El cuento como género en la actualidad. Tres visiones.

Juan Pablo Torres

Quizás el cuento sea el primer canal por el que llegamos a la literatura, el primer peldaño para no perder la capacidad de imaginar. ¿Pero, por qué es importante imaginar? ¿Trascendemos al momento de imaginar o simplemente cumplimos con el deseo del autor de ser leído?

Juan Pablo Torres. Foto cortesía.

Juan Pablo Torres. Foto cortesía.

Imaginar es importante porque es una rebelión, y es que cuando los niños les preguntan a sus padres algo que estos no saben responder, les piden que no pregunten. Leer se puede convertir en la respuesta, e imaginar amplía las posibilidades, pues genera personas analíticas, críticas, creativas. Para esto, los cuentos son una fuente interminable de imágenes, de tramas, de resoluciones, son el enfrentamiento con el mundo interior de los lectores. Es decir, el cuento no es la historia que comparte el autor, es un facilitador de autoconocimiento. La trascendencia del cuento radica en la formalidad que le damos a sus palabras, a eso que motiva un cambio al momento de leerlo. Concluirlo es un satisfactor, es intangible pero provoca sensaciones equivalentes a la música. Es un satisfactor más rápido que la novela, por ejemplo, pues en una línea o en unas cuantas páginas tenemos un final, hemos resuelto las tensiones y hemos cargado con los personajes. Nuestro mundo interior empieza a funcionar. Mejor aún, hemos controlado a la mente hasta lograr concentrarnos; algo que nadie nos enseñó.

El cuento es también la mejor herramienta para los nuevos escritores. En la ficción, permite ordenar las ideas y los conceptos básicos en ellos, dominar todas las mentiras posibles hasta proponerlas como una verdad disfrazada, tan bien, que se invadan los recuerdos, los miedos, las alegrías, las burlas, la experiencia de los lectores. El cuento en su más puro estilo de taller de escritura creativa, fomenta el desarrollo del autor, lo forma, lo patea, lo endiosa, lo arrastra y lo ubica en el oficio de contar historias surgidas de la realidad, de su realidad, que no es tan diferente a la del lector. El cuento sin lector se queda en un trabajo terapéutico e individual. Con lector, se vuelve una terapia de grupo. El cuento es una muestra de nosotros mismos, de nuestras conductas, actitudes, del reflejo en la dinámica social, del espesor de las visiones subjetivas, del pensamiento colectivo, de nuestras reacciones como seres tan simples o tan complejos, es la pantalla en la que se proyecta la vida y la muerte, la estética de los valores universales, la complexión de la verosimilitud. En el cuento, el autor puede ser lo que nunca será en su vida, lo que nunca quisiera ser, puede ser todos y ninguno de sus personajes. Sin embargo, su aparente sencillez hace que lo inabordable parezca una migaja bajo el sillón.

Una vez ahí, en el cuento se depositan los complejos y los anhelos, se administran las palabras y las oraciones de tal forma que, por unos cuantos minutos, cualquier universo cabe en la imaginación.

En términos prácticos, si usted lee un cuento, crea un vínculo tan endeble y tan resistente con el autor, que podría terminar en una cantina con él discutiendo sobre la historia contada, pero también podría discutirlo con su hijo, con su amigo, con su hermano. Los cuentos son puentes del pensamiento, son la rebelión de los niños, son la respuesta para los adultos. No cuesta mucho tomar un cuento y hacer como que nada pasa alrededor.


Nota del editor: Texto leído en la XXIV  Feria Nacional del Libro de León, México, 2013, en la mesa de reflexión: El cuento como género en la actualidad. Tres visiones. Participaron Gerardo Cárdenas y Juan Pablo Torres. Se publica en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor.


Juan Pablo Torres, mexicano, ha publicado las novelas Despídete del destino (Instituto Cultural de León, 2010) y Los de Arriba (Díseres, 2011; Instituto Cultural de León, 2012). Como integrante de talleres de escritura, ha participado en Altaller (Universidad de Guanajuato, Guanajuato) con A.J. Aragón, Escritura Autobiográfica (Ciudad de las ideas-Alfaguara, México, D.F.) con Xavier Velasco, Creative Writing (The John Osborne Arvon Centre, Shropshire, Inglaterra) con Toby Litt, Ghost Stories (The Moniack Mhor, Inverness, Escocia) con Patrick Gale. Dirige los talleres “Cuento+Ficción+Net” en la Universidad Iberoamericana León y dirigió el taller de cuento corto durante los Interculturales Lux 2012. Colaboraciones en las revistas Tierra Adentro, Contratiempo, Díseres; en el periódico El Sol de León; en Televisa Bajío; Ultra fm 98.3; Exa fm 104.1. Ha participado en la Feria Nacional del Libro de León (FeNaL), en el Festival de Literatura del Noroeste (FeLiNo), en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), en el 1er. Encuentro Nacional de Escritores en Reynosa, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL).  

Estados de neuralgia

Liliana Pedroza Castillo

Liliana Pedroza Castillo. Foto de Alicia Arvayo.

Liliana Pedroza Castillo. Foto de Alicia Arvayo.

Es un dolor que comienza por las mañanas en la mandíbula, baja por el cuello y se extiende por los hombros. Despierto, antes de levantarme, identifico ese cosquilleo punzante que va de una parte a otra, concatenado, reconociendo el territorio. Hace unos días, el dolor empezó a caminar por el inicio de la espalda. A veces es sólo la mandíbula rígida y el hormigueo en el brazo derecho hasta mi puño hermético. He tenido que cortarme las uñas con cierta frecuencia, para no sentirlas enterradas en la palma de mi mano. El agua caliente de la ducha aminora la molestia muscular. Nunca he subido a un avión. Me da miedo. Imaginar incluso la sensación del despegue me paraliza la cara. No he viajado a ninguna parte, ni en bus ni en automóvil, pero he decidido comprar de esas almohadas de viaje que he visto en la televisión o en alguna película. Esos cabezales duros, en forma de U, que parecen no ser cómodos, pero ayudan a no lastimarse el cuello, según dicen.

Desde hace algunas noches me sueño dentro de un avión. Durante una semana completa se repitió la misma escena de subir a uno. Algunas veces he estado en el asiento del pasillo, otras junto a la ventana. Generalmente, el lugar de al lado está vacío, otras veo el brazo delgado de una mujer. Los sobrecargos daban indicaciones para casos de emergencia. Los miraba sin registrar lo que decían. Una azafata se acercaba para pedir que me abrochara el cinturón de seguridad. El momento del despegue no se producía o no lo recordaba. Fue cuando detecté la rigidez de la mandíbula y cierto problema dental. Un dolor de muelas se presentó sin dejarme dormir por dos noches. En ese espacio de tiempo sin sueños comencé a sentirme más relajado. Llegaba fatigado a la oficina pero sin esa molestia en la parte inferior de la cara. El problema bucal desapareció con unos cuantos analgésicos y pude dormir.

Volví a soñarme en el avión, despertaba varias veces en una noche y volvía a la misma parte del sueño: el despegue. Mis manos rodeaban fuertes las esquinas de los descansabrazos. Miraba el respaldo de enfrente y mis rodillas, a veces el pantalón claro de mi acompañante. El pulso acelerado. En el trayecto al trabajo, me di cuenta de las marcas profundas de las uñas sobre la palma de mi mano derecha. El cosquilleo de la mandíbula avanzaba como río sobre la cara superior de mi brazo hasta las falanges. El dolor de muelas regresó. El médico no encontró caries, pero me recetó una dosis baja de calmantes. Bajo el efecto de las píldoras pude realizar el despegue, controlé la sensación de no estar en tierra firme, aunque seguía provocándome sudoración el sonido de los motores. Las noches siguientes pude ver el perfil de la mujer al lado mío. Una joven de rasgos escandinavos que cerró los ojos en cuanto el avión se estabilizó en el aire. De la cara traslúcida se distinguían pequeñas venas azules junto a la boca. Los labios delgados, rosas, sin rastro de pintura. Deduje que el avión era grande. Tenía dos pasillos largos y, entre ellos, cinco asientos. Dos en cada costado, lo que daban nueve en una sola hilera. El cosquilleo punzante de la mandíbula comenzó a instalarse por el cuello. Por las mañanas, en el microbús, hacía ligeros ejercicios, ladeaba la cabeza de un extremo a otro o la movía en semicírculos, como me había recomendado una compañera de la oficina.

Comencé a habituarme al sueño del avión. Una noche, cerré la ventanilla e incliné el asiento para dormir igual que como lo hacía la escandinava. Poco después un sobrecargo me ofreció una bebida y sólo logré cabecear un rato. La mujer de al lado no despertaba. Traté de levantarme al baño, pero para eso tenía que pasar encima de ella y no quería molestarla. Al despertar para ir a la oficina sentía una ligera hinchazón en la parte baja de mis piernas y en mis pies, pero no le presté tanta atención como a ese hormigueo que avanzaba por los hombros y ya iba hacia lo alto de la espalda. Por ello decidí ir a comprar esas almohadas de viajes. Fui a un almacén y adquirí una. La utilicé las noches siguientes. Devolví el vaso semivacío a la azafata. Sentía un poco de claustrofobia al no poderme levantar al pasillo. Observé alrededor que la mayor parte de los pasajeros dormían con un antifaz puesto sobre sus ojos. Miré una pantalla grande del avión colocada entre los dos pasillos. Informaba la altitud, la hora actual del sitio de origen y la del destino. Leí con interés. Quise preguntar en qué parte de la geografía quedaba eso adonde nos dirigíamos. Llevaba tres horas de vuelo y restaban dieciséis, según la pantalla. El sueño parecía interminable. 

Desperté tratando de recordar sin éxito el nombre del destino. Buscaba información sobre nombres que creía aproximados, pero no me quedaba satisfecho. A la hora del almuerzo entraba a agencias de viajes preguntando por sitios exóticos. Ninguno me hacía referencia al nombre del lugar. Nombre que ni siquiera recordaba. Comencé a descuidar los manejos contables. Mi compañera me hacía ver los errores en mis hojas de cálculo, antes de que llegaran al jefe. Pero eso me obligaba rehacer parte del trabajo; me volví más lento y torpe.

En casa, coloqué un cuaderno y un lápiz en la mesa de noche. Dormí y volví a mirar la pantalla con atención, repetí entre dientes el nombre que aparecía en la pantalla para poder recordarlo. Desperté. Escribí Klampur. Di varias vueltas a lo escrito, días más tarde anoté Kuala Lumpur, haciendo una aproximación con el nombre del sueño, pero no estaba seguro. Había dejado de ir a la oficina con el pretexto del dolor muscular, el cual avanzaba hacia la mitad de la espalda para colocarse en la cintura. Un dolor que aparecía como un tirón del cuerpo a lo largo de la espina dorsal y que me hacía permanecer varios minutos en la cama antes de poder levantarme. La hinchazón en los pies no me permitía usar las pantuflas con comodidad. Traté de prolongar las horas de sueño. En una de ellas, la escandinava despertó, sus ojos eran de un azul claro que resaltaban con la palidez de su cara. Tenía el cabello rubio y ondulado que le llegaba al mentón. Creo que la observé por demasiado tiempo, porque ella se giró hacia mí, seria, aún adormecida, y luego se volvió hacia el lado contrario, ignorándome. En la pantalla pude ver un mapa con el trayecto del avión, una línea punteada anotaba el recorrido realizado. Un círculo rojo señalaba el destino. Malasia. No me había equivocado. Me pregunté qué haría la escandinava en un país como ése. Luego reparé en qué iba a hacer yo cuando arribáramos. Me levanté de la cama con cierta preocupación, el dolor se concentró en los hombros y cuello en forma de T, siendo más fuerte en el punto en que se cruzaba, perpendicular. Tenía también los oídos cargados de aire.

Volví a la agencia para preguntar por los vuelos a Malasia. Me sorprendió que una de las mujeres que atendía, cabello oscuro, tuviera los ojos del mismo color que la escandinava. Nos miramos un momento como reconociéndonos, pero luego la vi alejarse por una de las puertas. En la agencia no se ocupaban de ese destino. Decidí investigar por cuenta propia, pero, camino a casa, pensé que el sueño del viaje se estaba complicando. Comencé a mirar la televisión durante horas para evadirme, entraba a cines y a bares hasta el cierre. Consumía grandes cantidades de café. El dolor de la espalda y la cintura, la molestia de los pies inflamados, persistían. No soportaba estar mucho tiempo sentado, pero volver a la cama era volver al sueño. Caminé sin cesar por la habitación. Miré las uñas de mis manos bastante crecidas y noté algunos arañazos en mi cuerpo. El cansancio me dominaba. Vaso con agua en mano me tomé varios comprimidos para dormir largamente. Coloqué unos objetos de aseo personal y un cambio de ropa en el maletín que llevaba a la oficina, a falta de maleta. Lo puse junto a la cama. Me tumbé boca abajo empujado por el sueño que me vencía. Me quedé dormido. Estaba decidido en pedirle ayuda a la escandinava o a la sobrecargo. Ahora sí no dudé en que me quedaría a vivir en Kuala Lumpur. Tal vez me hiciera amigo de la mujer traslúcida.

Liliana Pedroza Castillo, mexicana, es narradora y ensayista. Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua con estudios de doctorado por la Universidad Complutense de Madrid. Ha obtenido el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri 2009, el Premio Chihuahua de Literatura 2008 en género cuento; Premio Extraordinario de Cuento Hiperbreve en el Concurso Internacional de microficción Garzón Céspedes y la Mención de Honor del Concurso Nacional de Cuento Agustín Yáñez. Ha sido incluida en diversas antologías como Gaviotas de azogue; La conciencia imprescindible, ensayos sobre Carlos Monsiváis; Nuestra Aparente Rendición, Los colores del recuerdo. Chihuahua, ríos de luz y tinta y El sol sobre los ojos. Ha publicado también en revistas culturales nacionales y extranjeras, y algunos de sus cuentos han sido traducidos al francés y griego.Es autora de Andamos huyendo, Elena (Ed. Tierra Adentro, 2007), Vida en otra parte (Ficticia Editorial, 2009) y Aquello que nos resta (Ed. Tierra Adentro, 2009). www.lilianapedroza.com

21 de junio

Eduardo Estala Rojas*

Al cruzar el cementerio general de Nottingham veo a un hombre delgado con cierto parecido físico con Abraham Lincoln, me recuerda también al compositor mexicano Agustín Lara. Lo curioso es que se ha detenido a saludarme, algo no muy común en esta isla donde vivo hace varios años.  

"La llave de los elementos" de  Eduardo Estala Rojas. Edición de autor, Reino Unido, 2013.Páginas: 62. Portada: Vicente Rojo. Diseño gráfico: Olivia Liendo. Precio e-book: 8 libras esterlinas. Número de registro: 284674316.

“La llave de los elementos” de
Eduardo Estala Rojas.
Edición de autor, Reino Unido, 2013. Páginas: 62.
Portada: Vicente Rojo. Diseño gráfico: Olivia Liendo. Precio e-book: 8 libras esterlinas. Número de registro: 284674316.

Buenas tardes, caballero”, expresa con acento británico y observa su reloj color dorado; el aparato es antiguo ya que los números sobresalen con la luz del sol y no se puede distinguir el tiempo, solamente en la sombra puede verse la hora, los minutos, los segundos. 

“Buenas tardes, señor”, respondo y percibo una chispa de escalofrío en todo mi cuerpo. En este primer contacto y en el segundo llega a mi mente una llamada telefónica que recibí el 21 de junio a las doce de la tarde, cuando vivía en la ciudad de Chicago, hace nueve años o quizá diez. No olvidaré los cirios y el sonido de los rezos alrededor de mi cuerpo para dar palos de ciego a mis creencias esotéricas. 

Su voz y la mía son similares a la persona que llamó para notificarme que perdería mi trabajo con los hermanitos el día de mi cumpleaños. Parecían las voces de un médium o de un vidente, seres especiales tan socorridos y generosos que habitan en ciertas partes del mundo.  No es extraño que en la ciudad de Nottngham sigan ofreciendo servicios espiritistas los hermanitos en la First Spiritualist National Church desde hace 148 años.

Las voces y las imágenes pasaron tan rápido entre el sonido de los cuervos que están cantando y mirándonos desde lo alto de los árboles. Escucho la voz nuevamente con otra pregunta: “¿Seguro es la tarde, caballero?”, duda un poco y mira alrededor el asombrado Abraham. Como no sé quién es él, trato de llamarlo con un nombre al azar, pues las lápidas verticales tienen cientos de nombres para escoger. No quiero incomodarlo al preguntar si se llama Robert o Arthur, como el rey que tiene como consejero al Mago Merlín, que le sugiere qué hacer cada vez que se enfrenta a una batalla interna o externa. Tampoco descarto que se pueda llamar como mi padre o mi abuelo. La conciencia es posible cuando no tienes expectativas de nada, como en este encuentro que nace todo en un segundo.

Las caras de Agustín, Abraham, Robert, Arthur y  Eduardo (éste último nombre como uno de los reyes de Inglaterra) nos recuerdan una imagen que vimos en el Nottingham Castle o tal vez en el Nottingham Contemporary, lugares centrales para el pasado y el futuro. De vez en cuando el presente se asoma y llegan artistas ‘emergentes’ de Latinoamérica para exhibir sus obras contemporáneas entre antiguas pinturas británicas que revelan nuevamente sus rostros. 

Yo Eduardo, tú Arthur, él Robert, nosotros Abraham, ustedes Agustín. Ellos son testigos de que la cara coincide más con el escritor universal Juan Rulfo. Sí, el autor latinoamericano que en dos libros de narrativa atrapó al siglo XX de la literatura mexicana. La situación, el momento, la forma de contarlo, la manera de ver más allá el mundo tienen mucho en común con este hombre británico que nos habla en seis voces. 

Uno, dos segundos después, añade tranquilamente: “De donde soy ahora es siempre de día y no existe el tiempo”. La chispa de miedo se ha desvanecido de mi cuerpo. Estoy convencido de que es de día, sobre todo porque el cementerio general de Nottingham es como un parque público donde caminamos los universitarios de la Nottingham Trent University y del New College Nottingham.

Todos los días cruzamos las voces sin miedo a encontrarnos con algún vivo que aparezca por la noche o en la madrugada. Por esta razón no tenemos ninguna turbación como estudiantes, ya que no buscamos ver algo sobrenatural durante el día que se detenga y nos salude en varias lenguas como hoy 21 de junio, el día más largo del año, llamado “Solsticio”, “Sol quieto” o “Sol detenido” en latín.

*Eduardo Estala Rojasmexicano, es director y fundador del Mexican Cultural Centre en Nottingham, Inglaterra. 

Una vida sencilla

Ana Laura Pazos González*

Me despierta el balido de una oveja perdida y, con la escasa luz del amanecer, me dirijo a la cocina para calentar el agua del baño. A jicarazos limpio mi cuerpo, mientras afuera la luz del sol continúa apropiándose de las cosas. Salgo y siento el frío que puedo ver derramado en los volcanes bautizados con nombres en náhuatl. Isabel, amante de este lugar y cuyas manos pueden hacer milagros en la cocina, ya me espera.

Ana Laura Pazos González. Foto cortesía.

Ana Laura Pazos González. Foto cortesía.

Juntas caminamos por los lindes del bosque, donde las pisadas firmes de los viajantes han formado un camino natural. En el pueblo, decenas de voces ofrecen pieles de oveja o cabra, así como frutos y verduras que sólo se dan durante el invierno: mandarinas, pomelos, calabazas, chirimoyas y limas. Las marías, sentadas en el suelo sobre coloridos sarapes, venden cuencos de barro y pequeños juguetes para los niños. Tomo una de las delicadas piezas cóncavas pintadas a mano y pregunto el precio, que, sin duda, no le hace justicia al minucioso trabajo del artesano. Compro dos jarritos, uno para Isabel y otro para mí. ‟Perfectos para servir chocolate”, dice ella con antojo, y nos vamos rumbo a la tienda de don Adrián, donde pedimos queso fresco, harina, leche, huevo y mantequilla para preparar buñuelos al estilo de Sor Juana Inés.

Conforme nos vamos alejando del pueblo, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl revelan formas cada vez más definidas, mientras el sol —aunque instalado en el cénitcalienta menos. Me abrazo con el mantón blanco que llevo sobre los hombros y me quedo mirando a un par de pájaros que parecen reñir con sus piares vocingleros.

Sigo las instrucciones de Isabel al pie de la letra, pues de lo contrario podría terminar desperdiciando los ingredientes. Dejo la masa reposando para que luego ella la aplane con el rodillo o palote —como lo llama Sor Juana en su recetario—, la corte en pedazos iguales y, rellenos los buñuelos de queso, los ponga a freír. Miro por la ventana y un paisaje entre invernal y primaveral me invita a respirar los olores del campo. Me doy permiso, pues la mesa está lista para recibir a los invitados de nuestra última cena.

A mi nariz llegan imágenes de hierba bañada en rocío, de madera recién cortada, de agua estancada pero viva, y de hojas de distintos tamaños y verdores. Camino hasta el lago para refrescarme un poco; después de escuchar por unos minutos los trémulos sonidos del viento chocando contra los árboles, regreso a la casa y me pongo un vestido sencillo que combina con las luces del atardecer. En cualquier otra ocasión me hubiera pintado los labios, pero aquí no está permitido.

Jacinta llega con el manchamanteles, Pedro trae vino y su jarana; Diego, los tamales; Josefa, el chocolate, y Catalina el brazo de gitano: un bizcocho enrollado y cubierto con azúcar glas. Nos sentamos a la mesa y acompañamos los platillos con bollos calientes, mientras la plática se nutre de nuestros recuerdos de las últimas semanas: la velada en que Pedro tocó para nosotros música que había compuesto inspirado por ciertos poemas novohispanos, cuando fuimos a conocer la nieve y escuchamos el pavoroso aullido del volcán, los cuentos de fantasmas que Catalina nos leyó hace un par de noches, y la doble ración de natilla que todos pedimos a Isabel en aquella primera cena, cuando nos explicó las reglas del juego.

La melancolía, vigorizada por el vino tinto, se apoderó de nosotros, pero el rasgueo de la jarana —que me hizo pensar en aguas intranquilas—, la voz de Pedro, y los buñuelos deshaciéndose en nuestras bocas, llevaron los sentimientos a otra parte:

Amada dueña mía,

escucha un rato mis cansadas quejas,

pues del viento las fío,

que breve las conduzca a tus orejas...[1]

‟Eligieron este escenario y de ustedes depende mantener la fantasía. No pueden pronunciar palabras del presente ni utilizar ningún artilugio moderno. Se bañarán a jicarazos, tenderán su ropa al sol y, por unas semanas, olvidarán el año en que nacieron. En los momentos de ocio, les recomiendo salir a tomar fotografías mentales —los volcanes son majestuosos desde el amanecer hasta el ocaso—, leer un libro —la obra de Sor Juana resulta perfecta, pues nos encontramos en su tiempo y en su pueblo natal—, meterse a la cocina a experimentar con un platillo —ya que como diera a entender la poetisa en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, la cocina es un lugar de meditación y descubrimiento—, o caminar sin rumbo para detectar los sonidos del campo…”

Con aquel discurso nos recibió Isabel —creadora de estos mundos— hace casi un mes, y ahora es tiempo de despedirse. Extiendo sobre la cama las pocas prendas que me fueron asignadas, mientras la luz del sol comienza a desfallecer y los volcanes se difuminan como viejos hologramas. Ya no veo prados, ni ovejas, ni árboles; sólo proyectores, pantallas, bocinas, máquinas que expelen falsa niebla, objetos de utilería y actores que empiezan a despojarse de sus atuendos para reincorporarse lo antes posible al cibermundo.

Prometemos a Isabel que volveremos pronto, aunque no alcanzamos a ver la expresión en su rostro: todo ha quedado en oscuridad y ya nada queda del espejismo de San Miguel de Nepantla. Subo a mi automóvil —cuyas luces delanteras se me figuran inmensos ojos—, programo el sistema de posicionamiento global y me dejo tragar por el camino.


[1] Lira Que expresan sentimientos de ausente de Sor Juana Inés de la Cruz. “Amado dueño mío”, dice en el original.

*Ana Laura Pazos Gonzálezmexicana, es escritora y directora de la revista Bicaalú.  Cuenta con estudios de Maestría en Humanidades por la Universidad Anáhuac. Autora del libro Parvada blanca en la ciudad (Editorial Jus, México, 2011).  

Ese momento preciso en que la presencia de la presencia se hace más presente que el verbo presente

Edgar Madrid*  

Para Coral y Marisol

“Te advierto, quien quiera que fueres, tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. Hombre, conócete a ti mismo” Oráculo de Delfos. Foto: http://factoriahistorica.wordpress.com/

“Te advierto, quien quiera que fueres, tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. Hombre, conócete a ti mismo”, Oráculo de Delfos. Foto: http://factoriahistorica.wordpress.com/

hablamos de ese momento preciso en que la presencia de la presencia se hace más presente que el verbo presente porque se sabe porque se es y se es porque se sabe y se sabe y se es porque se está y se está ahí porque se siente y se sabe que se siente y ante todo que se es como siendo pendiente de la actualidad de las entradas y las salidas del aire que se respira y del perfume que sazona los momentos que juntos hacen el momento preciso en que la presencia de la presencia se hace más presente que el verbo presente y en donde todo sucede como en un gerundio incesante o como en un gerundio de gerundios o como en eso que quienes se atreven a pensarlo lo llaman absoluto porque es ese momento preciso en que la presencia de la presencia se hace más presente que el verbo presente el momento en el que no hay lágrimas de uno ni de otro ni manos ni latidos que no sean más que mera juntura que resquebraje la separación de los aromas y los colores y los sabores y las formas y las dimensiones y los cabellos que vuelan en el aire y que terminan enredados entre el tejido del suéter o de la bufanda o de los guantes o de cualquier otro espacio en que aquel filamento tierno y oscuro venga a hacer patente que hay un momento preciso en que la presencia de la presencia se hace más presente que el verbo presente y que ese momento preciso en que la presencia de la presencia se hace más presente que el verbo presente es precisamente el momento preciso en que la presencia de la presencia se hace más presente que el verbo presente y disculpe usted si busca o se pregunta cuál es el verbo presente pero aquí no sabemos ni nos interesamos de cosas tales porque ahora estamos demasiado ocupados

 

*Edgar Madrid, mexicano, estudiante de doctorado en políticas sociales por la Facultad de Trabajo Social y Desarrollo Humano en la Universidad Autónoma de Nuevo León, México. Investigador invitado en la Universidad de Birmingham, Reino Unido, para el proyecto “Understanding and supporting families with complex needs”, bajo financiamiento y apoyo del fondo Marie Curie Actions, People. Presidente y socio fundador de la Asociación Filosófica de la Frontera, AC (México).  Ha sido profesor de filosofía y teorías sociales en la UANL, el ITESM y la UABC en México.