Ormindo de Francesco Cavalli, obra estrenada en Venecia en 1644. La producción fue tradicional y trató de hacer uso de todos los recursos que el nuevo recinto tiene. Al ser un espacio tan pequeño los cantantes aprovecharon los pasillos entre los asientos para tener mayor movilidad, esto favoreció una interacción con el mismo público. El teatro ostenta 6 candelabros con velas que subían y bajaban; esta movilidad fue aprovechada y se pudo integrar a la producción. La orquesta de la Early Opera Company, compuesta por seis integrantes y bajo la dirección de Christian Curnyn, brilló doblemente en su presentación ya que ofreció una muy buena lectura de la partitura y porque estaba iluminada con lámparas eléctricas individuales. Cabe destacar el excelente desempeño vocal y actoral de Susanna Hurrell como Erisbe y la Música, así como de Rachel Kelly como Mirinda; mención especial para Harry Nicoll como Eryka, quien desempeñó un papel bastante bufo y muy propio para las óperas de Cavalli.

Francesco Caletti, mejor conocido como Francesco Cavalli, fue uno de los compositores más importantes y populares de Venecia en el siglo XVII.  La mayoría de sus obras se inspiran en temas de la mitología clásica, son dramas amorosos e incluyen muchos tintes de comedia. Muchas de sus obras han sido rescatadas y han obtenido mucha popularidad entre el actual público de ópera. Reino Unido, en especial el Festival de Glyndebourne, ha jugado un rol fundamental en volver a presentar sus obras. L’Ormindo se estrenó en 1644 y es hasta la producción de 1967 de Glyndebourne que la obra vuelve a los escenarios. Por todo lo anterior no es extraño que para el nuevo teatro Sam Wanamaker se haya decidido presentar una ópera de uno de los compositores íconos del siglo XVII.

El reto era proporcionar al público con una experiencia lo más real posible  a la ópera del siglo XVII. El reto se logró al ser un foro mucho más pequeño que un teatro de ópera actual, el tipo de iluminación, el tamaño de la orquesta y el vestuario. Además de todo lo anterior, la producción no incluyó sistema de supertitulaje ya que rompería con la estética del lugar. Es importante mencionar que en la actualidad es casi una norma el uso del supertitulaje en la ópera para poder entender lo que se canta, sin importar que la ópera se cante en la misma lengua que el público habla. En la búsqueda de una experiencia realista se encontró con el problema de presentar la ópera en su original italiano o traducirla al inglés; la compañía decidió optar por lo segundo. Las compañías británicas tienen gran tradición de traducción de óperas a la lengua de Shakespeare, los principales ejemplos son la English National Opera y la English Touring Opera que presentan sus óperas en inglés. La traducción de óperas es polémica y muchos están en desacuerdo argumentando que las traducciones chocan con la estructura musical establecida de acuerdo a la lengua en la que fue compuesta la obra originalmente. Pareciera ser que la producción de L’Ormindo tratara de recuperar más la experiencia operística que la obra en sí, es decir, se centra en que el público debe observar y entender lo que se da en escena sin necesidad de elementos extras que apoyen la comprensión de dicha obra. Se pudo apreciar una cercanía de la obra con su público, el cual la disfrutó y aguantó las casi 3 horas de función en butacas bastante incómodas. Parece ser que estamos ante un fenómeno operístico novedoso, más íntimo que exige un trabajo mental y físico del público pero que también dará una gran alegría y una percepción operística única en nuestros tiempos. Deberemos esperar a ver que otras propuestas aparecerán alumbradas con las velas en el Sam Wanamaker y si otros países realizan sus propias propuestas.

César Octavio Moreno Zayas, mexicano, es estudiante de doctorado en Música por la Universidad de Nottingham, Reino Unido.  Está investigando la relación entre el teatro de ópera y el público de ópera. Estudió la maestría en semiótica en la Universidad de Tartu, Estonia, titulándose con una tesis dedicada a la elaboración de un modelo de análisis para estudios sociales de la ópera. Estudió la licenciatura en lingüística en la UAM-I donde se tituló con una tesina dedicada a un análisis multimodal de una aria de ópera barroca. Ha tomado diversos cursos sobre investigación semiótica, etnomusicología y sobre música del siglo XX, entre otros. Su tesina de licenciatura fue publicada en 2012, por Editorial Académica Española, también tiene publicadas diversas reseñas operísticas y ensayos que aparecieron en la revista Pro Ópera y el Diario de Xalapa. Es traductor italiano-español y se ha desempeñado como profesor de italiano y de inglés en la UAM-I, UV Facultad de Música, Universidad Cristóbal Colón y Casa Italia; también fue docente de la cátedra de Lingüística Aplicada en la Universidad Anáhuac, campus México Norte, y fue responsable de la Orientación de lenguas en la UVI sede Selvas donde dio cátedra en temas de lingüística, asesoró a alumnos con sus investigaciones y realizó investigación sobre lenguas locales. Ha sido ponente de temas de ópera, semiótica e italianística en la Universidad Anáhuac campus México Norte, BUAP, UAQ, UJAT, Universidad de Oriente, Casa Italia y en la Casa de Cultura de Córdoba. Fue co-fundador y co-coordinador de la compañía de ópera OJUX en Xalapa y actualmente está preparando una revista virtual sobre análisis de la ópera.

Perfect Storm |Tormenta perfecta

Winner of the First Prize of the International Competition of Video-Poetry, organized by the DePaul University and the publication Contratiempo in U.S.A. The Panel of Judges was integrated by Ignacio Guevara, photographer and Luis Valenzuela, film producer. The award ceremony took placed on April 25th, 2014, at the Poetry Foundation, within the framework of the VII Festival Internacional de Poesía en Español Poesía en AbrilCentenarios, from April 24th to April 27th, 2014.   

Primer lugar del Concurso Internacional de Videopoesía, organizado por DePaul University y revista Contratiempo, en Estados Unidos. El jurado estuvo compuesto por el fotógrafo Ignacio Guevara y el cineasta Luis Valenzuela. La premiación se realizó el 25 de abril de 2014, en Poetry Foundation, en el marco del VII Festival Internacional de Poesía en Español Poesía en Abril: Centenarios, del 24 al 27 de abril de 2014.    

 

FICHA TÉCNICA  | TECHNICAL INDEX

Videopoesía  Video-Poetry

Tormenta perfecta | Perfect Storm

Dirección y edición | Directorship and Edition

Rafael Gutiérrez Mercadillo

Autor poesía | Author 

Eduardo Estala Rojas

Concepto y levantamiento de imagen | Concept and Image

Cynthia Calderón

Locución | Locution

Karla Romero

Ecualización y masterización de audio | Equalization and Mastering Audio

Daniel Muñoz

Una coproducción de | Coproduction 

The Onion Films / Digital Gordon

Traducción de español a inglés | Spanish-English Translation

Adriana Elizabeth Vera Pérez / Eduardo Estala Rojas

Duración | Duration

4: 11 min minutes

País | Country

México 

Año | Year

Abril, 2014 

Jorge Luis García de la Fe

Jorge Luis García de la Fe. Fotografía de José María Fernández.

Jorge Luis García de la Fe. Fotografía de José María Fernández.

 

Bajo el ángulo recto de una estrella [1]

Bajo el ángulo recto de una estrella

medita un monje zen; hay mariposas

y flota un ataúd con su botella.

Un perro endemoniado muerde rosas


y bebe vino todo un medioevo.

Escribe un bardo haikus tan extensos

que son antipoemas. Todo es nuevo

en sus vejez de párpados inmensos.

 

La estrella, el monje, el perro y el poeta

se burlan ebrios de la geometría.

Imaginarias, fabulosa aves

 

atraviesan el cielo en bicicletas.

¿Qué loca lógica espacial podría

traer al medioevo en sus tres naves?

***

Que juren por delante la luna y el bolero

 

Que juren por delante la luna y el bolero [2],

da igual en madrugada de rocío y palmera

que en aluvión de nieve de ciudad extranjera;

puedes usar mi cuerpo, Manuel Ramos Otero.

 

No quiero que descansen tus gestos en palabras.

Voy a montar tu muerto, de polvo convidado,

para que la lujuria que no te has descargado

la compartamos ambos: un mismo chupacabras.

 

Haremos cuatro orgías de noche y desenfreno:

Viejo San Juan, La Habana, Nueva York y Chicago.

Iremos a los bares por ángeles de estreno,

 

y nos los beberemos después de cada trago.

Serán las madrugadas como de azufre y trueno,

pues causaremos juntos un colosal estrago.

***

Si en cualquier parte he de encontrarme solo

¿Qué me importa morirme en tierra extraña

o en la patria infeliz en que he nacido

si en cualquier parte he de encontrarme solo?

Julián del Casal

Si en cualquier parte he de encontrarme solo,

me vuelvo soledad de soledades

en el silencio en que me desarbolo

para andar solitarias vastedades.

 

En soledad soy nadie, nada, nunca;

soy sordo, ciego, mudo, transparente.

Mi soledad es esta cama trunca

y mi cepillo viudo de mis dientes.

 

Da igual en tierra extraña, en patria triste,

en el otro confín del universo;

mi soledad baila su son con luto

 

 en el agrio murmullo de un mal chiste.

Tan solo voy que apenas me converso;

 y de tanto estar solo ya estoy bruto.

*** 

Y si no sobreviven las palabras

¡Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!

César Vallejo

Y si no sobreviven las palabras

a las cosas sencillas, al amparo

de tus brazos y besos. Yo declaro

que prefiero los prados y las cabras;

 

volver bucólico al Renacimiento,

 al queso, al vino, al cielo, a la zampoña.

Si mueren las palabras, si retoña

el dulce lamentar, la queja al viento,

 

de los pastores de mi Garcilaso;

entonces volveremnos al idioma

elemental de vida: la poesía;

 

entonces no habrá dioses en ocaso;

entonces soltaremos las palomas

para que sin palabras brille el día.

***

Meditación del tiempo

 

Quizás no es él quien huye: yo me alejo [3]

como quien va espantado de su vida.

Saltan recuerdos truncos del espejo

porque cada segundo se suicida

 

en este cuerpo que no reconozco

filosóficamente. Caracola

infinita es el tiempo en que me enrosco

a mi anciano, a mi niño y a la ola

 

del día cuya noche luz se sueña.

¡Qué gozo da ser todo y no ser nada

y ser lo que no puede definirme!

 

En este ahora muere la cigüeña

del antes, del después. No hay madrugada.

¡Qué parto más eterno este morirme! 

 


 

[1]Verso del poema “Hay un día feliz” del poeta chileno Nicanor Parra (1914).

[2] Verso del poema “Invitación al polvo” de poeta puertorriqueño Manuel Ramos Otero (1948-1990).

[3]Verso de “Cuarto de hotel” del poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998). 


Jorge Luis García de la Fe, cubano, es poeta, ensayista y profesor universitario. Estudió una licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad de la Habana entre 1975 y 1981 y un master en Literaturas y Culturas Latinoamericanas en Northeastern Illinois University entre 2011 y 2012. Fue profesor de Literaturas Hispánicas en el Instituto Superior pedagógico “Juan Marinello” de Matanzas entre 1981 y 1996. Trabajó como Metodólogo de Arte en la Casa de Cultura “Guanajayabo” de Máximo Gómez entre 1996 y 2002, así como profesor de Redacción y Estilo en la Universidad “Camilo Cienfuegos” de Matanzas entre 2002 y 2007. Emigró a Estados Unidos en 2007. Reside en Chicago, donde se ha desempeñado como profesor de Español y GED en el Instituto Cervantes, Centro Romero, Enlace-Chicago y Saint Augustine College. Ha publicado sus poemas y ensayos en: Revista Matanzas (Cuba), Ventana Abierta (Santa Barbara,California), Contratiempo (Chicago) y Diálogo (DePaul University). Su poemario Chicago es mi batey forma parte de la antología En la 18 a la 1, publicado por ediciones Vocesueltas en septiembre de 2010. También forma parte de las antologías poéticas Susurros, para disipar las sombras (Erato, 2012),  Rapsodia de los sentidos (Erato, 2013) y Ciudad Cien (Erato, 2014). Actualmente labora como profesor de Español en Harold Washington College, Estados Unidos. 

 

 

El Teorema de Fermat

Blanca Margarita Parra Mosqueda

Voy de regreso a mi oficina, después de una conferencia muy de madrugada en una de las preparatorias privadas del D.F. Apenas tuve tiempo de dejar al hijo en la escuela, antes de las 8 de la mañana, y solamente alcancé a tomarme el café sin el cual no puedo salir de casa. Tengo hambre.

Memoria. Fotografía de Rosa Delia Guerrero.

Memoria. Fotografía de Rosa Delia Guerrero.

Decido parar en una de las tantas cafeterías-restaurantes sobre San Antonio, cerca de Mixcoac. Y voy directo a la barra para que me atiendan más rápidamente. Por eso y porque, según yo, sentarse en la barra es indicio de que uno no está disponible para una conversación.

En efecto, la mesera toma mi orden apenas me acabo de sentar. Mientras me sirve abro el periódico y leo los titulares, deteniéndome en alguna nota que llama mi atención. Me interrumpe una voz: “¿Me puede pasar el salero?”. Es el caballero de al lado, y tengo que hacer sentido de lo que me dice antes de pasarle el frasquito. “Gracias”, me dice, y respondo “de nada”. Debí asentir con la cabeza, sin más.

La mesera me sirvió ya el café, y mientras comienzo a saborearlo regreso a las notas del periódico. “¿Es usted de Colima? Por el acento”,  me interrumpe nuevamente. Con un poco de impaciencia respondo “No, soy de Jalisco”. “¡Ah! ¡Qué bello Estado es Jalisco! Hace mucho que estuve ahí y me encanta. Sobre todo sus playas.” Supongo que mi mirada en este momento muestra ya una  franca irritación, pero el tipo no parece darse por aludido. Tiene como unos cuarenta años, arreglado y que seguramente piensa que soy un ligue fácil.

De esas veces en que añoro los tiempos en los que era invisible, antes de los dieciséis años. De entonces a la fecha no es que haya cambiado mucho; a pesar de los años y del embarazo, sigo siendo pequeña, me sigo peinando/no peinando como antes, y uso ropa muy poco sugerente, que me permita estar cómoda y al mismo tiempo funcionar en el ámbito de trabajo. Tal vez mi mirada cambió después de los sucesos del 68, pero este tipo ¡ni siquiera puede verme a los ojos!

“¿Usted trabaja por aquí?”, vuelve a preguntar. Ahora sí, esto ya pasa de la raya, pienso, pero no contesto inmediatamente. Entonces recuerdo que la manera más eficiente de deshacerme de un inoportuno galán, allá cuando iba a las fiestas de mi pueblo, era confesar mis inclinaciones. “Soy matemática, me dedico a la investigación y sólo pasé por aquí.” Seguro se quedará callado y me dejará desayunar en paz. Respiro. La mesera trae los molletes que pedí para desayunar.

“Oiga, qué interesante” ¡vuelve a hablar! “¿Usted sabe si ya se probó el Teorema de Fermat?” Me levanto sin contestar, ahora sí con ganas de estrangularlo, y le pido mi nota a la mesera. Iré a almorzar con Doña Mary, cerca de la oficina. Mientras, aprovecho para que se me baje el entripado.

Dra. Blanca Margarita Parra Mosquedamexicana, acreditada como Instructor Certificado (Tec de Monterrey) y Author/Designer (U. de Maastricht y U. Jesuita de Wheeling) en Aprendizaje Basado en Problemas. Con amplia experiencia en diseño curricular, desarrollando planes y programas de estudio para diferentes instituciones reconocidas:  bachilleratos del Instituto Politécnico Nacional (1990); bachilleratos del Sistema Tec de Monterrey  (2000); bachilleratos del Sistema de Colegios Jesuitas (2008), así como la creación, diseño y coordinación de las maestrías en educación matemática en las Normales Superiores de Saltillo y del Estado de México. 

El generoso placer del misterio

Hugo Plascencia

Hugo Gutiérrez Vega, nació en Guadalajara, Jalisco, México, 1934. Director de teatro, escritor, poeta, ensayista, periodista, profesor universitario y diplomático. Estudió derecho en la UNAM, letras inglesas en Michigan, Estados Unidos, letras italianas en la Universidad de Roma, Italia, y sociología de la comunicación en Londres, Inglaterra. Ha sido miembro de carrera del Servicio Exterior Mexicano; consejero cultural en Roma, Londres, Madrid, Washington; embajador en Grecia; concurrente en Líbano, Chipre, Rumania y Moldova; realizó trabajos especiales para la UNESCO en Irán y la Unión Soviética; cónsul general de México en Río de Janeiro, Brasil, y en San Juan, Puerto Rico.


Hugo Gutiérrez Vega. Fotografía de José de Jesús Vázquez Hernández.

Hugo Gutiérrez Vega. Fotografía: José de Jesús Vázquez Hernández.

Es Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, México, 1975, por Cuando el placer termine. Orden al Mérito 1966 en grado de comendador, Italia. Medalla Alfonso X 1981 de la Universidad de Salamanca, España. Comendador de la Orden Isabel la Católica 1983, España. Orden del Delfín 1994 (Gran Cruz), Grecia. Premio de Letras Jalisco, México, 1994. Premio Nacional de Periodismo 1999 en el área de difusión cultural. Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2001. Premio Xavier Villaurrutia, México, 2002 por Peregrinaciones y Bazar de asombros II. Premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval 2009. Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de lingüística y literatura, México, 2013. Es director de La Jornada Semanal y miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.   

―Octavio Paz señalaba que la vocación literaria era un misterio, ¿cómo nació el misterio en la vocación literaria de Hugo Gutiérrez Vega?

―Como una especie de resultado de la lectura, desde muy pequeño aprendí y empecé a leer, y las circunstancias familiares me inclinaron a encerrarme en la lectura, leía todo lo que caía en mis manos, cuentos de hadas, revistas, había una revista creo que se llamaba Idea, era una revista pornográfica maravillosa en páginas sepia; luego leí la Ilíada y la Odisea como quien lee libros de aventuras ¡que además son libros de aventuras!, y de la lectura nació la necesidad de escribir, por qué escribe uno, por qué empieza a escribir uno, es difícil. Yo todavía no consigo descifrar el misterio, ¿por la necesidad de comunicar? no, me parece una explicación muy elemental. ¿Por la necesidad de desfogarse?, me parece psicoanálisis de pulquería. ¿Por la necesidad de conseguir la fama?, me parece también una motivación bastante elemental. Creo que es un misterio, la necesidad de decir, creo que Octavio lo definió muy bien, la necesidad de utilizar las palabras y sacarles todos sus contenidos y sus significados; entonces pasé de la palabra escrita a la propia palabra que busqué durante mucho tiempo, hasta encontrar la forma de decir las cosas, buena o mala pero mi forma, que es lo que tiene que hacer cada escritor, buscar su propia forma después de una larga trayectoria.

―¿En cierto sentido podemos decir que Jaime Sabines tenía razón al momento de definir la escritura como una necesidad fisiológica y ontológica?

―Yo creo que Jaime tenía razón porque se manejan muchas emociones cuando se escribe, la emoción es uno de los elementos primordiales de la escritura. No estoy hablando de lo que yo escribo en poesía, la diferencia entre la poesía narrativa y la poesía hermética, de la poesía como acto de la inteligencia y la otra como acto de la emoción. Creo que la poesía es producto de las dos cosas, es producto de la emoción y de la inteligencia, la emoción tiene mucho que ver con el acto literario y particularmente con el acto poético, por aquello que decía Eliot que la poesía está instalada en buena parte, su parte esencial, en los interiores del inconsciente.

―Si tuviera que escoger entre tres obras y autores que lo han marcado alrededor de su trayectoria como lector y poeta ¿cuáles y quiénes serían?

El son del corazón de Ramón López Velarde, La casa de Asterión de Jorge Luis Borges, La divina comedia de Dante Alighieri y las obras de Francisco de Quevedo.

―Hablando de periodismo cultural, ¿ha influido éste en su obra poética? y si es así, ¿de qué manera?

―Yo creo que sí, decían los esteticistas ingleses, que eran como diríamos en Guadalajara: “muy delicaditos”, que no le convenía al poeta dedicarse al periodismo, ya que la palabra poética se contaminaba con la periodística. Por lo tanto, la gente como Walter Pater  recomendaba a los escritores que escribieran su obra con la mano derecha y el periodismo con la izquierda, como un trabajo para sobrevivir, yo no lo pienso así, es una posición esteticista y es muy respetable, tiene su base en El Castillo de Axel, y Yeats también en algún momento mantuvo esa postura.

Creo que el periodismo cultural nos obliga como disciplina a mantenernos al día y a leer mucho, a discriminar mucho, y por otra parte nos estimula. Yo soy unos de esos escritores a los que estimula la lectura; a veces cuando paso por periodos de sequía me pongo a leer y me sucede casi milagrosamente que después de leer a uno de mis poetas amados (aparte de los que ya he mencionado) a Auden, Yeats, Eliot, Lorca o Cernuda, me estimulan para escribir. Lo mismo decía Verlaine, que la lectura estimula, y el periodismo cultural nos obliga a leer mucho y a mantenernos no sólo cerca de las novedades sino también a recordar textos antiguos para recomendarlos, analizarlos y releerlos. Yo soy muy dado a la relectura, un libro que leo todos los días es la Biblia, no sólo por razones religiosas sino porque el Eclesiastés me indica más o menos lo que debo hacer en el día. Generalmente no lo obedezco pero lo leo, me estimula y, de repente, un poema me estimula para la escritura. En las actividades del periodismo cultural estamos muy cerca de la producción literaria de todos los tiempos y particularmente de los nuevos.

―¿Cómo percibe al periodismo literario en México, ha perdido terreno en la actualidad?

―Creo que no, hay buenos ejemplos de ello, el más reciente era José Emilio Pacheco en la revista Proceso, seguía escribiendo maravillosamente, con un estilo moderno, por supuesto a como se escribía en el siglo XIX. Creo que hay buenos escritores, yo tengo en el suplemento La Jornada semanal un buen equipo de colaboradores que escriben muy bien, y que es lo primero en que les insisto, si eres periodista cultural tienes que escribir muy bien. Un ejemplo son las reseñas de los libros, es una recomendación en el caso de que el libro sea bueno, si tiene aspectos buenos y malos que los reseñen, y si es malo que lo olviden, para qué perder papel, tiempo y tinta de imprenta. Entonces yo creo que el periodismo literario aunque se encuentre en crisis, cierren suplementos, las revistas cada vez pierdan más páginas y la crisis económica al primer sector periodístico que afecte sea al cultural, a pesar de eso, se mantiene en buena salud gracias a los pocos suplementos que quedamos y que seguimos preocupados por escribir bien.

―Usted compartió varios momentos de su vida con Alberti, Asturias y Neruda ¿cómo definiría la experiencia?

―Alberti fue como mi hermano mayor, vivíamos en Roma y nos veíamos con mucha frecuencia, él prologó mi primer libro, lo leyó, lo corrigió y lo mandó a Lozada, quien me dijo que era absolutamente imprescindible que se publicara. Alberti llegó a esos extremos de amabilidad. Por cierto, el prólogo es un poema. Hablábamos mucho, decíamos poemas de memoria, siempre ha sido el aporte que a mí me interesa. No sé si usted estuvo en la sesión con Carlos Monsiváis en el Paraninfo de la U de G, donde decíamos poemas de memoria. En el caso de Alberti nos pasábamos las tardes en Roma diciendo poemas de Garcilaso de la Vega, El cántico espiritual de San Juan de la Cruz, las coplas de Jorge Manrique, los lamentos de Quevedo, los poemas de Cernuda, de Lorca; Alberti me pedía que leyera los poemas de los italianos que yo había traducido al español. Por cierto no muy bien, ya que fallé en esas traducciones, lo reconozco, eran los poemas de Quasimodo, Ungaretti, Montale, Pavese, Pasolini y Leopardi, Las estelas de la Osa Mayor que eran los cantos que más nos gustaban. Con Alberti aprendí y compartí mucho.

A Asturias lo conocí en Génova durante un congreso de escritores, luego me lo encontré en Roma; Alberti y yo luchamos para conseguirle algún pequeño trabajo en Italia ya que aún no ganaba el premio Nobel y todavía no era embajador en París. Era muy generoso, estudioso y dedicado a la escritura con una disciplina férrea. Después viajamos a Rumanía Alberti, Asturias, Neruda y yo. Yo era un joven escritor que había traducido un libro al español, una obra de teatro que se llamaba La carta perdida del escritor rumano Gianluca Cardinali, por eso me invitaron. Lo que hice en el viaje fue escuchar a Neruda, a Asturias y a Alberti y cargarles las maletas. No estaba mal, pero las maletas de Neruda cada día pesaban más por la colección de cosas, le gustaba una piedra y la metía ¡y ahí tenía al pendejo del mexicano cargándolas! Neruda era hermosamente infantil, era caprichoso, tremendamente inteligente, buen amigo de sus amigos y muy duro con sus enemigos de su posición ideológica, lo quise mucho y él me quería, intercambiábamos cartas, nos hablábamos por teléfono, todavía le hablé poco antes del golpe militar en Chile para decirle que me habían nombrado presidente del Comité Mexicano de Apoyo a la Unidad Popular, y le dio mucho gusto, me dijo: “te voy a enviar material, unos poemas para que los publiquen y ganen dinero”, es la última conversación que tuvimos. Así es que los tres, junto con Monsiváis, Sergio Pitol y José Carlos Becerra éramos grandes amigos, no sólo en lo literario sino en la vida.

―Después de su libro Antología con dudas, hemos escuchado que trabaja en otro libro México-Charenton, ¿qué nos puede adelantar de ese proyecto?

―Estoy trabajando en el tema, todavía no estoy muy seguro, salió la antología cuando pensé que ya era lo último y de repente me entró un algo, como esos viejos toreros que se retiran y luego de repente regresan, a veces es un desastre porque ya no tienen piernas, puede ser que toreen mejor por la experiencia pero las piernas ya no les responden. A mí las piernas ya no me responden, entonces ha llegado la idea, la estoy acariciando y pensando por aquello que decía Eugène Ionesco en La cantante calva, “señores, tomad un círculo, acariciadlo, ¡y se volverá vicioso!”.

―¿Cuál es el panorama que vislumbra en la reciente poesía mexicana?  

―En el suplemento recibimos materiales de distintos lugares de México, y entre los jóvenes hay gente que está escribiendo muy bien, son nuevas influencias como en otra época, influencias de Paz o de Sabines, la famosa poesía intelectual y la de la emoción o la experiencia, que a mí esa teoría no me convence mucho, porque Octavio Paz tiene un poema que es producto de la pura experiencia, Pasado en claro, y Sabines era un lector dedicadísimo a los clásicos españoles, pero por naturaleza tienden también a la producción de la experiencia literaria y libresca, por lo que creo que no hay tal dicotomía con respecto al tema de la emoción, la experiencia y la inteligencia.

―¿Existe un compromiso en la “poesía social” de los autores jóvenes? 

―En algunos sí he visto tal compromiso social pero cada vez menos y se entiende, la situación del país de porquería que estamos viviendo, esta desesperanza de los partidos, el fracaso de las ideologías, todo esto produce la desesperanza. Hace poco publicamos una antología con poetas muy jóvenes de Yucatán, entre veintiuno a veinticinco años, yo pensé Yucatán es el lugar de la trova, pero no, tenían la influencia del rock duro, pero en serio. Escribían sobre el sistema patriarcal de Yucatán y del país en general, entonces le dije a Luis Tovar hay que ponerle un título: ¡de cómo la trova yucateca se fue a chingar a su madre!

―¿Según su experiencia, cuál es el consejo que le daría a la nueva generación de poetas jóvenes?   

―Que encuentren su propia voz, creo que eso es lo importante. Es normal que reciban influencias, la búsqueda se hace ardua, de repente caen en plagios, yo caí varias veces en plagios sin darme cuenta. Creo que una vez escribí un poema que terminaba: “la soledad, la lluvia, y los caminos” y a los pocos días abrí un libro de Vallejo y me encontré este poema que dice: “son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia y los caminos”. Entonces es normal, se habla del inevitable plagio de un poeta, sus influencias principales son de la poesía universal. Lo que les recomendaría es que lean mucha poesía, es fundamental que entren en la atmósfera de la poesía, la poesía se impone. Tú lo sabes perfectamente, es dictatorial y autoritaria, te obliga a una especie de disciplina y a casi una constante iluminación, por eso Rimbaud nos lo enseña con el título de su libro Iluminaciones; la poesía es eso, una iluminación que después toma forma ya con el estilo. Y por último, que al encontrar su propia voz sean fieles a ella, aunque la voz sea buena o sea mala, pero que se jueguen la aventura, es una ruleta rusa. Tengo un poema que hice sobre un poema fracasado que dice “De un árbol que cae seco al suelo, brotan algunas hojas verdes de las ramas, los pájaros se posan en ellas, pensando que están volando”.   


Hugo Plascencia, mexicano, es poeta, periodista y gestor cultural por la Universidad de Guadalajara, México. Ha publicado en varios medios de prensa en Canadá, Estados Unidos, México, Inglaterra, España, Francia, Perú y Chile. Ha sido colaborador del suplemento La Jornada Semanal del periódico “La Jornada”, del Periódico de Poesía de la UNAM y del Petit Journal. Coautor de diversas antologías: Novísima poesía mexicana, Mapa poético de México, Panorama de la poesía Mexicana, Las afinidades electivas/Las elecciones afectivas: curaduría autogestionada de poesía mexicana reciente, Cien poetas del mundo, Vértigo de los aires: encuentro Iberoamericano de poetas, entre otras. Autor de los libros: Ahogar el Grito, 2005. Todo es Babel, 2006. Calandrias Underground, 2007 traducido al francés; y Razón de Bestia, 2008. Becario del CONACULTA (2005-2006) y (2008-2009). Ha participado en varios encuentros nacionales e internacionales de poesía. Parte de su obra ha sido traducida al inglés y al francés. Actualmente realiza performance poetry en colaboración con músicos y artistas visuales. Y colabora con poemas musicalizados para documentales en Francia.

Palabras para despedir al padre Gabo

Marco Tulio Aguilera Garramuño

Criticable o no, me es inevitable escribir una larga y sentida carta para despedir a mi padre y maestro Gabriel García Márquez. Como muchos de mis amigos y algunos de mis enemigos saben, yo he vivido a la sombra y a la luz de este escritor tan querido. Al punto de no dudar en considerarlo: el más querido del mundo hoy en día.

Carlos Fuentes junto a Gabriel García Márquez. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Carlos Fuentes junto a Gabriel García Márquez. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Llamarlo padre y maestro podrá sonar trillado, un horroroso lugar común, que no vacilo en asumir. Fue mi padre porque descubrí el mar interior de la literatura que podría hallar en mí en el momento en que tras doce horas de lectura, acostado en una cama rústica en una casa de asistencia del barrio Siloé, en Cali, terminé de leer Cien años de soledad. Y fue mi maestro porque apenas una semana después de la lectura de esta obra, inicié la escritura de mi novela Breve historia de todas las cosas, en la que se podían leer las huellas, el aliento, la fuerza que me había dado el leer la obra mayor de Gabo.

Ya he contado varias veces y en diversos medios cómo y dónde conocí personalmente a GGM. No voy a repetirlo. Diré simplemente que le entregué mi novela Breve historia de todas las cosas, publicada en Buenos Aires, en su propia mano. Una semana o quince días después (no recuerdo) Felipe Ossa (creo que fue Felipe Ossa), quien era gerente de la Librería Nacional en Cali, me dijo que García Márquez había llamado desde Barcelona a la librería (porque le habían dicho que yo iba con frecuencia allí) y que al no hallarme me dejó un mensaje con Felipe, en el que me felicitaba por la novela, que le había gustado mucho. La voz se corrió por Cali y Colombia.

Cuando Daniel Divinsky, el editor de mi novela visitó Cali, reiteró lo que había escrito en la contraportada de mi libro. Que le gustaba más mi novela que Cien años de soledad. Imaginen, amigos, lo que semejantes declaraciones hicieron en la mente afiebrada del muchacho que era yo por entonces. La apuesta estaba lanzada: yo quedé marcado por ese debut, que alguien ha llamado «patada de antioqueño». Mi vida a partir de entonces consistiría en estar a la altura del reto.

Que alguna vez García Márquez haya dicho públicamente y para la prensa palabras elogiosas sobre mí o sobre mi obra no puedo afirmarlo de ninguna manera. A mí sí me las dijo, y yo me apresuré a divulgarlas. En el Hotel Xalapa, hace quizás 15 años me dijo «Breve historia de todas las cosas es lo mejor que has escrito y quizás lo mejor que escribirás». Personas que visitaron en su estudio a Gabo (el profesor Motato y Fabio Jurado Valencia) me contaron que Gabo tenía un estante tras su escritorio dedicado enteramente a Mutis y otro dedicado a mí. Y les dijo que le gustaban mucho las obras de ese loquito colombiano que vive en Xalapa.

¿Qué aprendí de Gabo? La pasión por la escritura; mantener por años guardados los libros, trabajándolos hasta que estuvieran maduros; aprendí que cada novela es una auténtica tesis de grado sobre la vida y que uno es responsable soberano de un universo; aprendí la soberbia soberana de creer que cada obra mía era una obra maestra. Y algo muy importante: aprendí que hay que usar todos los recursos disponibles para difundir las obras (sentado a una mesa en el restaurante del Hotel Xalapa, al lado de Gustavo Sainz y Ángel Rama, lo escuché urdir las mentiras adecuadas para difundir ya no me acuerdo que novela a punto de salir publicada).

Si bien he tenido periodos de adoración a GM, también he tenido etapas en las que de alguna manera lo he rechazado y en las que llegué a decir que era necesario matarlo para que los escritores colombianos pudiéramos vivir. Y esa actitud ya estaba o estuvo presente desde el primer encuentro en Bogotá, en 1975, cuando en la dedicatoria que le puse a mi ejemplar de Breve historia de todas las cosas le escribí: «Para García Márquez, a quien pienso matar… literariamente». Ingenuo y maniqueo deseo que obviamente no se cumplió ni se cumplirá. Aunque no me siento inferior a Gabo (lo digo con claridad y sin rubor) sé que lo suyo no tiene comparación alguna, y que ninguna obra mía o ajena lo va a opacar.

Que personajes como Seymour Menton, René Avilés Fabila, Guillermo Samperio, Héctor D’Alessandro y otros diez hayan repetido elogios desmedidos a mi novela más reciente (llegando a colocarme por encima de Gabo) no me hace más grande de lo que creo ser. Mi obra es diametralmente opuesta a la de Gabo, va por otros caminos y si tiene algunos valores, serán valores independientes.

Mucho se me ha criticado que yo haya usado a Gabo como trampolín para catapultar mi «fama». Acepto las críticas pero en mi salvedad debo decir que la «leyenda» no la inventé yo, sino el primer editor, el argentino Daniel Divinsky, Seymour Menton y muchos otros que repitieron el cliché «el más posible sucesor de García Márquez»… que se convirtió en el trade mark no sólo mío sino de diez o 15 escritores colombianos a los que se les colgó el mote de posibles sucesores: Tomás González, Santiago Gamboa, Juan Gabriel Vázquez -el más endeble- Evelio Rosero, etc.

Recuerdo que en el primer encuentro con Gabo me atreví a decirle «no me gustó El otoño del patriarca«. El me respondió: «pues si no te gustó es porque no sabes nada de literatura».Leí casi todas las obras de García Márquez con pasión y a veces con rencor. Las reseñé, dicté conferencias (la más memorable fue en Indiana; la llamé «Escenas de amor, eros y pornos en las obras de García Márquez»). Viví pasionalmente su literatura y ello me marcó, aunque en ninguno de mis libros posteriores a Breve historia de todas las cosas sean notables las huellas de su influencia.

Gabo tuvo tres actos de tremenda caballerosidad conmigo, aunque sabía que yo era «peligroso» (en el sentido de que sabía que yo iba a escribir TODO lo que me dijera): uno fue invitarme a comer tacos en una taquería de cuarta en Coyoacán (con Eduardo García Aguilar y Nicolas Lozano, que no me dejarán mentir) y rechazar un ejemplar de  Cuentos para después de hacer el amor que yo quería regalarle (le pidió a su hijo Gonzalo que fuera a la librería El Parnaso a comprar el libro).

Otro acto de gentileza fue descolgarse (manejando él mismo su propio deslumbrante coche computarizado) desde su casa en la calle Fuego hasta el centro del DF para ir a verme al Sanborns Las Lajas. El tercer acto, que hoy ya puedo divulgar, fue defenderme muy en secreto cuando me querían expulsar de México por escribir lo que gentes «probas» (léase Pabello Acosta y amigos) consideraban pornografía que denigraba a las damas jalapeñas.  «Yo te salvo del problema, pero te pido que no lo divulgues», me dijo. Lo guardé durante años.

Y también tuvo un acto de descortesía: ocupó el tiempo que me había asignado para una cita en atender a una periodista que sin duda le llamaba más la atención que yo (la pequeña Rosa Elvira Vargas -hoy en La Jornada-, que por esos días era un platillo apetitoso para un cincuentón como lo era Gabo entonces (hago constar que no fueron más allá de la convencional entrevista, de la que fui testigo a la distancia, hasta que me enojé y fui a reclamarle a Gabo su incumplimiento. Ya le había reclamado y dado la espalda a mi héroe cuando me alcanzó, me tomó del brazo y me dijo «»cachaco tenías que ser… ¿no ves que estoy atendiendo a esta cabrita?» Solamente tres veces pude estar a solas con Gabo (eliminemos el “solamente”: tres veces ya es un honor memorable): en el Sanborns en el DF; en Bogotá en el local de la revista Alternativa y en el Hotel Xalapa. Nunca pude expresarle adecuadamente mi afecto filial.

Generalmente fui agresivo, intolerante, severo con aquel monumento vivo. Publiqué las crónicas de mis encuentros con él y él mismo me las criticó. Me dijo: «Me usas para hacerte publicidad». Y lo acepté. En una ocasión lo abracé y él me dijo: «No vayas a poner que yo te abracé. Tú fuiste el que me abrazaste». Que era petulante y ególatra en público, eso es notable. Hablaba como si fuera el papa. Sólo conocí a dos personas que pudieron llevarle la contraria y dejarlo callado: Ángel Rama y Mercedes Barcha.

Cuando me atreví a decirle algunas frases duras, lo tomó con buen humor: «Ah, estos hijos díscolos que tengo esparcidos por el mundo». ¿Fue egoísta? Sí. Nunca entendió Gabo que la gloria es para compartirla. La quiso toda para él solito y la consiguió. «Nunca voy a hablar bien de ti, porque te enfermaría y no volverías a escribir nada bueno», me dijo. Y bien vistas las cosas, al no ayudarme -como podría haberlo hecho: una palabra de él hubiera bastado para lanzarme al mundo de las grandes editoriales europeas- me hizo un favor: gracias a la especie de leve anonimato que he mantenido durante casi toda mi vida, he podido seguir escribiendo con tranquilidad y he podido moderar mi megalomanía -megalomanía tan semejante a la de Gabo, que dijo «si cuando me siento a escribir no pienso que voy a escribir una obra superior al Quijote, mejor me retiro de la profesión» (cito de memoria).

Buen viaje, querido maestro y padre, nos vemos al rato.

17 de abril de 2014. 

Marco Tulio Aguilera Garramuño, colombiano, es escritor. Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía El libro de la vida, cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

En letras de oro

Adolfo Castañón

Cuenta Octavio Paz en Vislumbres de la India que, luego de renunciar a la Embajada de México y al tomar el tren que los llevaría a él y a Marie Jo, en octubre de 68: “el viaje de Delhi a Bombay fue emocionante, no sólo porque me recordaba el que había hecho unos 20 años antes, sino porque en algunas estaciones grupos de jóvenes estudiantes abordaban nuestro vagón, para ofrecernos las tradicionales guirnaldas de flores”.  

Eduardo Vázquez Martín (izquierda) secretario de Cultura del Distrito Federal, y Adolfo Castañón (derecha), miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Foto: Antonio Nava / Secretaria de Cultura GDF ©2014.

Eduardo Vázquez Martín (izquierda) secretario de Cultura del Distrito Federal, y Adolfo Castañón (derecha), miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Foto: Antonio Nava / Secretaria de Cultura GDF © 2014.

Esos ramos de flores frescas son hermanos de las velas encendidas por manos anónimas en memoria de los muertos en la Plaza de Tlatelolco el 2 de noviembre de 1968 y de las letras de estos tres nombres insignes Efraín Huerta, Octavio Paz y José Revueltas, hermanos de tinta y luz, que hoy se inscriben con letras de oro en la sede de la Asamblea de Representantes del DDF.

Me gusta pensar que esta inscripción no es una imposición en el sentido en que se marca a las reses con hierros ardientes al rojo blanco en la piel las insignias de las rancherías de que provienen, sino, más bien, y ante todo una emanación o efusión, como si las piedras que ahora ostentan estas letras hubiesen discernido con inteligencia entre sus vetas estos signos para exhibirlos, sacándolos a la superficie uno por uno como de una caja encantada.

En alguna página, Miguel de Unamuno recuerda que los antiguos alquimistas tenían en sus gabinetes ventanillas hechas con láminas de oro. La luz, al pasar por ellas, se ruborizaba y tornaba roja como la sangre. Sólo así podía tener éxito la operación alquímica.  Esta alianza entre el oro y el plasma cobra un peculiar significado en este acto en que la caligrafía perdurable de una generación mexicana representada deslumbrantemente por tres escritores y poetas: Efraín Huerta, Octavio Paz y José Revueltas, se viene a labrar en uno de los lugares privilegiados de la memoria mexicana, para afirmar así una idea de la ciudad y de la historia de la que fueron agentes, protagonistas, testigos y hacedores, esos militantes del orden civil, esos hombres de palabra y acto de tanto y tan múltiple arraigo.

Nota del editor: Discurso preparado para la ceremonia de develación de los nombres en letras de oro de Efraín Huerta, José Revueltas, Octavio Paz, en la Asamblea de Representantes DDF, VI Legislatura, México,10 de abril de 2014. Diversas circunstancias impidieron su lectura pública. Con la autorización del autor, se publica en exclusiva en el Mexican Cultural Centre.   

Adolfo Castañónmexicano, es poeta, narrador, ensayista, traductor, editor y crítico literario. Estudioso de las obras de Michel de Montaigne, Alfonso Reyes, Juan José Arreola y Octavio Paz. Miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Ha sido miembro del consejo de redacción de varias revistas en Latinoamérica, como Vuelta, Letras Libres, La Cultura en México, Plural, Gradita y Literal.   

Iniciação / Iniciación

En exclusiva para el Mexican Cultural Centre (MCC), la escritora, poeta y traductora brasileña Adriana Zapparoli, traduce un poema al portugués del libro Blanco Oro Negro (Reino Unido, 2012), de Eduardo Estala Rojas.


 The Major Oak of Sherwood Forest, Nottinghamshire, England. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.


The Major Oak of Sherwood Forest, Nottinghamshire, England. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Iniciação

O Ouro é Branco quando a palavra desperta

nas entranhas da minha terra;

me lembra dos nove caminhos da vida e da morte.

Tudo fala quando ouço o ar trinta e três vezes.

as árvores,

o olhar juvenil,

o poeta do século vinte e um,

os amuletos de Isis.

Tudo fala quando eu escrevo em silêncio trinta e três vezes.

Viajo com Isis em um barco,

trilhamos o planeta Terra em trinta e três dias…

e um sonho

—se manifesta em decreto—

 ***

Iniciación

El Oro es Blanco cuando la palabra despierta

en las entrañas de mi tierra;

me recuerda a los nueve caminos de la vida y la muerte.

Todo habla cuando escucho al aire treinta y tres veces

los árboles,

la mirada juvenil,

el poeta del siglo veintiuno,

los amuletos de Isis.

Todo habla cuando escribo en silencio treinta y tres veces.

Viajo junto a Isis en una barca,

recorremos el planeta Tierra en treinta y tres días…

y un sueño

—se manifiesta en decreto—

 

Blanco Oro Negro, Eduardo Estala Rojas, Reino Unido, 2012, p.19.  

Adriana Zapparoli (Campinas, São Paulo, Brasil) es escritora, poeta y traductora. Ha realizado estudios de postdoctorado en la Universidad Estatal de Campinas (SP). Sus poemas han sido publicados en revistas de arte y literatura en diversos países. Es autora de los libros “A flor da abissínia” (versión bilingüe) en 2007; “Cocatriz” en 2008; “Violeta de Sofía” en 2009; “Tílias e tulipas” (versión bilingüe) en 2010, “O leão de Neméia” en 2011; “Flor de lírio” (versión bilingüe) en 2012, “Flor de lótus” (versión bilingüe) en el año 2013, todos han sido editados por Lumme Editor (Bauru, SP). Actualmente es editora de la revista electrónica «Zunái de Poesía y Debate» (ISSN 1983 – 2621), junto con el poeta Claudio Daniel. Edita el blog:  http://zappazine.blogspot.com.br

La celda humana: Diferentes usos del cuerpo en la novela corta «El Apando» de José Revueltas

Benjamín Pacheco López

En condiciones de cautiverio extremo, el cuerpo humano también puede volverse una celda donde se mezclan con furia un dolor y odio que rayan en lo infinito, según se puede interpretar de la novela corta El Apando, de José Revueltas (1914-1976).

José Revueltas. Foto Cortesía.

José Revueltas. Foto Cortesía.

El texto fue publicado en 1969 y se deriva del encierro que sufrió el autor duranguense en la Cárcel Preventiva de la Ciudad de México –conocida popularmente como Palacio Negro de Lecumberri– del 21 de septiembre de 1968 al 13 de mayo de 1971,[1] pues la fecha publicada al final de la novela: “Cárcel Preventiva de la Ciudad. México. Febrero-Marzo (15), 1969”,[2] coincide con el tiempo que pasó en prisión. Lo anterior, luego de ser acusado como “autor intelectual[3] del movimiento estudiantil que reprimió en 1968 el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz.

La intención de este trabajo no es ahondar en las similitudes entre la literatura de José Revueltas y sus múltiples estancias en prisión (a los 15 años al reformatorio: El quebranto (relato); posteriormente a las Islas Marías: Los muros de agua (novela),[4] pues de alguna manera se ha vuelto repetitivo el cruce analítico entre su vida militante y su basta obra, como lo recuerda la ensayista Elba Sánchez Rolón:

¿Quién fue José Revueltas? Se ha convertido en lugar común resaltar su carácter apasionado, su febril y conflictiva militancia comunista, su vida carcelaria, sus arranques políticos… Revueltas era, ante todo y desde mi punto de vista, un ser múltiple, de varias facetas que se conjuntaban problemáticamente: sus ideas políticas y su vocación narrativa se interpenetran, son inseparables y autónomas a la vez: las dos piden ser revaloradas desde sí mismas, pero sin olvidarse de su relación recíproca.[5]

De igual forma, la ensayista Lilia Solórzano puntualiza que para el investigador resulta difícil acercarse a un autor que ha sido analiza desde distintas aristas, enfoques filosóficos, religiosos, sociales o históricos, como se ha hecho con Revueltas, pero remarca que hace falta más trabajo desde la perspectiva literaria. Esto, con motivo de una reseña crítica al libro-homenaje titulado El terreno de los días, de 16 ensayos y una pequeña obra de teatro en tres actos, mismo que fue presentado en 2007 y editado por Francisco Ramírez Santacruz y Martín Oyata:

Si, aparentemente, ya todo está analizado, ¿yo qué digo? […] Decir algo sobre la obra de José Revueltas ha significado decir algo de su vida y, con ello, decir algo sobre las relaciones de poder, político preponderantemente, pero también social, cultural, económico, amoroso, hasta abarcar el complejo entramado que establece el hombre en su organización con los demás […] Revueltas, como ya se ha afirmado innumerables veces –no hay estudio, semblanza, comentario que no lo mencione-, fue un militante de izquierda […] Esto es, justamente, lo que la mayoría de los estudios críticos han abordado. Y es que con tal imbricación político-poética resulta complicado intentar otro enfoque […] Pero es conveniente no dejar pasar que todavía resta mucho por mirar no desde el lado moridor y revolucionario sino desde el literario.[6]

Esta, en parte, es la intención de este trabajo: una aproximación a la forma en que los cuerpos humanos son descritos por un narrador omnisciente que lleva al lector por la atmósfera sofocante de El Apando, desde ese lado literario y estético en el que los organismos no son pasivos, sino que sufren transformaciones y agresiones, se les confina y ellos, confinan a la vez sus rencores y pasiones, donde son reflejo de las condiciones cambiantes de su entorno, y que constantemente buscan salidas para el dolor y odio que los sacude por dentro.

Aproximaciones teóricas sobre el narrador

En principio, El Apando es una historia contada por un narrador omnisciente, pues no tiene limitaciones cognitivas ni de orden perceptual y espacial, es decir, recorre con plena libertad el pasado de los personajes, sus pensamientos más escondidos, los odios y deseos, realiza juicios y digresiones, así como descripciones de lo que ocurre adentro y fuera de la celda. En términos de teoría literaria, es lo que la investigadora Luz Aurora Pimentel refiere como una polifonía, es decir, “a la constante alternancia o interacción entre la perspectiva del narrador –o de los narradores- y la de los personajes”[7]. A mayor precisión, la autora se apoya en la teoría aportada por Gérard Genette, específicamente en uno de los tres códigos de focalización básicos: la focalización cero o no focalización:

a) En la focalización cero, que Genette también denomina no focalización, el narrador se impone a sí mismo restricciones mínimas: entra y sale ad limitum de la mente de sus personajes más diversos, mientras que su libertad para desplazarse por los distintos lugares es igualmente amplia. De este modo, el foco (foyer) del relato se desplaza constantemente de una mente figural a otra en forma casi indiscriminada. Este modo de focalización corresponde al tradicional narrador omnisciente […].[8]

Más adelante, Pimentel subraya que en un relato centrado en este tipo de focalización, como lo es El Apando, “la perspectiva del narrador es autónoma y claramente identificable, tanto por los juicios y opiniones que emite en su propia voz, como por la libertad que tiene para dar información narrativa que él considere pertinente, en el momento que él juzgue el adecuado”.[9]

Cabe destacar que dicha novela está construida en un solo párrafo, lo que remarca más esta sensación de aislamiento (una celda de letras que contienen una historia que se desborda constantemente) que está anunciada desde el título, además de que las acciones y los escasos diálogos se dan de continuo, con poco espacio a signos y marcas que especifiquen quién dijo qué cosa, en un torrencial de pensamientos, juicios, emociones y conflictos que se descargarán hasta llegar al final del relato. Los aspectos anteriormente mencionados se pueden apreciar en fragmentos como el siguiente:

En la memoria de Polonio la palabra nadien se había clavado, insólita, singular, como si fuese la suma de un número infinito de significaciones. Nadien, este plural triste. De nadie era la culpa, del destino, de la vida, de la pinche suerte, de nadien. Por haberte tenido. La rabia de tener ahora aquí a El Carajo encerrado junto a ellos en la misma celda, junto a Polonio y Albino, y el deseo agudo, imperioso, suplicante, de que se muriera y dejara por fin de rodar en el mundo con ese cuerpo envilecido. La madre también lo deseaba con igual fuerza, con la misma ansiedad, se veía. Muérete muérete muérete. Suscitaba una misericordia llena de repugnancia y de cólera.[10]

En una lectura atenta, es difícil concebir que el personaje de Polonio pueda articular una frase tan poética y –de alguna manera compleja- como “este plural triste”; la enunciación “Por haberte tenido” que aparece intercalada, presa entre las oraciones, ¿quién la dijo realmente?;  el deseo remarcado de muerte ¿es de la madre, de Polonio o de la voz narradora? Este tipo de fragmentos se repiten constantemente a lo largo de todo el relato, como los pasos circulares de un prisionero en un área restringida, y ponen en alerta al lector, pues lo invitan a revisar constantemente un escrito plagado de extrañamientos llenos de imágenes duras y efectivas.

Sobre la prisión, Sánchez Rolón recuerda que es una temática recurrente en la obra de Revueltas, además de que ahonda en la posible forma en que estas experiencias se tradujeron en literatura, tal como también lo llegó a analizar alguna vez la cronista Elena Poniatowska, quien lo visitara en Lecumberri:

La experiencia de la cárcel parece ser una constante en toda la narrativa de José Revueltas, su estancia en las Islas Marías y en Lecumberri pudo ser el detonante de una metáfora del ser humano preso, y la del mundo como una cárcel, cuyas rejas trascienden lo material y se extienden a la ideología, a las relaciones humanas y al pensamiento religioso […] para Elena Poniatowska “El apando concentra toda la tesis revueltiana. Todos sobre la tierra somos iguales, todos estamos presos, el mundo nos sirve de cárcel, ningún ángel vendrá a salvarnos” […] (prosigue Sánchez Rolón) Su segunda novela, El luto humano […] da entrada a otra dimensión del presidio, una prisión afectiva y moral, donde se distinguen dos planos: el objetivo, las tinieblas y el diluvio que aprisionan a los personajes; y el subjetivo, la religiosidad, el fatalismo y los sentimientos de culpa que los aíslan.[11]

Desde una perspectiva más testimonial, El Apando se apega al temor real que tenían los prisioneros a este sitio, caracterizado por una total ausencia de luz y vista, solamente cuatro paredes en un precario espacio, como lo apunta Sergio García Ramírez, quien fuera el último director del conocido presidio hasta que cerró en 1977 para dar paso al recinto de Almoloya de Juárez. El entonces funcionario destaca la clausura de dicho lugar e incluso cita a Revueltas en sus reflexiones:

El apando estuvo ligado a la historia de Lecumberri. Acompañó al presidio, lo hizo temible. No se ha perdido todavía el recuerdo de la obra de José Revueltas sobre este tema y con este nombre.[12]

Posteriormente, García Ramírez cita un extracto de El final de Lecumberri, libro de su autoría y que publicó con motivo del cierre del penal. Del mismo destaca la narración de la tristemente célebre celda de castigo:

En Lecumberri, el apando era… la celda más distante en cada crujía: una presencia amenazadora, pero no un espectáculo vivo, a la luz, que pudiese ser bien observado. A la vista sólo estaba la puerta; lo demás, dejado a la imaginación, al testimonio o al recuerdo. En la Crujía ‘G’, la más grande… el apando se hallaba en el segundo piso, al fondo. Era una celda común, forrada de lámina de acero, desprovista de mobiliario, a la que se había cegado la fuente de aire y de luz que otras celdas tenían en la parte más alta de la pared frente a la puerta. Sólo las cuatro paredes, desnudas, inexpugnables; la puerta hermética cuya mirilla se abría desde afuera, para introducir alimentos, girar instrucciones o ejercer la custodia; algún lugar, tal vez, para el desahogo fisiológico, y nada más, salvo el silencio franqueado por voces apagadas, la fetidez, la oscuridad.[13]

Tras éste breve estado de la cuestión en torno a temas recurrentes en la vida y obra del autor duranguense, pasemos a ver el lado literario de la obra citada, y que lo anterior sirva para arrojar luz a las celdas humanas, para entrar con “El espejo y la lámpara”[14] al complejo apando de José Revueltas.

Una prisión para el cuerpo, el cuerpo como prisión y cautiverio

Antes que el cuerpo, la mirada. El ojo escrutador que recorre los espacios, las grietas, los límites de lo que se le impone a la vista, los cercados y fronteras que recuerdan una edad de piedra y una edad de hierro, un territorio inamovible de seres retrocedidos en la “escala zoológica”. Un lugar sin tiempo, sin luz, donde solamente hay una rendija que obliga a la humillación de la cabeza y que, por la posición, únicamente permite usar un ojo para espiar al exterior. Dolor constante, espera rabiosa, rencor contra los celadores que se asumen libres aunque estén metidos en el mismo bloque de acero y concreto que los prisioneros.

Así es como empieza El Apando: en un momento de espera en la vida de tres reos: Polonio, Albino y El Carajo, obligados a compartir el último lugar en el castigo corporal, en la escala del confinamiento a los presos, que es la celda del apando, donde lo más valioso es ese pequeño hueco que comunica con el exterior -entrada de aire, luz, brevedad de compañía, otra voz que no sea la conciencia- y lo más detestable es la insoportable cercanía del otro, del cuerpo del otro, de las dolencias del otro. Por fuera, el enemigo inmediato, la autoridad retrocedida a una “interespecie”, vueltos los guardias “mono y mona”, respectivamente, olvidados por el resto de la humanidad y, sin querer saberlo, condenados a vivir con una humanidad de la que pocos quieren ocuparse.

Polonio, desde aquella mirilla, desde lo alto del segundo piso, escudriña con el ojo derecho aquellos cuerpos que considera alejados de la especie humana:

Monos, archimonos, estúpidos, viles e inocentes, con la inocencia de una puta de diez años de edad. Tan estúpidos como para no darse cuenta de que los presos eran ellos y no nadie más, con todo y sus madres y sus hijos y los padres de sus padres. Se sabían hechos para vigilar, espiar y mirar en su derredor, con el fin de que nadie pudiera salir de sus manos, ni de aquella ciudad y aquellas calles con rejas, estas barras multiplicadas por todas partes […] Todo era un no darse cuenta de nada. De la vida. Sin darse cuenta estaban ahí dentro de su cajón, marido y mujer, marido y marido, mujer e hijos, padre y padre, hijos y padres, monos aterrados y universales.[15]

Todo es prisión aún alejados de la prisión. La represión no se queda en la penitenciaria sino que se extiende a la urbe, a las familias,  a la sociedad en general. Es una ilusión creer que se es libre, según se aprecia. La mirada ahora deja la multitud de “monos” y se concentra en un cuerpo, el peor de todos: El Carajo, ser que roza el anonimato y que es identificado apenas por un apodo, el margen en el margen, alguien que ni siquiera –si tuviera la oportunidad- podría ver por el postigo, pues la posición para hacerlo solamente le dejaría libre su ojo tuerto. Se anuncia la primera característica de la celda corporal que le priva de la vista:

Pues por eso lo apodaban El Carajo, ya que valía un reverendo carajo para todo, no servía para un carajo, con su ojo tuerto, la pierna tullida y los temblores con que se arrastraba de aquí para allá, sin dignidad […].[16]

El cuerpo le reduce libertades a El Carajo: no camina totalmente, no puede decidir estarse quieto. Sin embargo, hay algo en él que es libre de vez en cuando: su sangre. El líquido se vuelve señal de auxilio, manipulación de su entorno, fuga antes de la fuga del apando a la enfermería. Es un pequeño sacrificio de ecos prehispánicos. Ritual constante, las marcas que le han dejado en el cuerpo los cortes de venas también reflejan una lenta caída de la vida hacia la muerte:

Famoso en toda la Preventiva por la costumbre que tenía de cortarse las venas cada vez que estaba en el apando, los antebrazos cubiertos de cicatrices escalonadas una tras otra igual que en el diapasón de una guitarra […] abandonado hasta lo último, hundido, siempre en el límite, sin importarle nada de su persona, de ese cuerpo que parecía no pertenecerle […] A propósito se arrimaba a la puerta de la celda […], ahí junto al quicio, para que el arroyo de la sangre que le brotaba de la vena saliera cuanto antes al estrecho andén, en el piso superior de la Crujía, y de ahí resbalara al patio, con lo que se formaba entonces un charco sobre la superficie de cemento […].[17]

Además de estas pequeñas fugas, la otra huída que logra El Carajo de su cuerpo, de tiempo en tiempo, es la de su conciencia; esto, por medio de la droga que lo posee, que galopa como potro embravecido, como ángel destructor, por sus venas:

Pero del que disfrutaba, se resguardaba, se escondía, apropiándosele encarnizadamente, con el más apremiante y ansioso de los fervores, cuando lograba poseerlo, meterse en él, acostarse en su abismo, al fondo, inundado de una felicidad viscosa y tibia, meterse dentro de su propia caja corporal, con la droga como un ángel blanco y sin rostro que lo conduciría de la mano a través de los ríos de la sangre, igual que si recorriera un largo palacio sin habitaciones y sin ecos.[18]

Este cuerpo al límite que es El Carajo, esta conciencia que lleva en la carne la marca de sus adicciones, es visitado en la prisión por su madre, otro ser igual de marcado por sus culpas y penas. En ella no hay la huella tradicional de amor hacia los descendientes; el navajazo en su cara también podría interpretarse como la negación de una vida –la mitad de una cruz- con la que se ha topado de frente. Debido a que la madre refleja una decadencia similar a su vástago, la voz narradora parece encontrar el origen de los malestares de ella en el hecho de haber engendrado a un hombre cuyo cuerpo no sirve para nada, salvo para generar lástima y rechazo:

Durante estas entrevistas, la madre de El Carajo, asombrosamente tan fea como su hijo, con la huella de un navajazo que le iba de la ceja a la punta del mentón, permanecía con la vista baja y obstinada, sin mirarlo a él ni a ninguna otra parte que no fuese el suelo, la actitud cargada de rencor, reproches y remordimientos, Dios sabe en qué circunstancias, sórdidas y abyectas se habría ayuntado, y con quién, para engendrarlo, y acaso el recuerdo de aquel hecho distante y tétrico la atormentara cada vez.[19]

Los encuentros con la madre reflejan otro aspecto de El Carajo: en realidad nunca ha terminado de nacer del todo, no ha logrado la independencia plena, pues al parecer únicamente cambió la matriz humana por una simbólica de piedra:

Sobre la banca de la sala de defensores, con el vientre lleno de lombrices que le caía como un bulto encima de las cortas piernas con las que no alcanza a tocar el suelo, hermética y sobrenatural a causa del dolor de que aún no terminaba de parir a este hijo que se asía a sus entrañas mirándola con su ojo criminal, sin querer salirse del claustro materno, metido en el saco placentario, en la celda, rodeado de rejas, de monos, él también otro mono […], con un solo ojo, sin poder salir del vientre de su madre, apandado ahí dentro de su madre.[20]

Si se queda quieto, El Carajo se vuelve una especie de desecho; si se mueve, invoca lo grotesco en su andar, vestir y actuar. A pesar de esto, intenta recomponerse un poco por medio de la ortopedia, que consiste en corregir o de evitar deformidades en el cuerpo humano por medio de ciertos aparatos o ejercicios corporales. De nada le sirve:

El Carajo, a mitad de uno de los senderos en el jardín de Enfermería, bailaba una suerte de danza semi-ortopédica y recitaba de un modo atropellado y febril versículos de la Biblia. Llevaba al cuello, a guisa de corbata, una cuerda pringosa, y a través de los jirones de su chaqueta azul se veían, con los ademanes de la danza, el pecho y el torso desnudos, llenos de bárbaras cicatrices, y bajo la piel, de lejanos y desvaídos tatuajes […] Flexionaba la pierna sana, la tullida en posición de firmes, las manos en la cintura y la punta de los pies hacia fuera, en la posición de los guerreros de ciertas danzas exóticas de una vieja revista ilustrada, para intentar enseguida unos pequeños saltitos adelante, con lo que perdía el equilibrio e iba a dar al suelo […].[21]

Hay algo en el cuerpo de El Carajo que se resiste a la decadencia y al derrumbe total, aunque a veces no deja de sumarse a ese concierto ruinoso de piel y miembros tullidos: el ojo izquierdo. En El Carajo, dicha parte es el último resquicio por donde aflora algo saludable de su cuerpo e, incluso, reflejar otros sentimientos, otro brillo de cierta inteligencia:

La mirada legañosa del ojo sano tenía un aire malicioso, calculador, burlón, autocompasivo y tierno, bajo el párpado semi-caído, rígido y sin pestañas […] Entonces el ojo parecía morírsele, quieto y artificial como el de un ave. Era con ese ojo muerto con el que miraba a su madre en las visitas, largamente, sin pronunciar palabra. Ella, sin duda, quería que se muriera, acaso por este ojo en que ella misma estaba muerta […].[22]

De vuelta a la progenitora de El Carajo, llega un momento en la historia en que ella será clave para lograr introducir droga al penal. Su cuerpo sufrirá una metamorfosis momentánea y de madre de reo pasará a ser burrera de sustancias ilícitas. Polonio, autor intelectual, la convencerá de usar “unos tapones de gasa con un hilo del tamaño de una cuarta y media más o menos, cuyo extremo quedaba fuera, una puntita para tirar de él”, para transportar de veinte a treinta gramos de droga. La voz narradora acentúa de manera irónica éste cruce entre las funciones maternales con un objeto más ligado a la muerte, y que compara también con la vida en reclusión:

(Polonio) “Usted ya es una persona de edad, grande, de mucho respeto; con usted no se atreven las monas”. La cosa era así, por dentro, algo maternal […] muy en uso ahora, en la actualidad, por las mujeres […] para no embarazarse y no tener que echar al hijo por ahí de mala manera, uno de los recursos más modernos de hoy en día, podrían decírselo La Chata o Meche, y ayudarla a que le quedara bien puesto. Ahí moría todo, ahí quedaban sin pasar los espermatozoides condenados a muerte, locos, furiosos delante del tapón, golpeando la puerta igual que los celadores, también monos igual que ellos, multitud infinita de monos golpeando las puertas cerradas.[23]

Conforme avanza la trama, rumbo a la llegada de las mujeres con la droga, la voz narradora remarca las descripciones de degradación en torno a El Carajo, aunque también permite la entrada de, quizás, el momento más luminoso en el relato: la danza del vientre a cargo de Albino. En esta parte, el cuerpo se vuelve un lienzo –a la manera de una pintura viviente- capaz de desatar las más escondidas emociones en el espectador privilegiado, de hacer surgir el deseo carnal en medio de un lugar que no respeta la carne humana, de un erotismo finamente concentrado en algunos centímetros de piel en contraste con la mudez violenta de los muros que rodean a los personajes:

Una danza formidable, emocionante, de gran prestigio en el penal […] Albino siempre ponía enorme celo respecto a la composición de su público, como buen juglar que se respeta […] Tenía tatuada en el bajo vientre una figura hindú […] que representaba la graciosa pareja de un joven y una joven en los momentos de hacer el amor y sus cuerpos aparecían rodeados, entrelazados por un increíble ramaje de muslos, piernas, brazos, senos y órganos maravillosos –el árbol brahamánico del Bien y del Mal- […].[24]

El cuerpo de Albino, en total contraste con El Carajo, representa al organismo admirable y con todas las características para convertirse en un centro de deseo, en un teatro de ocasión donde se desplayan la armonía y la estética atrayente, al grado de rayar en lo místico:

Con tal sabiduría quinética, que bastaba darle impulso con las adecuadas contracciones y espasmos de los músculos, la rítmica oscilación, en espaciado ascenso, de la epidermis, y un sutil, inaprensible vaivén de las caderas, para que aquellos miembros dispersos y de caprichosa apariencia, torsos y axilas y pies y pubis y manos y alas y vientres y vellos, adquiriesen una unidad mágica donde se repetía el milagro de la Creación y el copular humano se daba por entero en toda su magnífica y portentosa esplendidez […]

Terminado este instante de luz dentro de la oscuridad corporal y espacial de El Apando, la voz narradora guía al lector hacia el final, donde –una vez más- los cuerpos entrarán en colisión. La narrativa ofrece un juego verbal de libertades aparentes, fuga de rencores, nuevos aislamientos y un final donde el cuerpo quedará crucificado, inmóvil y desgarrado por la mano de la autoridad. La Chata, Meche y la madre de El Carajo han entrado en la Crujía. Llegan a la celda pero, en una suerte de confusiones, mala suerte y escándalo, no pueden entregar la droga y son llevadas a una jaula ubicada en la planta baja. Los celadores, para aplacar los ánimos, liberan momentáneamente a los reclusos pero sólo con el pretexto de llevarlos al mismo sitio y tenderles una trampa. Tras una nueva confusión, quedan encerrados en la jaula un Comandante, tres guardias y los prisioneros. El pequeño espacio, lleno de barrotes, se convierte en un especie de coliseo romano donde los hampones se miran como gladiadores que, en lugar de espada, portan cinturones que no dudarán en usarlos para intentar destruir y destronar a estas figuras de autoridad, a los otros encerrados con ellos, a los monos con uniforme y garrote. Los cuerpos son convertidos en armas. La pelea tiene el tono de una confrontación entre manadas silenciosas:

La pelea era callada, acechante, precisa, sin un grito, sin una queja. Tiraban a matar y a herirse en lo más vivo, con los pies, con los garrotes, con los dientes, con los puños, a sacarse los ojos y romperse los testículos. Las miradas, las actitudes, la respiración, el calculado movimiento de un brazo, el adelantar o retroceder de un pie, consagrados por entero a la tensa voluntad de un solo y unívoco fin implacable, trasudaban la muerte en su presencia más rotunda, más increíble.[25]

Posteriormente llegan más guardias e introducen tubos en la jaula, con la intención de inmovilizar a los presos. Esta acción, a mi parecer, es simbólica y significativa, pues anuncia el último freno que tendrán los presos, estos cuerpos ya de por sí limitados espacialmente, por parte de la autoridad. Una represión dentro del sistema represivo que es la penitenciaria. Aquí pareciera que ya no hay personas, sino sólo cuerpos, que a su vez sirven como celdas para sus pasiones y rencores. También se puede apreciar como una anunciación del próximo desgarre de los organismos, en una imagen de evocaciones religiosas:

En un diabólico sucederse de mutilaciones del espacio, triángulos, trapecios, paralelas, segmentos oblicuos o perpendiculares, líneas y más líneas, rejas y más rejas, hasta impedir cualquier movimiento de los gladiadores y dejarlos crucificados sobre el esquema monstruoso de esta gigantesca derrota de la libertad a manos de la geometría […] Ellos, los gladiadores, eran invencibles, incluso por encima de Dios, pero no podían con esto. Empujaban los tubos hacia arriba, saltaban, forcejeaban de mil maneras, pero al fin no pudieron más […] Colgantes de los tubos, más presos que preso alguno, Polonio y Albino parecían harapos sanguinolentos, monos descuartizados y puestos a secar al sol.[26]

De esta forma cierra la novela corta El Apando, sitio siniestro donde transcurre una historia intensa donde el cuerpo, como se ha demostrado, tiene un lugar central en los usos y descripciones, pues ayudan a conformar a los personajes de una manera más amplia en la mente del lector, además de que reflejan –por sus cicatrices, posturas, enfermedades, heridas y deseos reprimidos- una sociedad que en ocasiones se encierra en sí misma, apandada, creyéndose que vive en plena libertad pero está constantemente restringida por la autoridad, al tiempo que trata de mantener a raya su propio dolor y rencores ocultos bajo la piel. 


BIBLIOGRAFÍA  

[1]Rafael Vargas, “José Revueltas en 1968”, Proceso, México, 27 de septiembre de 2008, sin página, http://hemeroteca.proceso.com.mx/?page_id=278958&a51dc26366d99bb5fa29cea4747565fec=88900 [Consulta: 5 de diciembre de 2011].

[2]José Revueltas, El Apando, Ediciones Era, 26ª reimpresión, México, 2011, p. 56.

[3] Massimo Modonesi, “1968: a 40 años del movimiento estudiantil en México”, Revista Colección OSAL, ISSN 1515-3282, CLACSO, Buenos Aires, Argentina, Año IX Nº 24 – Octubre de 2008, p. 147, http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/osal/osal24/08modon.pdf [Consulta: 5 de diciembre de 2011].

[4] “José Revueltas. Durangueño. 1914-1976”, Las biografías. Forjadores del mundo, http://www.durango.net.mx/homeInterno2.asp?seccion=biografias/biografiasDetalle.asp&id=601 [Consulta: 5 de diciembre de 2011].

[5] Elba Sánchez Rolón, Cautiverio y religiosidad en El luto humano de José Revueltas, Tierra Adentro, México, 2005, p. 9.

[6] Lilia Solórzano, “Reseñas”, Valenciana. Estudios de Filosofía y Letras, Universidad de Guanajuato, Guanajuato, No.2, julio-diciembre 2008, pp. 170-171 y 173.

[7] Luz Aurora Pimentel, “Mundo narrado IV. La perspectiva: un punto de vista sobre el mundo”, El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa, Siglo xxi editores, México, 2010, p. 114.

[8] Luz Aurora Pimentel, Op. Cit., p. 98.

[9] Luz Aurora Pimentel, Op. Cit., p. 98.

[10] José Revueltas, Op. Cit., p. 17.

[11] Elba Sánchez Rolón, Op. Cit., pp. 7-8.

[12]Sergio García Ramírez, “Pena y prisión. Los tiempos de Lecumberri”, Estudios Jurídicos,  p. 843, http://www.bibliojuridica.org/libros/1/49/34.pdf [Consulta: 5 de diciembre de 2011].

[13]Sergio García Ramírez, Op. Cit., p. 843.

[14]Al modo del teórico M.H. Abrams en su libro del miso título El espejo y la lámpara, en parafraseo de un poema de William Butler Yeats, para reunir dos metáforas acerca de la mente: la primera, su comparación con un “reflector de objetos externos”; y la segunda, con un “proyector radiante que aporta algo a los objetos que percibe”.

[15]José Revueltas, Op. Cit., pp. 13-14.

[16]Ibid, p. 15.

[17]Ibid, pp. 15 y 18.

[18]Ibid, pp. 15-16.

[19]Ibid, pp. 16-17.

[20]Ibid, p. 20.

[21]Ibid, pp. 18-19.

[22]Ibid, p. 19.

[23]Ibid, p. 20-21.

[24] Ibid, pp. 24-25.

[25]Ibid, p. 53.

[26]Ibid, pp. 54-55-56.


Benjamín Pacheco López, mexicano, es reportero y fotógrafo. Ganador del XXVIII Premio Nacional de Ensayo “Enriqueta Ochoa”, otorgado por la Universidad Autónoma de Coahuila, México, 2012, por el ensayo: “Los dominios del Príncipe Paradoja (Dioses griegos y aforismos) en El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde”. Primer lugar en la categoría de Ensayo, en el Foro Cultural Universitario “Espiral”, organizado por la Universidad de Guanajuato, México, 2011. Primer lugar en poesía en los Juegos Florales “Profesor Luis Pavía López”, edición 2007, en Ensenada, Baja California, México.   

 

Mario Eraso Belalcázar

Cementerio

 

Mario Eraso Belalcázar. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Mario Eraso Belalcázar. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

 ***

Páramo

El árbol pelado

Ardiendo

 

 

***

El rayo

Concentrado en la vanidad

De su resplandor

 

 

***

Tocada por los holgazanes

Del misterio

Abierta a chorros y devaneos

Frecuentada ardorosamente

En bares y prostíbulos

En sábanas untadas de esplendor

Roja como la lengua de los tigres

Ausentes

 

A veces

Una rata colgando de la joroba

De un rey

Otras

El peciolo rajado de la luz

Que todo lo oscurece

 

***

El límite del cuerpo es otro cuerpo

 

La noche         cuerpo hambriento

            Que el alba alimenta

Sol       cuerpo

            Donde se reclina el vientre del agua

 

Donde está la boca

            La herida pide nuevas heridas

            La herida no cesa de ser herida

            Ni el cuerpo nuevos cuerpos

 

Tu mano en mi cuerpo

Siembra heridas que renacen en besos

            Que renacen en heridas

 

Mi boca nombra tu cuerpo

Tu cuerpo aparece en mis manos

Como besos de la noche

Más antiguo que los viejos y que las estrellas

***

“Balada imperfecta del dolor”

 

Mi dolor es un necio varón de alas negras

Mi dolor se esconde y da la cara tras el dolor

                                                            Y del dolor

Mi dolor se marcha y me encuentra

                                    Donde me duele

Mi dolor es el dolor del dolor de mi dolor

                                    Es el dolor del dolor

Mi dolor deletrea los murciélagos

                        Que sobrevuelan mi dolor

Que se esconde y da la cara y se marcha

Dolor es decir decir decir dolor dolor

Ciudad de nieve y dolor

Mi dolor es una rosa violenta

                        Y negrísima     una rosa

Aquí adentro donde huele a dolor de rosa

De rosa de rosas de dolor de rosas

Mi dolor mi angustia soy un perro una llama

De dolor de piedras de lanzallamas

De dolor y dolor

Mi dolor me duele mi dolor

*** 

Mario Eraso Belalcázar, colombiano, es doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. En 2009, realizó una Estancia Posdoctoral en el Instituto Tecnológico de Monterrey (sede Monterrey). Ha dado ha conocer tres poemarios: Extravío (edición de autor, 1993), Cementerio (Ediciones Sin Nombre, Bogotá, 2005) y Oro (Ediciones Sin Nombre, México, 2011), y un libro de crítica literaria: Cordón de plata: Diez poetas latinoamericanos nacidos en la década de los años cuarenta del siglo XX (Ediciones Sin Nombre, México, 2010). En revistas como Anales de Literatura Hispanoamericana, Letras Libres, Crítica, Cuadernos de Literatura, entre otras, ha publicado artículos especializados sobre Juarroz, Gómez Jattin, Borges, López Velarde o Castañón. Ha comienzos de 2014 publicó en Literatura Mexicana, la edición crítica de dos poemas extensos de Carlos Pellicer: “Variaciones sobre un tema de viaje” y “Semana holandesa”.