Emperatriz del Bolshoi

Emperatriz se deslizaba casi sin levantar sus lindos pies, como bailando o patinando sobre hielo, sirviendo de ilustración casi etrusca al piso destellante de mármol de Carrara, una especie de espejo descarado, de la casa del ingeniero Méndez-Gay Rivera: Tiene la elegancia y dignidad de una bailarina del Bolshoi, me dije. 


Trabajaba con disciplina y callada alegría de monja del santo suplicio: descalza, modesta y diligente, pero sin humillarse ni por un segundo. Cuando recibía alguna orden que no era de su agrado, levantaba sus ojitos de lince con un relámpago de luz furibunda en sus pupilas en una especie de muda protesta y formaba con sus labios una caprichosa trompita de niña enfurruñada. Ah, los labios de Emperatriz: hay que cantarlos: delgados y turgentes, de negra con rasgos de blanca fina, aunque el color de su piel fuera del más oscuro y feroz, feraz, como oscura y nutritiva tierra, negro que se pueda imaginar, su nariz perfecta de huequitos muy redondos y graciosos, toda ella una obra maestra de ingeniería divina.

Su uniforme de mucama estaba formado por un pantalón amplio que soslayaba cualquier ilusión de forma y una blusa de algodón al 100%, que usaba sin brasier y sin reservas de malicia, como de limpia enfermera, los dos de color azul pálido, beige o gris perla, según el día, discretos atuendos que aceptó de mala gana cuando recibió la encomienda del oficio de la casa el primer día que se presentó a trabajar. Lo que no estuvo dispuesta a aceptar, me dijeron, fueron las alpargatas, las sandalias o las chinelas semi chibchas que le quiso imponer la consorte de Méndez Gay-Rivera. Señora –dijo la mujercita en voz muy baja pero con serena e implacable energía y una musicalidad simpática, casi infantil- yo le trabajo todo lo que quiera, hasta el más alto trasnocho, sincluso, pero sin zapatos. Pronunció el bello neologismo, “sincluso” con leve pedantería de negrita que sí pudo terminar su primaria y leer algún libro fuera del programa.

Y es que así, dijo, la acostumbró su ruda madre en Puerto Tejeda. Puerto Tejeda, pueblo de negros duros, trabajadores y honrados, eso se sabe, y Emperatriz no cesa de recordarlo más con su ejemplo que con palabras, de las que es bastante parca. La señora Martha Cristina porfió: Cuándo se ha visto en la santa vida de este país que una sirvienta quiera imponer condiciones antes del primer día de trabajo, eh; pero el ingeniero, buen tasador de mujeres y diplomático previsor de futuros goces, viendo aquellos pies de oscura princesa con sus uñitas blancas muy bien cuidadas, y sin duda imaginando el resto de la historia y relamiéndose los bigotes, logró negociar: Que trabaje descalza la negrita, qué mal puede haber, y cuando haya invitados, que se ponga lo que ella quiera; y lo que Emperatriz quería lucir en días de visitas era precisamente sus tenis Nike Air, siempre limpios, cuidados hasta el extremo.

La señora Marta Cristina aceptó apretando los labios y rechinando para sí los dientes, sabiendo que al ceder tenía otro as para negociar –Todo en esta vida es dinero, querida; cuando entiendas esto podrás vivir conmigo en eterna paz y felicidad el resto de tu existencia, le dijo tras las primeras escaramuzas de acomodo conyugal el ingeniero, un sibarita sin par desde que lo conozco.

Y Martha Cristina pronto sabría que su esposo con esa frase había cavado la fosa del matrimonio y levantando un altar a la soterrada armonía al mismo tiempo. Para cuando Emperatriz llegó a aposentar su imperio en casa de los Méndez Pérez-Gay, la señora Martha Cristina ya había cobrado milimétricamente cada una de sus concesiones y gracias a ello tenía cuentas bancarias paralelas y, suponía secretas, con abundantes dólares. Eso me contó.

Pasé el fin de año en casa de los Méndez Etcétera disfrutando de cuanto podía ofrecer aquella que se podría calificar sin desdoro como inmodesta mansión, particularmente de la piscina, construcción de apenas cuatro carriles construidos en un terraplén del paisaje del Valle del Cauca para que entrenara el ingeniero, que a más de potentado importador de insumos era ex campeón latinoamericano de aguas abiertas y ya llevaba casi una década luchando contra el avance de un vientre poco común a sus sesenta años. Pasé los días de ocio –un fin de año en el que acepté la invitación ya añeja del viejo amigo de tiempos universitarios- Mi casa que es tu casa, querido Valentín; como debes imaginar es de cinco estrellas y media, dijo- disfrutando del yakuzi al aire libre desde el que se ven las montañas circundantes y del whisky Dalmore Selene –precio 18 750 dólares- que fluye descaradamente y que está presente en todas las estancias sociales y privadas de su casa (exceso reprobable y ostentoso que me cuidé de reprocharle).

Pero todas aquellas comodidades, amigos míos, no eran comparables al disfrute estilita de ver pasar a Empera –apócope del pomposo “Emperatriz”- rumbo al cuarto de lavado y secado, trayendo y llevando el café en finas y diminutas tazas de Marruecos, barriendo, trapeando, puliendo el piso de la sala con un donaire de prima dona, atendiendo a la señora Martha Cristina que no cesaba un instante de solicitarle la toallita celeste para desmaquillarme, ¿has visto la crema exfoliante?, ¿sabes dónde está mi collar de perlas, el que compré en Panamá, ¿recuerdas que te traje una copia, Emperita?, que ya no hay papel higiénico en el baño de la sala, que fíjate si todavía hay Whiskas para el gato y Dog Chow para los perros y así y así las dieciséis horas que pasaba la señora despierta y disparando ocurrencias sobre los ángeles, las dietas, los karmas, lecturas edificantes y mil y un embelecos que a Emperita le llenaban el buche de piedras pero que aguantaba como si fuera el último soldado de la trinchera.

Y pues, ahí estaba yo, su amigo Valentín Meléndez, en medio de aquella mar picada de mínimos insucesos domésticos que la negrita convertía en agua calma y trasparente, viéndola discurrir rumbo a los cuatro puntos cardinales como en una calma chica y esperando no sé ni qué. Y sucedió, porque el diablo es puerco, que la señora Martha Cristina tuvo que ausentarse, con todo y chofer, para ir a visitar a su madre a Pereira y que el factótum, Juliancito –jardinero, fontanero, encargado de cuidar a los perros: un hombre robusto, rubio, obsecuente- bajó a la ciudad a conseguir no sé que chunches para la piscina.

De modo que quedamos solos. Solos Emperatriz y yo. Propiciatoria circunstancia que mi imaginación ya había maquinado, que el destino concedió, y que desencadenó la impetuosa necesidad de acercarme a la negrita hermosa y plantearle una urgencia que sería del cuerpo solamente, si mi naturaleza masculina respondiera a estas alturas de la vida, y además si no conllevara una apreciación estética. Es que, amigos, condescendientes amigos, imaginen a un viudo sediento tras quince años en pleno desierto al que súbitamente y a bocajarro se le manifiesta el más casto, encantador y sublime manantial. Perdonen los adjetivos. Tal era mi caso. Enfermo estaba, no de necesidades burdas, sino de una inapelable y compulsiva tendencia a conseguir una gratificación estética. Digámoslo en palabras baratas: me urgía una mínima porción de paraíso. Tenía que ver de cerca de Empera, quería olerla, mirarla a los ojos y que ella me mirara, que me dejara rozar el armiño de su piel de oscura pantera. 

Que detuviera su itinerario fatal, incesante, de la cocina al baño, del baño al cuarto de los señores, de allí al cuarto de lavado, al de huéspedes y así sucesivamente hasta casi agotar la cotidiana eternidad de su día. La negrita imperial era un relojito –hubiera sido sin duda la esposa perfecta del ya casi desconocido filósofo Emmanuel Kant, a quien sus vecinos llamaban Señor Reloj, pues todos los días, a la misma hora, milimétricamente medida por su cronómetro con leontina de plata, pasaba por la BildungStrasse-: desayuno a las siete, lavado de ropa a las ocho, aseo de la casa de nueve a once, de once a doce cocinar lo del almuerzo, etc.

Había dos estrategias básicas: una, abordarla frescamente y plantearle el asunto –dejaría las palabras precisas al demonio recursivo de la inspiración, que en general no me ha fallado en circunstancias de alta tensión emocional-; dos, colocarme en sitios estratégicos de su ruta implacable y esperar que ella misma saltara el abismo e iniciara el acercamiento. Y una tercera estrategia: simplemente dejarla pasar como pasa el viento calmo sobre la hierba inclinándola levemente.

Amigos míos, llámese cobardía, prudencia, reconocimiento de los límites, respeto al hogar ajeno, rendición ceremonial a la natural belleza de una obra maestra del Señor, el caso es que lo más cerca de Emperatriz que estuve fue a cincuenta centímetros de su cuerpo áureo y mirar con fruición mortal sus ojos en el momento en que me entregaba una taza de café –sabía que ese instante no se repetiría y que decirle al momento, como dijo Fausto, “detente, eres tan hermoso” sería un vano desplante retórico.

Regresó la señora Martha Cristina con sus urgencias, su parlería, su inquietud atosigante, regresó el ingeniero tras su gran vientre y su sonrisa de sibarita: Emperatiz los recibió con los rituales acostumbrados. Era 30 de diciembre. Mañana tendría día franco aquella mujer-abismo, mujer de un negro profundo que no ceso ni cesaré de celebrar, como no olvido y recupero con frecuencia en sueños el blanco fulgor del blanco de sus ojos, de sus dientes perfectos y de sus uñas. Particularmente de las uñas de sus pies de princesa.

Al día siguiente la vi despedirse de sus patrones. Corrí a apersonarme en el acontecimiento. No me atrevo a describirla. Sin su atuendo de limpia enfermera ahora la negrita se había transformado en una auténtica visión. ¿Me permites abrazarte, Emperita?, le dije tímidamente. Emitió una media sonrisa, con una pizca infinitesimal de ironía, frunció la trompita y levantó los hombros. Quise darle un beso pero no me atreví.
Eso fue todo. A veces me visita en sueños. Me pregunto si en el más allá habrá segundas partes de los buenos momentos.

Cuentos de hadas olvidados

Ana Laura Pazos González

‟Ya te dije que no tengo nuevos libros de cuentos, ni los tendré en lo que resta del año, así que mejor vete a cazar ranas o a matar ciempiés.”

Ana Laura Pazos González. Foto cortesía.

Ana L. Pazos González. Foto: cortesía de la autora.

Mauricio miró al dependiente de la librería con una mezcla de decepción y desasosiego en los ojos, resopló y se fue por donde había venido. Era primavera y los jardines resplandecían como cofres abiertos: alfombras de césped brillante, aterciopeladas rosas color espinela, lirios blancos como el mármol, y celestinas abiertas de par en par: flores azul cielo que sólo crecían en esas tierras. En el jardín de su casa, en cambio, se extendía una pastura amarillenta y nada más.

Su padre masticaba una espiga de trigo y escondía el rostro enjuto detrás de un periódico. Casi no hablaba pero cuando lo hacía, a la cocinera y a Mauricio les daba insomnio.

—Aquí nada crece por la maldición, que pronto también caerá sobre nosotros—dijo aquella noche sin salir de su escondite. Ellos no sabían en qué consistía la maldición pero sus palabras, pronunciadas con voz grave y helada, siempre hacían que les sudaran las manos. La cocinera, redonda como un polvorón, se preocupaba por el niño y sacrificaba parte de su salario para que Mauricio pudiera comprar libros de cuentos de hadas, que solían tranquilizarlo más que las infusiones de valeriana y las pastillas color de rosa que le daba a tomar su padre. Sin embargo, Mauricio ya había devorado todos los libros en español que vendían en el pueblo y, de momento, estaba condenado a la vigilia.

Calentito en su cama, cerró los ojos pensando que la maldición vendría por él disfrazada de una mujer muy hermosa. Y, como si la hubiera conjurado, escuchó una voz entre aguda y grave: ‟Ven al jardín, niño insomne, pero hazlo solo. Si traes a la mujer gorda, yo lo sabré y perderás tu oportunidad de dormir esta noche…” Mauricio abrió los ojos y se puso a reflexionar: ‟Es la maldición o es el Diablo, pero también existe la posibilidad de que yo esté equivocado”. La voz repitió la cantaleta y, harto de escucharla aunque muerto de miedo, Mauricio decidió salir al jardín.

Ahí lo esperaba una criatura vegetal. Tenía el tallo grueso, como el de un árbol, brazos de mazorca y manos con dedos verdes y largos. El rostro enfurruñado era oscuro y desentonaba con los pétalos amarillos que lo circundaban. Era un girasol monstruoso que se fumaba un cigarrillo.

—Sé que ya leíste todos los cuentos de los Hermanos Grimm, los de Perrault, los de Hans Christian Andersen y hasta los antiguos cuentos de hadas egipcios. ¿Qué harías si te dijera que existen quinientos cuentos de hadas que permanecieron ocultos por ciento cincuenta años, y que sólo yo puedo contártelos?[1] —preguntó la criatura, mientras exhalaba figuras de humo.

Mauricio sintió frío y calor al mismo tiempo.

—¿Cómo sé que no me estás engañando? —replicó. —Franz Xaver Schönwerth es el nombre del folclorista que escuchó los cuentos de boca de los campesinos de Oberpfalz, y fue él quien los reunió en tres volúmenes. Los mentirosos no suelen ser tan específicos…

—Claro que sí, por eso consiguen salirse con la suya —contestó Mauricio, con los ojos entornados y las manos en la cintura. —Puedes creer en mis palabras o resignarte a una vida de insomnio.

Los ojos de la criatura resplandecieron como dos fogatas que iluminaron el pasto moribundo. Mauricio los miró fijamente.

—Está bien, cuéntame los cuentos, pero si me estás engañando te cortaré las piernas con un hacha. —Por eso, de entre todos los niños del pueblo, te elegí a ti. Eres audaz y precavido a la vez. En los cuentos de Schönwerth, en lugar de las princesas, destacan los héroes masculinos[2], quienes deben soportar toda clase de penurias y enfrentar a sus brutales padres, como hizo el príncipe de los rizos de oro y como deberás hacer tú…

—¿Quién es el príncipe de los rizos de oro? Cuéntame su historia. —No va a ser tan fácil —dijo la criatura, mientras apagaba el cigarrillo en su lengua húmeda y bífida—. Si voy a pasar quinientas noches aquí, me voy a sentir muy solo. Necesitaré amigos, compañeras… Éste es el trato: debes imaginar una flor que yo nunca haya visto, y luego buscar una semilla de cáñamo, de granada o de girasol (de ésas que guarda la cocinera) y plantarla en el jardín. Si la flor crece, yo traduciré los cuentos de Schönwerth del alemán al español [3] y te los contaré, uno cada noche. Pero si no lo hace, la maldición de la que habla tu padre caerá sobre ustedes como un relámpago.

Mauricio sopesó razones. Si aceptaba la oferta, podría escuchar las historias de ese misterioso cuentista alemán y dormir como un minino; si no lo hacía, su mayor miedo finalmente se manifestaría en la realidad. Concluyó que si la maldición iba a llegar tarde o temprano, lo mejor era que lo hiciera de una buena vez; así dejaría de pasar las noches en vela pensando en algo que quizá no era tan terrible.

—Acepto el trato, Girasol— Mauricio alargó el brazo para estrechar la verde mano de la criatura. —No vuelvas a llamarme así. Mi nombre es Flaviano.

Mauricio era bueno para imaginar cosas. Concebir en la pantalla de su mente una flor que el monstruo vegetal nunca hubiera visto sería cosa fácil. Pero, ¿cómo esperaba ese cabeza de girasol que algo creciera en aquel terreno muerto? Tal vez Flaviano tenía poderes mágicos —como el hada que otorgaba inteligencia a las personas feas y belleza a las personas estúpidas en el cuento de Charles Perrault ‟Enriquete, el del copete”— y daría vida a la flor imaginada.  Se presentó ante la criatura al anochecer del día siguiente con varias propuestas y un puñado de semillas en el bolsillo: ‟una flor de pétalos lunares con un ojo luminoso en lugar del receptáculo con el que pueda ver el futuro de los niños”. ‟Vi una de esas hace dos primaveras”, contestó Flaviano, mientras se arrancaba un grano seco del brazo de mazorca. ‟Una flor de prismas de colores que llenen de luces el jardín”. ‟¿En serio, niño?”, preguntó el monstruo con los ojos como dos ascuas. Mauricio dijo con voz temblorosa: ‟una flor de pétalos color plata cerrados en forma de huevo que contenga todas las flores del mundo”. Los ojos de Flaviano se apagaron hasta convertirse en un par de suaves dientes de león. ‟Ahora planta la semilla y hazla crecer”, ordenó, y lo que había comenzado como una llovizna se convirtió en tormenta.

Pasaron los días y nada crecía en el jardín, a no ser una pastura amarillenta. Mauricio, resignado, se tendió en la cama a esperar que la maldición cayera sobre él. Entró en un estado de duermevela y escuchó su voz mezclada con otra, aguda y grave al mismo tiempo, que decía: ‟No basta con tener imaginación, también hay que creer con el corazón”. En sueños, Mauricio vio una semilla que germinaba y crecía hasta convertirse en un huevo de pétalos plateados que resguardaba todas las flores del mundo en su interior. Todavía con los ojos cerrados, sintió que alguien le hacía cosquillas en la nariz con una pluma de ganso —o quizá con una hoja fresca—, lo cual le provocó un tremendo estornudo que hizo que los pétalos de la flor primordial se abrieran, liberando incontables flores distintas que fueron descendiendo de los aires hasta enraizarse en el mortecino suelo. Mauricio sintió una felicidad absoluta. Hubiera deseado quedarse en el sueño por siempre, pero la cocinera lo despertó. Gritaba como si la estuvieran matando. No la encontró en la cocina, así que salió al jardín: ahí estaba ella, intentando no pisar ninguna flor con sus gordos pies, y también su padre, que se daba golpes en la cabeza calva con un periódico enrollado: ‟No vuelvo a beber ginebra, ni whisky”, repetía con la expresión hueca de un pájaro dodo.

Como una reina, la flor huevo-primordial extendía sus flamígeros pétalos hacia los cuatro puntos cardinales, rodeada por una infinidad de cortesanas de diferentes tamaños, colores y formas. El perfume de todas ellas viajó por los callejones del pueblo y comenzó a atraer a los curiosos.

—No basta con tener imaginación, también hay que creer con el corazón —dijo Flaviano, cuyo rostro se perdía entre el ejército de flores—. Como superaste mis expectativas, no sólo voy a contarte los cuentos de Schönwerth, también los de Theodor Vernaleken, Joseph Haltrich, Emmanuel Cosquin, y de tantos otros folcloristas cuyos cuentos permanecen olvidados.

Esa noche, mientras su padre telefoneaba al psiquiatra y la cocinera preparaba un pastel de rosas, Mauricio escuchó el cuento ‟El rey Rizos de Oro”, de Franz Xaver Schönwerth: la historia de un niño que decide liberar al gigante que su padre, el rey, había capturado. Dominado por la ira, el padre de Rizos de Oro manda decapitar a su hijo por haberlo hecho quedar en ridículo frente a sus invitados, quienes esperaban, con morbo, poder ver a la extraña criatura. Los sirvientes, encargados de matarlo, se compadecen del príncipe, lo dejan en libertad y presentan la lengua y el ojo de un perro ante el rey como evidencia del asesinato. Rizos de Oro huye, se hace pasar por un jardinero, y se casa con la hermosa princesa de una tierra lejana. Con la ayuda del gigante, encuentra un jardín encantado, con árboles de oro y frutas hechas de piedras preciosas, donde consigue manzanas del paraíso y la leche de una serpiente, las cuales tienen poderes curativos; también gana la guerra a favor de su suegro, monarca de aquella región. Tras la muerte del padre de Rizos de Oro, unos mensajeros llegan al palacio para dar la noticia y declarar rey al hijo de éste, pues se han enterado de sus hazañas. Entonces Rizos de Oro descubre por primera vez el cabello dorado que había mantenido oculto, demostrando así su identidad, y se convierte en soberano del reino que lo vio nacer.

Había tantos cuentos de hadas nuevos para Mauricio, que descubrió uno distinto cada noche de su vida. Nunca volvió a padecer insomnio, pues comprendió que la maldición existía sólo en la atormentada mente de su padre, quien hasta su muerte creyó que el paraíso que circundaba su casa era una monumental alucinación.


Fuentes citadas

[1] En 2010, fueron descubiertos quinientos textos —mitos, leyendas, anécdotas y cuentos de hadas— recopilados por el historiador y folclorista alemán Franz Xaver Schönwerth (1810-1886) durante su viaje por Oberpfalz, Baviera, en Alemania. Como hicieron los Hermanos Grimm en la comarca de Kassel, Schönwerth entrevistó a los campesinos de dicha región para escuchar de viva voz las historias que, durante generaciones, se habían transmitido oralmente para preservar el folclore y la sabiduría popular.

[2] Durante el siglo XIX, debido al nuevo estilo de vida que exigía la industrialización, la tradición narrativa dejó de ser una actividad que involucraba a toda la familia, y los cuentos de hadas comenzaron a ser contados por las madres y las nanas a los niños antes de la hora de dormir. Se piensa que las narradoras preferían las historias en las que destacaban las heroínas, por lo que los cuentos protagonizados por héroes masculinos tuvieron dificultades para sobrevivir.

[3] En 2011, se publicó una selección de cuentos de Franz Xaver Schönwerth —en su idioma original— bajo el título Prinz Roẞzwifl (Príncipe Escarabajo). Apenas un puñado de ellos ha sido traducido al inglés y sólo un par ha sido traducido al español por entusiastas de los cuentos de hadas.


Ana Laura Pazos González, mexicana, es escritora y directora de la revista cultural mexicana Bicaalú. Cuenta con estudios de Maestría en Humanidades por la Universidad Anáhuac, México. Autora del libro “Parvada blanca en la ciudad” (Editorial Jus, México, 2011). Recomendamos visitar: http://www.bicaalu.com/

Stanislaw Jaroszek

El camino de Alfaro

Stanislaw Jaroszek. Foto: Especial.

Stanislaw Jaroszek. Foto Especial.

Cuando despertó Alfaro, ya no había nadie. Todos los de su grupo se habían ido sin él. El desierto empezaba a calentar mientras el sol subía más y más alto. Miró para adelante, pero no se veía nada más que las rocas negras y la arena del desierto. Desde el día anterior no tenía  agua ni alimentos, y lo único que sabía era que había que caminar. Caminaba sin saber si se acercaba o alejaba de la frontera, con cada minuto sus pensamientos parecían más y más lentos, desaparecían sólo para regresar de nuevo, se aparecían ajenos como si ya no fueron suyos.

 ―Caminar, tengo que caminar―, se repetía a sí mismo. Después de media hora de marcha tuvo que parar para descansar. Ahora el sol pegaba con toda su fuerza, convirtiéndose en el peor enemigo. El cansancio desapareció de repente, pero con él se habían ido todas sus fuerzas. Ahora el sol lo mataba nada más. Era el calor más intenso que había sentido en su vida.

 ―Tal vez ya soy muerto― pensaba… O me morí y estoy en la antesala del infierno. Se dio cuenta que su cuerpo había dejado de sudar y no sentía ningún dolor. Se asustó por sentir una gran alegría. Le daban ganas de reír, y reía de todas las fuerzas. Reía como en la secundaria, reía sólo por reír. Al oscurecer vino un sentido de profunda tristeza. La noche parecía bella y silenciosa.

―Tendré la muerte más hermosa del mundo―. Ya no quiso levantarse, hasta que sintió un enojo contra todo. Ahora sólo era un odio nada más. Se puso de pie en un instante  para marchar en la oscuridad. El odio no duró por mucho tiempo y pasó como el día anterior. Su cuerpo cayó sin fuerzas y se apoderó de él una tranquilidad.

Al despertar empezó caminar de nuevo. Le parecía extraño que lo hiciera sin ningún esfuerzo. Al llegar a un gran río, sintió miedo. De todos modos tenía que arriesgarse. El agua era tibia y lo levantaba como si fuera una balsa de goma. Del otro lado llegaban los gritos. Eran los miembros de su grupo, los acorralaban los hombres en uniformes azules y verdes. El agua lo llevaba en dirección opuesta, alejándolo poco a poco. Desde la distancia observó a los últimos en subirse a las camionetas, mientras el río lo mantuvo en la curva de su trayectoria hasta que no pudo ver más.

La llegada

―¡Soy Alfaro Montes de Oca!― El oficial lo ignoró como si no lo hubiera visto, dedicándose a arrestar a los que lo habían abandonado el día anterior.

―¡Arréstenme a mí!― gritó otra vez, pero su voz se parecía perder en el silencio. Era como si fuera invisible. Después de tratar varias veces el hombre siguió adelante. Caminaba por la carretera, por los campos sin fin, por las paredes de las casas de gente que no conocía. No tenía el sentido del tiempo, y el día y la noche eran lo mismo para él. No supo cuando llegó a la casa de su primo, o mejor dicho a un sótano que alquilaba la familia. Era de noche, el primo roncaba después de la jornada larga; a su lado dormía una mujer igual de cansada. En la cuna encontró despierta a una niña.

 ―Tío Alfaro, siéntate conmigo para jugar―dijo ella. El hombre se sentó en la cuna y empezó a jugar con la niña. La siguiente mañana todos despertaron temprano para esperar noticias de la llegada de Alfaro. Por eso se emocionaron cuando sonó el celular. Era la voz del coyote. ―Lo siento, pero se lo comió el desierto―.  

Stanislaw Jaroszek, polaco, es escritor y maestro de español. Realizó estudios en la Universidad de Illinois en Chicago y Roosevelt University, Estados Unidos. Autor de los libros “Jaleos y denuncias” y “De novias, esposas y otras cosas”.

Callejones

Purificación Claver García

Todas las noches cruzaba los estrechos y malolientes callejones. Los contenedores de basura estaban llenos a rebosar, las papeleras habían sido destruidas y la suciedad inundaba el suelo. Cada noche se hacia la misma pregunta. ¿Dejaré algún día estas cloacas? y la respuesta era un infinito silencio en aquel espacio oscuro y pobre, solo alguna rata se escuchaba en su deambular nocturno de camino a casa. En ocasiones algún borracho, con un vocabulario soez e incoherente trataba de captar su atención y Claudia disimulaba su miedo, mirándolo sin perderlo de vista.

Purificación Claver García. Foto Cortesía.

Purificación Claver García. Foto Especial.

Por fin, cuando salía a la explanada desaparecía su angustia, allí quedaban a la vista las casuchas de abajo, iluminadas con luces mortecinas. En aquel lugar tenía su territorio y su refugio, Claudia sorteaba todo aquello como podía, solo tenía que cerrar sus ojos y soñar, mordía sus labios para no dar paso al llanto y seguía su camino. Cuando se acercaba a los destartalados bloques de casas, por fin se rompía el silencio. Allí se percibían los gritos de alguna pareja en plena discusión, risas y llantos de niños y el sonido de los televisores a todo volumen, eso le daba una seguridad momentánea que instintivamente le hacían aminorar el paso. Entró en el portal de su casa con repentinas prisas, la luz de la entrada era difusa, abrió la puerta apoyándose en ella ¡por fin estaba en casa!

Un halo de luz se colaba a través de la ventana, iluminando el contorno, de los pocos muebles que tenía. Encendió unas varas de incienso y pasó a la ducha. El agua estaba fría, no tenía la tibieza suficiente para entrar en calor, se frotó fuertemente su cuerpo casi con furia y se envolvió en una manta quedando dormida en el sofá hasta el alba. Al levantarse aquella mañana, tomó un café sin prisas, y recordó el hogar familiar olvidado durante tanto tiempo. Aquel momento de calma en la mañana, la llevó a tomar la decisión de volver con los suyos. Sin embargo, temía encontrarse con una familia que quizás la habría olvidado. Dejó sus reflexiones a un lado y llamó a su padre por teléfono. Al otro lado de línea la voz emocionada del hombre le contestó sin demora ¡no des explicaciones, te esperamos!

Claudia hizo su equipaje, seleccionando lo más adecuado, para el comienzo de esta nueva etapa de su vida. Fue separando los trajes de lentejuelas de faldas casi inexistentes. Los trajes de generosos escotes y los accesorios propios de “ese trabajo” que nunca mencionaba, todo quedó abandonado en un rincón de aquella oscura estancia. El autobús llegó hasta la última parada de su recorrido. Claudia bajó con su escaso equipaje y vio como se alejaba con indiferencia. Aún le quedaba un largo recorrido para ir al encuentro de su padre.

El arrabal quedaba atrás y el hedor de las cloacas de la gran urbe iba desapareciendo; se vislumbraba el verdoso color del campo, solo tenía que caminar un poco para llegar hasta los abedules. La tarde descendía y el camino de los abedules quedaba ensombrecido. Se sentó sobre una roca, sus ojos se dirigían una y otra vez al camino donde una vez juró no volver. Comenzó a comer una naranja sin apetito, era una manera de mitigar su impaciente espera. El sol estaba ya en su crepúsculo y el resplandor rojizo la tenía abstraída en su contemplación, no advirtiendo la silueta de un hombre que se acercaba por el seno arborescente de la ladera.

-¡Padre!– exclamó y su voz vibró en el aire. Se percató de su error cuando tuvo frente a ella los rasgos de aquel hombre. Sus duras facciones y la cicatriz que tenía en la comisura de los labios, le daban un aspecto sombrío que a ella no le habría asustado en su zona de trabajo. Allá en el arrabal había muchos tipos así, sin embargo, en aquel campo inmenso se sentía indefensa. Cuando el individuo llegó frente a ella por todo saludo exclamó, sarcásticamente: -¡Tu solita por estos lugares!- Claudia contestó sin demora: -Estoy esperando a alguien-. 

Volvió a sentarse sobre la roca, aparentando serenidad. Sacó otra naranja y se la ofreció al desconocido, él la tomó bruscamente y la lanzó lejos por encima de la pendiente. Luego se acercó a ella mofándose de la cortesía que tuvo con él. Claudia venció su miedo y le respondió con valentía: “¡Déjame tranquila desgraciado!” Esas fueron las palabras que saltaron el resorte de la ira de aquel sujeto. En décimas de segundo se abalanzó sobre ella, derribándola al suelo. Todo ocurrió muy rápido, Claudia intentaba defenderse, buscaba algo con la mano que tenía libre. Era un intento desesperado, le faltaba el aire y la mano que atenazaba su garganta aflojó poco a poco. Retiró el pesado cuerpo que oprimía el suyo, miró asustada aquella cabeza sangrando y una piedra manchada de sangre. Estaba extenuada y confusa, maldecía haber salido de los callejones, donde nunca tuvo que defenderse de aquella manera tan atroz. Miraba el cuerpo inerte del hombretón sin saber que hacer, no se atrevía a aproximarse y mucho menos tocarlo.

Aún había suficiente luz, a pesar de que la incipiente noche iba surgiendo poco a poco. Tomó la pendiente frondosa de los abedules y llegó hasta el viejo árbol donde iba a tener su esperado encuentro. Estaba fatigada y temerosa por lo sucedido arriba, estaba rendida y se recostó sobre el pie de aquel macizo tan acogedor. La silueta de un vehículo se divisaba en la carretera. Claudia sintió el ruido del motor y esta vez controló su emoción, tenía que asegurarse de no tener otra equivocación. En aquel paraje se respiraba armonía y paz, nadie diría que unos metros mas arriba estaba la prueba del desagradable trance que había vivido.

La camioneta paró al borde de la carretera, el hombre que la conducía se dirigió con paso decidido hasta donde estaban los árboles más viejos. Una mano firme aunque cariñosa sacudió suavemente su hombro, despertó asustada y confusa. -Soy yo hija. Perdona mi retraso- dijo el hombre, se fundieron en un abrazo tan cálido que a Claudia le costó trabajo separarse. Después, aunque algo aturdida, pasó a relatarle lo ocurrido. Ahora con su padre al lado, se atrevía a encontrarse con la verdad de lo que sucedió. Subieron el vertiginoso cerro, ayudándose por la luz de una linterna a pesar de haber una luna arrebatadora, iluminando las recortadas siluetas de la arboleda y las sinuosas rocas del terreno.

La llegada fue examinada por los dos con precisión. El cuerpo del hombretón había desaparecido y solo la piedra manchada de sangre permanecía en el lugar como testigo de aquella afrenta con un ser extraño y siniestro al que abatió sin saber cómo… El padre de Claudia exclamó: ¡Aquí no hay nadie ni vivo ni muerto! -Es cierto- ¿habrá sido un mal sueño? -contestó- Claudia. Sin embargo, parecía tan real… Bajaron despacio por la ladera, Claudia iba cogida de su mano como cuando era una niña, con la misma seguridad de entonces. Llegaron hasta la camioneta dispuestos a emprender el camino a casa. Una naranja destrozada y perdida cayó sobre la camioneta en el instante que esta se ponía en marcha y algo parecido a un alarido se escuchó en la lejanía. La negrura de la carretera contrastaba con el resplandor de una generosa luna llena, padre e hija iban en silencio. Detrás dejaban el campo de los abedules oscuro y solitario a esas horas, y algo más lejana la gran urbe con sus parpadeantes pupilas y sus recónditos callejones…

Purificación Claver García, española, es narradora. Autora del libro de relatos “Partir de cero”, (España, 2012). Su trabajo literario ha sido incluido en diversas antologías. Colabora en publicaciones digitales españolas como “Digital Extremadura”, donde publica en su página Cultural, en la sección “Cultura de aquí”.

El Teorema de Fermat

Blanca Margarita Parra Mosqueda

Voy de regreso a mi oficina, después de una conferencia muy de madrugada en una de las preparatorias privadas del D.F. Apenas tuve tiempo de dejar al hijo en la escuela, antes de las 8 de la mañana, y solamente alcancé a tomarme el café sin el cual no puedo salir de casa. Tengo hambre.

Memoria. Fotografía de Rosa Delia Guerrero.

Memoria. Fotografía de Rosa Delia Guerrero.

Decido parar en una de las tantas cafeterías-restaurantes sobre San Antonio, cerca de Mixcoac. Y voy directo a la barra para que me atiendan más rápidamente. Por eso y porque, según yo, sentarse en la barra es indicio de que uno no está disponible para una conversación.

En efecto, la mesera toma mi orden apenas me acabo de sentar. Mientras me sirve abro el periódico y leo los titulares, deteniéndome en alguna nota que llama mi atención. Me interrumpe una voz: “¿Me puede pasar el salero?”. Es el caballero de al lado, y tengo que hacer sentido de lo que me dice antes de pasarle el frasquito. “Gracias”, me dice, y respondo “de nada”. Debí asentir con la cabeza, sin más.

La mesera me sirvió ya el café, y mientras comienzo a saborearlo regreso a las notas del periódico. “¿Es usted de Colima? Por el acento”,  me interrumpe nuevamente. Con un poco de impaciencia respondo “No, soy de Jalisco”. “¡Ah! ¡Qué bello Estado es Jalisco! Hace mucho que estuve ahí y me encanta. Sobre todo sus playas.” Supongo que mi mirada en este momento muestra ya una  franca irritación, pero el tipo no parece darse por aludido. Tiene como unos cuarenta años, arreglado y que seguramente piensa que soy un ligue fácil.

De esas veces en que añoro los tiempos en los que era invisible, antes de los dieciséis años. De entonces a la fecha no es que haya cambiado mucho; a pesar de los años y del embarazo, sigo siendo pequeña, me sigo peinando/no peinando como antes, y uso ropa muy poco sugerente, que me permita estar cómoda y al mismo tiempo funcionar en el ámbito de trabajo. Tal vez mi mirada cambió después de los sucesos del 68, pero este tipo ¡ni siquiera puede verme a los ojos!

“¿Usted trabaja por aquí?”, vuelve a preguntar. Ahora sí, esto ya pasa de la raya, pienso, pero no contesto inmediatamente. Entonces recuerdo que la manera más eficiente de deshacerme de un inoportuno galán, allá cuando iba a las fiestas de mi pueblo, era confesar mis inclinaciones. “Soy matemática, me dedico a la investigación y sólo pasé por aquí.” Seguro se quedará callado y me dejará desayunar en paz. Respiro. La mesera trae los molletes que pedí para desayunar.

“Oiga, qué interesante” ¡vuelve a hablar! “¿Usted sabe si ya se probó el Teorema de Fermat?” Me levanto sin contestar, ahora sí con ganas de estrangularlo, y le pido mi nota a la mesera. Iré a almorzar con Doña Mary, cerca de la oficina. Mientras, aprovecho para que se me baje el entripado.

Dra. Blanca Margarita Parra Mosquedamexicana, acreditada como Instructor Certificado (Tec de Monterrey) y Author/Designer (U. de Maastricht y U. Jesuita de Wheeling) en Aprendizaje Basado en Problemas. Con amplia experiencia en diseño curricular, desarrollando planes y programas de estudio para diferentes instituciones reconocidas:  bachilleratos del Instituto Politécnico Nacional (1990); bachilleratos del Sistema Tec de Monterrey  (2000); bachilleratos del Sistema de Colegios Jesuitas (2008), así como la creación, diseño y coordinación de las maestrías en educación matemática en las Normales Superiores de Saltillo y del Estado de México. 

Gotas de ayer

Blanca Margarita Parra Mosqueda

“Un día escribiré sobre lo que sueño”, me dijo. “Por lo menos sobre las palabras y las imágenes que están en mi mente cuando estoy a punto de despertar”. Era como una confesión de alguien usualmente muy reservado. No podía preguntar sino dejarlo que siguiera hablando, haciendo lo posible por no interrumpir su reflexión. 

Arte de José Santos. http://www.jsantos.co.uk

Arte de José Santos. http://www.jsantos.co.uk

“La única canción que me cantó alguna vez, su risa, sus ojos verdes, la imagen de la muchacha joven y alegre que conocí a nuestros diecisiete años. Esta mañana lo que escuché era que debíamos estar juntos, vivir esa relación de la manera en la que debimos haberla vivido hace muchos años, si no nos hubieran pesado tanto la formación familiar y las responsabilidades hacia nuestros padres”. Era la primera vez que se refería a este amor adolescente. Me miró como si acabara de darse cuenta de que lo estaba escuchando. Aproveché para, ahora sí, hacer una pregunta: “¿Y por qué no la buscas? Tal vez ella tiene sueños semejantes a los tuyos”.

Un velo húmedo cubrió sus ojos y desvió la mirada, tomando su chamarra para encaminarse hacia la puerta. Desde ahí volteó para decirme: “La mató un chofer borracho, hace 30 años”.

Dra. Blanca Margarita Parra Mosqueda, mexicana, acreditada como Instructor Certificado (Tec de Monterrey) y Author/Designer (U. de Maastricht y U. Jesuita de Wheeling) en Aprendizaje Basado en Problemas. Con amplia experiencia en diseño curricular, desarrollando planes y programas de estudio para diferentes instituciones reconocidas:  bachilleratos del Instituto Politécnico Nacional (1990); bachilleratos del Sistema Tec de Monterrey  (2000); bachilleratos del Sistema de Colegios Jesuitas (2008), así como la creación, diseño y coordinación de las maestrías en educación matemática en las Normales Superiores de Saltillo y del Estado de México. 

Nottingham

Eduardo Estala Rojas

Mira atento la energía de colores que parpadea entre la lluvia y las personas que caminan en Derby Road. En esta calle, ubicada en una colina, está el aposento de la primera iglesia nacional espiritista (First Spiritualist National Church) de Inglaterra, fundada en el año 1865, en la casa número 123. Todavía ofrecen servicios de médiums que desde entonces conversan con vivos y muertos. Incluso de vez en cuando aparece el médico y escritor escocés sir Arthur Conan Doyle, miembro de la Asociación Espiritista de Gran Bretaña, para contar cómo escribió sus libros The Hound of the Baskervilles y The History of Spiritualism

Arte de José Santos.  www.jsantos.co.uk

Arte de José Santos. http://www.jsantos.co.uk

Mi bisabuelo, Pedro Rojas, cruza el umbral de la ventana junto a la que escribo y soy testigo de los acontecimientos presentes del Reino Unido. Toma asiento en la silla de terciopelo y pone su sombrero en la mesa cuadrada de madera antigua. Treinta y tres minutos antes de que él apareciera había hablado de la situación actual de México con Arthur Conan Doyle, quien realizó apuntes de nuestra charla y regresó a la iglesia de Minstead en New Forest, Hampshire.

Ante la eminente llegada de Pedro Rojas la conversación se intensifica, así son los asuntos familiares. En México siempre cargan con secretos a otros mundos, que sólo después de la muerte los seres queridos quieren arreglar sin importar la distancia, ya sea a través de los sueños o de consultas con médiums, espiritistas, videntes y adivinos. El asunto es poder estar en paz y viajar a sus pueblos amados con menos peso en las conciencias.     

“Siempre he cumplido con mi palabra en y después de la vida. Por eso estoy aquí”, responde mi bisabuelo al mirar el ojo discretamente de la gata que lo ve. Acaricio nuevamente la cabeza de la gata mientras pienso: “La Tierra es un ojo en el universo, si ves un ojo puedes ver la Tierra. El ojo se mantiene lubricado y la Tierra es casi toda agua y muestra su claridad cuando la tocas”.

“Por lo que veo no estamos tan solos como dicen tus tíos abuelos, pinches ingratos e hijos de la chingada que ni una veladora me prenden el 2 de noviembre”, escucho la sonrisa de mi bisabuelo. “Muerto el perro se acabó la rabia, pero nunca su herencia. Recuérdalo, Eduardo”, añade con voz firme.     

Salami conoce mis dotes de videncia, siempre se acerca y acaricia con su cola mis pies. Cuando nos miramos fijamente el otro mundo abre los ojos. 

 “¡Tengo que volver a México, hijo!  Cuando regreses a Tepoztlán no olvides invitar a sir Arthur Conan Doyle, católico escéptico y caballero victoriano. Seguro le gustará subir al Tepozteco y escuchar nuestras historias”, se despide Pedro Rojas.    

Ofrezco tres pedazos de jamón de pavo a la gata y mientras come, escucho una pequeña máquina del tiempo en su cuerpo. El ronroneo me traslada a los relatos orales de mis abuelos en los años ochenta del siglo veinte. Al parecer, a mi bisabuelo le gustó la casa número 123 de Derby Road (Nottingham), ya que le causa la verdadera sensación de encontrarse en la Inglaterra victoriana.

Eduardo Estala Rojasmexicano, es director fundador del Mexican Cultural Centre en Nottingham, Inglaterra

Rosa Delia Guerrero

FANTASÍA DEL SILENCIO

Rosa Delia Guerrero

Hay tantas cosas que empiezan y terminan como un juego, en un movimiento ocioso del tiempo, me dije a mí mismo, sentado, solo, en el parque, mientras hilvanaba memoria y olvidos, de cuando esperábamos apenas que llegara la tarde y corríamos para atravesar el extenso bosque liliputiense.

Rosa Delia Guerrero. Foto Cortesía.

Rosa Delia Guerrero. Foto Cortesía.

Entonces, seguíamos las señales en el camino, una orquídea aquí, nuestros nombres grabados en el tronco, vuelta a la izquierda hasta toparnos con un fresno, sus pies retorcidos nos servían de escondite. Nos sentábamos sobre de ellos y los cubríamos con unas ramas para conservarlo de incógnito cuando nos íbamos antes del anochecer. Se nos pasaban las horas jugando a inventar mundos ficticios, siempre habitados por personajes surgidos de nuestro mundo infantil. Creábamos historias inauditas narradas sin interrupción salvo cuando se escapaba una carcajada o tal vez sorprendidos por el miedo conteníamos la respiración y se formaba un vacío en el espacio por la ausencia de las palabras. El encuentro sucedía en el jardín del abuelo, un escenario distante y a salvo de las reglas de los adultos.

Ese día ocurrió algo extraordinario. Se acercó la tía Genoveva, trasgrediendo nuestra frontera de libertad. Traía tomada de la mano a una niña. A mí me pareció verle la timidez acurrucada sobre los ojos. -Niños, inviten a jugar a su prima Anastasia. Dio media vuelta, en tanto la pequeña se quedó inmóvil, cobijada a la sombra de los árboles con un destello de inocencia. Un etéreo temor asomó a su rostro. Aferrada con la manita a la orilla de su vestido, retorciéndolo, agachó la cabeza mientras clavaba la mirada en el suelo. La observamos atentos, petrificada, silente en medio del follaje con la fragilidad de una hoja seca cuando el viento la desprende y cae en un sueño. En aquél entonces era difícil saberlo, pero nos sentimos invadidos por su presencia y amenazados por su belleza.

 Se formó un silencio pesado, seguido por la voz de Fabrizio: -¡Juguemos a enterrarla!

Rosa Delia Guerreromexicana, es licenciada en Letras Españolas por el ITESM. Cátedra Alfonso Reyes ITESM: Ernesto Sábato, Luis Villoro, Mario Vargas Llosa, Sergio Pitol, Umberto Eco. Diálogos de la Lengua, Filosofía y Lenguaje con Mauricio Beuchot, Jaime Labastida y Elsa Cecilia Frost. Taller universitario de creación literaria Altaller de la Universidad de Guanajuato, 2004 al 2010. Coloquio Cervantino Internacional Don Quijote en el siglo XXI, 2003. El Quijote en la música con Jorge Volpi, 2003. Encuentro de Escritores Regionales en San Miguel de Allende 2004, 2005 y 2006. Taller de Narrativa Mónica Lavín 2004, 2005. Coloquio Nacional de Literatura Jorge Ibargüengoitia, 2004. “Escritores Potosinos en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Ignacio Betancourt 2005. Participación en Ficticia. Talleres Literarios: Roberto Bravo, Herminio Martínez. Tutoría de narrativa en el Instituto de Cultura de Guanajuato con Óscar de la Borbolla 2007. La palabra con Tarik Torres Mojica. IBERO León, Gto. 2008. Tutoría de Narrativa con Alberto Chimal en el Centro de las Artes, 2009. Ha publicado en antologías, revistas, La Jornada, Periódico A.M. Irapuato, México.