La realidad es otra

José Ángel N.

Hace más de veinte años que vivo en Chicago. Aquí maduré. Aquí me eduqué. Aquí me volví profesionista, aquí me casé y aquí nació mi hija.

Portada del libro "Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant" de José Ángel N.  Cortesía: Universidad de Illinois.

Portada del libro «Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant» de José Ángel N. Cortesía de la Universidad de Illinois.

Estoy tan compenetrado con la ciudad que sus inviernos –incluso este crudo invierno: el más frío en treinta años– son algo que ahora en ocasiones añoro, sobre todo durante los bochornosos meses de verano, cuando el sol ardiente y la sofocante humedad hacen de la ciudad un verdadero suplicio. Este último detalle a todos mis conocidos les resulta extraño. Después de todo, oriundo de Guadalajara –Ciudad de la Eterna Primavera– creen que mi temperamento debía ser una brújula interna en sincronía con el clima de mi ciudad natal. Pero la realidad es otra. La realidad es siempre otra.

Y mi realidad, como la de todo indocumentado, ha sido vivir al margen de una sociedad que no termina de aceptarnos, pero que tampoco nos rechaza por completo. Es mi destino subsistir en este imperio de penumbras; ser, de cierto modo, una sombra. Esta metáfora, lugar común en los medios de comunicación masivos, adquiere un significado profundo cuando es uno al que se le adjudica. Un amigo me dice que la omisión de mi apellido le añade a mi libro un aire de protesta. Funciona porque admites que eres Nadie, me dice, un No one, un Nobody.

Es una casualidad lingüística que mucho tiene de verdad: hasta ahora mi idioma ha vacilado entre ambas lenguas sin arraigarse a ninguna; no ha dejado de ser español, pero no alcanza a convertirse en inglés. Por años, mi idioma ha carecido de hogar fijo. Ha sido el lenguaje del mojado: algo que se confunde, se muta, se pierde, se prostituye, se enriquece y luego se reencuentra.

El indocumentado estará condenado al limbo legal, pero no al silencio. Y así, este libro es, ante todo, un acto político de una persona que carece de todo derecho político.

Página web del autor:

http://joseangeln.wordpress.com/

Reseña de Marco Antonio Escalante, autor de Malabarismos del tedio:

http://www.sietevientos.com/638/ilegal/

Nota del editor: El libro Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant publicado por la Universidad de Illinois, se presenta hoy en Chicago, Illinois, Estados Unidos. Su autor, José Ángel N., amablemente ha cedido este texto introductorio exclusivo para el Mexican Cultural Centre.

José Ángel N., mexicano, es escritor. Vive en Chicago.  

Rosa Delia Guerrero

FANTASÍA DEL SILENCIO

Rosa Delia Guerrero

Hay tantas cosas que empiezan y terminan como un juego, en un movimiento ocioso del tiempo, me dije a mí mismo, sentado, solo, en el parque, mientras hilvanaba memoria y olvidos, de cuando esperábamos apenas que llegara la tarde y corríamos para atravesar el extenso bosque liliputiense.

Rosa Delia Guerrero. Foto Cortesía.

Rosa Delia Guerrero. Foto Cortesía.

Entonces, seguíamos las señales en el camino, una orquídea aquí, nuestros nombres grabados en el tronco, vuelta a la izquierda hasta toparnos con un fresno, sus pies retorcidos nos servían de escondite. Nos sentábamos sobre de ellos y los cubríamos con unas ramas para conservarlo de incógnito cuando nos íbamos antes del anochecer. Se nos pasaban las horas jugando a inventar mundos ficticios, siempre habitados por personajes surgidos de nuestro mundo infantil. Creábamos historias inauditas narradas sin interrupción salvo cuando se escapaba una carcajada o tal vez sorprendidos por el miedo conteníamos la respiración y se formaba un vacío en el espacio por la ausencia de las palabras. El encuentro sucedía en el jardín del abuelo, un escenario distante y a salvo de las reglas de los adultos.

Ese día ocurrió algo extraordinario. Se acercó la tía Genoveva, trasgrediendo nuestra frontera de libertad. Traía tomada de la mano a una niña. A mí me pareció verle la timidez acurrucada sobre los ojos. -Niños, inviten a jugar a su prima Anastasia. Dio media vuelta, en tanto la pequeña se quedó inmóvil, cobijada a la sombra de los árboles con un destello de inocencia. Un etéreo temor asomó a su rostro. Aferrada con la manita a la orilla de su vestido, retorciéndolo, agachó la cabeza mientras clavaba la mirada en el suelo. La observamos atentos, petrificada, silente en medio del follaje con la fragilidad de una hoja seca cuando el viento la desprende y cae en un sueño. En aquél entonces era difícil saberlo, pero nos sentimos invadidos por su presencia y amenazados por su belleza.

 Se formó un silencio pesado, seguido por la voz de Fabrizio: -¡Juguemos a enterrarla!

Rosa Delia Guerreromexicana, es licenciada en Letras Españolas por el ITESM. Cátedra Alfonso Reyes ITESM: Ernesto Sábato, Luis Villoro, Mario Vargas Llosa, Sergio Pitol, Umberto Eco. Diálogos de la Lengua, Filosofía y Lenguaje con Mauricio Beuchot, Jaime Labastida y Elsa Cecilia Frost. Taller universitario de creación literaria Altaller de la Universidad de Guanajuato, 2004 al 2010. Coloquio Cervantino Internacional Don Quijote en el siglo XXI, 2003. El Quijote en la música con Jorge Volpi, 2003. Encuentro de Escritores Regionales en San Miguel de Allende 2004, 2005 y 2006. Taller de Narrativa Mónica Lavín 2004, 2005. Coloquio Nacional de Literatura Jorge Ibargüengoitia, 2004. “Escritores Potosinos en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Ignacio Betancourt 2005. Participación en Ficticia. Talleres Literarios: Roberto Bravo, Herminio Martínez. Tutoría de narrativa en el Instituto de Cultura de Guanajuato con Óscar de la Borbolla 2007. La palabra con Tarik Torres Mojica. IBERO León, Gto. 2008. Tutoría de Narrativa con Alberto Chimal en el Centro de las Artes, 2009. Ha publicado en antologías, revistas, La Jornada, Periódico A.M. Irapuato, México.

No saben qué hacer

Gabriel Zaid

El mayor problema político de México es actualmente el desafío impune a la ley. No accidental o visceral, sino planeado, por vía armada o «pacífica»: el desacato, la ocupación de espacios públicos, el vandalismo, la extorsión, el secuestro, la trata de personas, el tráfico de drogas. El mayor problema económico es el estancamiento. El mayor problema social es el desánimo y la falta de confianza en las autoridades.

Mirror film. Arte de José Santos. www.jsantos.co.uk

Mirror film. Arte de José Santos. http://www.jsantos.co.uk

Frente a todo esto, los poderes públicos han sido omisos o desacertados, y no era de esperarse. Se suponía que el PRI era autoritario y corrupto, pero cuando menos sabía imponer la paz, el desarrollo y la confianza. El pacto del PRI con los mayores partidos de oposición y el asombroso consenso sobre las reformas necesarias parecían renovar la tradición interrumpida: responder a lo que esperaban los votantes que lo llevaron de nuevo a la presidencia.

«Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa» -dice el «Romance sonámbulo» de García Lorca. O el PRI ya no es lo que era, o no sabe qué hacer en las nuevas circunstancias o nunca supo tanto como se creía. Desde luego, en los dos sexenios panistas no supo ser oposición y aprovechar la alternancia para que otros sacaran las castañas del fuego. Y, antes, cuando tuvo plenos poderes y una amplísima aceptación nacional e internacional, perdió la brújula desde 1968.

El presidente Díaz Ordaz no supo qué hacer ante una protesta estudiantil que pudo atender, en vez de exacerbar. El presidente Echeverría enfrentó los problemas innecesarios creados por el desacierto criminal de Díaz Ordaz, pero tampoco supo qué hacer. El presidente López Portillo intentó resolver los problemas adicionales creados por Echeverría, y fracasó, a pesar de la abundancia petrolera caída del cielo o surgida de los veneros del diablo -como dijo López Velarde. Creó una tercera generación de problemas innecesarios, que se acumularon a los anteriores.

El candidato y luego presidente De la Madrid tuvo el acierto de ver que el problema de fondo era la corrupción, y ofreció resolverlo. Cuando le preguntaron cómo, respondió: «Yo sé cómo». Pero no sabía. Quiso cumplir la famosa Renovación Moral, y ordenó a su gabinete: que al terminar este sexenio, no se hable más de corrupción. Y, en efecto, no se habló.

Por cierto que el presidente Peña Nieto y su secretario de Gobernación han tenido un éxito semejante en la guerra contra el crimen. Prometieron superar la mortandad con un cambio de estrategia. Y, en efecto, ya no sale en televisión. Lo que sale es la patética exhibición de un gobierno que no responde a los ciudadanos sometidos por los que imponen su propia ley, impunemente.

El crecimiento económico acelerado, y con poca inflación, duró hasta 1970, a cargo de licenciados en derecho. Cuando llegaron los que sí sabían: los economistas con estudios en el extranjero, se acabó el «desarrollo estabilizador», repudiado como mero «desarrollismo». El desastre económico resultante, atribuido al populismo, fue resuelto a medias por los economistas que llegaron para remediarlo y no supieron qué hacer. Recuperaron la estabilidad, a costa del crecimiento. Guillermo Ortiz, que fue secretario de Hacienda y gobernador del Banco de México, lo reconoce ahora: «Había la ilusión de que con la estabilidad vendría el crecimiento, lo que no se produjo» (Reforma, 29 de agosto 2013).

El secretario actual de Hacienda también tuvo una ilusión: la de ir en caballo de hacienda, gracias al Pacto por México. Sacó del archivo muerto todos los ideales recalentados de la secretaría y se desbocó proponiendo medidas atropelladas, que no podían pasar en el Congreso y no pasaron, o pasaron a gran costo político.

Como si fuera poco, los panistas y perredistas tampoco han sabido qué hacer. A los ojos de los votantes, lo que legitimaba su búsqueda del poder era el rechazo a la corrupción del PRI. Pero, una vez en el poder, cobijaron a sus propios corruptos, destruyeron su capital político y ahora no saben qué hacer.

Es normal que la política mezcle el interés público con los intereses particulares. En buena hora, si la dispersión de múltiples intereses acaba de hecho sirviendo al interés público. Pero una alineación convergente de fuerzas políticas requiere claridad sobre lo que es deseable y posible, y luego capacidad de ejecución. Cuando esto falta o falla, se produce un río revuelto de intereses donde no gana el interés público, sino los pescadores que andan detrás de lo suyo.

Nota del editor: No saben qué hacer, publicado el 26 de enero de 2014, en el periódico mexicano Reforma. Se reproduce en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor.

Gabriel Zaid, mexicano, es poeta, ensayista, crítico, traductor, editor, investigador. Miembro de El Colegio Nacional desde el 26 de septiembre de 1984.  Recientemente publicó Dinero para la cultura (Debate, México, 2013). http://gabrielzaid.com/

Louise Bourgeois

Miguel Ángel Muñoz

Recuerdo perfectamente (y me abstengo de la retórica primera persona del plural, que vía el poeta francés Yves Bonnefoy, tan excelente resultado procura a la obra de Bourgeois), mi primer contacto con Louise Bourgeois, -París, Francia, 1911- Nueva York, EEUU, 2010, la cual, tras casi medio siglo de oscura trayectoria artística, sólo recientemente se ha convertido en admirada figura de culto-, curiosamente no fue a través de su obra, sino con ella en París a principios de 1994.

Un recuerdo para aportar elementos, no sobre mi cosmopitalismo, sino sobre la penetración europea de una de las artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. En 1938 se trasladó a vivir a Nueva York, ahí inició cursos en la Art Students League, y se consagra definitivamente a la escultura, a partir de 1949. El espíritu del surrealismo, ya presente en sus primeras telas, se prolonga en la obra escultórica. La artista produce al principio piezas antropomórficas de madera de aspecto monolítico, o bien, apilamientos de fragmentos sostenidos por un eje metálico, aislados o agrupados. Se libera de la frontalidad realizada, con diversos materiales, distintas combinaciones de masas informes. 

Louise Bourgeois. Foto Especial.

Louise Bourgeois. Foto Especial.

En 1966 –su primera exposición individual fue en 1945 en la Galería Bertha Schaefer de Nueva York – decide participar en la exposición Eccentric Abstraction, y la crítica Lucy Lippard afirma que “rara vez un arte abstracto ha estado tan directa y honestamente informado por la psique del artista”, lo que le confiere a Bourgeois un papel, en oposición al minimalismo, de precursora de un arte subjetivista y antiformalista. En este sentido, Bourgeois continuó su carrera de forma independiente, muchas veces ante la indiferencia general de la escena artística americana, hasta que el MOMA le montó una muestra retrospectiva, cuando la artista había cumplido 71 años.

Bourgeois es una artista instintiva, vital, amante del derroche de energía y de la voracidad formal, que entre los elementos de su aproximación a la creación cuenta con la fuerza plástica y una innata maestría para el tratamiento de los materiales escultóricos. Este espíritu ha centrado su poética en una expresión íntima, aunque la amplia experiencia americana le cambió la escala, lo cual la ayudo a ocupar el espacio físico y a proyectar polémicamente su carácter creador.  Su enorme éxito a partir de finales de los  setenta, se debe en cierta forma a la crisis del severo formalismo americano, y su represora censura sobre lo íntimo y lo simbólico, los rieles de cualquier narración más o menos autobiográfica, como es la obra de Bourgeois. Se ha sugerido que la sintaxis artística de Bourgeois hay que buscarla en los orígenes de la escultura abstracta, en la investigación consciente de los tótems plásticos que acompaña el distanciamiento figurativo del expresionismo abstracto: Louise Nevelso, David Hare Seymour Lipton, Pollock y Rothko. Bourgeois fue una artista astuta que entendió su arte como un sistema apenas mediado de experimentación individual. Quizá el testimonio más elocuente sea el duro relato objetual que vemos en casi todo su obra.  Una narración centrada obsesivamente en la niñez infeliz: una madre autista y sufridora, un padre humillantemente enredado con la gouvernante inglesa. La trama de odio y desprecio que describe la sensibilidad dolida de una niña espoliada de afectos.

La artista se sirve del dibujo, del collage, la instalación y la escultura, con la que realiza variaciones, repeticiones, inversiones y giros, manteniendo un orden rítmico y un sentido global de la composición. Cada obra es un sistema de formas y líneas, no de símbolos: lo poético se convierte en duda, en signo. Es consecuencia de la exaltación de la memoria. El proceso que desencadena Bourgeois recuerda al del prestigitador, que arroja luz mediante un descubrimiento repentino.

Sus esculturas–objetos no son alegóricas, parecen hablar solo de sí mismas o de su relación con el espacio, la memoria, la arquitectura y, sin embargo, es deslumbrante en sugerencias. Asuntos como el de la ingravidez (a pesar de utilizar materiales y formas densas); la belleza estricta de los objetos y sus cualidades; la ausencia de encoladuras y solduras superfluas, todo ello configura una estética que posee la sensibilidad de lo nítido y de una sorprendente colocación. La escultura  deja de ser un objeto sobre un pedestal y se mezcla, sin perder su identidad. En este sentido, el eje plástico de Bourgeois no es simplemente una definición de espacios, sino construcción de la memoria o, si se quiere, reflexiones sobre una identidad genérica. Sobre todo en la obra escultórica y dibujística, donde la figura de la madre adquiere una dimensión sobresaliente (que se  han mostraron  en sus exposiciones retrospectivas en el Centro Georges Pompidou de París, en 1995, en el  Museo  Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, 2000 y en el Museo Guggenheim de Bilbao, 2002; en la TATE de Londres, 2007-2008. Y ahora la podremos ver en el Palacio de Bellas Artes, con una importante muestra titulada Louise Bourgeois: petite maman, que por segunda vez se muestra en México, una exhibición de su obra, pues ya hubo una hace un par de años en el Museo Rufino Tamayo). Es la imagen de la razón, de la fortaleza, de la protección, es una Ariadna con cuerpo de araña, amable y atenta, desprovista de la carga devoradora y negativa que le dieron algunos surrealistas. Significado inseparable de la imagen, lenguaje que a su vez es forma radical. Quizás la artista tiene un procedimiento más irónico, ingenioso y alusivo; es decir, se eleva por encima de las simples formas; define lo objetivo, compacto, difuso y extenso del dibujo; imita los recursos de cualquier línea: responde a la evolución antirreumática y a una búsqueda de expresiones que son parte de cierta sensibilidad moderna o, tal vez, muy antigua. 

Si observamos en retrospectiva la obra de Louise Bourgeois, podremos encontrar que hay una unidad cromática concreta; esto es, la primera revelación  contundente al respecto se produjo a partir de la visión de sus dibujos –véase  los grabados de He Disappeared into Complete Silence  (1947) y  The Destruction of the Father  (1974)- que mostraron claves para entender las obras más herméticas de su producción resiente, y desde luego,  marcan un antes y un después, pues significaba la liquidación simbólica de la figura del progenitor.  Ella misma ayudó a modificar la perspectiva crítica, evolucionando su temática a partir de la década de los 70, cuando las vanguardias pasaron de moda, y Bourgeois abordó toda clase de formas históricas, revelando una inteligencia analítica sagaz e irónica.

En su proceso escultórico ha venido reforzándose esa capacidad para retener una idea estética a través de formas simplificadas. En el 2002 Bourgeois presento en una galería madrileña su obra reciente, recuerdo unas figuras decapitadas, como era el caso de Arch  of Hysteria, (2000/2002), destacando por consiguiente las partes del cuerpo más emocional en detrimento de lo racional. Pero las cabezas de Bourgeois están lejos de exhibir rasgos y marcas reconocibles. Lo que siempre ha interesado a Bourgeois no es el detalle fisionómico o la expresión facial como determinante para comprender la supuesta verdad de la psique, sino una expresividad más vaga e inconcreta (recuerdo por ejemplo, instalaciones como Guarida articulada, 1986, Sin salida, 1989, Araña, 2007, Paisaje peligroso, 1997, Silla y tres espejos, 1998, The confessional, 2002). Los objetos parecen signos movibles, como animados por una voluntad mágica; a su vez, el sentido se despliega como un encuentro poético o un sueño mineral imaginario. Bourgeois ha atravesado un largo corredor de silencio, y de pronto, su obra ha cobrado una inusitada actualidad. La vida que empaña la mirada de Louise Bourgeois ha ganado en amargura y densidad. Transfigura el objeto más banal o se lo inventa, tal es su fuerza poética, estética y artística. El pensamiento del artista se desliza en su mirada.  Más contemporánea y radical que ningún creador. Aunque la artista posee una trayectoria ceñida a ciertos temas básicos, recurrentes, su obra siempre logra una solidez sorprendente.  No cabe, duda, la mirada de Bourgeois es dura, pero única.

Miguel Ángel Muñoz, mexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Su dedicación a la creación artística actual es absoluta; compagina su labor en El Financiero, La Jornada Semanal y en la revista Casa del Tiempo, con la de comisario de exposiciones. Ha trabajado personalmente con muchos artistas; entre ellos, Eduardo Chillida, Rafael Canogar, José Luis Cuevas, Josep Guinovart, Roberto Matta, Antoni Tàpies, Richard Serra, María Girona, Vicente Gandía, Ricardo Martínez, Chema Madoz, Luis Feito, Xavier Grau, Charo Pradas, Ignacio Iturria, Albert Ràfols-Casamada, Robert Rauschenberg y Luoise Bourgeois. Es autor de los libros de ensayo: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos (Editorial Praxis, 1999), Ricardo Martínez: una poética de la figura (CONACULTA, 2001), La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas (Editorial Praxis, 2001), El espacio invisible. Una vuelta al arte contemporáneo (Ediciones Batarro, Málaga, España, 2004), Convergencia y contratiempo (Plan C Editores- CONACULTA, 2008), Espacio, superficie y sustancia. La obra de Ricardo Martínez ((Siglo XXI Editores, 2009) El espacio vacío, (CONACULTA, 2009), Gutiierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso (CONACULTA, 2009). Asimismo ha editado y comentado los libros El asombro de la mirada. Convergencia de textos. (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2010) Espejismo y realidad. Divergencias estéticas de Rafael Canogar (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2011) y Elogio del espacio. Apreciaciones sobre arte de Rubén Bonifaz Nuño ( UNAM, El Colegio Nacional y UAM, México 2012).Además, es autor de los libros de poesía El origen de la niebla (CONACULTA, 2005), Espacio y luz ( Centro de Producción Gráfica, México, 2003) con serigrafías originales de Albert Ràfols-Casamada, Convergencia (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) y Travesías (Centro de Producción Gráfica, México,2004) con serigrafías originales de José Luis Cuevas, Cinco espacios para Rafael Canogar ( Ediciones El Taller, Madrid, España, 2004), con grabados originales de Rafael Canogar y Fuego de círculos ( Editorial Praxis, México 2012) Sus textos se publican en diversas publicaciones de México, España y América Latina. Es director de la revista literaria Tinta Seca. Es colaborador, asimismo, de las revistas Metérika (Costa Rica), Banda Hispánica y Agulha (Brasil). Actualmente se está capacitando como doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En 2009 fue reconocido por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana y la Facultad de Artes por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.

Rubén Bonifaz Nuño: el juego de la memoria estética

Miguel Ángel Muñoz

“La locura del arte es igual al abuso del espíritu”.

Charles Baudelaire

Rubén Bonifaz Nuño  (Córdoba, 12 de noviembre de 1923 - México D. F., 31 de enero de 2013). Foto cortesía.

Rubén Bonifaz Nuño (Córdoba, 12 de noviembre de 1923 – México D. F., 31 de enero de 2013). Foto cortesía.

La historia del arte es, una disciplina difícil, compleja, sometida como pocas a las oscilaciones del tiempo. Si hasta ayer para entender el arte desde su historia  bastaba con recurrir a una gran cantidad de datos entrecruzados –obras, artistas, escuelas, estilos, lugares y un momento determinado del tiempo-, hoy parece necesario un árido  entramo conceptual que debe  textualizar  los contradictorios componentes de la obra particular, pero no sólo aquellos que lacónicamente podemos calificar de referenciales, de anecdóticos en un lenguaje plano, sino de las imprevisibles configuraciones formales que destacan la  obra de arte en el contexto de la cultura  visual. Ante la mirada del lector, la historia del arte parece decantarse hoy por la erudición de datos concretos, de motivos lingüísticos, sociológicos, psicosomáticos, que actúan sobre las obras y amenazan con ahogar su potente significación formal. En tanto que la crítica de arte, orientada en su origen a la descripción de las variables figurativas de una obra específica, se muestra incapaz de desasirse del marasmo teórico contemporáneo, que lleva años neutralizando asimismo la energía plástica de la obra y la disuelve en una secuencia de síntomas de algún enunciado trascendente, “confusamente entrevisto -dice el crítico inglés Robert Hughes- o dogmáticamente supuesto, que complica la apreciación del arte”.[1]

Lo cierto es que la crítica de arte como especialidad autónoma en el relato artístico nació, como cualquier otra especialidad surgida de la modernidad, como consecuencia temprana de la división capitalista del trabajo intelectual, y se ha justificado, a mi modo de ver a la contra, en paralelo con la progresiva emancipación de los lenguajes creativos, con su distanciamiento de una trama histórica estratificada en estilos y momentos formales.  Parece que el historiador y el crítico -me gustaría incluir a los poetas que ejercen y han ejercido la crítica de forma brillante como Octavio Paz, José Hierro, José Ángel Valente,  Luis Cardoza y Aragón,Yves Boneffoy, John Berger, John Ashbery, Claude Esteban  o Rubén Bonifaz Nuño-, se sitúan en dos polos antagónicos, cuando de hecho la escritura del arte demuestra la dosis de voluntad adivinatoria y el conjunto de saberes inéditos, necesarios para adentrarse en la esfera artística que privilegia la inmersión  sensible,  frente a la interpretación narrativa lineal. De aquí el deseo del poeta de escribir una explicación en torno a la obra que ofrece al lector. La tradición quedó establecida en el siglo XIX precisamente porque fue un siglo de cambios revolucionarios en que la relación entre el individuo y la historia se estaban volviendo constantes. Esa mirada del poeta sobre el arte es única, inédita, donde la mirada juega un papel clave, pues ese saber ver sólo los poetas lo tienen. “La razón – dice John Berger- de ser de lo visible es el ojo; el ojo evolucionó y se desarrolló donde había luz suficiente para que las forma de vida visibles se hicieran cada vez más complejas y variadas. Las flores silvestres, por ejemplo, tienen los colores que tienen a fin de ser vistas”. [2] Y eso lo entendió de forma simple Bonifaz, pues descubrió en el arte prehispánico una estética universal, que sirvió para desarrollo del arte mexicano contemporáneo, y cuyo esplendor fueron los muralistas, pero también Rufino Tamayo, Carlos ´Mérida, Juan Soriano, Ricardo Martínez y Francisco Toledo.

En sus orígenes, la historia del arte era poco más que la de los artistas –Vasari es el ejemplo– vinculados por parentelas del oficio, taller y patronazgo. Winckelman subrayó la excelencia individual de las obras de arte con relación a los ideales de perfección del arte griego, que en alguna medida debían imitar.  La historiografía romántica sintetizó un proceso lineal de progresiva complejidad formal y modelo cíclico –inicio,  madurez y declive-, que hacen de los estilos sucesivos variables temporales del arte, y que tiempo después llevó al crítico norteamericano  Clement Greenberg a negar que el interés de la “crítica reside en el método y no en el contenido de los juicios”.[3]

Pero la difusa realidad artística, política y cultural de hoy hace superflua cualquier diferencia y apela a la desnuda sensibilidad subjetiva, casi personal, frente a la obra plástica. Algunos críticos contemporáneos  Arthur C. Danto, André Chastel, John Golding,  Clement Greenberg,  Meyer  Schapiro,  Rosalind E. Krauss, Francisco Calvo Serraller, Valeriano Bozal, David Sylvester, Robert Hugues, Donald Kuspit, Benjamin H.D. Buchloh, universales y diversos en formación, método y análisis,  utilizan en su aproximación al arte cuanta información  histórica colabora a desvelar el misterio o la trama de la obra nueva, pero conscientes siempre de las trampas que la autonomía formal supone para la coherencia de su narración, en algunos de ellos hay un rechazo total a la metodología historicista, para apoyarse en las teorías estructuralistas sobre la relación que existe entre significado e imagen, para formular un discurso  sorprendente, como es el caso de Rasalind E. Krauss. Por ello considero una iniciativa importante, el rescate de autores esenciales para la comprensión del arte antiguo y contemporáneo de México, como la obra crítica y poética sobre artes visuales de Rubén Bonifaz Nuño (Córdova, Veracruz, 1923- Ciudad de México, 2013). Cada texto de Bonifaz es una lección de las dificultades de pensar el arte a través de la visión de un poeta, quizás no tanto por detalles de su teoría, resueltamente histórico, sino por el refinamiento y elegante elaboración de sus ideas y conceptos.

La obra de Bonifaz Nuño está hecha a medias de asombro y de esperanza, de conceptos y amor. El poeta estudió derecho, se doctoró en letras clásicas, y dedicó buena parte de su vida a la traducción (Virgilio y Catulo sobre todo) a la crítica de arte y a la coordinación de múltiples eventos universitarios. Así, su escritura debe tanto a los surcos del amor como a los estantes de las bibliotecas. Tal vez por eso afirma que “el único heredero posible del labrador es el artista”; esto es, aquel capaz de encontrar “en la vida de los minerales, en el pasado prehispánico, en una escultura o en el lienzo más sorprendente, podemos encontrar los acordes para mantenernos vivos”.

Para Bonifaz, las palabras son, a la vez, un límite y un cauce: lo único que nos aleja del mundo, pero también lo único que puede encontrarnos con él. Espanto y esperanza, dijimos. ¿Cómo romper esa contradicción? Acudiendo a “ la majestad de las cosas sencillas” –y de las  palabras sencillas- y teniendo  presente que, en  poesía, son los matices –y no las abstracciones- las que iluminan cualquier  posible esencia, algo que, desterrados los dioses, ha dejado de ser la piedra para ser la fractura que atraviesa la piedra.

La de Bonifaz es, pues, una poética de lo concreto que en Versos 1978- 1994 (FCE, 1996) se manifiesta en un viaje de lo particular a lo general. Tras la imaginación constante y la intimidad De otro modo lo mismo (FCE, 1979), su anterior antología, surge la pasión y el amor como un momento en el que confluyen plenitud vital y la conciencia de la muerte: “Preso del vivir y los amores/ no del amor ni de la vida,/ el animal de sueños late/ distinto, cuando no vencido…”. Son palabras de un hombre de más de ochenta años. En este libro hay, pues, mucho de amor: voces lejanas, piedras arrojadas al viento, al agua y, a la vez, lápidas sentenciosas, que avisan de que lo que un día fue certeza hoy es nostalgia.  La escritura, como la infancia, es una forma de ver por primera vez el mundo. Se trata de, siguiendo a Keats, ver en las cosas de aquí y ahora el resto del “lugar perdido” y de encontrar así “la belleza misma, en su lugar de nacimiento, / cuando aún no es más que verdad”.

Con todo, para Bonifaz, la poesía -sucesiva y atada al concepto– ha perdido su batalla por atrapar lo inmediato. Por el contrario, la pintura  – simultánea y liberada por el color- sigue librando ese combate. “La mayoría de los poetas no comprende bien la pintura”, me decía con agudeza Yves Bonnefoy.[4] En los escritos sobre arte de Bonifaz, eluden el impresionismo liricoide al que recurren muchos escritores cuando se enfrentan al arte. Al contrario, él distingue lo pictórico de lo pintoresco y se enfrenta con rigor a cuestiones como la escultura azteca, olmeca o el valor artístico y cultural de la Coyolxauhqui, en la cual encuentra la grandeza del arte azteca. Sus monumentales libros El arte en el Templo Mayor, Imagen de Tláloc, Hombres y serpientes. Iconografía Olmeca continúan siendo en la actualidad un corpus imprescindible para el estudio de la cultura prehispánica de México. Libro directo, sin meandros retóricos ni impertinentes incursiones eruditas.  “Durante siglos –dice Bonifaz- hemos sido testigos, y hemos escuchado,  que nos digan ¿quiénes somos? Lo malo de ello es que hemos llegado a creer lo que nos dicen. La barbarie española nos calificó por medio de la humillación; para comprobarlo, bastaría con poner los ojos sobre lo escrito por Cortés o Díaz del Castillo; los frailes, luego, nos hicieron  vernos como servidores de las fuerzas del mal; diablos eran los objetos de nuestra veneración…”.  Así, Bonifaz ha intentado revertir nuestra historia prehispánica a través de entender no sólo las culturas del pasado, sino ver en el arte nuestra propia identidad.  Los insuperables análisis descriptivos relatan con destreza y legibilidad los modos de la crítica artística cuando se enfrenta a las obras de arte  antiguas, como por ejemplo,  El chapulín, La calabaza, Cabeza de serpiente, Felino de Colima,, El hombre y el ave en el Monumento 14 de San Lorenzo, El sarcófago de La Venta, Monumento 6, El vaso de maíz, Tláloc,  con un intuitivo punto de poesía y crítica. Una escritura saturada de  matices u obstinada hasta la obsesión en dar cuenta de la evolución de los detalles formales y la secuencia de motivos gráficos que configuran a lo largo del tiempo las imágenes, esculturas y figuras antiguas.

Para Bonifaz, la historia del arte es sencillamente historia de la crítica de arte. El poeta se sitúa frente a la filología artística y contra la positivista religión del dato, sin interés más allá de la precisión erudita, de cronología, género y escuela.  Bonifaz considera que la obra de arte adquiere su condición de excelencia sólo cuando se interpreta desde las ideas y la cultura destiladas en el gusto de un artista. Las reacciones críticas sobre la obra constituyen así el juego de valor que encauza la producción sensible y visual del artista.  Para comprender la escultura de Ángela Gurría o la pintura de Ricardo Martínez, por ejemplo, debemos determinar las bases teóricas de su arte, su visión de la naturaleza y sus preferencias artísticas sobrepuestas a las propias experiencias intelectuales. (No dudo en decir, que tanto Gurría como Martínez, fueron los dos artistas contemporáneos que más admiró Bonifaz). A esta trama de influencias concéntricas Bonifaz la califica de gusto, una tradición crítica que permite el juicio de valor sobre la obra de arte y nos da su medida de calidad en el doble contexto de la cultura y del arte de un tiempo. Dice sobre Ricardo Martínez: “… las grandes superficies estáticas de la pintura de Martínez, agitadas por el asalto luminoso se volvieron móviles infinitamente, como la frente en llamas del mar…”.[5]. En las obras Ángela Gurría descubrió los juegos del espacio y el vació escultórico:

Desde el alma de sus manos, brota

muchedumbre de pueblos; lúcidas

ciudades proféticas revela,

y hace que la piedra se despliegue

en racimos de alas; reconcilia

las sucesiones de las olas,

y en fondos aéreos asegura

el engarse al cáliz de la flama.[6]

Bonifaz renuncia a diferenciar las peculiaridades formales del artista. No le interesan sus motivos figurativos ni el conjunto de signos que nos ayudan a decidir el estilo de la obra.  El poeta busca más bien lo que en la obra hay de común con otras obras de su tiempo y del pasado, el gusto es una palabra, que se transforma en el regulador fiable del arte de una época. El gusto sintetiza “un conjunto de preferencias compartidas” en el mundo del arte, como vio con claridad Mario Praz, de un artista o de un grupo de artistas, por supuesto. Sus escritos sobre Ricardo Martínez, Fernando Alba, Pedro Cervantes, Ángela Gurría o Santos Balmori, son la verificación audaz de esta hipótesis: cierto sentido del gusto unifica a los artistas de un momento histórico, escuelas o tendencias, y sólo desde aquí, por afirmación o negación, podemos comprender la obra individual. El artista trabaja con modelos, que ofrece la historia del arte, pero el gusto condensa la manera de tratarlos, la mirada del artista.  Para él, la actitud que encarna la vanguardia surgió a mediados del siglo XIX. Si Manet es el pintor que la representa, Baudelaire es el poeta y Flaubert el novelista. En sus análisis de arte contemporáneo, Bonifaz no excluye la idea de un puente común con el pasado. Ese engarce constituye una de sus preocupaciones más constantes. Si el análisis de la forma como elemento estructural puede rastrearse en la crítica de arte inglesa de principios del siglo XX (Clive Bell y Roger Fry), la voluntad de mantener los vínculos con la tradición sin, al mismo tiempo, olvidar la modernidad de la época en que se vive parece proceder de T.S. Eliot.

Publicados al azar, por lo general en catálogos y en libros concretos, constituyen, sin embargo, una aproximación a obras, artistas, momentos de arte e incluso problemas de interpretación histórica que, al releerlos, los considero de actualidad renovada a la vida de las distancias caprichosas que la literatura artística postmoderna se empeña en hacer suyas.  Del minimalismo metodológico en alza al neopsicologismo de la percepción con pretensiones  tecnológicas, o el retorno intempestivo de la vieja historia de género. Como  si  la Coyolxauhqui, Cihuatéotl o la “mal llamada Coatlicue” –como dice Bonifaz-, por hablar del arte antiguo, fueran secuencias intercambiables  de un eterno universo de formas.

El arte se convierte de este modo en experiencia del arte, en disección del gusto desde el punto de vista de su tiempo, de la síntesis expresiva y comunicativa que la obra configura. Bonifaz se permite desautorizar la normativa clasicista propuesta por el tradicionalismo ilustrado y la vuelve consistente en mera esquematización abstracta. Sin embargo, con una mayor experiencia del arte desde su tiempo, el clasicismo del pasado, sería otro momento en las preferencias del gusto, entre el arcaico y el helenismo, como distintas respuestas a ese conglomerado de actitudes culturales y preferencias individuales. El autor reivindica en definitiva la comunidad de experiencias estéticas de los artistas como “fuerte necesidad de la intuición crítica”. Y esa es la lección contemporánea de cada de uno de sus ensayos. El caso contrario nos lleva a no entender nada, a medio entender el arte, como hizo Hegel, al priorizar intuitivamente el modelo clásico. Así, Baudelaire ha sido, sin lugar a dudas, el crítico de mayor sensibilidad moderna, acaso sólo igualado por Mallaré.  Entiende el arte de siempre desde su proceso de creación, reconstruyendo la personalidad del artista a partir del gusto, las opciones formales narrativas e incluso éticas que con las preferencias personales   perciben en motivos sensibles las aspiraciones visuales de un tiempo. Si atendemos al proceso de creación, curiosamente el arte contemporáneo nos abre un territorio fascinante de asociaciones con el presente se desdibuja la rutinaria familiaridad con el arte del pasado, cuyas construcciones quedan disecadas en secos arquetipos estéticos. “El arte del pasado de México –me dice Bonifaz- está mal interpretado en sus raíces, de continuo hemos estado a punto siempre de renegar de lo que somos. Muestra de ello son las opiniones consagradas acerca del arte de los aztecas. Alrededor suyo se ha tejido, por la incomprensión y los prejuicios, una viscosa tela de falsedades que ha llegado a constituirse casi en verdad oficial”.

Porque hablar del arte prehispánico, escribir sobre arte, es para Bonifaz, una forma de hablar y escribir sobre la vida: Por eso no lo dejó de hacer. Él como María Zambrano, hay cosas que no pueden decirse hablando y que, por esto, se escriben.  Y Bonifaz lo hizo animado por el lector que siempre fue, convencido sin duda, de que la escritura puede preguntarse por todo y puede intentar responder todo. Desde aquel primer ensayo largo sobre su amigo el pintor Ricardo Martínez escrito en 1965, no dejó de pensar y reflexionar sobre el arte. Gadamer sostenía que, “de alguna manera, la obra nos arrastra a la conversación”. Y añadía que dicha conversación, es interminable, porque no hay forma de agotar el sentido que una obra propone a la reflexión y a la conversación, porque no hay palabra que pueda tener un final. Bonifaz no dejó de pensar sobre arte en los mismos términos, ya que para él fue una reflexión íntima y compartida. Y sus textos siempre han contenido, en cierto sentido, esta misma invitación a reflexionar. Su fortaleza crítica residió en una cierta humildad: el poeta despreocupado por ejercer la crítica de arte de forma total. Pero, sí, en cada texto que escribió sobre arte, esta su magistral visión de enseñarnos lo que nuestros ojos no han podido ver. Esa fue, para mí, una de sus grandes lecciones. 


[1] Robert Hughes. A toda crítica. Ensayos sobre arte y artistas. Editorial Anagrama, Barcelona, España, 1992.

[2] John Berger. Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible. Árdora Ediciones, Madrid, España, 1997.

[3] Clemen Greenberg. La pintura moderna. Editorial Siruela, Barcelona, España, 2006.

[4] Miguel Ángel Muñoz. Entrevista con Yves Bonnefoy en el libro El instante de la memoria Editorial Praxis, México, 2013.

[5] Rubén Bonifaz Nuño. Ricardo Martínez. Dirección de Publicaciones, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1965.

[6] Rubén Bonifaz Nuño. El corazón de la espiral. Homenaje a Ángela Gurría. Miguel Ángel Porrúa, Librero-Editor, México, 1983.

Miguel Ángel Muñozmexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Su dedicación a la creación artística actual es absoluta; compagina su labor en El Financiero, La Jornada Semanal y en la revista Casa del Tiempo, con la de comisario de exposiciones. Ha trabajado personalmente con muchos artistas; entre ellos, Eduardo Chillida, Rafael Canogar, José Luis Cuevas, Josep Guinovart, Roberto Matta, Antoni Tàpies, Richard Serra, María Girona, Vicente Gandía, Ricardo Martínez, Chema Madoz, Luis Feito, Xavier Grau, Charo Pradas, Ignacio Iturria, Albert Ràfols-Casamada, Robert Rauschenberg y Luoise Bourgeois. Es autor de los libros de ensayo: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos (Editorial Praxis, 1999), Ricardo Martínez: una poética de la figura (CONACULTA, 2001), La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas (Editorial Praxis, 2001), El espacio invisible. Una vuelta al arte contemporáneo (Ediciones Batarro, Málaga, España, 2004), Convergencia y contratiempo (Plan C Editores- CONACULTA, 2008), Espacio, superficie y sustancia. La obra de Ricardo Martínez ((Siglo XXI Editores, 2009) El espacio vacío, (CONACULTA, 2009), Gutiierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso (CONACULTA, 2009). Asimismo ha editado y comentado los libros El asombro de la mirada. Convergencia de textos. (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2010) Espejismo y realidad. Divergencias estéticas de Rafael Canogar (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2011) y Elogio del espacio. Apreciaciones sobre arte de Rubén Bonifaz Nuño ( UNAM, El Colegio Nacional y UAM, México 2012).Además, es autor de los libros de poesía El origen de la niebla (CONACULTA, 2005), Espacio y luz ( Centro de Producción Gráfica, México, 2003) con serigrafías originales de Albert Ràfols-Casamada, Convergencia (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) y Travesías (Centro de Producción Gráfica, México,2004) con serigrafías originales de José Luis Cuevas, Cinco espacios para Rafael Canogar ( Ediciones El Taller, Madrid, España, 2004), con grabados originales de Rafael Canogar y Fuego de círculos ( Editorial Praxis, México 2012) Sus textos se publican en diversas publicaciones de México, España y América Latina. Es director de la revista literaria Tinta Seca. Es colaborador, asimismo, de las revistas Metérika (Costa Rica), Banda Hispánica y Agulha (Brasil). Actualmente se está capacitando como doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En 2009 fue reconocido por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana y la Facultad de Artes por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.

Homenaje a los atletas

Giorgio Manganelli

Traducción de Rodrigo Jardón Herrera.

La única objeción razonable, a mi modo de ver, de la reciente victoria conseguida por el equipo de los Granaderos de la ciudad de México en contra de la comitiva de estudiantes (se habla de setenta u ochenta contra dos o tres –el resultado exacto está por definirse, pero en cuanto al éxito, no hay dudas) es que el encuentro se desarrolló de forma deportivamente no del todo recta.

 

Olimpiadas de México 1968. Imagen especial.

Olimpiadas de México 1968. Imagen especial.

Si, como todo lo indica, los Granaderos fueron entrenados a partir del hermoso culto deportivo de la victoria, tendrían que concurrir en que los discapacitados que le impusieron al equipo de los estudiantes, por si fuera poco de forma tan repentina y sin la supervisión de árbitros establecidos y admitidos (lo que provoca, entre otras cosa, la incertidumbre sobre el marcador exacto de la victoria, que finalmente no beneficia el prestigio deportivo de los Granaderos) limitaron considerablemente desde el inicio la posibilidad de un juego articulado y dinámico; por lo tanto, si no se trata de mala educación, tendríamos que hablar de comportamiento poco deportivo.

Ciertamente, ninguno de nosotros quiere levantar objeciones en términos de rectitud: desde siempre, por costumbre y derecho, sabemos y reconocemos que los dirigentes del Estado –que nos gusta en este momento imaginar como un gran Estadio, en el ámbito del cual se llevan a cabo las competencias y la concurrencia de los ciudadanos– tienen la facultad de imponer laceraciones distintamente onerosas a sus súbditos, con límites muy poco mesurables, y en condiciones forzosas para los destinatarios; que pueden, en fin, darles puntapiés –mas no recibir– “llevárselos de calle” como se dice en términos futbolísticos, interrogarlos sobre lo que piensan, a dónde van o pretender ir, darles del tú, golpearlos, encarcelarlos; en fin, con los medios adecuados generar las condiciones para el inevitable deceso. El ius angariae es una cosa tan sancionada y santa que las eventuales y, por lo general, esporádicas quejas de los ciudadanos, no pueden más que presentársenos como síntomas de la incapacidad de ver las cosas en su justa prospectiva histórica; de hecho, a mi parecer, es una verdadera zafiedad mental, sino más bien de pura y simple maldad, esa “coacción a desobedecer”, que las madres bien conocen gracias a sus indóciles hijos. De hecho, no negarán los ciudadanos que la existencia de esas costumbres, indudablemente vejatorias, funge como arras y prueba de continuidad, orden; en fin, de garantizada y económica gestión de ese gran Estadio en el ámbito del cual los ciudadanos realizan sus pequeñas, privadas competencias. Si, por otra parte, los ciudadanos contaran con una cultura media, podríamos sugerirles la lectura de los Clásicos del Pensamiento, en los que se demuestra de qué manera la prisión, y sólo la prisión, nos hace libres.

Por tanto, las carencias del ciudadano, de las que se discurría a propósito del encuentro mexicano, no sólo se admiten, sino que son del todo correctas; nuestra objeción en cuanto a la victoria de los Granaderos –de la cual, no dudamos, vendrán más– es más de estilo, de animus, no tocante a lo legal.

Por otra parte, no podemos negar que también en otros lugares el sano espíritu deportivo ha sido maculado a causa de algunos comportamientos no del todo impecables; por ejemplo, el reciente encuentro ruso-checoslovaco les pareció a algunos expertos un poco confuso, incluso tedioso; y si bien, es cierto que en el amor y el deporte se hace todo lo posible por ganar, también es cierto que el deportista busca un juego limpio. En cuanto al encuentro que enfrentó a los atletas estadounidenses contra los nativos de Vietnam, no podemos negar que hayan asistido árbitros reconocidos y competentes; sin embargo, el interés del encuentro es limitado por el hecho, que me parece no ha sido lo suficientemente recalcado por parte de nuestros deportistas, de que se trata de un encuentro entre profesionales y amateurs; el hecho de que los profesionales, como suele suceder en estos deportes, no se muestren al largo plazo ni brillantes ni eficientes, no demerita la objeción de fondo.

A nosotros nos parece no sólo bello, sino significativo, e incluso noble, que las Olimpiadas hayan sido huéspedes de una ciudad en la que tan recientemente se llevó a cabo una tan impetuosa –al punto de mellar los límites de la tradicional rectitud latinoamericana– batalla de atletas de bandos opuestos: estupendo decatlón, que conjuntó persecución, carrera en terreno plano y con obstáculos, salto de altura y de distancia, prueba de galera, escalada, esgrima, pugilato; incluso, tiro al blanco. Nada puedo pensar más exquisitamente olímpico y, con las reservas antes señaladas, más típicamente deportivo. Confieso que no entiendo la perplejidad de los que hablan de una “pacífica fiesta deportiva”, y que se molestan a causa de esos súbditos muertos en el transcurso de un encuentro bastante tradicional. ¿Fiesta pacífica? ¿Pero a caso no todo el animus deportivo proviene de un origen bélico? ¿A caso no se habla en términos de adversarios, enemigos, pérdida, victoria, triunfo, vencidos? ¿No hay alianzas, pactos públicos y secretos? ¿No nos provoca alegría la victoria de los Nuestros –¡los Nuestros!? ¿No les recuerda nada este término brutal e infantil? ¿No se refiere totalmente con escarnio, con indignidad, al enemigo derrotado? ¿O, a caso, no se le vilipendia con el desdeñoso estrechar de manos? ¿Si no queda de otra, no disfrutaremos esa exquisita y delicada felicidad entre todas las deportivas, de ver cómo alguien ha vencido a un adversario que nos parece especialmente “odioso”? Basta con observar los nombres de estos equipos: no domésticos, rurales títulos de círculos pueblerinos; ¡oh no!; son grandes y solemnes los nombres que con todo derecho abanderan; se llaman Estados Unidos y Rusia e Italia y Francia, etcétera. Los Grandes Estados, las Naciones, los Continentes, las Razas, se retan, se enfrentan, se provocan, a través de sus anónimos ciudadanos, sus devotos, obedientes atletas.

Y observen a esos jóvenes, que de cada rincón del planeta confluyen en la fiesta violenta de las Olimpiadas. No se reúnen estos jóvenes, como se podría sospechar, conociendo la facilidad emotiva de las inmaduras generaciones, para abandonarse a excesos de viandas y bebidas, danzas o desordenadas licencias sexuales. ¡Oh no!, hipnotizados por el basilisco de la victoria, ellos reniegan de esas indulgencias de la gula y la libido que languidecen el suave cuerpo; se piensan y se cultivan ásperos y secos; renuncian a las pasiones privadas; saben que fueron elegidos como los mejores de su Estado, saben que en la patria lejana, vejados y vejadores finalmente, hermanados los observan. Y creo que hemos dicho todo lo necesario a cerca de la figura mitológica del atleta, cuando recordemos que no hay elogio mejor que llamar a alguien “valiente”; que al victorioso se le dan trofeos y medallas; por lo tanto, reconociendo en ellos el perfil anónimo en el que se confunden al Alumno Asesino y al Alumno Cadáver: el Soldado.

No hay sentimiento típico de las relaciones entre ciudadano y Estado y entre Estado y Estado que no encuentre su miniaturizado pero indudable símbolo en las hermosas pruebas deportivas. De hecho, si reconocimos la cualidad bélica del lenguaje deportivo, no nos será difícil constatar cuán deportivo es el lenguaje de la guerra. ¿No se habla de competencia de armamentos, llegar primero a alguna meta catastrófica y decisiva, derrotar al adversario –que nunca faltará, porque todos son adversarios– en la carrera hacia nuevos inventos y entramados de potencia? ¿Pero no podríamos entonces, quizás un poco audazmente, ver en aquellas minúsculas competencias no sólo el símbolo de estas otras, un poco más espaciadas pero rigurosamente homogéneas, sino también una más amplia alegoría de la admirable competencia en la que todos, súbditos de estos Estados, nos empeñamos: la siempre más rápida competencia para llegar primeros a la muerte? Todos, de alguna forma atletas, buscamos palpar, cultivar dentro de nosotros, nuestro duro esqueleto; como aquellos atletas lo hacen con sus efímeros cuerpos;  calculamos, nos agobiamos, nos engañamos con tal de que a nosotros, a nosotros solos, nos toque ensalzar la hermosa, triunfal antorcha en la que despunta la flama olímpica.

Quizás el amor al deporte me traicionó; mas no puedo no exaltarme, reconociendo cómo el destino de este planeta, en torno al cual rotan perplejos discos voladores provenientes de los espacios gélidos e inhóspitos, se resuma en el emblema geométrico y duro del Estadio, en el que se enfrentan los valerosos atletas, minuciosamente preparados, esbeltos en la medida exacta, sexualmente abstemios, los mejores hijos, los Nuestros.

Nota del editor: Giorgio Manganelli (1922-1990), licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Pavia.  Escritor, crítico, periodista, ensayista y traductor italiano. Fue profesor de Literatura Inglesa en la Universidad La Sapienza de Roma. Trabajó para la RAI, y cultivó la crítica literaria en diversos periódicos como Il GiornoLa Stampa Il Corriere della Sera. Hizo una gran labor como traductor y también trabajó para diversos grupos editoriales como asesor. Miembro del movimiento Neovanguardista italiano, publicó ensayos y novelas, caracterizados por su escritura barroca y compleja.   

Rodrigo Jardón Herrera, mexicano, egresado de la licenciatura en Letras Modernas Italianas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con especialidad en Traducción. Fue miembro del comité organizador del IV Coloquio para Estudiantes de Letras Modernas, donde presentó el trabajo: “Giorgio Manganelli y los ilimitados caminos de la locura”. Asimismo participó en la quinta edición de ese coloquio con la ponencia: “Teorema: el luminoso pesimismo. La fragmentación humana dentro del capitalismo, según Pier Paolo Pasolini”. 

No se hagan güeyes

Fernando N. Acevedo

Ofensivo el título, ¿no les parece? ¿Sí? ¡Ah, qué interesante! Déjenme decirles algunas cosillas, a ver si es cierto que les parece ofensivo.

Ilustración: JOSÉ SANTOS / The Drop.

Ilustración: JOSÉ SANTOS / The Drop.

Mi madre narra que en algún momento de su infancia, dos de sus hermanos peleaban por algo. De pronto, uno de ellos calificó al otro como ‟menso” y mi abuelo, famoso en Orizaba (en el Estado de Veracruz, México) entre otras cosas por no decir jamás una mala palabra, reprendió a quien a la postre sería mi tío o tía diciéndole que ‟a nadie se le debe llamar ʽmensoʼ porque es como calificarlo de retrasado mental”.  

No juzguen mal a mi abuelo. Si bien tenía un carácter muy serio, era un buen hombre; pondría mis manos al fuego por defender que él no consideraba el retraso mental como algo malo, bajo y ruin, sino más bien como un estado que no debería deseársele a nadie. Hoy día, ese tipo de discusiones entre hermanos se solucionan con un ‟pendejo” bien puesto.

No sé si esperar que muchos de ustedes, lectores de este artículo, estén riendo o sonriendo en este momento. Si lo hacen, pregúntense por qué el abuelo del autor consideraba el calificativo ‟menso” como una ofensa grave y, en cambio hoy, un ‟pendejo” —ofensa tanto o más grave— se nos resbala tan fácilmente.

Recuerdo que, al regresar de Italia para integrarme a la vida de la Ciudad de México, temía que mi urbe no me reconociera, que me fuera hostil. La primera vez que salí de casa y tomé un transporte de los que llamamos ‟pesero” (colectivos que cobraban un peso el pasaje cuando comenzaron a dar servicio; de allí el nombre que aún persiste no obstante que los más económicos cobran ya tres pesos con cincuenta centavos), lo hice con la sonrisa, la amabilidad y toda la carga de buenas vibraciones que pude para lograr que la ciudad me volviera a acoger de la mejor manera posible. Así fue afortunadamente, pero también me tocó escuchar algo que en su momento me pareció inverosímil, pues era poco común cuando me fui. El chofer venía platicando con un amigo suyo, y todos los pasajeros fuimos testigos de una charla muy parecida a la que invento a continuación:

—Oye güey qué onda güey ya hiciste eso güey

—No güey

—Güey Y por qué no güey Te digo güey de verdad que eres bien güey güey

—No manches güey te pasas conmigo güey te dije que le voy a echar ganas güey

—Pues no parece güey Yo nomás me entero de que esta vez no agarras la chamba por hacerte güey con lo de sacar tus papeles y te parto tu madre ahora sí güey

Debo detenerme, aunque les juro que luego de escuchar algo muy parecido a esta introducción a la nueva Ciudad de México, comencé a contar los ‟güey” con ayuda de mi madre, quien ya ni se espanta ni se ofende: llegamos casi a los cuarenta… ¡en menos de tres cuadras!

Les pido perdón por la redacción de la plática, pero está hecha así a propósito para un pequeño experimento: sustituyan los ‟güey” con signos de puntuación según lo crean conveniente, y verán que los alegres amigos, a punta de güeyes convertidos, tendrían un diálogo estilísticamente correcto. Vean si no:

—Oye, ¿qué onda?, ¿ya hiciste eso?

—No.

—¿Y por qué no? Te digo, de verdad que eres bien güey.

—No manches, te pasas conmigo, te dije que le voy a echar ganas.

—Pues no parece. Yo nomás me entero de que esta vez no agarras la chamba por hacerte güey con lo de sacar tus papeles y te parto tu madre ahora sí.

‟Güey” es una deformación de ‟buey”, animal al que se le atribuyen características de fuerza y aptitud para el trabajo pesado, pero también de una mansedumbre a prueba de todo. De allí que llamar a alguien ‟buey” o ‟güey” sea atribuirle, por extensión, el ‟menso” tan repudiado por mi abuelo. Y es que es menso —o sea, güey— el que se deja de otros, el que no piensa, el que se pierde, el que se equivoca, el que no puede.

Mi argumento es simple: el güey que hoy encontramos hasta en la sopa y que sirve a los amigos para no usar comas ni signos de interrogación en sus pláticas, antes era una verdadera ofensa. En mi niñez, llamar güey a un amigo implicaba hacerse acreedor de una paliza a la salida de la escuela. Hoy, además de usarse como lo hacen nuestros amigos del pesero, la madre lo usa para reprender al hijo que obtuvo mala nota en la escuela —¡Ay, hijo, eres bien güey! —, para aconsejar al amigo —No seas güey, mejor compra ése—, para preguntar por un desconocido —Oye, ¿quién es ese güey?— o incluso para reclamar a un pasajero en el metro — ¡Órale, güey! ¿No ve que me está pisando?

Pienso que ya es tal la fuerza de la costumbre en el uso que le damos a palabras como ésta, antes consideradas un insulto, que ya las adoptamos como algo natural. Y dirán que es normal, que el lenguaje evoluciona y adopta nuevas formas… pero llamo su atención hacia casos similares en otros ámbitos: nos estamos acostumbrando de la misma manera a ver como cotidiano y normal a las guerras, a la pobreza, a la indiferencia, a los malos tratos, a que los temas importantes nos importen poco, a la falta de educación y de civismo. Todas ellas son cosas que deberían ofendernos como seres humanos y que, sin embargo, no lo hacen más. Terrible, ¿verdad?

Tengo el vicio del cigarro y por ello salgo de la oficina para fumar. Lo enciendo y, mientras fumo, observo. Choferes de peseros que se pasan la luz roja del semáforo porque tienen prisa de subir más pasaje, o que bajan al pasajero donde se les da la gana y no en las esquinas; automovilistas que escucharon alguna vez que la vuelta a la derecha es continua y, con media regla de tránsito bajo el brazo —la otra mitad dice que siempre y cuando no vengan autos ni haya personas cruzando la calle sobre la que se va a dar vuelta—, instigan a bocinazos a los peatones no obstante que lo hagan con todo el derecho del mundo yendo sobre el área designada para ello; gente que tira cualquier cantidad de basura en la calle —y administradores públicos que no colocan un bote de basura en kilómetros a la redonda, salvo en el centro de la ciudad.

Dicen que decía mi bisabuelo paterno ya algo borracho, a viva voz y en plena cantina: ‟No sé qué tengo en los ojos que puros güeyes veo.” Pero nunca faltaba quien, con pistola en la cintura, le respondía: ‟Pues váyase con cuidado, don Tiburcio, que de eso se mueren muchos.” Ante esos argumentos, no queda de otra que mejor hacerse güeyes, ¿verdad?

Nota del editor: Texto publicado en la revista cultural mexicana Bicaalú, número 42, noviembre, año 11. Se reproduce en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor. 

Fernando N. Acevedomexicano, es Analista en Sistemas de Información. Ha publicado cuentos, artículos de recomendaciones discográficas, poemas, traducciones en el suplemento Confabulario (1ª. temporada) del periódico Novedades, así como en el suplemento Guardagujas del periódico La Jornada Aguascalientes. Desde diciembre de 2011, publica textos sobre cultura general en la revista Bicaalú. A partir de mayo de 2013, participa como co-conductor del programa Labios de Tinta, transmitido semanalmente en streaming por radiotv.mx. Asistió en diversas épocas a talleres de creación literaria impartidos por Edmundo Valadés, Agustín Jiménez y Gabriel Bernal Granados. A manera de ejercicio, ha traducido del italiano al español textos de autores como Italo Calvino, Giovanni Papini, Alessandro Baricco, Umberto Eco, algunas versiones italianas de Daniel Pennac y, sobre todo, dos libros del guionista y poeta Tonino Guerra. Actualmente se desempeña como Analista Senior para la Empresa Libélula Consultoría Digital.

Las batallas en el desierto

Tarik Torres Mojica

“Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?” (p. 9). Con estas líneas inicia Las batallas en el desierto (1981), novela de José Emilio Pacheco, gran escritor e intelectual de nuestro tiempo, fallecido el 26 de enero, en la Ciudad de México.  

“Las batallas en el desierto”, de José Emilio Pacheco, Ediciones Era, México, 2011.

“Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco, Ediciones Era, México, 2011.

José Emilio Pacheco ha sido uno de los escritores mexicanos contemporáneos de la que no puede dudarse de su gran valor tanto personal como literario. Fue un intelectual, un académico y escritor que hizo de la poesía su territorio preferido, pero que también desarrolló su quehacer en el mundo del ensayo y la narrativa, de la traducción y que se le reconoció como un hábil e inteligente antologador.

Dentro de su vertiente como narrador se ubican colecciones de cuentos como La sangre de Medusa y otros cuentos marginales (1959), El viento distante (1963) o Tarde de Agosto (1992) y novelas como Morirás lejos (1967), El principio del placer (1972) y Las batallas en el desierto (1981); esta última, una de las obras más difundidas y conocidas, y que ocupa nuestra atención en esta ocasión en que queremos hacerle un sentido homenaje a un hombre que fue un virtuoso de la palabra y cuyo pensamiento y obra sobrevive en sus escritos y testimonios de quienes tuvieron el gusto de conocerlo en vida y por medio de sus escritos.

El marco temporal y espacial de Las batallas en el desierto está en la memoria; en los lindes de lo soñado y lo vivido; entre la edad adulta y la infancia. Puede decirse que esta novela tiene el olor agridulce del desencanto de quien despierta y aprende a percibir el mundo sin máscaras.

Las batallas en el desierto es una novela que gradualmente se ha ido deslizando como una obra indispensable dentro del canon literario mexicano, en parte por testimoniar los cambios sociales y culturales que se gestaron en México a mediados del siglo XX, pero, sobre todo, por su gran calidad narrativa.

Esta novela evoca a la Ciudad de México, durante los años cincuenta: fue la época de la modernización industrial y social; época de los gobiernos emanados de la Revolución donde se logró una relativa paz social y estabilidad económica, en detrimento de las libertades ideológicas y políticas. Fue el tiempo en que se construyó la idea de un México como una nación urbana y cosmopolita, y en el proceso le dio la espalda a su pasado rural, indígena e hispánico. Fue el tiempo de los “cachorros de la revolución”; época en que se concentró el poder político y económico en unas cuantas manos, pero se cuidó construir la imagen de un Estado paternal y proveedor.

Pero la obra de Pacheco no únicamente hace una radiografía del México que buscaba modernizarse bajo la idea de ser una nación nueva, emanada de un movimiento revolucionario; también es, estéticamente, una obra compleja que se construye por medio de palabras, frases precisas que erigen un mundo que está en ebullición, que se constituye por medio de imágenes, ilusiones: “La cara del Señor presidente en donde quiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre […]” (10).

También es una obra que tiene a su favor la belleza de lo vertiginoso que se suscita por medio de frases cortas que unen opuestos; lo terrible con lo fantástico: “Decían los periódicos: El mundo atraviesa por un momento angustioso. El espectro de la guerra final se proyecta en el horizonte. El símbolo sombrío de nuestro tiempo es el hongo atómico. Sin embargo había esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: Visto en el mapa México tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia” (11). Es una narración hiperrealista que, precisamente, por los detalles y lo tremendo de lo representado, parece contener vida sin dejar de ser un sueño o, tal vez, una pesadilla.

Las batallas en el desierto es una invitación para pensar nuestras identidades, nuestro entorno cambiante y reflexionar acerca de los límites de nuestra memoria, de las imágenes y los símbolos que le dan forma a nuestro estar en el mundo.

Tarik Torres Mojicamexicano, es doctor en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana de México. Trabaja como profesor de tiempo completo en el Departamento de Estudios Culturales de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad de Guanajuato, Campus León, México.

 

El cuento como género en la actualidad. Tres visiones.

Juan Pablo Torres

Quizás el cuento sea el primer canal por el que llegamos a la literatura, el primer peldaño para no perder la capacidad de imaginar. ¿Pero, por qué es importante imaginar? ¿Trascendemos al momento de imaginar o simplemente cumplimos con el deseo del autor de ser leído?

Juan Pablo Torres. Foto cortesía.

Juan Pablo Torres. Foto cortesía.

Imaginar es importante porque es una rebelión, y es que cuando los niños les preguntan a sus padres algo que estos no saben responder, les piden que no pregunten. Leer se puede convertir en la respuesta, e imaginar amplía las posibilidades, pues genera personas analíticas, críticas, creativas. Para esto, los cuentos son una fuente interminable de imágenes, de tramas, de resoluciones, son el enfrentamiento con el mundo interior de los lectores. Es decir, el cuento no es la historia que comparte el autor, es un facilitador de autoconocimiento. La trascendencia del cuento radica en la formalidad que le damos a sus palabras, a eso que motiva un cambio al momento de leerlo. Concluirlo es un satisfactor, es intangible pero provoca sensaciones equivalentes a la música. Es un satisfactor más rápido que la novela, por ejemplo, pues en una línea o en unas cuantas páginas tenemos un final, hemos resuelto las tensiones y hemos cargado con los personajes. Nuestro mundo interior empieza a funcionar. Mejor aún, hemos controlado a la mente hasta lograr concentrarnos; algo que nadie nos enseñó.

El cuento es también la mejor herramienta para los nuevos escritores. En la ficción, permite ordenar las ideas y los conceptos básicos en ellos, dominar todas las mentiras posibles hasta proponerlas como una verdad disfrazada, tan bien, que se invadan los recuerdos, los miedos, las alegrías, las burlas, la experiencia de los lectores. El cuento en su más puro estilo de taller de escritura creativa, fomenta el desarrollo del autor, lo forma, lo patea, lo endiosa, lo arrastra y lo ubica en el oficio de contar historias surgidas de la realidad, de su realidad, que no es tan diferente a la del lector. El cuento sin lector se queda en un trabajo terapéutico e individual. Con lector, se vuelve una terapia de grupo. El cuento es una muestra de nosotros mismos, de nuestras conductas, actitudes, del reflejo en la dinámica social, del espesor de las visiones subjetivas, del pensamiento colectivo, de nuestras reacciones como seres tan simples o tan complejos, es la pantalla en la que se proyecta la vida y la muerte, la estética de los valores universales, la complexión de la verosimilitud. En el cuento, el autor puede ser lo que nunca será en su vida, lo que nunca quisiera ser, puede ser todos y ninguno de sus personajes. Sin embargo, su aparente sencillez hace que lo inabordable parezca una migaja bajo el sillón.

Una vez ahí, en el cuento se depositan los complejos y los anhelos, se administran las palabras y las oraciones de tal forma que, por unos cuantos minutos, cualquier universo cabe en la imaginación.

En términos prácticos, si usted lee un cuento, crea un vínculo tan endeble y tan resistente con el autor, que podría terminar en una cantina con él discutiendo sobre la historia contada, pero también podría discutirlo con su hijo, con su amigo, con su hermano. Los cuentos son puentes del pensamiento, son la rebelión de los niños, son la respuesta para los adultos. No cuesta mucho tomar un cuento y hacer como que nada pasa alrededor.


Nota del editor: Texto leído en la XXIV  Feria Nacional del Libro de León, México, 2013, en la mesa de reflexión: El cuento como género en la actualidad. Tres visiones. Participaron Gerardo Cárdenas y Juan Pablo Torres. Se publica en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor.


Juan Pablo Torres, mexicano, ha publicado las novelas Despídete del destino (Instituto Cultural de León, 2010) y Los de Arriba (Díseres, 2011; Instituto Cultural de León, 2012). Como integrante de talleres de escritura, ha participado en Altaller (Universidad de Guanajuato, Guanajuato) con A.J. Aragón, Escritura Autobiográfica (Ciudad de las ideas-Alfaguara, México, D.F.) con Xavier Velasco, Creative Writing (The John Osborne Arvon Centre, Shropshire, Inglaterra) con Toby Litt, Ghost Stories (The Moniack Mhor, Inverness, Escocia) con Patrick Gale. Dirige los talleres «Cuento+Ficción+Net» en la Universidad Iberoamericana León y dirigió el taller de cuento corto durante los Interculturales Lux 2012. Colaboraciones en las revistas Tierra Adentro, Contratiempo, Díseres; en el periódico El Sol de León; en Televisa Bajío; Ultra fm 98.3; Exa fm 104.1. Ha participado en la Feria Nacional del Libro de León (FeNaL), en el Festival de Literatura del Noroeste (FeLiNo), en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), en el 1er. Encuentro Nacional de Escritores en Reynosa, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL).  

Periodismo Cultural

Ricardo Muñoz Munguía

Primeramente quiero agradecer a la directora de la FeNaL: Lic. Ángeles Suárez Tacotalpan, por su brillante labor al frente de esta feria; al promotor y difusor de la cultura que actualmente radica en el Reino Unido: Eduardo Estala Rojas; y agradecer también el honor que tengo de estar hoy aquí, en esta mesa de Periodismo Cultural, con Gerardo Cárdenas: profesor, investigador y periodista cultural en Estados Unidos; a la periodista cultural Irma Gallo, a Kennia Velázquez, historiadora y reportera cultural, a la también periodista cultural Adriana Cortés Koloffon, una maravillosa amiga que ha llevado a cabo, a través de la entrevista, un amplio panorama que nos permite conocer a fondo tanto a autores como a sus obras; a Guillermo Samperio, un gran amigo y estupendo escritor que ha sabido profundizar ya no sólo en el periodismo cultural sino en su política y hasta en su economía y, sobre todo, a todos los presentes.

Ricardo Muñoz Munguía. Foto cortesía.

Ricardo Muñoz Munguía. Foto cortesía.

Sin duda, esta feria, que es de fiesta, es una magnífica oportunidad para darle la espalda al caos que México hoy vive, un México violento que da la espalda a la cultura. Por ello, aprovechemos y valoremos el significado de este tipo de eventos.

También quiero hablar de lo que se me ha pedido, que es la responsabilidad de estar en un medio de periodismo cultural, como el que ocupo actualmente en La Cultura en México, de la revista Siempre! —por cierto, en el que estoy para celebrar mi vals, pues cumplí ya quince años en este medio—, me hace prender las antenas y aprender de las buenas plumas. Una labor que en muchas ocasiones se vuelve espinosa por los casos de cuando se debe rechazar un texto, ya sea porque es insustancial o muy mal escrito o porque perdió vigencia. Sin duda, por su inmadurez o avaricia, un quehacer de conseguir enemigos, pero principalmente está la firme idea de mostrar el real periodismo cultural y afortunadamente tenemos el respaldo de autores valiosos. Por ello mismo, como lo he dicho a la menor provocación, el suplemento La Cultura en México está abierto al trabajo de exigencia, que contiene ideas y conocimiento, venga de quien venga; así pues, les doy nuestra dirección electrónica porque sé que habrá varios interesados: laculturaenmexico@yahoo.com.mx. Después del anuncio, es de mencionar que las ramas del periodismo cultural —donde cabe la música, el cine, el teatro, el reportaje, la entrevista que hurga en el fondo de la obra y del autor, las reseñas a libros de diverso género: ensayo, creación literaria, de investigación— procuramos atender a las propuestas más serias.

Por otro lado, lo que ya es muy dicho, de que la cultura y el periodismo cultural son castigados. Y de tal castigo pues cada vez se cierran más los espacios y/o en algunos medios la paga se vuelve más simbólica y en varios casos ni eso. El Periodismo Cultural es amor al arte, literalmente, un amor que debe ser correspondido porque de eso no sólo se vive, sino también se le invierte. Ello me hace recordar la anécdota de Armando Ponce con Julio Scherer cuando éste le propuso a Ponce fuera a cubrir la nota de que Octavio Paz muy posiblemente recibiría el Premio Nobel, o que no lo recibiría, lo que también sería una nota importante. Armando prefirió proponer a Carlos Puig y éste fue a la Universidad de Utah, donde estuvo con Paz y su esposa; el poeta no recibió en esa ocasión el premio, y la nota se tituló “El día que no le dieron el Nobel a Paz”. Finalmente se habla de invertir, aunque no se dé lo esperado, como precisamente fue el caso de Irma Gallo cuando consiguió la entrevista a José Emilio Pacheco, entrevista que no fue, pero Irma la supo iluminar con una estupenda crónica que aparece en la revista Variopinto de este mes.

Y para entrar en la esencia de lo que nos ocupa en esta mesa, abundaré en algunos puntos del enorme mundo que es el periodismo cultural. En el nacimiento de la inteligencia estaba firme la inquietud por el conocimiento, ante el conocimiento estaba el alumbramiento de la cultura y ante la cultura estaba la germinación del periodismo.

Gabriel Zaid ha enmarcado esta idea en una oración de exacto tino: “La cultura, que dio origen al periodismo, vuelve al periodismo por la puerta de atrás”. Y, en efecto, es de mencionar que pareciera ser que se trata de un ciclo, que su periodo de iniciar el retroceso ya tiene importantes avances. Apuntalemos esta postura: la diversidad de ideas, o algo parecido a ideas, pululan en el gigantesco mundo de la difusión, tanto impreso como digital. Ya no se trata de los escasos medios impresos que tenían una circulación entre lectores, que merecían cada una de las letras porque había exigencia en el periodismo cultural, ahora se trata navegar entre una enorme lista de medios y “periodistas culturales”, entre comillas, que, debemos aceptarlo, son la mayoría y no es que devalúen el valioso periodismo cultural, sino que abren una nueva propuesta, por llamarla de algún modo, alterna que, por su dimensión y flaqueza, le entran varios aunque de sustancia no se llevan nada.

Es así que nos encontramos con el periodismo de José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Vicente Leñero…, por mencionar a algunos. Sin duda, se vivía el clímax de la inteligencia y el conocimiento. Pero no nos debemos sentir en la orfandad, pues las valiosas plumas, simplemente, no pueden tener extinción, aunque se vean como luciérnagas en la noche apabullante de un periodismo reducido al amarillismo, a los eventos sociales, al embarazo de equis mujer o de la arruga que presentaba el traje de fulano de tal. De esa carga funesta creo vale, por mucho, el periódico mural que —ilústrenme si así sigue o no— en la primaria o en la secundaria se daba información de una noticia que era tratada en la escuela o, por alguna fecha histórica, se abundaba sobre el tema y, por qué no, hasta del próximo evento que tenían en puerta, ya sea el bailable del día de las madres o la celebración del día del niño.

Los exigentes lectores jóvenes, que tienen la perfecta claridad de su rumbo, se vuelven para sí mismos exigentes cuando se trata de tomar la pluma. Y en ese panorama, decía para no quedarnos en la orfandad literaria o cultural, han aparecido varios nombres que, por mencionar unos cuantos, podemos ver a David Huerta, Christopher Domínguez, Ignacio Solares, Marco Antonio Campos, Guillermo Samperio… Una tarea que si insistimos en ver el hilo de los hacedores del periodismo cultural nos acercamos a Alberto Chimal, César Arístides, Adriana Cortés Koloffon, Julio Trujillo, Jorge Volpi, Julián Herbert, Pedro Ángel Palou y, ya con mayor enfoque enlistaríamos así, de botepronto, a Hernán Bravo Varela, Javier Munguía o, precisamente, a Eduardo Estala, quien desde el Reino Unido, es un importante promotor y difusor de la cultura tanto para México como para Estados Unidos o para su lugar de residencia.

Por último, no soslayemos que tenemos un país violento, al que se le teme, donde ya tuvimos por mucho tiempo a la ciudad más peligrosa del mundo: Ciudad Juárez, y que ahora Acapulco ocupa el segundo sitio. Un México que sus gobernantes han tomado la cultura, y lo siguen haciendo, como si se  tratara de unas cuantas gotas de cloro en la alberca pero, si lo meditan un poco, sabrán que sin esa sustancia clorada, el agua de la alberca se pudre, como se pudre cada día este México nuestro. Muchas gracias.


Nota del editor: Texto leído en la XXIV Feria Nacional del Libro de León, México, 2013, a propósito de la mesa que abordó el tema: “Periodismo Cultural en México y Estados Unidos”. Se publica en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor.  


Ricardo Muñoz Munguía, mexicano, poeta, narrador y crítico literario. Es autor de los poemarios Aire corredor, aparecido en la colección El ala del tigre de la UNAM en el año 2000; Amanterio, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, en 2005; Polvo de pabilos, de aparición en K Editores en 2010; de Melodías del suplicio, publicado por la BUAP en 2011 y de Luz silente, de próxima aparición en la UNAM. Su quehacer poético se incluye en antologías como Vuelta a la casa en 75 poemas (Editorial Planeta, 2001), Bestiario inmediato (Ediciones Coyoacán, 2000), 99 poemas de amor (Editorial Random House Mondadori, 2007), Anuario de poesía 2007 (Fondo de Cultura Económica) y en la Antología de poesía latina (Facultad de Filosofía y Letras, de la BUAP) entre otras. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Rubén Bonifaz Nuño en 1997. Su labor creativa y de crítica se ha publicado en distintos diarios y revistas, entre ellos La gaceta (FCE), Arena (Excélsior), la sección cultural de El Financiero, Tragaluz (Guadalajara), Solar (Instituto Cultural de Chihuahua), el suplemento La Cultura en México, de la revista Siempre!, del que actualmente es columnista y coordinador de redacción, y en la Revista de la Universidad de México (UNAM) en la que colabora en la corrección de la misma y donde es encargado del departamento de publicidad. Ha obtenido la beca a Creadores por parte del Conaculta en el Estado de Puebla.