El Teorema de Fermat

Blanca Margarita Parra Mosqueda

Voy de regreso a mi oficina, después de una conferencia muy de madrugada en una de las preparatorias privadas del D.F. Apenas tuve tiempo de dejar al hijo en la escuela, antes de las 8 de la mañana, y solamente alcancé a tomarme el café sin el cual no puedo salir de casa. Tengo hambre.

Memoria. Fotografía de Rosa Delia Guerrero.

Memoria. Fotografía de Rosa Delia Guerrero.

Decido parar en una de las tantas cafeterías-restaurantes sobre San Antonio, cerca de Mixcoac. Y voy directo a la barra para que me atiendan más rápidamente. Por eso y porque, según yo, sentarse en la barra es indicio de que uno no está disponible para una conversación.

En efecto, la mesera toma mi orden apenas me acabo de sentar. Mientras me sirve abro el periódico y leo los titulares, deteniéndome en alguna nota que llama mi atención. Me interrumpe una voz: “¿Me puede pasar el salero?”. Es el caballero de al lado, y tengo que hacer sentido de lo que me dice antes de pasarle el frasquito. “Gracias”, me dice, y respondo “de nada”. Debí asentir con la cabeza, sin más.

La mesera me sirvió ya el café, y mientras comienzo a saborearlo regreso a las notas del periódico. “¿Es usted de Colima? Por el acento”,  me interrumpe nuevamente. Con un poco de impaciencia respondo “No, soy de Jalisco”. “¡Ah! ¡Qué bello Estado es Jalisco! Hace mucho que estuve ahí y me encanta. Sobre todo sus playas.” Supongo que mi mirada en este momento muestra ya una  franca irritación, pero el tipo no parece darse por aludido. Tiene como unos cuarenta años, arreglado y que seguramente piensa que soy un ligue fácil.

De esas veces en que añoro los tiempos en los que era invisible, antes de los dieciséis años. De entonces a la fecha no es que haya cambiado mucho; a pesar de los años y del embarazo, sigo siendo pequeña, me sigo peinando/no peinando como antes, y uso ropa muy poco sugerente, que me permita estar cómoda y al mismo tiempo funcionar en el ámbito de trabajo. Tal vez mi mirada cambió después de los sucesos del 68, pero este tipo ¡ni siquiera puede verme a los ojos!

“¿Usted trabaja por aquí?”, vuelve a preguntar. Ahora sí, esto ya pasa de la raya, pienso, pero no contesto inmediatamente. Entonces recuerdo que la manera más eficiente de deshacerme de un inoportuno galán, allá cuando iba a las fiestas de mi pueblo, era confesar mis inclinaciones. “Soy matemática, me dedico a la investigación y sólo pasé por aquí.” Seguro se quedará callado y me dejará desayunar en paz. Respiro. La mesera trae los molletes que pedí para desayunar.

“Oiga, qué interesante” ¡vuelve a hablar! “¿Usted sabe si ya se probó el Teorema de Fermat?” Me levanto sin contestar, ahora sí con ganas de estrangularlo, y le pido mi nota a la mesera. Iré a almorzar con Doña Mary, cerca de la oficina. Mientras, aprovecho para que se me baje el entripado.

Dra. Blanca Margarita Parra Mosquedamexicana, acreditada como Instructor Certificado (Tec de Monterrey) y Author/Designer (U. de Maastricht y U. Jesuita de Wheeling) en Aprendizaje Basado en Problemas. Con amplia experiencia en diseño curricular, desarrollando planes y programas de estudio para diferentes instituciones reconocidas:  bachilleratos del Instituto Politécnico Nacional (1990); bachilleratos del Sistema Tec de Monterrey  (2000); bachilleratos del Sistema de Colegios Jesuitas (2008), así como la creación, diseño y coordinación de las maestrías en educación matemática en las Normales Superiores de Saltillo y del Estado de México. 

El generoso placer del misterio

Hugo Plascencia

Hugo Gutiérrez Vega, nació en Guadalajara, Jalisco, México, 1934. Director de teatro, escritor, poeta, ensayista, periodista, profesor universitario y diplomático. Estudió derecho en la UNAM, letras inglesas en Michigan, Estados Unidos, letras italianas en la Universidad de Roma, Italia, y sociología de la comunicación en Londres, Inglaterra. Ha sido miembro de carrera del Servicio Exterior Mexicano; consejero cultural en Roma, Londres, Madrid, Washington; embajador en Grecia; concurrente en Líbano, Chipre, Rumania y Moldova; realizó trabajos especiales para la UNESCO en Irán y la Unión Soviética; cónsul general de México en Río de Janeiro, Brasil, y en San Juan, Puerto Rico.


Hugo Gutiérrez Vega. Fotografía de José de Jesús Vázquez Hernández.

Hugo Gutiérrez Vega. Fotografía: José de Jesús Vázquez Hernández.

Es Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, México, 1975, por Cuando el placer termine. Orden al Mérito 1966 en grado de comendador, Italia. Medalla Alfonso X 1981 de la Universidad de Salamanca, España. Comendador de la Orden Isabel la Católica 1983, España. Orden del Delfín 1994 (Gran Cruz), Grecia. Premio de Letras Jalisco, México, 1994. Premio Nacional de Periodismo 1999 en el área de difusión cultural. Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2001. Premio Xavier Villaurrutia, México, 2002 por Peregrinaciones y Bazar de asombros II. Premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval 2009. Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de lingüística y literatura, México, 2013. Es director de La Jornada Semanal y miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.   

―Octavio Paz señalaba que la vocación literaria era un misterio, ¿cómo nació el misterio en la vocación literaria de Hugo Gutiérrez Vega?

―Como una especie de resultado de la lectura, desde muy pequeño aprendí y empecé a leer, y las circunstancias familiares me inclinaron a encerrarme en la lectura, leía todo lo que caía en mis manos, cuentos de hadas, revistas, había una revista creo que se llamaba Idea, era una revista pornográfica maravillosa en páginas sepia; luego leí la Ilíada y la Odisea como quien lee libros de aventuras ¡que además son libros de aventuras!, y de la lectura nació la necesidad de escribir, por qué escribe uno, por qué empieza a escribir uno, es difícil. Yo todavía no consigo descifrar el misterio, ¿por la necesidad de comunicar? no, me parece una explicación muy elemental. ¿Por la necesidad de desfogarse?, me parece psicoanálisis de pulquería. ¿Por la necesidad de conseguir la fama?, me parece también una motivación bastante elemental. Creo que es un misterio, la necesidad de decir, creo que Octavio lo definió muy bien, la necesidad de utilizar las palabras y sacarles todos sus contenidos y sus significados; entonces pasé de la palabra escrita a la propia palabra que busqué durante mucho tiempo, hasta encontrar la forma de decir las cosas, buena o mala pero mi forma, que es lo que tiene que hacer cada escritor, buscar su propia forma después de una larga trayectoria.

―¿En cierto sentido podemos decir que Jaime Sabines tenía razón al momento de definir la escritura como una necesidad fisiológica y ontológica?

―Yo creo que Jaime tenía razón porque se manejan muchas emociones cuando se escribe, la emoción es uno de los elementos primordiales de la escritura. No estoy hablando de lo que yo escribo en poesía, la diferencia entre la poesía narrativa y la poesía hermética, de la poesía como acto de la inteligencia y la otra como acto de la emoción. Creo que la poesía es producto de las dos cosas, es producto de la emoción y de la inteligencia, la emoción tiene mucho que ver con el acto literario y particularmente con el acto poético, por aquello que decía Eliot que la poesía está instalada en buena parte, su parte esencial, en los interiores del inconsciente.

―Si tuviera que escoger entre tres obras y autores que lo han marcado alrededor de su trayectoria como lector y poeta ¿cuáles y quiénes serían?

El son del corazón de Ramón López Velarde, La casa de Asterión de Jorge Luis Borges, La divina comedia de Dante Alighieri y las obras de Francisco de Quevedo.

―Hablando de periodismo cultural, ¿ha influido éste en su obra poética? y si es así, ¿de qué manera?

―Yo creo que sí, decían los esteticistas ingleses, que eran como diríamos en Guadalajara: “muy delicaditos”, que no le convenía al poeta dedicarse al periodismo, ya que la palabra poética se contaminaba con la periodística. Por lo tanto, la gente como Walter Pater  recomendaba a los escritores que escribieran su obra con la mano derecha y el periodismo con la izquierda, como un trabajo para sobrevivir, yo no lo pienso así, es una posición esteticista y es muy respetable, tiene su base en El Castillo de Axel, y Yeats también en algún momento mantuvo esa postura.

Creo que el periodismo cultural nos obliga como disciplina a mantenernos al día y a leer mucho, a discriminar mucho, y por otra parte nos estimula. Yo soy unos de esos escritores a los que estimula la lectura; a veces cuando paso por periodos de sequía me pongo a leer y me sucede casi milagrosamente que después de leer a uno de mis poetas amados (aparte de los que ya he mencionado) a Auden, Yeats, Eliot, Lorca o Cernuda, me estimulan para escribir. Lo mismo decía Verlaine, que la lectura estimula, y el periodismo cultural nos obliga a leer mucho y a mantenernos no sólo cerca de las novedades sino también a recordar textos antiguos para recomendarlos, analizarlos y releerlos. Yo soy muy dado a la relectura, un libro que leo todos los días es la Biblia, no sólo por razones religiosas sino porque el Eclesiastés me indica más o menos lo que debo hacer en el día. Generalmente no lo obedezco pero lo leo, me estimula y, de repente, un poema me estimula para la escritura. En las actividades del periodismo cultural estamos muy cerca de la producción literaria de todos los tiempos y particularmente de los nuevos.

―¿Cómo percibe al periodismo literario en México, ha perdido terreno en la actualidad?

―Creo que no, hay buenos ejemplos de ello, el más reciente era José Emilio Pacheco en la revista Proceso, seguía escribiendo maravillosamente, con un estilo moderno, por supuesto a como se escribía en el siglo XIX. Creo que hay buenos escritores, yo tengo en el suplemento La Jornada semanal un buen equipo de colaboradores que escriben muy bien, y que es lo primero en que les insisto, si eres periodista cultural tienes que escribir muy bien. Un ejemplo son las reseñas de los libros, es una recomendación en el caso de que el libro sea bueno, si tiene aspectos buenos y malos que los reseñen, y si es malo que lo olviden, para qué perder papel, tiempo y tinta de imprenta. Entonces yo creo que el periodismo literario aunque se encuentre en crisis, cierren suplementos, las revistas cada vez pierdan más páginas y la crisis económica al primer sector periodístico que afecte sea al cultural, a pesar de eso, se mantiene en buena salud gracias a los pocos suplementos que quedamos y que seguimos preocupados por escribir bien.

―Usted compartió varios momentos de su vida con Alberti, Asturias y Neruda ¿cómo definiría la experiencia?

―Alberti fue como mi hermano mayor, vivíamos en Roma y nos veíamos con mucha frecuencia, él prologó mi primer libro, lo leyó, lo corrigió y lo mandó a Lozada, quien me dijo que era absolutamente imprescindible que se publicara. Alberti llegó a esos extremos de amabilidad. Por cierto, el prólogo es un poema. Hablábamos mucho, decíamos poemas de memoria, siempre ha sido el aporte que a mí me interesa. No sé si usted estuvo en la sesión con Carlos Monsiváis en el Paraninfo de la U de G, donde decíamos poemas de memoria. En el caso de Alberti nos pasábamos las tardes en Roma diciendo poemas de Garcilaso de la Vega, El cántico espiritual de San Juan de la Cruz, las coplas de Jorge Manrique, los lamentos de Quevedo, los poemas de Cernuda, de Lorca; Alberti me pedía que leyera los poemas de los italianos que yo había traducido al español. Por cierto no muy bien, ya que fallé en esas traducciones, lo reconozco, eran los poemas de Quasimodo, Ungaretti, Montale, Pavese, Pasolini y Leopardi, Las estelas de la Osa Mayor que eran los cantos que más nos gustaban. Con Alberti aprendí y compartí mucho.

A Asturias lo conocí en Génova durante un congreso de escritores, luego me lo encontré en Roma; Alberti y yo luchamos para conseguirle algún pequeño trabajo en Italia ya que aún no ganaba el premio Nobel y todavía no era embajador en París. Era muy generoso, estudioso y dedicado a la escritura con una disciplina férrea. Después viajamos a Rumanía Alberti, Asturias, Neruda y yo. Yo era un joven escritor que había traducido un libro al español, una obra de teatro que se llamaba La carta perdida del escritor rumano Gianluca Cardinali, por eso me invitaron. Lo que hice en el viaje fue escuchar a Neruda, a Asturias y a Alberti y cargarles las maletas. No estaba mal, pero las maletas de Neruda cada día pesaban más por la colección de cosas, le gustaba una piedra y la metía ¡y ahí tenía al pendejo del mexicano cargándolas! Neruda era hermosamente infantil, era caprichoso, tremendamente inteligente, buen amigo de sus amigos y muy duro con sus enemigos de su posición ideológica, lo quise mucho y él me quería, intercambiábamos cartas, nos hablábamos por teléfono, todavía le hablé poco antes del golpe militar en Chile para decirle que me habían nombrado presidente del Comité Mexicano de Apoyo a la Unidad Popular, y le dio mucho gusto, me dijo: “te voy a enviar material, unos poemas para que los publiquen y ganen dinero”, es la última conversación que tuvimos. Así es que los tres, junto con Monsiváis, Sergio Pitol y José Carlos Becerra éramos grandes amigos, no sólo en lo literario sino en la vida.

―Después de su libro Antología con dudas, hemos escuchado que trabaja en otro libro México-Charenton, ¿qué nos puede adelantar de ese proyecto?

―Estoy trabajando en el tema, todavía no estoy muy seguro, salió la antología cuando pensé que ya era lo último y de repente me entró un algo, como esos viejos toreros que se retiran y luego de repente regresan, a veces es un desastre porque ya no tienen piernas, puede ser que toreen mejor por la experiencia pero las piernas ya no les responden. A mí las piernas ya no me responden, entonces ha llegado la idea, la estoy acariciando y pensando por aquello que decía Eugène Ionesco en La cantante calva, “señores, tomad un círculo, acariciadlo, ¡y se volverá vicioso!”.

―¿Cuál es el panorama que vislumbra en la reciente poesía mexicana?  

―En el suplemento recibimos materiales de distintos lugares de México, y entre los jóvenes hay gente que está escribiendo muy bien, son nuevas influencias como en otra época, influencias de Paz o de Sabines, la famosa poesía intelectual y la de la emoción o la experiencia, que a mí esa teoría no me convence mucho, porque Octavio Paz tiene un poema que es producto de la pura experiencia, Pasado en claro, y Sabines era un lector dedicadísimo a los clásicos españoles, pero por naturaleza tienden también a la producción de la experiencia literaria y libresca, por lo que creo que no hay tal dicotomía con respecto al tema de la emoción, la experiencia y la inteligencia.

―¿Existe un compromiso en la “poesía social” de los autores jóvenes? 

―En algunos sí he visto tal compromiso social pero cada vez menos y se entiende, la situación del país de porquería que estamos viviendo, esta desesperanza de los partidos, el fracaso de las ideologías, todo esto produce la desesperanza. Hace poco publicamos una antología con poetas muy jóvenes de Yucatán, entre veintiuno a veinticinco años, yo pensé Yucatán es el lugar de la trova, pero no, tenían la influencia del rock duro, pero en serio. Escribían sobre el sistema patriarcal de Yucatán y del país en general, entonces le dije a Luis Tovar hay que ponerle un título: ¡de cómo la trova yucateca se fue a chingar a su madre!

―¿Según su experiencia, cuál es el consejo que le daría a la nueva generación de poetas jóvenes?   

―Que encuentren su propia voz, creo que eso es lo importante. Es normal que reciban influencias, la búsqueda se hace ardua, de repente caen en plagios, yo caí varias veces en plagios sin darme cuenta. Creo que una vez escribí un poema que terminaba: “la soledad, la lluvia, y los caminos” y a los pocos días abrí un libro de Vallejo y me encontré este poema que dice: “son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia y los caminos”. Entonces es normal, se habla del inevitable plagio de un poeta, sus influencias principales son de la poesía universal. Lo que les recomendaría es que lean mucha poesía, es fundamental que entren en la atmósfera de la poesía, la poesía se impone. Tú lo sabes perfectamente, es dictatorial y autoritaria, te obliga a una especie de disciplina y a casi una constante iluminación, por eso Rimbaud nos lo enseña con el título de su libro Iluminaciones; la poesía es eso, una iluminación que después toma forma ya con el estilo. Y por último, que al encontrar su propia voz sean fieles a ella, aunque la voz sea buena o sea mala, pero que se jueguen la aventura, es una ruleta rusa. Tengo un poema que hice sobre un poema fracasado que dice “De un árbol que cae seco al suelo, brotan algunas hojas verdes de las ramas, los pájaros se posan en ellas, pensando que están volando”.   


Hugo Plascencia, mexicano, es poeta, periodista y gestor cultural por la Universidad de Guadalajara, México. Ha publicado en varios medios de prensa en Canadá, Estados Unidos, México, Inglaterra, España, Francia, Perú y Chile. Ha sido colaborador del suplemento La Jornada Semanal del periódico “La Jornada”, del Periódico de Poesía de la UNAM y del Petit Journal. Coautor de diversas antologías: Novísima poesía mexicana, Mapa poético de México, Panorama de la poesía Mexicana, Las afinidades electivas/Las elecciones afectivas: curaduría autogestionada de poesía mexicana reciente, Cien poetas del mundo, Vértigo de los aires: encuentro Iberoamericano de poetas, entre otras. Autor de los libros: Ahogar el Grito, 2005. Todo es Babel, 2006. Calandrias Underground, 2007 traducido al francés; y Razón de Bestia, 2008. Becario del CONACULTA (2005-2006) y (2008-2009). Ha participado en varios encuentros nacionales e internacionales de poesía. Parte de su obra ha sido traducida al inglés y al francés. Actualmente realiza performance poetry en colaboración con músicos y artistas visuales. Y colabora con poemas musicalizados para documentales en Francia.

Palabras para despedir al padre Gabo

Marco Tulio Aguilera Garramuño

Criticable o no, me es inevitable escribir una larga y sentida carta para despedir a mi padre y maestro Gabriel García Márquez. Como muchos de mis amigos y algunos de mis enemigos saben, yo he vivido a la sombra y a la luz de este escritor tan querido. Al punto de no dudar en considerarlo: el más querido del mundo hoy en día.

Carlos Fuentes junto a Gabriel García Márquez. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Carlos Fuentes junto a Gabriel García Márquez. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Llamarlo padre y maestro podrá sonar trillado, un horroroso lugar común, que no vacilo en asumir. Fue mi padre porque descubrí el mar interior de la literatura que podría hallar en mí en el momento en que tras doce horas de lectura, acostado en una cama rústica en una casa de asistencia del barrio Siloé, en Cali, terminé de leer Cien años de soledad. Y fue mi maestro porque apenas una semana después de la lectura de esta obra, inicié la escritura de mi novela Breve historia de todas las cosas, en la que se podían leer las huellas, el aliento, la fuerza que me había dado el leer la obra mayor de Gabo.

Ya he contado varias veces y en diversos medios cómo y dónde conocí personalmente a GGM. No voy a repetirlo. Diré simplemente que le entregué mi novela Breve historia de todas las cosas, publicada en Buenos Aires, en su propia mano. Una semana o quince días después (no recuerdo) Felipe Ossa (creo que fue Felipe Ossa), quien era gerente de la Librería Nacional en Cali, me dijo que García Márquez había llamado desde Barcelona a la librería (porque le habían dicho que yo iba con frecuencia allí) y que al no hallarme me dejó un mensaje con Felipe, en el que me felicitaba por la novela, que le había gustado mucho. La voz se corrió por Cali y Colombia.

Cuando Daniel Divinsky, el editor de mi novela visitó Cali, reiteró lo que había escrito en la contraportada de mi libro. Que le gustaba más mi novela que Cien años de soledad. Imaginen, amigos, lo que semejantes declaraciones hicieron en la mente afiebrada del muchacho que era yo por entonces. La apuesta estaba lanzada: yo quedé marcado por ese debut, que alguien ha llamado «patada de antioqueño». Mi vida a partir de entonces consistiría en estar a la altura del reto.

Que alguna vez García Márquez haya dicho públicamente y para la prensa palabras elogiosas sobre mí o sobre mi obra no puedo afirmarlo de ninguna manera. A mí sí me las dijo, y yo me apresuré a divulgarlas. En el Hotel Xalapa, hace quizás 15 años me dijo «Breve historia de todas las cosas es lo mejor que has escrito y quizás lo mejor que escribirás». Personas que visitaron en su estudio a Gabo (el profesor Motato y Fabio Jurado Valencia) me contaron que Gabo tenía un estante tras su escritorio dedicado enteramente a Mutis y otro dedicado a mí. Y les dijo que le gustaban mucho las obras de ese loquito colombiano que vive en Xalapa.

¿Qué aprendí de Gabo? La pasión por la escritura; mantener por años guardados los libros, trabajándolos hasta que estuvieran maduros; aprendí que cada novela es una auténtica tesis de grado sobre la vida y que uno es responsable soberano de un universo; aprendí la soberbia soberana de creer que cada obra mía era una obra maestra. Y algo muy importante: aprendí que hay que usar todos los recursos disponibles para difundir las obras (sentado a una mesa en el restaurante del Hotel Xalapa, al lado de Gustavo Sainz y Ángel Rama, lo escuché urdir las mentiras adecuadas para difundir ya no me acuerdo que novela a punto de salir publicada).

Si bien he tenido periodos de adoración a GM, también he tenido etapas en las que de alguna manera lo he rechazado y en las que llegué a decir que era necesario matarlo para que los escritores colombianos pudiéramos vivir. Y esa actitud ya estaba o estuvo presente desde el primer encuentro en Bogotá, en 1975, cuando en la dedicatoria que le puse a mi ejemplar de Breve historia de todas las cosas le escribí: «Para García Márquez, a quien pienso matar… literariamente». Ingenuo y maniqueo deseo que obviamente no se cumplió ni se cumplirá. Aunque no me siento inferior a Gabo (lo digo con claridad y sin rubor) sé que lo suyo no tiene comparación alguna, y que ninguna obra mía o ajena lo va a opacar.

Que personajes como Seymour Menton, René Avilés Fabila, Guillermo Samperio, Héctor D’Alessandro y otros diez hayan repetido elogios desmedidos a mi novela más reciente (llegando a colocarme por encima de Gabo) no me hace más grande de lo que creo ser. Mi obra es diametralmente opuesta a la de Gabo, va por otros caminos y si tiene algunos valores, serán valores independientes.

Mucho se me ha criticado que yo haya usado a Gabo como trampolín para catapultar mi «fama». Acepto las críticas pero en mi salvedad debo decir que la «leyenda» no la inventé yo, sino el primer editor, el argentino Daniel Divinsky, Seymour Menton y muchos otros que repitieron el cliché «el más posible sucesor de García Márquez»… que se convirtió en el trade mark no sólo mío sino de diez o 15 escritores colombianos a los que se les colgó el mote de posibles sucesores: Tomás González, Santiago Gamboa, Juan Gabriel Vázquez -el más endeble- Evelio Rosero, etc.

Recuerdo que en el primer encuentro con Gabo me atreví a decirle «no me gustó El otoño del patriarca«. El me respondió: «pues si no te gustó es porque no sabes nada de literatura».Leí casi todas las obras de García Márquez con pasión y a veces con rencor. Las reseñé, dicté conferencias (la más memorable fue en Indiana; la llamé «Escenas de amor, eros y pornos en las obras de García Márquez»). Viví pasionalmente su literatura y ello me marcó, aunque en ninguno de mis libros posteriores a Breve historia de todas las cosas sean notables las huellas de su influencia.

Gabo tuvo tres actos de tremenda caballerosidad conmigo, aunque sabía que yo era «peligroso» (en el sentido de que sabía que yo iba a escribir TODO lo que me dijera): uno fue invitarme a comer tacos en una taquería de cuarta en Coyoacán (con Eduardo García Aguilar y Nicolas Lozano, que no me dejarán mentir) y rechazar un ejemplar de  Cuentos para después de hacer el amor que yo quería regalarle (le pidió a su hijo Gonzalo que fuera a la librería El Parnaso a comprar el libro).

Otro acto de gentileza fue descolgarse (manejando él mismo su propio deslumbrante coche computarizado) desde su casa en la calle Fuego hasta el centro del DF para ir a verme al Sanborns Las Lajas. El tercer acto, que hoy ya puedo divulgar, fue defenderme muy en secreto cuando me querían expulsar de México por escribir lo que gentes «probas» (léase Pabello Acosta y amigos) consideraban pornografía que denigraba a las damas jalapeñas.  «Yo te salvo del problema, pero te pido que no lo divulgues», me dijo. Lo guardé durante años.

Y también tuvo un acto de descortesía: ocupó el tiempo que me había asignado para una cita en atender a una periodista que sin duda le llamaba más la atención que yo (la pequeña Rosa Elvira Vargas -hoy en La Jornada-, que por esos días era un platillo apetitoso para un cincuentón como lo era Gabo entonces (hago constar que no fueron más allá de la convencional entrevista, de la que fui testigo a la distancia, hasta que me enojé y fui a reclamarle a Gabo su incumplimiento. Ya le había reclamado y dado la espalda a mi héroe cuando me alcanzó, me tomó del brazo y me dijo «»cachaco tenías que ser… ¿no ves que estoy atendiendo a esta cabrita?» Solamente tres veces pude estar a solas con Gabo (eliminemos el “solamente”: tres veces ya es un honor memorable): en el Sanborns en el DF; en Bogotá en el local de la revista Alternativa y en el Hotel Xalapa. Nunca pude expresarle adecuadamente mi afecto filial.

Generalmente fui agresivo, intolerante, severo con aquel monumento vivo. Publiqué las crónicas de mis encuentros con él y él mismo me las criticó. Me dijo: «Me usas para hacerte publicidad». Y lo acepté. En una ocasión lo abracé y él me dijo: «No vayas a poner que yo te abracé. Tú fuiste el que me abrazaste». Que era petulante y ególatra en público, eso es notable. Hablaba como si fuera el papa. Sólo conocí a dos personas que pudieron llevarle la contraria y dejarlo callado: Ángel Rama y Mercedes Barcha.

Cuando me atreví a decirle algunas frases duras, lo tomó con buen humor: «Ah, estos hijos díscolos que tengo esparcidos por el mundo». ¿Fue egoísta? Sí. Nunca entendió Gabo que la gloria es para compartirla. La quiso toda para él solito y la consiguió. «Nunca voy a hablar bien de ti, porque te enfermaría y no volverías a escribir nada bueno», me dijo. Y bien vistas las cosas, al no ayudarme -como podría haberlo hecho: una palabra de él hubiera bastado para lanzarme al mundo de las grandes editoriales europeas- me hizo un favor: gracias a la especie de leve anonimato que he mantenido durante casi toda mi vida, he podido seguir escribiendo con tranquilidad y he podido moderar mi megalomanía -megalomanía tan semejante a la de Gabo, que dijo «si cuando me siento a escribir no pienso que voy a escribir una obra superior al Quijote, mejor me retiro de la profesión» (cito de memoria).

Buen viaje, querido maestro y padre, nos vemos al rato.

17 de abril de 2014. 

Marco Tulio Aguilera Garramuño, colombiano, es escritor. Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía El libro de la vida, cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

En letras de oro

Adolfo Castañón

Cuenta Octavio Paz en Vislumbres de la India que, luego de renunciar a la Embajada de México y al tomar el tren que los llevaría a él y a Marie Jo, en octubre de 68: “el viaje de Delhi a Bombay fue emocionante, no sólo porque me recordaba el que había hecho unos 20 años antes, sino porque en algunas estaciones grupos de jóvenes estudiantes abordaban nuestro vagón, para ofrecernos las tradicionales guirnaldas de flores”.  

Eduardo Vázquez Martín (izquierda) secretario de Cultura del Distrito Federal, y Adolfo Castañón (derecha), miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Foto: Antonio Nava / Secretaria de Cultura GDF ©2014.

Eduardo Vázquez Martín (izquierda) secretario de Cultura del Distrito Federal, y Adolfo Castañón (derecha), miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Foto: Antonio Nava / Secretaria de Cultura GDF © 2014.

Esos ramos de flores frescas son hermanos de las velas encendidas por manos anónimas en memoria de los muertos en la Plaza de Tlatelolco el 2 de noviembre de 1968 y de las letras de estos tres nombres insignes Efraín Huerta, Octavio Paz y José Revueltas, hermanos de tinta y luz, que hoy se inscriben con letras de oro en la sede de la Asamblea de Representantes del DDF.

Me gusta pensar que esta inscripción no es una imposición en el sentido en que se marca a las reses con hierros ardientes al rojo blanco en la piel las insignias de las rancherías de que provienen, sino, más bien, y ante todo una emanación o efusión, como si las piedras que ahora ostentan estas letras hubiesen discernido con inteligencia entre sus vetas estos signos para exhibirlos, sacándolos a la superficie uno por uno como de una caja encantada.

En alguna página, Miguel de Unamuno recuerda que los antiguos alquimistas tenían en sus gabinetes ventanillas hechas con láminas de oro. La luz, al pasar por ellas, se ruborizaba y tornaba roja como la sangre. Sólo así podía tener éxito la operación alquímica.  Esta alianza entre el oro y el plasma cobra un peculiar significado en este acto en que la caligrafía perdurable de una generación mexicana representada deslumbrantemente por tres escritores y poetas: Efraín Huerta, Octavio Paz y José Revueltas, se viene a labrar en uno de los lugares privilegiados de la memoria mexicana, para afirmar así una idea de la ciudad y de la historia de la que fueron agentes, protagonistas, testigos y hacedores, esos militantes del orden civil, esos hombres de palabra y acto de tanto y tan múltiple arraigo.

Nota del editor: Discurso preparado para la ceremonia de develación de los nombres en letras de oro de Efraín Huerta, José Revueltas, Octavio Paz, en la Asamblea de Representantes DDF, VI Legislatura, México,10 de abril de 2014. Diversas circunstancias impidieron su lectura pública. Con la autorización del autor, se publica en exclusiva en el Mexican Cultural Centre.   

Adolfo Castañónmexicano, es poeta, narrador, ensayista, traductor, editor y crítico literario. Estudioso de las obras de Michel de Montaigne, Alfonso Reyes, Juan José Arreola y Octavio Paz. Miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Ha sido miembro del consejo de redacción de varias revistas en Latinoamérica, como Vuelta, Letras Libres, La Cultura en México, Plural, Gradita y Literal.   

Iniciação / Iniciación

En exclusiva para el Mexican Cultural Centre (MCC), la escritora, poeta y traductora brasileña Adriana Zapparoli, traduce un poema al portugués del libro Blanco Oro Negro (Reino Unido, 2012), de Eduardo Estala Rojas.


 The Major Oak of Sherwood Forest, Nottinghamshire, England. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.


The Major Oak of Sherwood Forest, Nottinghamshire, England. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Iniciação

O Ouro é Branco quando a palavra desperta

nas entranhas da minha terra;

me lembra dos nove caminhos da vida e da morte.

Tudo fala quando ouço o ar trinta e três vezes.

as árvores,

o olhar juvenil,

o poeta do século vinte e um,

os amuletos de Isis.

Tudo fala quando eu escrevo em silêncio trinta e três vezes.

Viajo com Isis em um barco,

trilhamos o planeta Terra em trinta e três dias…

e um sonho

—se manifesta em decreto—

 ***

Iniciación

El Oro es Blanco cuando la palabra despierta

en las entrañas de mi tierra;

me recuerda a los nueve caminos de la vida y la muerte.

Todo habla cuando escucho al aire treinta y tres veces

los árboles,

la mirada juvenil,

el poeta del siglo veintiuno,

los amuletos de Isis.

Todo habla cuando escribo en silencio treinta y tres veces.

Viajo junto a Isis en una barca,

recorremos el planeta Tierra en treinta y tres días…

y un sueño

—se manifiesta en decreto—

 

Blanco Oro Negro, Eduardo Estala Rojas, Reino Unido, 2012, p.19.  

Adriana Zapparoli (Campinas, São Paulo, Brasil) es escritora, poeta y traductora. Ha realizado estudios de postdoctorado en la Universidad Estatal de Campinas (SP). Sus poemas han sido publicados en revistas de arte y literatura en diversos países. Es autora de los libros “A flor da abissínia” (versión bilingüe) en 2007; “Cocatriz” en 2008; “Violeta de Sofía” en 2009; “Tílias e tulipas” (versión bilingüe) en 2010, “O leão de Neméia” en 2011; “Flor de lírio” (versión bilingüe) en 2012, “Flor de lótus” (versión bilingüe) en el año 2013, todos han sido editados por Lumme Editor (Bauru, SP). Actualmente es editora de la revista electrónica «Zunái de Poesía y Debate» (ISSN 1983 – 2621), junto con el poeta Claudio Daniel. Edita el blog:  http://zappazine.blogspot.com.br

La celda humana: Diferentes usos del cuerpo en la novela corta «El Apando» de José Revueltas

Benjamín Pacheco López

En condiciones de cautiverio extremo, el cuerpo humano también puede volverse una celda donde se mezclan con furia un dolor y odio que rayan en lo infinito, según se puede interpretar de la novela corta El Apando, de José Revueltas (1914-1976).

José Revueltas. Foto Cortesía.

José Revueltas. Foto Cortesía.

El texto fue publicado en 1969 y se deriva del encierro que sufrió el autor duranguense en la Cárcel Preventiva de la Ciudad de México –conocida popularmente como Palacio Negro de Lecumberri– del 21 de septiembre de 1968 al 13 de mayo de 1971,[1] pues la fecha publicada al final de la novela: “Cárcel Preventiva de la Ciudad. México. Febrero-Marzo (15), 1969”,[2] coincide con el tiempo que pasó en prisión. Lo anterior, luego de ser acusado como “autor intelectual[3] del movimiento estudiantil que reprimió en 1968 el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz.

La intención de este trabajo no es ahondar en las similitudes entre la literatura de José Revueltas y sus múltiples estancias en prisión (a los 15 años al reformatorio: El quebranto (relato); posteriormente a las Islas Marías: Los muros de agua (novela),[4] pues de alguna manera se ha vuelto repetitivo el cruce analítico entre su vida militante y su basta obra, como lo recuerda la ensayista Elba Sánchez Rolón:

¿Quién fue José Revueltas? Se ha convertido en lugar común resaltar su carácter apasionado, su febril y conflictiva militancia comunista, su vida carcelaria, sus arranques políticos… Revueltas era, ante todo y desde mi punto de vista, un ser múltiple, de varias facetas que se conjuntaban problemáticamente: sus ideas políticas y su vocación narrativa se interpenetran, son inseparables y autónomas a la vez: las dos piden ser revaloradas desde sí mismas, pero sin olvidarse de su relación recíproca.[5]

De igual forma, la ensayista Lilia Solórzano puntualiza que para el investigador resulta difícil acercarse a un autor que ha sido analiza desde distintas aristas, enfoques filosóficos, religiosos, sociales o históricos, como se ha hecho con Revueltas, pero remarca que hace falta más trabajo desde la perspectiva literaria. Esto, con motivo de una reseña crítica al libro-homenaje titulado El terreno de los días, de 16 ensayos y una pequeña obra de teatro en tres actos, mismo que fue presentado en 2007 y editado por Francisco Ramírez Santacruz y Martín Oyata:

Si, aparentemente, ya todo está analizado, ¿yo qué digo? […] Decir algo sobre la obra de José Revueltas ha significado decir algo de su vida y, con ello, decir algo sobre las relaciones de poder, político preponderantemente, pero también social, cultural, económico, amoroso, hasta abarcar el complejo entramado que establece el hombre en su organización con los demás […] Revueltas, como ya se ha afirmado innumerables veces –no hay estudio, semblanza, comentario que no lo mencione-, fue un militante de izquierda […] Esto es, justamente, lo que la mayoría de los estudios críticos han abordado. Y es que con tal imbricación político-poética resulta complicado intentar otro enfoque […] Pero es conveniente no dejar pasar que todavía resta mucho por mirar no desde el lado moridor y revolucionario sino desde el literario.[6]

Esta, en parte, es la intención de este trabajo: una aproximación a la forma en que los cuerpos humanos son descritos por un narrador omnisciente que lleva al lector por la atmósfera sofocante de El Apando, desde ese lado literario y estético en el que los organismos no son pasivos, sino que sufren transformaciones y agresiones, se les confina y ellos, confinan a la vez sus rencores y pasiones, donde son reflejo de las condiciones cambiantes de su entorno, y que constantemente buscan salidas para el dolor y odio que los sacude por dentro.

Aproximaciones teóricas sobre el narrador

En principio, El Apando es una historia contada por un narrador omnisciente, pues no tiene limitaciones cognitivas ni de orden perceptual y espacial, es decir, recorre con plena libertad el pasado de los personajes, sus pensamientos más escondidos, los odios y deseos, realiza juicios y digresiones, así como descripciones de lo que ocurre adentro y fuera de la celda. En términos de teoría literaria, es lo que la investigadora Luz Aurora Pimentel refiere como una polifonía, es decir, “a la constante alternancia o interacción entre la perspectiva del narrador –o de los narradores- y la de los personajes”[7]. A mayor precisión, la autora se apoya en la teoría aportada por Gérard Genette, específicamente en uno de los tres códigos de focalización básicos: la focalización cero o no focalización:

a) En la focalización cero, que Genette también denomina no focalización, el narrador se impone a sí mismo restricciones mínimas: entra y sale ad limitum de la mente de sus personajes más diversos, mientras que su libertad para desplazarse por los distintos lugares es igualmente amplia. De este modo, el foco (foyer) del relato se desplaza constantemente de una mente figural a otra en forma casi indiscriminada. Este modo de focalización corresponde al tradicional narrador omnisciente […].[8]

Más adelante, Pimentel subraya que en un relato centrado en este tipo de focalización, como lo es El Apando, “la perspectiva del narrador es autónoma y claramente identificable, tanto por los juicios y opiniones que emite en su propia voz, como por la libertad que tiene para dar información narrativa que él considere pertinente, en el momento que él juzgue el adecuado”.[9]

Cabe destacar que dicha novela está construida en un solo párrafo, lo que remarca más esta sensación de aislamiento (una celda de letras que contienen una historia que se desborda constantemente) que está anunciada desde el título, además de que las acciones y los escasos diálogos se dan de continuo, con poco espacio a signos y marcas que especifiquen quién dijo qué cosa, en un torrencial de pensamientos, juicios, emociones y conflictos que se descargarán hasta llegar al final del relato. Los aspectos anteriormente mencionados se pueden apreciar en fragmentos como el siguiente:

En la memoria de Polonio la palabra nadien se había clavado, insólita, singular, como si fuese la suma de un número infinito de significaciones. Nadien, este plural triste. De nadie era la culpa, del destino, de la vida, de la pinche suerte, de nadien. Por haberte tenido. La rabia de tener ahora aquí a El Carajo encerrado junto a ellos en la misma celda, junto a Polonio y Albino, y el deseo agudo, imperioso, suplicante, de que se muriera y dejara por fin de rodar en el mundo con ese cuerpo envilecido. La madre también lo deseaba con igual fuerza, con la misma ansiedad, se veía. Muérete muérete muérete. Suscitaba una misericordia llena de repugnancia y de cólera.[10]

En una lectura atenta, es difícil concebir que el personaje de Polonio pueda articular una frase tan poética y –de alguna manera compleja- como “este plural triste”; la enunciación “Por haberte tenido” que aparece intercalada, presa entre las oraciones, ¿quién la dijo realmente?;  el deseo remarcado de muerte ¿es de la madre, de Polonio o de la voz narradora? Este tipo de fragmentos se repiten constantemente a lo largo de todo el relato, como los pasos circulares de un prisionero en un área restringida, y ponen en alerta al lector, pues lo invitan a revisar constantemente un escrito plagado de extrañamientos llenos de imágenes duras y efectivas.

Sobre la prisión, Sánchez Rolón recuerda que es una temática recurrente en la obra de Revueltas, además de que ahonda en la posible forma en que estas experiencias se tradujeron en literatura, tal como también lo llegó a analizar alguna vez la cronista Elena Poniatowska, quien lo visitara en Lecumberri:

La experiencia de la cárcel parece ser una constante en toda la narrativa de José Revueltas, su estancia en las Islas Marías y en Lecumberri pudo ser el detonante de una metáfora del ser humano preso, y la del mundo como una cárcel, cuyas rejas trascienden lo material y se extienden a la ideología, a las relaciones humanas y al pensamiento religioso […] para Elena Poniatowska “El apando concentra toda la tesis revueltiana. Todos sobre la tierra somos iguales, todos estamos presos, el mundo nos sirve de cárcel, ningún ángel vendrá a salvarnos” […] (prosigue Sánchez Rolón) Su segunda novela, El luto humano […] da entrada a otra dimensión del presidio, una prisión afectiva y moral, donde se distinguen dos planos: el objetivo, las tinieblas y el diluvio que aprisionan a los personajes; y el subjetivo, la religiosidad, el fatalismo y los sentimientos de culpa que los aíslan.[11]

Desde una perspectiva más testimonial, El Apando se apega al temor real que tenían los prisioneros a este sitio, caracterizado por una total ausencia de luz y vista, solamente cuatro paredes en un precario espacio, como lo apunta Sergio García Ramírez, quien fuera el último director del conocido presidio hasta que cerró en 1977 para dar paso al recinto de Almoloya de Juárez. El entonces funcionario destaca la clausura de dicho lugar e incluso cita a Revueltas en sus reflexiones:

El apando estuvo ligado a la historia de Lecumberri. Acompañó al presidio, lo hizo temible. No se ha perdido todavía el recuerdo de la obra de José Revueltas sobre este tema y con este nombre.[12]

Posteriormente, García Ramírez cita un extracto de El final de Lecumberri, libro de su autoría y que publicó con motivo del cierre del penal. Del mismo destaca la narración de la tristemente célebre celda de castigo:

En Lecumberri, el apando era… la celda más distante en cada crujía: una presencia amenazadora, pero no un espectáculo vivo, a la luz, que pudiese ser bien observado. A la vista sólo estaba la puerta; lo demás, dejado a la imaginación, al testimonio o al recuerdo. En la Crujía ‘G’, la más grande… el apando se hallaba en el segundo piso, al fondo. Era una celda común, forrada de lámina de acero, desprovista de mobiliario, a la que se había cegado la fuente de aire y de luz que otras celdas tenían en la parte más alta de la pared frente a la puerta. Sólo las cuatro paredes, desnudas, inexpugnables; la puerta hermética cuya mirilla se abría desde afuera, para introducir alimentos, girar instrucciones o ejercer la custodia; algún lugar, tal vez, para el desahogo fisiológico, y nada más, salvo el silencio franqueado por voces apagadas, la fetidez, la oscuridad.[13]

Tras éste breve estado de la cuestión en torno a temas recurrentes en la vida y obra del autor duranguense, pasemos a ver el lado literario de la obra citada, y que lo anterior sirva para arrojar luz a las celdas humanas, para entrar con “El espejo y la lámpara”[14] al complejo apando de José Revueltas.

Una prisión para el cuerpo, el cuerpo como prisión y cautiverio

Antes que el cuerpo, la mirada. El ojo escrutador que recorre los espacios, las grietas, los límites de lo que se le impone a la vista, los cercados y fronteras que recuerdan una edad de piedra y una edad de hierro, un territorio inamovible de seres retrocedidos en la “escala zoológica”. Un lugar sin tiempo, sin luz, donde solamente hay una rendija que obliga a la humillación de la cabeza y que, por la posición, únicamente permite usar un ojo para espiar al exterior. Dolor constante, espera rabiosa, rencor contra los celadores que se asumen libres aunque estén metidos en el mismo bloque de acero y concreto que los prisioneros.

Así es como empieza El Apando: en un momento de espera en la vida de tres reos: Polonio, Albino y El Carajo, obligados a compartir el último lugar en el castigo corporal, en la escala del confinamiento a los presos, que es la celda del apando, donde lo más valioso es ese pequeño hueco que comunica con el exterior -entrada de aire, luz, brevedad de compañía, otra voz que no sea la conciencia- y lo más detestable es la insoportable cercanía del otro, del cuerpo del otro, de las dolencias del otro. Por fuera, el enemigo inmediato, la autoridad retrocedida a una “interespecie”, vueltos los guardias “mono y mona”, respectivamente, olvidados por el resto de la humanidad y, sin querer saberlo, condenados a vivir con una humanidad de la que pocos quieren ocuparse.

Polonio, desde aquella mirilla, desde lo alto del segundo piso, escudriña con el ojo derecho aquellos cuerpos que considera alejados de la especie humana:

Monos, archimonos, estúpidos, viles e inocentes, con la inocencia de una puta de diez años de edad. Tan estúpidos como para no darse cuenta de que los presos eran ellos y no nadie más, con todo y sus madres y sus hijos y los padres de sus padres. Se sabían hechos para vigilar, espiar y mirar en su derredor, con el fin de que nadie pudiera salir de sus manos, ni de aquella ciudad y aquellas calles con rejas, estas barras multiplicadas por todas partes […] Todo era un no darse cuenta de nada. De la vida. Sin darse cuenta estaban ahí dentro de su cajón, marido y mujer, marido y marido, mujer e hijos, padre y padre, hijos y padres, monos aterrados y universales.[15]

Todo es prisión aún alejados de la prisión. La represión no se queda en la penitenciaria sino que se extiende a la urbe, a las familias,  a la sociedad en general. Es una ilusión creer que se es libre, según se aprecia. La mirada ahora deja la multitud de “monos” y se concentra en un cuerpo, el peor de todos: El Carajo, ser que roza el anonimato y que es identificado apenas por un apodo, el margen en el margen, alguien que ni siquiera –si tuviera la oportunidad- podría ver por el postigo, pues la posición para hacerlo solamente le dejaría libre su ojo tuerto. Se anuncia la primera característica de la celda corporal que le priva de la vista:

Pues por eso lo apodaban El Carajo, ya que valía un reverendo carajo para todo, no servía para un carajo, con su ojo tuerto, la pierna tullida y los temblores con que se arrastraba de aquí para allá, sin dignidad […].[16]

El cuerpo le reduce libertades a El Carajo: no camina totalmente, no puede decidir estarse quieto. Sin embargo, hay algo en él que es libre de vez en cuando: su sangre. El líquido se vuelve señal de auxilio, manipulación de su entorno, fuga antes de la fuga del apando a la enfermería. Es un pequeño sacrificio de ecos prehispánicos. Ritual constante, las marcas que le han dejado en el cuerpo los cortes de venas también reflejan una lenta caída de la vida hacia la muerte:

Famoso en toda la Preventiva por la costumbre que tenía de cortarse las venas cada vez que estaba en el apando, los antebrazos cubiertos de cicatrices escalonadas una tras otra igual que en el diapasón de una guitarra […] abandonado hasta lo último, hundido, siempre en el límite, sin importarle nada de su persona, de ese cuerpo que parecía no pertenecerle […] A propósito se arrimaba a la puerta de la celda […], ahí junto al quicio, para que el arroyo de la sangre que le brotaba de la vena saliera cuanto antes al estrecho andén, en el piso superior de la Crujía, y de ahí resbalara al patio, con lo que se formaba entonces un charco sobre la superficie de cemento […].[17]

Además de estas pequeñas fugas, la otra huída que logra El Carajo de su cuerpo, de tiempo en tiempo, es la de su conciencia; esto, por medio de la droga que lo posee, que galopa como potro embravecido, como ángel destructor, por sus venas:

Pero del que disfrutaba, se resguardaba, se escondía, apropiándosele encarnizadamente, con el más apremiante y ansioso de los fervores, cuando lograba poseerlo, meterse en él, acostarse en su abismo, al fondo, inundado de una felicidad viscosa y tibia, meterse dentro de su propia caja corporal, con la droga como un ángel blanco y sin rostro que lo conduciría de la mano a través de los ríos de la sangre, igual que si recorriera un largo palacio sin habitaciones y sin ecos.[18]

Este cuerpo al límite que es El Carajo, esta conciencia que lleva en la carne la marca de sus adicciones, es visitado en la prisión por su madre, otro ser igual de marcado por sus culpas y penas. En ella no hay la huella tradicional de amor hacia los descendientes; el navajazo en su cara también podría interpretarse como la negación de una vida –la mitad de una cruz- con la que se ha topado de frente. Debido a que la madre refleja una decadencia similar a su vástago, la voz narradora parece encontrar el origen de los malestares de ella en el hecho de haber engendrado a un hombre cuyo cuerpo no sirve para nada, salvo para generar lástima y rechazo:

Durante estas entrevistas, la madre de El Carajo, asombrosamente tan fea como su hijo, con la huella de un navajazo que le iba de la ceja a la punta del mentón, permanecía con la vista baja y obstinada, sin mirarlo a él ni a ninguna otra parte que no fuese el suelo, la actitud cargada de rencor, reproches y remordimientos, Dios sabe en qué circunstancias, sórdidas y abyectas se habría ayuntado, y con quién, para engendrarlo, y acaso el recuerdo de aquel hecho distante y tétrico la atormentara cada vez.[19]

Los encuentros con la madre reflejan otro aspecto de El Carajo: en realidad nunca ha terminado de nacer del todo, no ha logrado la independencia plena, pues al parecer únicamente cambió la matriz humana por una simbólica de piedra:

Sobre la banca de la sala de defensores, con el vientre lleno de lombrices que le caía como un bulto encima de las cortas piernas con las que no alcanza a tocar el suelo, hermética y sobrenatural a causa del dolor de que aún no terminaba de parir a este hijo que se asía a sus entrañas mirándola con su ojo criminal, sin querer salirse del claustro materno, metido en el saco placentario, en la celda, rodeado de rejas, de monos, él también otro mono […], con un solo ojo, sin poder salir del vientre de su madre, apandado ahí dentro de su madre.[20]

Si se queda quieto, El Carajo se vuelve una especie de desecho; si se mueve, invoca lo grotesco en su andar, vestir y actuar. A pesar de esto, intenta recomponerse un poco por medio de la ortopedia, que consiste en corregir o de evitar deformidades en el cuerpo humano por medio de ciertos aparatos o ejercicios corporales. De nada le sirve:

El Carajo, a mitad de uno de los senderos en el jardín de Enfermería, bailaba una suerte de danza semi-ortopédica y recitaba de un modo atropellado y febril versículos de la Biblia. Llevaba al cuello, a guisa de corbata, una cuerda pringosa, y a través de los jirones de su chaqueta azul se veían, con los ademanes de la danza, el pecho y el torso desnudos, llenos de bárbaras cicatrices, y bajo la piel, de lejanos y desvaídos tatuajes […] Flexionaba la pierna sana, la tullida en posición de firmes, las manos en la cintura y la punta de los pies hacia fuera, en la posición de los guerreros de ciertas danzas exóticas de una vieja revista ilustrada, para intentar enseguida unos pequeños saltitos adelante, con lo que perdía el equilibrio e iba a dar al suelo […].[21]

Hay algo en el cuerpo de El Carajo que se resiste a la decadencia y al derrumbe total, aunque a veces no deja de sumarse a ese concierto ruinoso de piel y miembros tullidos: el ojo izquierdo. En El Carajo, dicha parte es el último resquicio por donde aflora algo saludable de su cuerpo e, incluso, reflejar otros sentimientos, otro brillo de cierta inteligencia:

La mirada legañosa del ojo sano tenía un aire malicioso, calculador, burlón, autocompasivo y tierno, bajo el párpado semi-caído, rígido y sin pestañas […] Entonces el ojo parecía morírsele, quieto y artificial como el de un ave. Era con ese ojo muerto con el que miraba a su madre en las visitas, largamente, sin pronunciar palabra. Ella, sin duda, quería que se muriera, acaso por este ojo en que ella misma estaba muerta […].[22]

De vuelta a la progenitora de El Carajo, llega un momento en la historia en que ella será clave para lograr introducir droga al penal. Su cuerpo sufrirá una metamorfosis momentánea y de madre de reo pasará a ser burrera de sustancias ilícitas. Polonio, autor intelectual, la convencerá de usar “unos tapones de gasa con un hilo del tamaño de una cuarta y media más o menos, cuyo extremo quedaba fuera, una puntita para tirar de él”, para transportar de veinte a treinta gramos de droga. La voz narradora acentúa de manera irónica éste cruce entre las funciones maternales con un objeto más ligado a la muerte, y que compara también con la vida en reclusión:

(Polonio) “Usted ya es una persona de edad, grande, de mucho respeto; con usted no se atreven las monas”. La cosa era así, por dentro, algo maternal […] muy en uso ahora, en la actualidad, por las mujeres […] para no embarazarse y no tener que echar al hijo por ahí de mala manera, uno de los recursos más modernos de hoy en día, podrían decírselo La Chata o Meche, y ayudarla a que le quedara bien puesto. Ahí moría todo, ahí quedaban sin pasar los espermatozoides condenados a muerte, locos, furiosos delante del tapón, golpeando la puerta igual que los celadores, también monos igual que ellos, multitud infinita de monos golpeando las puertas cerradas.[23]

Conforme avanza la trama, rumbo a la llegada de las mujeres con la droga, la voz narradora remarca las descripciones de degradación en torno a El Carajo, aunque también permite la entrada de, quizás, el momento más luminoso en el relato: la danza del vientre a cargo de Albino. En esta parte, el cuerpo se vuelve un lienzo –a la manera de una pintura viviente- capaz de desatar las más escondidas emociones en el espectador privilegiado, de hacer surgir el deseo carnal en medio de un lugar que no respeta la carne humana, de un erotismo finamente concentrado en algunos centímetros de piel en contraste con la mudez violenta de los muros que rodean a los personajes:

Una danza formidable, emocionante, de gran prestigio en el penal […] Albino siempre ponía enorme celo respecto a la composición de su público, como buen juglar que se respeta […] Tenía tatuada en el bajo vientre una figura hindú […] que representaba la graciosa pareja de un joven y una joven en los momentos de hacer el amor y sus cuerpos aparecían rodeados, entrelazados por un increíble ramaje de muslos, piernas, brazos, senos y órganos maravillosos –el árbol brahamánico del Bien y del Mal- […].[24]

El cuerpo de Albino, en total contraste con El Carajo, representa al organismo admirable y con todas las características para convertirse en un centro de deseo, en un teatro de ocasión donde se desplayan la armonía y la estética atrayente, al grado de rayar en lo místico:

Con tal sabiduría quinética, que bastaba darle impulso con las adecuadas contracciones y espasmos de los músculos, la rítmica oscilación, en espaciado ascenso, de la epidermis, y un sutil, inaprensible vaivén de las caderas, para que aquellos miembros dispersos y de caprichosa apariencia, torsos y axilas y pies y pubis y manos y alas y vientres y vellos, adquiriesen una unidad mágica donde se repetía el milagro de la Creación y el copular humano se daba por entero en toda su magnífica y portentosa esplendidez […]

Terminado este instante de luz dentro de la oscuridad corporal y espacial de El Apando, la voz narradora guía al lector hacia el final, donde –una vez más- los cuerpos entrarán en colisión. La narrativa ofrece un juego verbal de libertades aparentes, fuga de rencores, nuevos aislamientos y un final donde el cuerpo quedará crucificado, inmóvil y desgarrado por la mano de la autoridad. La Chata, Meche y la madre de El Carajo han entrado en la Crujía. Llegan a la celda pero, en una suerte de confusiones, mala suerte y escándalo, no pueden entregar la droga y son llevadas a una jaula ubicada en la planta baja. Los celadores, para aplacar los ánimos, liberan momentáneamente a los reclusos pero sólo con el pretexto de llevarlos al mismo sitio y tenderles una trampa. Tras una nueva confusión, quedan encerrados en la jaula un Comandante, tres guardias y los prisioneros. El pequeño espacio, lleno de barrotes, se convierte en un especie de coliseo romano donde los hampones se miran como gladiadores que, en lugar de espada, portan cinturones que no dudarán en usarlos para intentar destruir y destronar a estas figuras de autoridad, a los otros encerrados con ellos, a los monos con uniforme y garrote. Los cuerpos son convertidos en armas. La pelea tiene el tono de una confrontación entre manadas silenciosas:

La pelea era callada, acechante, precisa, sin un grito, sin una queja. Tiraban a matar y a herirse en lo más vivo, con los pies, con los garrotes, con los dientes, con los puños, a sacarse los ojos y romperse los testículos. Las miradas, las actitudes, la respiración, el calculado movimiento de un brazo, el adelantar o retroceder de un pie, consagrados por entero a la tensa voluntad de un solo y unívoco fin implacable, trasudaban la muerte en su presencia más rotunda, más increíble.[25]

Posteriormente llegan más guardias e introducen tubos en la jaula, con la intención de inmovilizar a los presos. Esta acción, a mi parecer, es simbólica y significativa, pues anuncia el último freno que tendrán los presos, estos cuerpos ya de por sí limitados espacialmente, por parte de la autoridad. Una represión dentro del sistema represivo que es la penitenciaria. Aquí pareciera que ya no hay personas, sino sólo cuerpos, que a su vez sirven como celdas para sus pasiones y rencores. También se puede apreciar como una anunciación del próximo desgarre de los organismos, en una imagen de evocaciones religiosas:

En un diabólico sucederse de mutilaciones del espacio, triángulos, trapecios, paralelas, segmentos oblicuos o perpendiculares, líneas y más líneas, rejas y más rejas, hasta impedir cualquier movimiento de los gladiadores y dejarlos crucificados sobre el esquema monstruoso de esta gigantesca derrota de la libertad a manos de la geometría […] Ellos, los gladiadores, eran invencibles, incluso por encima de Dios, pero no podían con esto. Empujaban los tubos hacia arriba, saltaban, forcejeaban de mil maneras, pero al fin no pudieron más […] Colgantes de los tubos, más presos que preso alguno, Polonio y Albino parecían harapos sanguinolentos, monos descuartizados y puestos a secar al sol.[26]

De esta forma cierra la novela corta El Apando, sitio siniestro donde transcurre una historia intensa donde el cuerpo, como se ha demostrado, tiene un lugar central en los usos y descripciones, pues ayudan a conformar a los personajes de una manera más amplia en la mente del lector, además de que reflejan –por sus cicatrices, posturas, enfermedades, heridas y deseos reprimidos- una sociedad que en ocasiones se encierra en sí misma, apandada, creyéndose que vive en plena libertad pero está constantemente restringida por la autoridad, al tiempo que trata de mantener a raya su propio dolor y rencores ocultos bajo la piel. 


BIBLIOGRAFÍA  

[1]Rafael Vargas, “José Revueltas en 1968”, Proceso, México, 27 de septiembre de 2008, sin página, http://hemeroteca.proceso.com.mx/?page_id=278958&a51dc26366d99bb5fa29cea4747565fec=88900 [Consulta: 5 de diciembre de 2011].

[2]José Revueltas, El Apando, Ediciones Era, 26ª reimpresión, México, 2011, p. 56.

[3] Massimo Modonesi, “1968: a 40 años del movimiento estudiantil en México”, Revista Colección OSAL, ISSN 1515-3282, CLACSO, Buenos Aires, Argentina, Año IX Nº 24 – Octubre de 2008, p. 147, http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/osal/osal24/08modon.pdf [Consulta: 5 de diciembre de 2011].

[4] “José Revueltas. Durangueño. 1914-1976”, Las biografías. Forjadores del mundo, http://www.durango.net.mx/homeInterno2.asp?seccion=biografias/biografiasDetalle.asp&id=601 [Consulta: 5 de diciembre de 2011].

[5] Elba Sánchez Rolón, Cautiverio y religiosidad en El luto humano de José Revueltas, Tierra Adentro, México, 2005, p. 9.

[6] Lilia Solórzano, “Reseñas”, Valenciana. Estudios de Filosofía y Letras, Universidad de Guanajuato, Guanajuato, No.2, julio-diciembre 2008, pp. 170-171 y 173.

[7] Luz Aurora Pimentel, “Mundo narrado IV. La perspectiva: un punto de vista sobre el mundo”, El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa, Siglo xxi editores, México, 2010, p. 114.

[8] Luz Aurora Pimentel, Op. Cit., p. 98.

[9] Luz Aurora Pimentel, Op. Cit., p. 98.

[10] José Revueltas, Op. Cit., p. 17.

[11] Elba Sánchez Rolón, Op. Cit., pp. 7-8.

[12]Sergio García Ramírez, “Pena y prisión. Los tiempos de Lecumberri”, Estudios Jurídicos,  p. 843, http://www.bibliojuridica.org/libros/1/49/34.pdf [Consulta: 5 de diciembre de 2011].

[13]Sergio García Ramírez, Op. Cit., p. 843.

[14]Al modo del teórico M.H. Abrams en su libro del miso título El espejo y la lámpara, en parafraseo de un poema de William Butler Yeats, para reunir dos metáforas acerca de la mente: la primera, su comparación con un “reflector de objetos externos”; y la segunda, con un “proyector radiante que aporta algo a los objetos que percibe”.

[15]José Revueltas, Op. Cit., pp. 13-14.

[16]Ibid, p. 15.

[17]Ibid, pp. 15 y 18.

[18]Ibid, pp. 15-16.

[19]Ibid, pp. 16-17.

[20]Ibid, p. 20.

[21]Ibid, pp. 18-19.

[22]Ibid, p. 19.

[23]Ibid, p. 20-21.

[24] Ibid, pp. 24-25.

[25]Ibid, p. 53.

[26]Ibid, pp. 54-55-56.


Benjamín Pacheco López, mexicano, es reportero y fotógrafo. Ganador del XXVIII Premio Nacional de Ensayo “Enriqueta Ochoa”, otorgado por la Universidad Autónoma de Coahuila, México, 2012, por el ensayo: “Los dominios del Príncipe Paradoja (Dioses griegos y aforismos) en El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde”. Primer lugar en la categoría de Ensayo, en el Foro Cultural Universitario “Espiral”, organizado por la Universidad de Guanajuato, México, 2011. Primer lugar en poesía en los Juegos Florales “Profesor Luis Pavía López”, edición 2007, en Ensenada, Baja California, México.   

 

Mario Eraso Belalcázar

Cementerio

 

Mario Eraso Belalcázar. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Mario Eraso Belalcázar. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

 ***

Páramo

El árbol pelado

Ardiendo

 

 

***

El rayo

Concentrado en la vanidad

De su resplandor

 

 

***

Tocada por los holgazanes

Del misterio

Abierta a chorros y devaneos

Frecuentada ardorosamente

En bares y prostíbulos

En sábanas untadas de esplendor

Roja como la lengua de los tigres

Ausentes

 

A veces

Una rata colgando de la joroba

De un rey

Otras

El peciolo rajado de la luz

Que todo lo oscurece

 

***

El límite del cuerpo es otro cuerpo

 

La noche         cuerpo hambriento

            Que el alba alimenta

Sol       cuerpo

            Donde se reclina el vientre del agua

 

Donde está la boca

            La herida pide nuevas heridas

            La herida no cesa de ser herida

            Ni el cuerpo nuevos cuerpos

 

Tu mano en mi cuerpo

Siembra heridas que renacen en besos

            Que renacen en heridas

 

Mi boca nombra tu cuerpo

Tu cuerpo aparece en mis manos

Como besos de la noche

Más antiguo que los viejos y que las estrellas

***

“Balada imperfecta del dolor”

 

Mi dolor es un necio varón de alas negras

Mi dolor se esconde y da la cara tras el dolor

                                                            Y del dolor

Mi dolor se marcha y me encuentra

                                    Donde me duele

Mi dolor es el dolor del dolor de mi dolor

                                    Es el dolor del dolor

Mi dolor deletrea los murciélagos

                        Que sobrevuelan mi dolor

Que se esconde y da la cara y se marcha

Dolor es decir decir decir dolor dolor

Ciudad de nieve y dolor

Mi dolor es una rosa violenta

                        Y negrísima     una rosa

Aquí adentro donde huele a dolor de rosa

De rosa de rosas de dolor de rosas

Mi dolor mi angustia soy un perro una llama

De dolor de piedras de lanzallamas

De dolor y dolor

Mi dolor me duele mi dolor

*** 

Mario Eraso Belalcázar, colombiano, es doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. En 2009, realizó una Estancia Posdoctoral en el Instituto Tecnológico de Monterrey (sede Monterrey). Ha dado ha conocer tres poemarios: Extravío (edición de autor, 1993), Cementerio (Ediciones Sin Nombre, Bogotá, 2005) y Oro (Ediciones Sin Nombre, México, 2011), y un libro de crítica literaria: Cordón de plata: Diez poetas latinoamericanos nacidos en la década de los años cuarenta del siglo XX (Ediciones Sin Nombre, México, 2010). En revistas como Anales de Literatura Hispanoamericana, Letras Libres, Crítica, Cuadernos de Literatura, entre otras, ha publicado artículos especializados sobre Juarroz, Gómez Jattin, Borges, López Velarde o Castañón. Ha comienzos de 2014 publicó en Literatura Mexicana, la edición crítica de dos poemas extensos de Carlos Pellicer: “Variaciones sobre un tema de viaje” y “Semana holandesa”.  

Importancia de la labor editorial y retos

Marco Tulio Aguilera 

Antes que nada tengo que decir que yo no soy precisamente un editor sino una persona, un escritor,  que ha trabajado cerca de la labor editorial en la Universidad Veracruzana, en la que llevo más de 30 años, durante los cuales he asistido a diversas épocas, marcadas precisamente por los directores editoriales. El primero de ellos, con el que trabajé en 1980 fue Sergio Galindo, cuya trayectoria en el plano editorial en México se ha convertido en legendaria.

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Con un equipo muy pequeño de administradores, correctores y editores logró publicar a gran parte de la plana mayor de la literatura latinoamericana y española, así como de otros países de Europa y del mundo: comenzando por Gabriel García Márquez, incluyendo a Juan Carlos Onetti, a Juan García Ponce, Ortega y Gasset, Álvaro Mutis, Sergio Pitol y muchos otros. En aquellos tiempos la selección de los textos a publicar estaba centralizada precisamente en Sergio Galindo, cuyo gusto literario fue fundamental para la fundamentación de aquélla, que podría llamarse la «Edad de Oro de la Edición Literaria» en la provincia mexicana.

Habría que comparar esa época con la actual, en la que se publican trescientos o más títulos anualmente, muchos de los cuales he de decir, no me parecen del todo dignos de ser publicados. La época actual, sin embargo, está marcada por la presencia de Sergio Pitol, quien se ha convertido en luz, brújula y dictador de políticas editoriales. Bajo su influencia se han publicado colecciones que no vacilo en calificar de históricas e irrepetibles. Entre ellas destaca la Biblioteca del Universitario, que publica a bajo precio y con magnífica factura, libros clásicos –los libros clásicos–: desde la Ilíada hasta Cumbres borrascosas, obras básicas de Pérez Galdos, Henry James y un largo etcétera. Menos destacable es la Colección Sergio Pitol Traductor, que si bien incluye obras invulnerables, también publica obras que me parecen desechables.  

Con respecto a libros de autores recientes, la Editorial de la Universidad Veracruzana ha conservado hasta cierto punto la honradez editorial de publicar a quien lo merece, independientemente del nombre. Para que un libro llegue a publicarse requiere dos dictámenes positivos, que deben ser hechos por personas autorizadas. A este respecto tengo mis reservas. Muchos de los dictaminadores supongo que son académicos que despachan sus lecturas con desidia o desinterés, o tienen criterios anacrónicos (me atrevo a decir esto porque independientemente que fui lector de la Editorial, también sufrí dictámenes moralistas, de personas que me parece no están a la altura de los manuscritos que juzgan).

¿Será acaso que ha bajado la calidad de la literatura que se produce? ¿O que aquellos personajes que se encargan de seleccionar los libros que se van a publicar no tienen ni el tiempo ni la preparación ni el gusto literario indispensables? ¿Qué sucede en la Editorial Veracruzana? Los libros que llegan como propuestas son enviados a lectores que en muchos casos son académicos o profesores, más interesados en ganar puntos para los programas de productividad académica que en hacer lecturas sesudas, justas e inteligentes.

Yo he sido testigo de las dos caras de la moneda editorial: he sido lector de la Editorial (he de decir que hasta hace poco fui el único lector de planta, lo que me permitía hacer dictámenes en cuatro o cinco días, mientras que en general los libros que se mandan a dictámenes exteriores pueden tardar tres, cuatro y hasta cinco meses o más. Aclaro el verbo en pasado: yo “era” lector de la Editorial de la Universidad Veracruzana hasta que el director actual decidió que no lo fuera y su decisión tuvo que ver más con sus intereses y con lo que se llama en México grillas.

Como escritor sometí varios libros a dictamen y en algunos casos recibí observaciones tan extrañas como la siguientes: un dictaminador pidió que eliminara cinco cuentos de una antología y el otro solicitó que conservara esos cinco y eliminara los otros cinco. De modo que si hubiera de acatar las solicitudes de los dos dictaminadores tendría que haber dejado sólo el prólogo. En otro caso, me pusieron reparos moralistas a una novela algo atrevida.

Hablaré ahora de generalidades del oficio de los editores. De las prácticas ofensivas que pueden ejercer los editores, la peor es la de no informar a los autores sobre los dictámenes. Muchos editores simplemente no cumplen las reglas, reciben los manuscritos y se olvidan de los autores.  Y éstos se pasan los meses esperando y si son muy púdicos o muy diplomáticos simplemente se pueden disipar muchos años a la espera.

Centrándome en otro tema que es central a esta feria, hablaré del oficio del bibliotecario. Los bibliotecarios deben ser buenos lectores, deben saber discriminar lo que vale de lo que no vale, para surtir sus bibliotecas con libros de calidad. No deben comprar fondos, sino autores, y deben hacer todo lo posible por acercar los libros a los lectores. Una de las mejores formas de acercar los libros a los lectores es presentar a los mismos autores ante los potenciales lectores.

Dice Gabriel Zaid que en México todo está organizado para acabar con las librerías. Durante un tiempo las buenas novedades se encontraron en Sanborns, VIPS y en tiendas de autoservicio: ahora sólo se ven los best sellers norteamericanos y los de autoayuda. El oficio de librero y el de escritor se han transformado en oficios de difuntos o mendicantes.

Y con respecto a esos moribundos, las librerías. Leamos lo que dice Gabriel Zaid: “Ahora no se exhiben los libros más que unos cuantos meses, porque prevalece el derecho a devolverlos; con la complicación adicional del plástico retractilado que impide hojearlos, pero hace falta para protegerlos en el viaje de regreso al editor. Todo esto ha llevado a las librerías independientes al colapso. Venden poco y con márgenes reducidos que difícilmente sacan los gastos. Muchas han cerrado. Una persona que sepa de libros, que tenga mucha vocación por difundirlos y mucho sentido comercial, puede sobrevivir, hasta que se cansa. El mismo esfuerzo luce más en otras actividades. A pesar de lo cual, nunca faltan entusiastas que sueñan con poner una librería. Hay que decirles: a menos que tengas dinero para pagarte una afición costosa, no te metas. En México, todo está organizado para acabar con las librerías”.

Y continúa Zaid: “Los darwinistas ven todo esto filosóficamente. Si la ley de la selva destruye el medio ambiente en vez de mejorarlo, y convierte la selva en un desierto, el resultado (por definición) es óptimo, inmejorable. Cualquier intervención para que no se extienda el desierto, o para que reverdezca, sería antinatural. Si los bosques, el agua y la vida desaparecen, no hay que lamentarlo: no eran competitivos”.

Y así sucede con los libros de calidad, que ya no reciben los espacios en librerías, que ya no son publicitados, que no encuentran canales de difusión y que tienen que luchar la batalla totalmente desventajosa con los imperios editoriales, léase Planeta, Alfaguara, Random House Mondadori, que son los que están formando una nueva casta de lectores, los lectores ignaros, carentes de gusto, los que se dejan guiar por la publicidad y no por la opinión inteligente, informada, culta, de los buenos lectores que fueron en el pasado los reseñistas, los reseñistas serios, de los que quedan poco. Contra este sórdido panorama deben levantarse los bibliotecarios, que amparados en su conocimiento del campo, pueden convertirse en guías de lectura, en maestros y en auxiliares de maestros.


Nota del editor: Este texto fue preparado exclusivamente para la mesa redonda con editores en la XXIV Feria Nacional del Libro de León, FeNaL, México, 2013. Participaron A.J. Aragón, Benjamín Valdivia, Anuar Jalife Jacobo, Marco Tulio Aguilera, Juan Carlos Recinos, Luis Mauricio Martínez. Con la autorización del autor y la FeNaL, se publica en el Mexican Cultural Centre.


Marco Tulio Aguilera Garramuño, colombiano, es escritor. Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amorMujeres amadas Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía El libro de la vida, cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

 

Antígona de Friedrich Hölderlin: una teoría trágica de la traducción

Adrián Soto

Ese canto, esa voz, crecía para retirarse, abolirse, para que surgiera un silencio desconocido: la voz de Dios.

Héctor Murena, La metáfora y lo sagrado.

Arte de José Santos.  www.jsantos.co.uk

Arte de José Santos. http://www.jsantos.co.uk

I. El dios que surge en el patíbulo

Deseo hablar ante ustedes del lenguaje que destella cuando todas las respuestas se han agotado. Es natural que la angustia ante el significado de la existencia provoque que los seres humanos busquemos las vías con las cuales sortear los abismos que nos separa de lo divino. Probablemente esta sea la razón de que la tragedia clásica represente el momento de postergación de la muerte, previa al encuentro con el dios.

Ahí, en los bordes de la existencia en que se terminan las certezas, la tragedia surge como el espacio en que se produce la maravilla de la aprensión de lo divino; y esta relación se sostiene en el acercamiento y repulsión entre el hombre y sus dioses. Quizá esa búsqueda angustiosa de mediación que supere nuestro vacío existencial sea la razón de que la naturaleza de la tragedia griega se fundamente en este hecho evidente: en que las fuerzas divinas sólo parecen manifestarse en las antesalas de la muerte.

Toda representación verdaderamente trágica busca llenar el vacío que nos separa de los dioses, de ahí que la mediación con los dioses se encuentre intrincada en la mediación con el vacío. Por supuesto el ciclo tebano, y muy particularmente la Antígona de Sófocles, se halla engarzado en este conflicto irresoluble. Es probable que muchos de ustedes recuerden el argumento de Antígona, pero quizá, para los fines de esta ponencia sea necesario rememorar brevemente los acontecimientos de esta tragedia; siempre bajo el entendido de que una obra literaria no puede reducirse a su argumento.

Después de que fueran revelados los involuntarios crímenes de Edipo, sus propios hijos lo expulsaron de Tebas; para evitar la maldición paterna, la cual vaticinaba que con su muerte ambos recibirían “tanta tierra como fuera necesaria para sus tumbas”, Eteocles y Polínices acordaron turnarse el gobierno de aquel reino; empero, una vez transcurrido el periodo acordado, el primogénito Eteocles se negó a ceder el poder y desterró a su hermano de aquellas tierras. Ante tal injusticia, Polínices reunió un ejército de argivos para asediar Tebas.

La tragedia de Antígona acontece justamente en las postrimerías de la guerra, después de que ambos príncipes se dieran muerte ante las puertas de la ciudad. Creonte, el hermano de Yocasta, ascendió al trono de Tebas y en su primer edicto proscribió, bajo pena de muerte, el entierro del traidor Polínices. Transigiendo esta ley, Antígona vertió tierra sobre el cadáver de su hermano, pero pronto fue descubierta y apresada. El rey la condenó a ser enterrada en vida, y ordenó que fuera encerrada en una gruta mientras realizaban los preparativos.

A través de su hijo Hemón (a su vez prometido de Antígona) el pueblo de Tebas intentó hacer entrar en razón al rey, pero Creonte sólo cedió ante las infaustas advertencias del adivino Tiresias. Sin embargo, ya era demasiado tarde: Antígona se había colgado en la gruta de sus ancestros; al ver su cadáver, Hemón, lleno de dolor, se atravesó las entrañas con su propia espada. Desconsolado, Creonte regresó a sus aposentos, cargando en brazos el cuerpo inerte de su hijo; sólo para descubrir que la miseria se había adelantado: Eurídice, su esposa, también se había suicidado ante la noticia de la muerte de su hijo. En todos estos sucesos de Antígona existe una profunda paradoja, pues destruyendo al protagonista la tragedia busca conservar la vida en la divinidad que nos revela. Así, la representación dramática vuelve explícito el vacío de la existencia para salvarnos del nihilismo, e irónicamente esa destrucción, el sinsentido de la vida humana cobra forma bajo la fuerza impostergable del destino.

II. Traduciendo desde la oscuridad

He afirmado ante ustedes que mi deseo es hablar del lenguaje que destella cuando se han agotado todas las certezas; pero un lenguaje expandido hasta ese extremo sólo surge del conflicto con lo divino. De 1797 a 1803 el poeta alemán Friedrich Hölderlin realizó la traducción de dos tragedias de Sófocles, Edipo, el tirano y Antígona. Según las noticias que poseemos, a través de las cartas que enviara a su editor, su proyecto contemplaba la traducción de las siete tragedias de Sófocles que han llegado hasta nosotros; sin embargo, los reiterados colapsos nerviosos que le sobrevinieron durante el verano de 1804 (producto probablemente de una esquizofrenia catatónica) provocaron que aquel plan quedara inconcluso.

Dos hechos convergieron en la mala acogida que tuvieron dichas traducciones entre los contemporáneos de Hölderlin: el primero fue el experimento extremo a que el poeta alemán sometió el lenguaje, a partir de sus constantes indagaciones sobre la naturaleza de la tragedia ática; el segundo, fue su esquizofrenia, pues consideradas como el producto de una mente perturbada, durante mucho tiempo las traducciones de Hölderlin fueron relegadas al olvido.

No fue sino hasta la aparición de las obras completas de Hölderlin, publicadas por Norbert von Hellingrat en 1911, que su obra fue revalorada. Así, gracias al cuidado de la edición de von Hellingrat aquellas traducciones, que en un principio podrían parecer tan imperfectas, terminaron por alzarse como una de las cúspides más maravillosas de la historia de la traducción. Debido a los distintos procesos a los que Hölderlin sometió sus traducciones, varias capas semánticas se superponen a la vez, haciendo imposible el distinguir cada uno de los estratos que continuamente interactúan entre sí.

Hölderlin realizó su primer acercamiento a la traducción de estas obras entre 1797 y 1801, por aquella época se encontraba escribiendo su tragedia inconclusa Empédocles, la cual conllevó profundas reflexiones sobre la naturaleza de la tragedia ática; a pesar de esto, bajo influencia de Friedrich Schiller, Hölderlin intentó traducir estas obras apegándose a los preceptos del idealismo clásico, los cuales exigían fidelidad a la esencia de los manuscritos griegos, aprehendiendo la fuerza y luminosidad de su lenguaje, pero bajo las restricciones formales del alemán.

El segundo periodo de traducción de ambas tragedias se extendió de la primavera de 1801 al otoño de 1802, durante este tiempo Hölderlin consideró ambas obras como textos canónicos que debían ser respetados en su integridad. En la búsqueda por acceder a la verdad que aquellas tragedias encubrían sometió al lenguaje a un proceso que transigía las reglas sintácticas y gramaticales del alemán. Hölderlin intuía que la esencia de la tragedia ática se encontraba oculta tras las raíces etimológicas de las palabras, para volver aprehensible su esencia la obra habría de revelar sus orígenes en el lenguaje.

Hölderlin realizó la última versión de estas traducciones a mediados de 1802, en aquel entonces las concepciones del poeta acerca de la tragedia griega habían llegado a un momento de plena madurez. Fue esta última versión la que, según algunos críticos, convirtió a la traducción de Hölderlin en una de las más apasionantes aventuras de la historia de la traducción, en palabras de Georg Steiner “el desafío más fascinante que registra la historia de la traducción” (62).

Para esta época Hölderlin consideraba que en el tiempo en que Sófocles compuso sus obras, el espíritu ilustrado del helenismo había transformado la naturaleza de la tragedia ática; sin embargo, la esencia más arcaica de este arte aún se revelaba en los intersticios del lenguaje. Debido a sus continuas reflexiones sobre la naturaleza de la tragedia ática, Hölderlin llegó a la conclusión de que, mientras entre los antiguos griegos la palabra (comprendida como una realidad fáctica) destruía a los personajes de la tragedia para revelarnos lo divino, entre los hombres modernos era el lenguaje, expandido hasta límites insostenibles, el que debía cobrar esa misma función: “la palabra trágica griega es mortalmente fáctica, porque el cuerpo vivo, del cual se apodera, mata efectivamente” (2008, 163).

Este fue el sentido último, a partir del cual Hölderlin reconfiguró los estratos que conformaban sus traducciones, pues su intención era abolir el lenguaje hasta que el dios se hiciera presente. Al igual que los protagonistas de la tragedia, los cuales eran conducidos a la esfera excéntrica de los muertos, el lenguaje debía ser suprimido para mostrarnos el vacío en que se sostiene.

III. El lenguaje que destella en los abismos

En 1596 el astrónomo Johannes Kepler publicó su tratado Mysterium cosmographicum, en él Kepler postuló que los planetas giran en órbitas elípticas y no circulares –como anteriormente se creía–, debido a que la fuerza de atracción que ejerce el sol sobre los planetas disminuye de forma inversamente proporcional a la distancia que existe entre ellos; este movimiento fue conocido como órbita excéntrica.

Hölderlin aplicó los principios de Kepler al proceso de evolución del personaje homónimo de su novela Hiperión, el cual habría de transitar a través de diversos estados en su búsqueda por conciliar las disonancias de su existencia. Dentro del desplazamiento de la órbita excéntrica, el giro elíptico acontece cuando el planeta se encuentra en el sitio más alejado del sol, y parece estar a punto de salir de su órbita, pero su propio impulso provoca que el cuerpo celeste regrese a su curso; en la novela de Hölderlin, Hiperión debe superar distintas crisis de su vida para acceder a un instante de equilibrio que le permita vislumbrar su destino como poeta; al igual que el giro elíptico, dichas crisis marcan los instantes más extremos de la vía trascendental del protagonista.

Según la concepción de Hölderlin estos desplazamientos poseían su contraparte en la historia, para el poeta alemán la Antigüedad clásica y el mundo moderno representaban extremos opuestos en la evolución de la humanidad, dos instantes de crisis, profundamente vinculados a las formas de representación religiosa: entre los antiguos griegos los dioses adquirían cuerpo, como entidades antropomórficas; en cambio, entre hombres los modernos la divinidad se había desprendido de cualquier manifestación material y tendía a diluirse en el absoluto.

He afirmado ante ustedes que la paradoja del doble movimiento de la tragedia reside precisamente en que frente a la muerte de los hombres las fuerzas divinas se hacen presentes, la tragedia ática buscaba destruir la forma individual en su cercanía con las potencias divinas, el héroe trágico era conducido a la esfera excéntrica de los muertos debido a la proximidad del dios, porque en la tragedia se pretendía representar la transgresión entre los órdenes de lo humano y lo divino. Sin embargo, en el mundo moderno era necesario encontrar nuevas vías para manifestar esta lucha, Hölderlin descubrió que entre nosotros la tragedia habría de representar la hostilidad entre lo originario y el lenguaje, porque el lenguaje es la manera en que significamos, a través de él mantenemos una mediación con el mundo.

Según Hölderlin la tragedia tendría que surgir de la confrontación entre dos fuerzas irreconciliables, lo aórgico, la efervescencia de la naturaleza que atravesaba la existencia entera, y lo orgánico, la forma individualizada de un ser finito; entre la serie de oposiciones derivadas de ambas potencias, de la unidad del ser frente a la acción ilimitada de la naturaleza, del destino contra el azar, el lenguaje tendía a confrontarse con lo originario, sufría en la proximidad de lo divino para producir la visión transfigurada en el marco luminoso de la tragedia, restituyendo así la relación del hombre frente a la divinidad.

En las traducciones de Hölderlin el lenguaje terminaría por representar el cuerpo que sufre en esa confrontación, y destruyendo al lenguaje (es decir, el medio con que nos relacionamos con el mundo) el poeta buscaba vincularnos nuevamente con el orden de lo celestial, pues el lenguaje de la tragedia habría de representar la disolución ideal entre lo humano y lo divino; el instante en que los límites entre ambas esferas terminarían por ser suprimidos.

IV. Antígona y la aprehensión de lo divino

Sin embargo, la muerte de los protagonistas de la tragedia clásica ocurre también por otras razones de las que he postulado al inicio, pues ¿cómo habría de representar el hombre aquello que lo supera, aquello que no es propiamente humano? Para Hölderlin la propia traducción se convierte en motivo argumental de Antígona, pues en la lucha de Creonte y Antígona el lenguaje de ambos personajes protagónicos representa dos formas de aprehensión religiosa.

Cuando Antígona violó el edicto tebano atentó a la vez contra la endeble estabilidad de un gobierno que acababa de sobrevivir al terrible trauma de una guerra fratricida, y cuyo señor ha extremado las leyes hasta cometer impiedad, pues siguiendo una de las interpretaciones que explora Miryam Librán Moreno en su artículo “Sófocles, Antígona” los príncipes han salido del seno familiar (del hogar, οίκος) para ingresa en la vida pública de la polis (πόλις), en la cual se encontrarán sujetos a las reglas de justicia del Estado; pero tras su fallecimiento necesariamente habrán de regresar al pertinente resguardo familiar: “al útero, a la custodia de lo femenino, que está obligado a devolver su fruto a la tierra madre” (120). En circunstancias especiales en la antigua Hélade era lícito proscribir el entierro de criminales especialmente execrables dentro de los confines de la ciudad; empero, Creonte trasgrede este derecho (y con él la condenación de Edipo) negándole por completo el entierro a Polínices: “no sólo prohíbe que el cuerpo del hermano sea enterrado en suelo tebano, castigo que la ley permite, sino que decreta que no sea inhumado en parte alguna” (123).

Creonte, en sus obligaciones con la comunidad, debe pasar sobre los intereses particulares de la nobleza, pero su disposición ha surgido del desequilibrio de una autoridad incapaz de encontrar el punto justo en que sus acciones son pertinentes dentro de un orden nuevo, y traspasa confines que ya no le competen al Estado. Así, el conflicto mismo personifica no sólo dos formas de representación religiosa, sino al mismo tiempo las dos esferas, de un orden antiguo y otro nuevo, que reclaman su a la vez su hegemonía sobre el Estado.

El nuevo rey personifica la emanación divina transformada en ley formal, la conformación instituida del Estado que se manifiesta a través de la armónica nobleza de la figura humana; en cambio en Antígona se hace presente la irradiación originaria, las pulsiones que desestabilizan la forma, tras su discurso late el principio religioso que no es ya fundamento sino realización viva y, por tanto, lo divino manifiesto se vuelve peligroso e inquietante; ella establece su vínculo con lo divino sin mediación alguna, en un entusiasmo infinito es traspasada por el espíritu del anti-theos hasta convertirse en “alguien, que en el sentido de dios, se comporta como contra dios, y sin ley reconoce el espíritu de lo más alto” (Hölderlin, 2008, 162). La decisión de Antígona de trasgredir la ley de la polis la transforma en una hereje sacra, no sujeta a ninguna ley humana, en su relación con esta fuerza desestabilizadora y originaria Antígona excede la relación connatural del ser humano con lo divino. Por supuesto las acciones de Antígona son sumamente peligrosas para un Estado naciente, pero la paradoja reside en que levantándose en contra de la ley reinstaura las potencias de que esa ley emana en el seno de la sociedad.

Todo esto se encuentra representado en el lenguaje que ambos personajes manifiestan: la disertación de Creonte es circunspecta, temerosa, tiránica en su construcción formal; mientras que el discurso de Antígona es profundamente prosaico, radiante y corporal. El lenguaje de estos héroes trágicos es incapaz de resistir esta hostilidad pura: “Porque tales hombres se mantienen en una relación violenta, también su lenguaje, casi al modo de las furias, habla en una conexión más violenta” (Hölderlin, 2008, 155). Así mismo, la acción dramática sufre esta desarticulación y debe representarla en la confrontación de los personajes, en su búsqueda por prevalecer ante las fuerzas que pretenden disgregarlos. Así, en esta continua transgresión de los espacios se revelar el vacío en que se sostiene el lenguaje en su relación con la divinidad. Al igual que ocurría con la órbita excéntrica de que les he hablado, la traducción es un acercamiento perpetuo al significado, la traducción es ese acercamiento siempre incompleto a la obra; la esencia del lenguaje no radica en aquello que se dice, sino en lo que se representa a través de las fuerzas que atraviesan el lenguaje.


Nota del editor: Este texto fue preparado exclusivamente para la XXIV Feria Nacional del Libro de León, FeNaL, México, 2013, a propósito de la mesa de reflexión: “Traducción literaria en México”. Participaron Adrián Soto, Gerardo Torres Cervantes, Víctor Toledo, Rodrigo Jardón Herrera y Jeremy Anaya. Diversas circunstancias impidieron su lectura pública. Con la autorización del autor y la FeNaL, se publica en el Mexican Cultural Centre. 


Adrián Soto, mexicano, es poeta, ensayista y traductor. Ha publicado la biografía Quetzalcóatl, la efigie de luz (EMU) y el prólogo al ensayo La Cristiandad o Europa de Novalis (UNAM); además de ensayos, poemas y traducciones en las revistas Hotel, Aeda Lamm, Aion, Literalgia, Quehacer editorial, Contratiempo, Punto en Línea y el Periódico de Poesía de la UNAM.

La poesía en llamas de Efraín Huerta

Evodio Escalante

Efraín Huerta, 1981. Fotografía de Maritza López.

Efraín Huerta, 1981. Fotografía de Maritza López.

Comienzo con una evidencia. Por alguna extraña razón que no alcanzo a dilucidar, aunque se reconoce que Efraín Huerta es uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX, se ha escrito muy poco en torno a su obra. ¿Cuáles son sus aportaciones a la poesía mexicana? ¿Cuál es el balance acerca de su poesía? ¿Qué sigue siendo válido en lo que nos dejó, y cuál es, si se lo puede decir así, su actualidad? Huerta no sólo está presente en prácticamente todas las antologías que valen en la poesía mexicana de nuestros días, sino que es igualmente una referencia vital para muchos de sus lectores, que no son pocos. ¿Por qué entonces la parquedad de la crítica? Confieso que la pregunta me supera y que no sabría cómo responderla. Leí y admiré la poesía de Huerta desde mis años juveniles, y esta admiración, hoy que releo su Poesía completa, permanece intacta.[1] Pese a ello, esta es la primera vez que intento un comentario de frente a su obra. ¿El primero? No en estricto sentido. Hace muchos años, al redactar un ensayo en torno a Piedra de sol, el archiconocido poema de Octavio Paz, se me impuso una comparación que resultaba obligada: el poeta Efraín Huerta. Debo referir el contexto. “Himno entre ruinas” y Piedra de sol (1957), textos admirables en muchos sentidos, suscitaban en el crítico que yo era entonces algunos reparos que no temería en llamar “ideológicos”: me parecía que a fin de cuentas ambos textos ofrecían una visión conciliatoria y por lo tanto complaciente de una realidad que en sí misma resultaba abrupta y desgarradora. Paz, me parecía entonces, disfrazaba el conflicto e imponía una falsa transparencia como solución de sus textos. En cambio, El Tajín (1963) de Efraín Huerta me parecía un gran poema sin concesiones.

Sé muy bien que una lectura ideologizada de un poema resulta el día de hoy (si no es que desde entonces resultaba) altamente falible. Aquel ensayo, que titulé “El sol y la pirámide. Poesía y verdad en Octavio Paz”, y que incluí en mi libro de los años ochenta Tercero en discordia,hoy me parece envejecido.[2] No lo escribiría de nuevo, por supuesto. Y, sin embargo, desde otro punto de vista muy diferente, sigo creyendo a pie juntillas en la valoración que entonces arriesgué. Hoy vuelvo a leer Piedra de sol y sin dejar de reconocer que es uno de los grandes (y más disfrutables) poemas de Paz, encuentro que hay algo en su estructura que no acaba de convencerme. ¿Estoy estructuralista? Me explico. Los grandes poemas de la tradición poética mexicana, empezando por El sueño de sor Juana y terminando con Muerte sin fin de José Gorostiza y con el Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta, sin dejar fuera la Tristissima nox de Manuel Gutiérrez Nájera, son todos poemas que mantienen un hilo racional riguroso, están construidos siguiendo un orden mental muy preciso, muy sólido. No se puede trabajar el poema extenso recurriendo a una arbitraria asociación de ideas, y esto lo comprobamos si acudimos por ejemplo a los grandes poemas de Eliot: La tierra baldía y los Cuatro cuartetos. El problema con Piedra de sol es que no está tramado siguiendo un hilo de pensamiento, una causalidad racional. Es un poema que aglomera, que acumula, que encima las más disímiles materias. Un poema ecléctico que incluye figuras mitológicas tanto europeas como prehispánicas, pasajes de la historia universal y nacional, de la Guerra de España, pensamientos existencialistas, el tema de la otredad, invocaciones esotéricas al ser que no alcanza nombre, etc. Es un verdadero coctel literario, con hermosos y muy convincentes pasajes, esto es indudable, pero que –más allá del tono sostenido– carece de una unidad interna. Es un gran poema resuelto, por decirlo así, de manera irracional. En cambio, El Tajín de Huerta, que es un poema autónomo aunque entiendo igualmente que puede leerse como una especie de “respuesta” a los poemas de Paz, es un texto cerrado y riguroso, de una increíble economía. A más de treinta años de distancia, sigo pensando que en este punto Huerta le dio a Paz una lección de rigor literario, y que esta lección conserva el día de hoy toda su vigencia. La flama continúa encendida.

El poema de Huerta es sorprendente no sólo por su consistencia sino porque es el poema “nihilista” de un militante del comunismo que siempre permaneció fiel a la figura de Stalin. El marxista que era Huerta se va de vacaciones y lo que resulta es un poema desencantado en el que acaba imponiéndose la presencia escalofriante de la nada. Frente a este texto monumental, el de Paz resulta edulcorado y complaciente, con su transparencia y su eterno retorno, no importa que simulado. El de Huerta es implacable y duro como el cristal de roca. Interioriza la pirámide y trama en su torno una elegía acompañada de rayos y tormenta. Algo único.

Cito al azar un par de versos: No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos / y las columnas rotas y las plumas agónicas. Estamos ya en la atmósfera amenazante y despiadada del poema:

No hay un imperio, no hay un reino.

Tan sólo el caminar sobre su propia sombra,

sobre el cadáver de uno mismo,

al tiempo que el tiempo se suspende

y una orquesta de fuego y aire herido

irrumpe en esta casa de los muertos

–y un ave solitaria y un puñal resucitan.

Esta casa de los muertos parece una premonición de los asesinatos que estaban por venir en esa misma década de los años sesenta. El poema no necesita ser profético para ser real, atrozmente real. Hay una “resurrección”, es cierto, pero irónica, negativa hasta los huesos. Lo que resucita es, primero, un ave solitaria, y después, un puñal… Somos un país regido por asesinos, parece recordar el poeta. Debajo de la demagogia y del triunfalismo oficial, lo que se impone es este primitivismo mexicano que Huerta no disimula sino al contrario. Lo muestra y lo sostiene frente a nuestros ojos como si se tratara de una calavera.

La pulsión de muerte como prueba de temple literario. La aceptación cabal de la nada que nos rodea y a la vez de modo muy preciso nos constituye. ¿De dónde le viene esto a Huerta? De una fidelidad a la experiencia más personal, desde luego, y acaso de la cercanía con otro poeta guanajuatense como él, relegado habitualmente al cajón de los “populacheros”: Antonio Plaza.

No abundaré en la poesía de Plaza, tan maltratada en general por nuestros poetas de la tradición culta.[3] Diré, empero, que cierto tono “raspa” y populachero, que esa forma de entremezclarse con la pobreza, con los llamados “bajos fondos” de la sociedad, tiene en su poesía un antecedente que en algo puede ayudar a explicar la de Huerta, siempre que se tenga en cuenta que Huerta forma filas en la llamada generación de Taller, una generación cuyos años formativas transcurren durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-40). Se trata sin duda del sexenio más radicalizado de la época de la post-revolución. Cárdenas impone una retórica socialista y emprende acciones que benefician a obreros y campesinos. Acoge a los refugiados españoles, los republicanos que habían perdido la Guerra Civil ante el avance del Gral. Francisco Franco, que se convierte en dictador. Nacionaliza el petróleo. Protesta contra la anexión de Austria impuesta por la Alemania de Adolf Hitler, etc. Es una época combativa. Muchos de los jóvenes de aquella época no sólo querían cambiar la literatura, también querían transformar al hombre y al mundo. Entre ellos se encontraban –menciono a los más notables–  Efraín Huerta, Octavio Paz y José Revueltas. También debería añadir a la lista los nombres de Neftalí Beltrán, Rafael Solana, José Alvarado y Octavio Novaro, cuando menos.

Muy diferentes entre sí, Huerta, Paz y Revueltas comparten una semilla de radicalismo socialista a la que siempre habrán de permanecer fieles. El primer libro importante de Huerta, Los hombres del alba (1944), no puede entenderse a cabalidad sin este contexto revolucionario, no importa que la realidad que evocan los poemas sea atroz y hasta un poco desesperanzada. Uno de los poemas más recordables de Huerta, “La muchacha ebria”, pertenece a este volumen, pero también está aquí su famosa “Declaración de odio”, en que el poeta se nos revela como un personaje herido de muerte y de amor por la ciudad de México. Unión de contrarios: amor y desprecio en una sola copa. El gran poeta urbano que es Huerta, insuperado hasta el día de hoy, realiza una tremebunda radiografía del significado que tiene esta ciudad que se nos impone como el hocico de una enorme boa constrictor. Pero habrá un mundo mejor, por supuesto. Este es el verdadero nervio que anima la poetización emprendida por Huerta.

Los hombres del alba es un libro magistral, dicho de otro modo, una obra maestra. Bastaría este título para asegurarle a su autor un lugar destacado dentro de nuestra memoria literaria. Sus descripciones laceran. Los habitantes de la gran ciudad estamos enfermos y a la vez adoloridos por todo lo que nos falta. Estos, los que él mismo designa como los hombres del alba, son en el colmo de la contradicción “los más abandonados, / más locos, más valientes, los más puros.” Continúa la radiografía, nunca edulcorada: “Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes. / Sé de la lluvia nocturna cayendo / como sobre cadáveres. / Sé que ellos construyen con sus huesos / un sereno monumento a la angustia.”

Los años sesenta son para Huerta un verdadero renacimiento y de cierto modo un cambio de piel. Brotan durante esa década, no sólo El Tajín, antes mencionado, sino otros grandes poemas entre los que destaca la serie de los “Responsos”. El poema que le dedica a Darío, “Responso por un poeta descuartizado”, es excepcional. Lo mismo hay que decir del homenaje que un hombre desconocido rinde a la tumba de Stalin en la Plaza Roja de Moscú (“Un hombre solitario”), convincente y conmovedor más allá de que los crímenes del dictador soviético nos sigan pareciendo repugnantes, o bien de las “Sílabas por el maxilar de Franz Kafka.” Todavía mejor, si es que esto es posible, me parece el  “Borrador para un testamento.” Quien quiera saber qué cosa fue la generación de Taller, cuál era el temple de la época, cómo vivían sus días y sus noches hasta que llegaba el amanecer estos jóvenes de corazón ardiente, tendrá que acudir a este texto fundamental. Es uno de los poemas más intensos de nuestro siglo XX. Sólo a partir de este poema puede entenderse lo que significa en México pertenecer a una generación poética. Quizás desde entonces no ha habido de verdad otra generación en nuestro país. O sea, un grupo de jóvenes amotinados capaz de generar un mundo, y de identificarse de corazón con ese mundo que generan con su actitud. Poner el mundo y transformar el mundo no son sino dos caras distintas de una misma vitalidad armada, subversiva, beligerante. Esto es lo que explica, al menos en parte, la devoción que experimentaron los infrarrealistas por Efraín Huerta durante la década de los años setenta y de la que han dejado varios testimonios, todos ellos por escrito. Evoco al respecto algunos poemas de Mario Santiago Papasquiaro y por supuesto la extraordinaria novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.[4]

Valdría la pena intentar un análisis verso por verso de este texto excepcional. Dejo la tarea pendiente y me limito a indicar que ni la generación del Ateneo de la Juventud (Vasconcelos, Caso, Reyes, Martín Luis Guzmán) ni la de Contemporáneos (Gorostiza, Villaurrutia, Torres Bodet, Ortiz de Montellano, Owen y Novo) cuentan con un documento de identidad de este calibre y naturaleza. “Borrador para un testamento” es ya un poema histórico al que tendremos que regresar cada vez que intentemos reconstruir el pulso de la generación de Taller.

Hacer la revolución, cambiar al mundo y a la literatura. Creerlo en serio, involucrar médula y huesos en la ingente tarea. Pero igualmente reírse del intento. Conservar el hilo dorado de la ironía que permite que el guerrero se desligue de su responsabilidad histórica y ría, por un momento, al menos. Huerta puede tocar una cuerda que de algún modo lo emparenta con Renato Leduc, una cuerda irónico-humorística. El mejor ejemplo de ello no son los desafortunados “poemínimos”, que hicieron época y que arrasaron con la fuerza de una moda, pero que han contribuido con el paso del tiempo a que nos quede la imagen de un Efraín Huerta hasta cierto punto frívolo y muy menor. En mi opinión, los “poemínimos” le dieron a Huerta una notoriedad instantánea pero perniciosa. El verdadero Huerta humorista y libérrimo en su uso del lenguaje no está en esas miniaturas sino en el “Manifiesto nalgaísta”. Texto deliberadamente lépero y no apto para nuestra tiesa academia de la lengua, pero que me parece habrá de perdurar en nuestra conciencia. Lépero y contestatario. Huerta se burla en este poema lo mismo del apetito sexual que de la insoportable solemnidad de los poetas mexicanos que se toman demasiado en serio –debí escribir, de los poetas mexicanos a secas. Cito casi al azar este fragmento para mostrarlo:

¡Aleluya! ¡Aleluya!

Poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas

Poetas inmensos reyes del eliotazgo

Baratarios y pancistas

Grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa (…)

Con instinto alburero, Huerta le da un repaso paródico lo mismo a López Velarde que a Darío, lo mismo a Octavio Paz que a Pablo Neruda y González Martínez. La influencia (entonces) devastadora de T. S. Eliot espejea en esos poetas elotes tiernos. Lo de reyes del eliotazgo bien podría ser una referencia burlesca a la hegemonía de don Alfonso Reyes que tendría que correr parejas con la de las becas y los mecenazgos trans-sexenales tan al uso en nuestra República de las Letras. Hasta la venerada Gertrude Stein se cuela en cierto momento en el poema cuando Huerta descubre estupefacto que una nalga es una nalga una nalga una nalga una nalga.

Nadie ha desacralizado como Huerta (no olvido el antecedente de Leduc) la poesía mexicana enferma de solemnidad y de pedantería. No vayamos al Olimpo de los insoportables y de los exquisitos, vayamos mejor al nalgatorio que todo lo recompensa:

            Sabedlo nalgaístas próceres y mendigos

                        Por abajo

            Nadie tendrá derecho a lo superfluo

                        Por arriba

            Mientras alguien carezca de lo estricto

                        Por abajo…

Pero aunque estimo que el “Manifiesto nalgaísta” es una de las aportaciones notables de Huerta al repertorio poético mexicano, no creo que sea éste el gran poema libérrimo del autor, sino las “Barbas para desatar la lujuria”, también incluido como el anterior por primera vez en libro en Transa poética.[5] Un coloquialismo paródico de inspiración joyceana, este podría ser el calificativo inicial que propondríamos para designar este texto juguetón y al mismo tiempo provocador. ¿Coloquialismo de inspiración joyceana? Por supuesto, Efraín Huerta era un gran lector y conocía bien el Ulises de James Joyce, tanto o mejor que, hay que decirlo, Salvador Novo. Hacia 1926-27, como se recordará, dos jóvenes poetas mexicanos de avanzada, Xavier Villaurrutia y el propio Novo, lanzarían la revista Ulises, con la que pretendían insertarse de pleno en la ola de la vanguardia más alta, con referencia a los franceses, por supuesto, pero anteponiendo el ejemplo seminal de Joyce. De Joyce toman el nombre de la revista, como de Joyce tomará Salvador Novo inspiración para escribir algunos de sus poemas más arriesgados de la época, basados todos ellos en la libre asociación de las ideas. Me refiero a Never ever (1935), texto eminentemente experimental en el que leemos versos merecedores de aguda atención:

Never ever clever lever sever ah la rima

imagina plombagina borra roba imposiblemente

treinta no más hola papa hola mamá

el divorcio extemporáneo muchísimamente

duradero duradero duradero invernadero

pudridero delantero esmero espero espuro espurio…

Que los psicoanalistas nos aclaren qué puede significar esta eminente referencia a la madre: imagina plombagina–¿imagina la vagina de plomo, quiso decir el poeta justo cuando cumple treinta años de edad y ya se siente viejo y corroído, y traído a tierra, además, por el peso del plomo materno? ¿Y qué podría ser eso del pudridero delantero? ¿Será que el macho tiene algo que es puro y a la vez espurio? Que los secuaces de Lacan nos amparen en este trance. Aunque no olvido la transgresión que implica comenzar un poema con vocablos tomados del inglés, me parece que Efraín Huerta saca todavía mejor provecho de la lección de la libre asociación joyceana cuando escribe sus “Barbas para desatar la lujuria”. El arranque sencillamente es magnífico:

So espléndido, chilló Ricardo

(Bloom) y se afeitó la negra y mulliganosa barba de cinco meses

alors cayeron catedrales de moscas piando misericordia

y fotos de Cecilia enseñándolo todo la muy cínica;

la expulsaron y después la dejaron entrar

mientras Ricardo (Bloom bum bum van a filmar Ulises)

se ahoga en un buche de agua en la Casa del Lago

y su barba de alquitrán va y viene

y el rector papá Chávez protesta cuando esa maldita barba

de no sé qué coño me recuerda

y la estatua del gran pirata apestaban a pólvora.

El sarcasmo no cesa, ni tampoco la autodenigración festiva del ser propio, de la identidad masculina que puede orinar sobre sus propios huesos: Porque ya hemos llegado, so hermanos / oh hermanos en el páramo de dólares de Joarez Avenue, / vamos a ver, queridos, que cada quien se la saque y orine sobre su propia tumba (…) / porque ha sonado la hora del trasero divino de Cecilia / y todo lo demás / Y después ya podremos hablar de todo lo que usted guste / y por ende hasta de Paz…  

La parodia alcanza no sólo el trasero de una mujer muy apetecible que se ha dejado fotografiar desnuda, sino al inmaculado poeta Octavio Paz, que tendría que verse reflejado quizás no para bien en esta burla. Pero nadie se alarme: en el texto igualmente comparecen Jaime Sabines y José Emilio Pacheco, y el pintor Rufino Tamayo y Paz otra vez –quién le manda ser la figura hegemónica. Como se ve, Huerta no deja títere con cabeza.

Mientras Octavio Paz ha ido a buscar las fuentes del poema crítico en Mallarmé, como consta en algunos pasajes de El arco y la lira, Huerta ha acudido a un modelo más inmediato (y menos esotérico): James Joyce.[6] La crítica del lenguaje puede estar bien en el poeta ensimismado, en el poeta que hurga en las entrañas del significante, y que se queda ahí, como un buzo de lo absoluto, pero a Huerta lo que le interesa es la crítica social, la crítica de su mundo y de su tiempo. Si para hacerlo hay que ejercer violencia contra el lenguaje, ¡mucho mejor! Transcribo un fragmento para ilustrarlo:

Olvidé mi epitafio pri pri pritafio

prio prio prio cardenal pajarraco

pájaro cardenal (¿bailamos madre?)

juntos arrejuntados revueltos

nuncios cristeros miramones

cómo quieres tu dogma ¿frío o al tiempo?  

militarazgo sotanazgo

y ardientes monjas de abismal trasero

Salvo algunos sonetos autodenigratorios de Novo, y algunos avances de Leduc, nadie como Efraín Huerta había abordado con tal desparpajo (y disfrute) el tema del deseo sexual. Si el “Manifiesto nalgaísta” (incluidos los homenajes al alburero mexicano) era ya una declaratoria al respecto, “Barbas para desatar la lujuria” es una culminación. El prodigio de la libre asociación sigue en su apogeo, las palabras en libertad alcanzan combinatorias excepcionales y siempre inesperadas:

Introito ad altare Dei

cierra el pico y ámame mujer de espeso sueño

senos maduros trigo dura entrepierna

axilas adivinanza nerviosos hombros

refulge lengua oh trasero sucumbe

lléname de barbas escándalo soy el cadáver

la entraña cementerio semen municipal

(…)

dame redonda estrepitosa realidad

esbelto palomar húmeda herida

suena resuena clarinada

cobíjame oh caderas oh saliva

silenciosa vencida resucitada muerta

bien muerta bajo labios bajo dientes

bajo la piel guitarra

ay amada así sea

La carga de sexismo es inevitable (la época era otra). Deja de hablar, mujer, y coge. La carga de violencia anti-femenina es contundente y no hay que tratar de aminorarla con eufemismos. A la mujer se la entiende como cuerpo, como plétora del placer, y es mejor que cierre el pico –una mujer hablantina es la frivolidad pura. Incluso la idea de la mujer que “muere”, así sea por instantes, en virtud de la posesión sexual es un poco excesiva, aunque no deja de ser en el fondo verdadera. Remite al dominio de lo real. Amas a la mujer para matarla, la embistes con tu arma erecta para aniquilarla, para partirla en dos, y siempre fracasas en el intento. La pulsión de muerte como el verdadero resorte de la posesión carnal, que se renueva y renace en la derrota misma. Puritanos y toda suerte de hipócritas, apártense.

La invocación final de Gorostiza, cundo le impreca a la putilla de rubor helado: “¡anda, vámonos al diablo!”, la retoma Huerta en un contexto mucho más relajado, en un contexto de baile y borrachera (siempre anti-imperialista) que no tenemos por qué despreciar:

Circúndame noche de barbas cuervos buitres

barras estrellas dólares águilas calvas

(…)

Ataúlfo

bebamos como asnos

bebamos so espléndidos amigos

arrodíllense

catedrales impías góticos coños

salud

            y paz

                        misericordia

                                    ¡Vámonos al carajo! 

Es verdad que no siempre mantiene Huerta este temple arrollador y prodigioso. Referí muy de paso la perniciosa moda de los “poemínimos”; habría que reconocer que sus poemas “soviéticos” son muy de ocasión y producen el día de hoy un poco de pena ajena. ¿A quién se le ocurre, en un poema escrito so pretexto de brindar por la eterna amistad de los pueblos mexicano y soviético, y en medio de alabanzas explícitas a Cárdenas y Stalin, afirmar que “El hombre es para el hombre el ser supremo”? (¡sic!) Cenizas por todos lados.El antropocentrismo más burdo y elemental, y también más escandaloso, al servicio de la idolatría marxista. La cursilería ideológica de la época stalinista tiene un verso maestro que no puedo dejar de citar, un verso de alabanza (¿a quién más podía ser?) a los queridos camaradas soviéticos: Con ellos vino al mundo la verdadera noción del alba… Mejor hagamos como que no hemos leído. O como que esos poemas no se escribieron jamás. Pero, sobre todo, que esto no nos impida volver a los grandes poemas de Huerta, esos que siguen ardiendo con una llama portentosa que el paso del tiempo no ha logrado apagar.


Obra citada:

[1]Efraín Huerta, Poesía completa. Edición de Martí Soler. México, Fondo de Cultura Económica, 1988, 603 pp.

[2]Evodio Escalante, Tercero en discordia. México, UAM-Iztapalapa, 1982, pp. 35-56.

[3]Remito a los curiosos lectores al espléndido soneto de Plaza titulado “Nada”, texto de alcances filosofantes de un poeta que, entre otras cosas, conocía el pensamiento de Ludwig Feuerbach.

[4]Efraín Huerta escribe un poema acaso con la intención de dejar testimonio del respeto que su figura inspiraba en varios jóvenes poetas latinoamericanos entre los que se encontrarían Hernán Lavín Cerda, Roberto Bolaño, Bruno Montané, Fernando Nieto Cadena, Enrique Verástegui, Jorge Pimentel, y, entre otros, los mexicanos Orlando Guillén y Mario Santiago. El texto se llama “De los desnudos será…” y se incluyó en Circuito interior (1977). Véase Efraín Huerta, Poesía completa, pp. 386-89.

[5]Efraín Huerta, Transa poética. México, Ediciones Era, 1980.

[6]En lo que se refiere a Mallarmé, remito a Octavio Paz, El arco y la lira. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, pp. 270-76. Mallarmé me parece “esotérico” porque a fin de cuentas, y por arriesgados que parezcan, sus poemas permanecen siempre dentro de la imantación simbolista.


Evodio Escalante Betancourtmexicano, es doctor en letras por la UNAM y profesor e investigador de tiempo completo en la UAM-Iztapalapa, México. Ha publicado diversos libros de crítica y ensayo entre los que destacan José Revueltas. Una literatura del “lado moridor” (1979), Las metáforas de la crítica (1998), José Gorostiza. Entre la redención y la catástrofe (2001), Elevación y caída del estridentismo (2002), La vanguardia extraviada. El poeticismo en la obra de Enrique González Rojo, Eduardo Lizalde y Marco Antonio Montes de Oca (2003), Breve introducción al pensamiento de Heidegger (2007), Metafísica y delirio. El Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta (2011) y Las sendas perdidas de Octavio Paz (2013). Una recopilación de sus textos poéticos apareció bajo el nombre de Relámpago a la izquierda (1998). Prologó la edición facsimilar que hizo la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa de Irradiador. Revista de vanguardia que codirigieron Manuel Maples Arce y Fermín Revueltas en la ciudad de México en 1923. Su más reciente publicación es el libro de poemas Crápula (México, Ediciones La Otra, 2013).