Jorge Ortega

Flor inversa

Ar resplan la flors enversa

pels trencans rancs e pels tertres.

(Brilla la flor inversa 

en los acantilados y los cerros.)

RAIMBAUTD’AURENGA

Jorge Ortega en Poetry Foundation, Chicago. Foto Cortesía.

Jorge Ortega en Poetry Foundation, Chicago, EUA. Foto Cortesía.

Más cerca de la duda y la cautela

que de la petición.

 

Más cerca del rechazo.

 

Entran charolas llenas de manjares

pero no te adelantas,

 

sigues parado al fondo de ti mismo

sin mudar un ápice.

 

El péndulo de un antiguo propósito

que alguna vez te hiciste

y no fue consumado

va y viene en la memoria.

 

Todo cuanto se mueve es ilusorio

o despista al vigía, peca de prematuro

o anula

             su misterio,

y lo que continúa inamovible

espera su ración de plenitud.

 

El que guarde silencio

tendrá lo que no pida

                             

                                      y que desea.

 

***

Bosque de niebla

 

Desescribir. Podar la enredadera de esta línea

hasta recuperar la no-palabra,

hasta volver a lo blanco

para decir el bosque

con otro balbuceo.

 

Para nombrar sin reiterar sus dones

o tener que acabar de enumerarlos

uno a

uno

antes que la tormenta nos sorprenda.

 

Como si el lenguaje,

como si la escritura nos bastara

para impedir que el agua.

 

Para identificar las aves por su timbre

al parlotear temprano, camufladas

entre las frondas húmedas,

o la vegetación

de golpe

a simple vista

por el fino recorte de su corola abierta.

 

Andamos sobrados de elocuencia

o faltos de saber.

 

Cómo decir lo verde

y no hacer que germine en una frase.

 

La magnitud del bosque

anida en la renuncia a proclamarlo.

 

 ***

Dorsal atlántica

 

Ciego a lo próximo, cerrado a lo inminente,

consigo echar las redes más allá de la sombra

y su borroso dique

de heredades inútiles.

                            

Del otro lado está

la orilla que soñamos,

el espejo del mar resplandeciente

prefigurando un puerto,

la luz mediterránea

que vuelve a hacer visible lo esfumado.

 

Me mido contra el hueco

donde estuvo lo justo, contra el hueso

de polvareda y aire

calcinante

del rabioso estío

donde antes estaba

donde

había.

 

Detrás del cerco abstracto de la noche,

al margen de su cúpula gaseosa

o más allá de aquellas fragosas latitudes en que se carbonizan los horarios

brilla el lomo desnudo

de un lugar imposible.

***

Jorge Ortega, mexicano, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona y, desde 2007, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México en el área de letras. Autor de una docena de títulos de poesía y de ensayo publicados en México, Estados Unidos, Argentina y España, entre los que destacan los poemarios “Ajedrez de polvo” (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003), “Estado del tiempo” (Hiperión, Madrid, 2005), “Catenaria” (Pen Press, Nueva York, 2009) y “Bedouins” (Molossus, Los Angeles, 2014). Poemas suyos han sido traducidos al inglés y al francés. Ha colaborado en diversos medios culturales y literarios de Iberoamérica, tales como Crítica, Letras Libres, Mandorla, Nexos, Quimera y Revista de Occidente. Su obra poética forma parte de múltiples antologías de poesía mexicana reciente. Su libro “Devoción por la piedra” (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2011) obtuvo en 2010 el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines.

Jorge Luis García de la Fe

Jorge Luis García de la Fe. Fotografía de José María Fernández.

Jorge Luis García de la Fe. Fotografía de José María Fernández.

 

Bajo el ángulo recto de una estrella [1]

Bajo el ángulo recto de una estrella

medita un monje zen; hay mariposas

y flota un ataúd con su botella.

Un perro endemoniado muerde rosas


y bebe vino todo un medioevo.

Escribe un bardo haikus tan extensos

que son antipoemas. Todo es nuevo

en sus vejez de párpados inmensos.

 

La estrella, el monje, el perro y el poeta

se burlan ebrios de la geometría.

Imaginarias, fabulosa aves

 

atraviesan el cielo en bicicletas.

¿Qué loca lógica espacial podría

traer al medioevo en sus tres naves?

***

Que juren por delante la luna y el bolero

 

Que juren por delante la luna y el bolero [2],

da igual en madrugada de rocío y palmera

que en aluvión de nieve de ciudad extranjera;

puedes usar mi cuerpo, Manuel Ramos Otero.

 

No quiero que descansen tus gestos en palabras.

Voy a montar tu muerto, de polvo convidado,

para que la lujuria que no te has descargado

la compartamos ambos: un mismo chupacabras.

 

Haremos cuatro orgías de noche y desenfreno:

Viejo San Juan, La Habana, Nueva York y Chicago.

Iremos a los bares por ángeles de estreno,

 

y nos los beberemos después de cada trago.

Serán las madrugadas como de azufre y trueno,

pues causaremos juntos un colosal estrago.

***

Si en cualquier parte he de encontrarme solo

¿Qué me importa morirme en tierra extraña

o en la patria infeliz en que he nacido

si en cualquier parte he de encontrarme solo?

Julián del Casal

Si en cualquier parte he de encontrarme solo,

me vuelvo soledad de soledades

en el silencio en que me desarbolo

para andar solitarias vastedades.

 

En soledad soy nadie, nada, nunca;

soy sordo, ciego, mudo, transparente.

Mi soledad es esta cama trunca

y mi cepillo viudo de mis dientes.

 

Da igual en tierra extraña, en patria triste,

en el otro confín del universo;

mi soledad baila su son con luto

 

 en el agrio murmullo de un mal chiste.

Tan solo voy que apenas me converso;

 y de tanto estar solo ya estoy bruto.

*** 

Y si no sobreviven las palabras

¡Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!

César Vallejo

Y si no sobreviven las palabras

a las cosas sencillas, al amparo

de tus brazos y besos. Yo declaro

que prefiero los prados y las cabras;

 

volver bucólico al Renacimiento,

 al queso, al vino, al cielo, a la zampoña.

Si mueren las palabras, si retoña

el dulce lamentar, la queja al viento,

 

de los pastores de mi Garcilaso;

entonces volveremnos al idioma

elemental de vida: la poesía;

 

entonces no habrá dioses en ocaso;

entonces soltaremos las palomas

para que sin palabras brille el día.

***

Meditación del tiempo

 

Quizás no es él quien huye: yo me alejo [3]

como quien va espantado de su vida.

Saltan recuerdos truncos del espejo

porque cada segundo se suicida

 

en este cuerpo que no reconozco

filosóficamente. Caracola

infinita es el tiempo en que me enrosco

a mi anciano, a mi niño y a la ola

 

del día cuya noche luz se sueña.

¡Qué gozo da ser todo y no ser nada

y ser lo que no puede definirme!

 

En este ahora muere la cigüeña

del antes, del después. No hay madrugada.

¡Qué parto más eterno este morirme! 

 


 

[1]Verso del poema “Hay un día feliz” del poeta chileno Nicanor Parra (1914).

[2] Verso del poema “Invitación al polvo” de poeta puertorriqueño Manuel Ramos Otero (1948-1990).

[3]Verso de “Cuarto de hotel” del poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998). 


Jorge Luis García de la Fe, cubano, es poeta, ensayista y profesor universitario. Estudió una licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad de la Habana entre 1975 y 1981 y un master en Literaturas y Culturas Latinoamericanas en Northeastern Illinois University entre 2011 y 2012. Fue profesor de Literaturas Hispánicas en el Instituto Superior pedagógico “Juan Marinello” de Matanzas entre 1981 y 1996. Trabajó como Metodólogo de Arte en la Casa de Cultura “Guanajayabo” de Máximo Gómez entre 1996 y 2002, así como profesor de Redacción y Estilo en la Universidad “Camilo Cienfuegos” de Matanzas entre 2002 y 2007. Emigró a Estados Unidos en 2007. Reside en Chicago, donde se ha desempeñado como profesor de Español y GED en el Instituto Cervantes, Centro Romero, Enlace-Chicago y Saint Augustine College. Ha publicado sus poemas y ensayos en: Revista Matanzas (Cuba), Ventana Abierta (Santa Barbara,California), Contratiempo (Chicago) y Diálogo (DePaul University). Su poemario Chicago es mi batey forma parte de la antología En la 18 a la 1, publicado por ediciones Vocesueltas en septiembre de 2010. También forma parte de las antologías poéticas Susurros, para disipar las sombras (Erato, 2012),  Rapsodia de los sentidos (Erato, 2013) y Ciudad Cien (Erato, 2014). Actualmente labora como profesor de Español en Harold Washington College, Estados Unidos. 

 

 

El generoso placer del misterio

Hugo Plascencia

Hugo Gutiérrez Vega, nació en Guadalajara, Jalisco, México, 1934. Director de teatro, escritor, poeta, ensayista, periodista, profesor universitario y diplomático. Estudió derecho en la UNAM, letras inglesas en Michigan, Estados Unidos, letras italianas en la Universidad de Roma, Italia, y sociología de la comunicación en Londres, Inglaterra. Ha sido miembro de carrera del Servicio Exterior Mexicano; consejero cultural en Roma, Londres, Madrid, Washington; embajador en Grecia; concurrente en Líbano, Chipre, Rumania y Moldova; realizó trabajos especiales para la UNESCO en Irán y la Unión Soviética; cónsul general de México en Río de Janeiro, Brasil, y en San Juan, Puerto Rico.


Hugo Gutiérrez Vega. Fotografía de José de Jesús Vázquez Hernández.

Hugo Gutiérrez Vega. Fotografía: José de Jesús Vázquez Hernández.

Es Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, México, 1975, por Cuando el placer termine. Orden al Mérito 1966 en grado de comendador, Italia. Medalla Alfonso X 1981 de la Universidad de Salamanca, España. Comendador de la Orden Isabel la Católica 1983, España. Orden del Delfín 1994 (Gran Cruz), Grecia. Premio de Letras Jalisco, México, 1994. Premio Nacional de Periodismo 1999 en el área de difusión cultural. Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2001. Premio Xavier Villaurrutia, México, 2002 por Peregrinaciones y Bazar de asombros II. Premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval 2009. Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de lingüística y literatura, México, 2013. Es director de La Jornada Semanal y miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.   

―Octavio Paz señalaba que la vocación literaria era un misterio, ¿cómo nació el misterio en la vocación literaria de Hugo Gutiérrez Vega?

―Como una especie de resultado de la lectura, desde muy pequeño aprendí y empecé a leer, y las circunstancias familiares me inclinaron a encerrarme en la lectura, leía todo lo que caía en mis manos, cuentos de hadas, revistas, había una revista creo que se llamaba Idea, era una revista pornográfica maravillosa en páginas sepia; luego leí la Ilíada y la Odisea como quien lee libros de aventuras ¡que además son libros de aventuras!, y de la lectura nació la necesidad de escribir, por qué escribe uno, por qué empieza a escribir uno, es difícil. Yo todavía no consigo descifrar el misterio, ¿por la necesidad de comunicar? no, me parece una explicación muy elemental. ¿Por la necesidad de desfogarse?, me parece psicoanálisis de pulquería. ¿Por la necesidad de conseguir la fama?, me parece también una motivación bastante elemental. Creo que es un misterio, la necesidad de decir, creo que Octavio lo definió muy bien, la necesidad de utilizar las palabras y sacarles todos sus contenidos y sus significados; entonces pasé de la palabra escrita a la propia palabra que busqué durante mucho tiempo, hasta encontrar la forma de decir las cosas, buena o mala pero mi forma, que es lo que tiene que hacer cada escritor, buscar su propia forma después de una larga trayectoria.

―¿En cierto sentido podemos decir que Jaime Sabines tenía razón al momento de definir la escritura como una necesidad fisiológica y ontológica?

―Yo creo que Jaime tenía razón porque se manejan muchas emociones cuando se escribe, la emoción es uno de los elementos primordiales de la escritura. No estoy hablando de lo que yo escribo en poesía, la diferencia entre la poesía narrativa y la poesía hermética, de la poesía como acto de la inteligencia y la otra como acto de la emoción. Creo que la poesía es producto de las dos cosas, es producto de la emoción y de la inteligencia, la emoción tiene mucho que ver con el acto literario y particularmente con el acto poético, por aquello que decía Eliot que la poesía está instalada en buena parte, su parte esencial, en los interiores del inconsciente.

―Si tuviera que escoger entre tres obras y autores que lo han marcado alrededor de su trayectoria como lector y poeta ¿cuáles y quiénes serían?

El son del corazón de Ramón López Velarde, La casa de Asterión de Jorge Luis Borges, La divina comedia de Dante Alighieri y las obras de Francisco de Quevedo.

―Hablando de periodismo cultural, ¿ha influido éste en su obra poética? y si es así, ¿de qué manera?

―Yo creo que sí, decían los esteticistas ingleses, que eran como diríamos en Guadalajara: “muy delicaditos”, que no le convenía al poeta dedicarse al periodismo, ya que la palabra poética se contaminaba con la periodística. Por lo tanto, la gente como Walter Pater  recomendaba a los escritores que escribieran su obra con la mano derecha y el periodismo con la izquierda, como un trabajo para sobrevivir, yo no lo pienso así, es una posición esteticista y es muy respetable, tiene su base en El Castillo de Axel, y Yeats también en algún momento mantuvo esa postura.

Creo que el periodismo cultural nos obliga como disciplina a mantenernos al día y a leer mucho, a discriminar mucho, y por otra parte nos estimula. Yo soy unos de esos escritores a los que estimula la lectura; a veces cuando paso por periodos de sequía me pongo a leer y me sucede casi milagrosamente que después de leer a uno de mis poetas amados (aparte de los que ya he mencionado) a Auden, Yeats, Eliot, Lorca o Cernuda, me estimulan para escribir. Lo mismo decía Verlaine, que la lectura estimula, y el periodismo cultural nos obliga a leer mucho y a mantenernos no sólo cerca de las novedades sino también a recordar textos antiguos para recomendarlos, analizarlos y releerlos. Yo soy muy dado a la relectura, un libro que leo todos los días es la Biblia, no sólo por razones religiosas sino porque el Eclesiastés me indica más o menos lo que debo hacer en el día. Generalmente no lo obedezco pero lo leo, me estimula y, de repente, un poema me estimula para la escritura. En las actividades del periodismo cultural estamos muy cerca de la producción literaria de todos los tiempos y particularmente de los nuevos.

―¿Cómo percibe al periodismo literario en México, ha perdido terreno en la actualidad?

―Creo que no, hay buenos ejemplos de ello, el más reciente era José Emilio Pacheco en la revista Proceso, seguía escribiendo maravillosamente, con un estilo moderno, por supuesto a como se escribía en el siglo XIX. Creo que hay buenos escritores, yo tengo en el suplemento La Jornada semanal un buen equipo de colaboradores que escriben muy bien, y que es lo primero en que les insisto, si eres periodista cultural tienes que escribir muy bien. Un ejemplo son las reseñas de los libros, es una recomendación en el caso de que el libro sea bueno, si tiene aspectos buenos y malos que los reseñen, y si es malo que lo olviden, para qué perder papel, tiempo y tinta de imprenta. Entonces yo creo que el periodismo literario aunque se encuentre en crisis, cierren suplementos, las revistas cada vez pierdan más páginas y la crisis económica al primer sector periodístico que afecte sea al cultural, a pesar de eso, se mantiene en buena salud gracias a los pocos suplementos que quedamos y que seguimos preocupados por escribir bien.

―Usted compartió varios momentos de su vida con Alberti, Asturias y Neruda ¿cómo definiría la experiencia?

―Alberti fue como mi hermano mayor, vivíamos en Roma y nos veíamos con mucha frecuencia, él prologó mi primer libro, lo leyó, lo corrigió y lo mandó a Lozada, quien me dijo que era absolutamente imprescindible que se publicara. Alberti llegó a esos extremos de amabilidad. Por cierto, el prólogo es un poema. Hablábamos mucho, decíamos poemas de memoria, siempre ha sido el aporte que a mí me interesa. No sé si usted estuvo en la sesión con Carlos Monsiváis en el Paraninfo de la U de G, donde decíamos poemas de memoria. En el caso de Alberti nos pasábamos las tardes en Roma diciendo poemas de Garcilaso de la Vega, El cántico espiritual de San Juan de la Cruz, las coplas de Jorge Manrique, los lamentos de Quevedo, los poemas de Cernuda, de Lorca; Alberti me pedía que leyera los poemas de los italianos que yo había traducido al español. Por cierto no muy bien, ya que fallé en esas traducciones, lo reconozco, eran los poemas de Quasimodo, Ungaretti, Montale, Pavese, Pasolini y Leopardi, Las estelas de la Osa Mayor que eran los cantos que más nos gustaban. Con Alberti aprendí y compartí mucho.

A Asturias lo conocí en Génova durante un congreso de escritores, luego me lo encontré en Roma; Alberti y yo luchamos para conseguirle algún pequeño trabajo en Italia ya que aún no ganaba el premio Nobel y todavía no era embajador en París. Era muy generoso, estudioso y dedicado a la escritura con una disciplina férrea. Después viajamos a Rumanía Alberti, Asturias, Neruda y yo. Yo era un joven escritor que había traducido un libro al español, una obra de teatro que se llamaba La carta perdida del escritor rumano Gianluca Cardinali, por eso me invitaron. Lo que hice en el viaje fue escuchar a Neruda, a Asturias y a Alberti y cargarles las maletas. No estaba mal, pero las maletas de Neruda cada día pesaban más por la colección de cosas, le gustaba una piedra y la metía ¡y ahí tenía al pendejo del mexicano cargándolas! Neruda era hermosamente infantil, era caprichoso, tremendamente inteligente, buen amigo de sus amigos y muy duro con sus enemigos de su posición ideológica, lo quise mucho y él me quería, intercambiábamos cartas, nos hablábamos por teléfono, todavía le hablé poco antes del golpe militar en Chile para decirle que me habían nombrado presidente del Comité Mexicano de Apoyo a la Unidad Popular, y le dio mucho gusto, me dijo: “te voy a enviar material, unos poemas para que los publiquen y ganen dinero”, es la última conversación que tuvimos. Así es que los tres, junto con Monsiváis, Sergio Pitol y José Carlos Becerra éramos grandes amigos, no sólo en lo literario sino en la vida.

―Después de su libro Antología con dudas, hemos escuchado que trabaja en otro libro México-Charenton, ¿qué nos puede adelantar de ese proyecto?

―Estoy trabajando en el tema, todavía no estoy muy seguro, salió la antología cuando pensé que ya era lo último y de repente me entró un algo, como esos viejos toreros que se retiran y luego de repente regresan, a veces es un desastre porque ya no tienen piernas, puede ser que toreen mejor por la experiencia pero las piernas ya no les responden. A mí las piernas ya no me responden, entonces ha llegado la idea, la estoy acariciando y pensando por aquello que decía Eugène Ionesco en La cantante calva, “señores, tomad un círculo, acariciadlo, ¡y se volverá vicioso!”.

―¿Cuál es el panorama que vislumbra en la reciente poesía mexicana?  

―En el suplemento recibimos materiales de distintos lugares de México, y entre los jóvenes hay gente que está escribiendo muy bien, son nuevas influencias como en otra época, influencias de Paz o de Sabines, la famosa poesía intelectual y la de la emoción o la experiencia, que a mí esa teoría no me convence mucho, porque Octavio Paz tiene un poema que es producto de la pura experiencia, Pasado en claro, y Sabines era un lector dedicadísimo a los clásicos españoles, pero por naturaleza tienden también a la producción de la experiencia literaria y libresca, por lo que creo que no hay tal dicotomía con respecto al tema de la emoción, la experiencia y la inteligencia.

―¿Existe un compromiso en la “poesía social” de los autores jóvenes? 

―En algunos sí he visto tal compromiso social pero cada vez menos y se entiende, la situación del país de porquería que estamos viviendo, esta desesperanza de los partidos, el fracaso de las ideologías, todo esto produce la desesperanza. Hace poco publicamos una antología con poetas muy jóvenes de Yucatán, entre veintiuno a veinticinco años, yo pensé Yucatán es el lugar de la trova, pero no, tenían la influencia del rock duro, pero en serio. Escribían sobre el sistema patriarcal de Yucatán y del país en general, entonces le dije a Luis Tovar hay que ponerle un título: ¡de cómo la trova yucateca se fue a chingar a su madre!

―¿Según su experiencia, cuál es el consejo que le daría a la nueva generación de poetas jóvenes?   

―Que encuentren su propia voz, creo que eso es lo importante. Es normal que reciban influencias, la búsqueda se hace ardua, de repente caen en plagios, yo caí varias veces en plagios sin darme cuenta. Creo que una vez escribí un poema que terminaba: “la soledad, la lluvia, y los caminos” y a los pocos días abrí un libro de Vallejo y me encontré este poema que dice: “son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia y los caminos”. Entonces es normal, se habla del inevitable plagio de un poeta, sus influencias principales son de la poesía universal. Lo que les recomendaría es que lean mucha poesía, es fundamental que entren en la atmósfera de la poesía, la poesía se impone. Tú lo sabes perfectamente, es dictatorial y autoritaria, te obliga a una especie de disciplina y a casi una constante iluminación, por eso Rimbaud nos lo enseña con el título de su libro Iluminaciones; la poesía es eso, una iluminación que después toma forma ya con el estilo. Y por último, que al encontrar su propia voz sean fieles a ella, aunque la voz sea buena o sea mala, pero que se jueguen la aventura, es una ruleta rusa. Tengo un poema que hice sobre un poema fracasado que dice “De un árbol que cae seco al suelo, brotan algunas hojas verdes de las ramas, los pájaros se posan en ellas, pensando que están volando”.   


Hugo Plascencia, mexicano, es poeta, periodista y gestor cultural por la Universidad de Guadalajara, México. Ha publicado en varios medios de prensa en Canadá, Estados Unidos, México, Inglaterra, España, Francia, Perú y Chile. Ha sido colaborador del suplemento La Jornada Semanal del periódico “La Jornada”, del Periódico de Poesía de la UNAM y del Petit Journal. Coautor de diversas antologías: Novísima poesía mexicana, Mapa poético de México, Panorama de la poesía Mexicana, Las afinidades electivas/Las elecciones afectivas: curaduría autogestionada de poesía mexicana reciente, Cien poetas del mundo, Vértigo de los aires: encuentro Iberoamericano de poetas, entre otras. Autor de los libros: Ahogar el Grito, 2005. Todo es Babel, 2006. Calandrias Underground, 2007 traducido al francés; y Razón de Bestia, 2008. Becario del CONACULTA (2005-2006) y (2008-2009). Ha participado en varios encuentros nacionales e internacionales de poesía. Parte de su obra ha sido traducida al inglés y al francés. Actualmente realiza performance poetry en colaboración con músicos y artistas visuales. Y colabora con poemas musicalizados para documentales en Francia.

Palabras para despedir al padre Gabo

Marco Tulio Aguilera Garramuño

Criticable o no, me es inevitable escribir una larga y sentida carta para despedir a mi padre y maestro Gabriel García Márquez. Como muchos de mis amigos y algunos de mis enemigos saben, yo he vivido a la sombra y a la luz de este escritor tan querido. Al punto de no dudar en considerarlo: el más querido del mundo hoy en día.

Carlos Fuentes junto a Gabriel García Márquez. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Carlos Fuentes junto a Gabriel García Márquez. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Llamarlo padre y maestro podrá sonar trillado, un horroroso lugar común, que no vacilo en asumir. Fue mi padre porque descubrí el mar interior de la literatura que podría hallar en mí en el momento en que tras doce horas de lectura, acostado en una cama rústica en una casa de asistencia del barrio Siloé, en Cali, terminé de leer Cien años de soledad. Y fue mi maestro porque apenas una semana después de la lectura de esta obra, inicié la escritura de mi novela Breve historia de todas las cosas, en la que se podían leer las huellas, el aliento, la fuerza que me había dado el leer la obra mayor de Gabo.

Ya he contado varias veces y en diversos medios cómo y dónde conocí personalmente a GGM. No voy a repetirlo. Diré simplemente que le entregué mi novela Breve historia de todas las cosas, publicada en Buenos Aires, en su propia mano. Una semana o quince días después (no recuerdo) Felipe Ossa (creo que fue Felipe Ossa), quien era gerente de la Librería Nacional en Cali, me dijo que García Márquez había llamado desde Barcelona a la librería (porque le habían dicho que yo iba con frecuencia allí) y que al no hallarme me dejó un mensaje con Felipe, en el que me felicitaba por la novela, que le había gustado mucho. La voz se corrió por Cali y Colombia.

Cuando Daniel Divinsky, el editor de mi novela visitó Cali, reiteró lo que había escrito en la contraportada de mi libro. Que le gustaba más mi novela que Cien años de soledad. Imaginen, amigos, lo que semejantes declaraciones hicieron en la mente afiebrada del muchacho que era yo por entonces. La apuesta estaba lanzada: yo quedé marcado por ese debut, que alguien ha llamado «patada de antioqueño». Mi vida a partir de entonces consistiría en estar a la altura del reto.

Que alguna vez García Márquez haya dicho públicamente y para la prensa palabras elogiosas sobre mí o sobre mi obra no puedo afirmarlo de ninguna manera. A mí sí me las dijo, y yo me apresuré a divulgarlas. En el Hotel Xalapa, hace quizás 15 años me dijo «Breve historia de todas las cosas es lo mejor que has escrito y quizás lo mejor que escribirás». Personas que visitaron en su estudio a Gabo (el profesor Motato y Fabio Jurado Valencia) me contaron que Gabo tenía un estante tras su escritorio dedicado enteramente a Mutis y otro dedicado a mí. Y les dijo que le gustaban mucho las obras de ese loquito colombiano que vive en Xalapa.

¿Qué aprendí de Gabo? La pasión por la escritura; mantener por años guardados los libros, trabajándolos hasta que estuvieran maduros; aprendí que cada novela es una auténtica tesis de grado sobre la vida y que uno es responsable soberano de un universo; aprendí la soberbia soberana de creer que cada obra mía era una obra maestra. Y algo muy importante: aprendí que hay que usar todos los recursos disponibles para difundir las obras (sentado a una mesa en el restaurante del Hotel Xalapa, al lado de Gustavo Sainz y Ángel Rama, lo escuché urdir las mentiras adecuadas para difundir ya no me acuerdo que novela a punto de salir publicada).

Si bien he tenido periodos de adoración a GM, también he tenido etapas en las que de alguna manera lo he rechazado y en las que llegué a decir que era necesario matarlo para que los escritores colombianos pudiéramos vivir. Y esa actitud ya estaba o estuvo presente desde el primer encuentro en Bogotá, en 1975, cuando en la dedicatoria que le puse a mi ejemplar de Breve historia de todas las cosas le escribí: «Para García Márquez, a quien pienso matar… literariamente». Ingenuo y maniqueo deseo que obviamente no se cumplió ni se cumplirá. Aunque no me siento inferior a Gabo (lo digo con claridad y sin rubor) sé que lo suyo no tiene comparación alguna, y que ninguna obra mía o ajena lo va a opacar.

Que personajes como Seymour Menton, René Avilés Fabila, Guillermo Samperio, Héctor D’Alessandro y otros diez hayan repetido elogios desmedidos a mi novela más reciente (llegando a colocarme por encima de Gabo) no me hace más grande de lo que creo ser. Mi obra es diametralmente opuesta a la de Gabo, va por otros caminos y si tiene algunos valores, serán valores independientes.

Mucho se me ha criticado que yo haya usado a Gabo como trampolín para catapultar mi «fama». Acepto las críticas pero en mi salvedad debo decir que la «leyenda» no la inventé yo, sino el primer editor, el argentino Daniel Divinsky, Seymour Menton y muchos otros que repitieron el cliché «el más posible sucesor de García Márquez»… que se convirtió en el trade mark no sólo mío sino de diez o 15 escritores colombianos a los que se les colgó el mote de posibles sucesores: Tomás González, Santiago Gamboa, Juan Gabriel Vázquez -el más endeble- Evelio Rosero, etc.

Recuerdo que en el primer encuentro con Gabo me atreví a decirle «no me gustó El otoño del patriarca«. El me respondió: «pues si no te gustó es porque no sabes nada de literatura».Leí casi todas las obras de García Márquez con pasión y a veces con rencor. Las reseñé, dicté conferencias (la más memorable fue en Indiana; la llamé «Escenas de amor, eros y pornos en las obras de García Márquez»). Viví pasionalmente su literatura y ello me marcó, aunque en ninguno de mis libros posteriores a Breve historia de todas las cosas sean notables las huellas de su influencia.

Gabo tuvo tres actos de tremenda caballerosidad conmigo, aunque sabía que yo era «peligroso» (en el sentido de que sabía que yo iba a escribir TODO lo que me dijera): uno fue invitarme a comer tacos en una taquería de cuarta en Coyoacán (con Eduardo García Aguilar y Nicolas Lozano, que no me dejarán mentir) y rechazar un ejemplar de  Cuentos para después de hacer el amor que yo quería regalarle (le pidió a su hijo Gonzalo que fuera a la librería El Parnaso a comprar el libro).

Otro acto de gentileza fue descolgarse (manejando él mismo su propio deslumbrante coche computarizado) desde su casa en la calle Fuego hasta el centro del DF para ir a verme al Sanborns Las Lajas. El tercer acto, que hoy ya puedo divulgar, fue defenderme muy en secreto cuando me querían expulsar de México por escribir lo que gentes «probas» (léase Pabello Acosta y amigos) consideraban pornografía que denigraba a las damas jalapeñas.  «Yo te salvo del problema, pero te pido que no lo divulgues», me dijo. Lo guardé durante años.

Y también tuvo un acto de descortesía: ocupó el tiempo que me había asignado para una cita en atender a una periodista que sin duda le llamaba más la atención que yo (la pequeña Rosa Elvira Vargas -hoy en La Jornada-, que por esos días era un platillo apetitoso para un cincuentón como lo era Gabo entonces (hago constar que no fueron más allá de la convencional entrevista, de la que fui testigo a la distancia, hasta que me enojé y fui a reclamarle a Gabo su incumplimiento. Ya le había reclamado y dado la espalda a mi héroe cuando me alcanzó, me tomó del brazo y me dijo «»cachaco tenías que ser… ¿no ves que estoy atendiendo a esta cabrita?» Solamente tres veces pude estar a solas con Gabo (eliminemos el “solamente”: tres veces ya es un honor memorable): en el Sanborns en el DF; en Bogotá en el local de la revista Alternativa y en el Hotel Xalapa. Nunca pude expresarle adecuadamente mi afecto filial.

Generalmente fui agresivo, intolerante, severo con aquel monumento vivo. Publiqué las crónicas de mis encuentros con él y él mismo me las criticó. Me dijo: «Me usas para hacerte publicidad». Y lo acepté. En una ocasión lo abracé y él me dijo: «No vayas a poner que yo te abracé. Tú fuiste el que me abrazaste». Que era petulante y ególatra en público, eso es notable. Hablaba como si fuera el papa. Sólo conocí a dos personas que pudieron llevarle la contraria y dejarlo callado: Ángel Rama y Mercedes Barcha.

Cuando me atreví a decirle algunas frases duras, lo tomó con buen humor: «Ah, estos hijos díscolos que tengo esparcidos por el mundo». ¿Fue egoísta? Sí. Nunca entendió Gabo que la gloria es para compartirla. La quiso toda para él solito y la consiguió. «Nunca voy a hablar bien de ti, porque te enfermaría y no volverías a escribir nada bueno», me dijo. Y bien vistas las cosas, al no ayudarme -como podría haberlo hecho: una palabra de él hubiera bastado para lanzarme al mundo de las grandes editoriales europeas- me hizo un favor: gracias a la especie de leve anonimato que he mantenido durante casi toda mi vida, he podido seguir escribiendo con tranquilidad y he podido moderar mi megalomanía -megalomanía tan semejante a la de Gabo, que dijo «si cuando me siento a escribir no pienso que voy a escribir una obra superior al Quijote, mejor me retiro de la profesión» (cito de memoria).

Buen viaje, querido maestro y padre, nos vemos al rato.

17 de abril de 2014. 

Marco Tulio Aguilera Garramuño, colombiano, es escritor. Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía El libro de la vida, cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

Iniciação / Iniciación

En exclusiva para el Mexican Cultural Centre (MCC), la escritora, poeta y traductora brasileña Adriana Zapparoli, traduce un poema al portugués del libro Blanco Oro Negro (Reino Unido, 2012), de Eduardo Estala Rojas.


 The Major Oak of Sherwood Forest, Nottinghamshire, England. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.


The Major Oak of Sherwood Forest, Nottinghamshire, England. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Iniciação

O Ouro é Branco quando a palavra desperta

nas entranhas da minha terra;

me lembra dos nove caminhos da vida e da morte.

Tudo fala quando ouço o ar trinta e três vezes.

as árvores,

o olhar juvenil,

o poeta do século vinte e um,

os amuletos de Isis.

Tudo fala quando eu escrevo em silêncio trinta e três vezes.

Viajo com Isis em um barco,

trilhamos o planeta Terra em trinta e três dias…

e um sonho

—se manifesta em decreto—

 ***

Iniciación

El Oro es Blanco cuando la palabra despierta

en las entrañas de mi tierra;

me recuerda a los nueve caminos de la vida y la muerte.

Todo habla cuando escucho al aire treinta y tres veces

los árboles,

la mirada juvenil,

el poeta del siglo veintiuno,

los amuletos de Isis.

Todo habla cuando escribo en silencio treinta y tres veces.

Viajo junto a Isis en una barca,

recorremos el planeta Tierra en treinta y tres días…

y un sueño

—se manifiesta en decreto—

 

Blanco Oro Negro, Eduardo Estala Rojas, Reino Unido, 2012, p.19.  

Adriana Zapparoli (Campinas, São Paulo, Brasil) es escritora, poeta y traductora. Ha realizado estudios de postdoctorado en la Universidad Estatal de Campinas (SP). Sus poemas han sido publicados en revistas de arte y literatura en diversos países. Es autora de los libros “A flor da abissínia” (versión bilingüe) en 2007; “Cocatriz” en 2008; “Violeta de Sofía” en 2009; “Tílias e tulipas” (versión bilingüe) en 2010, “O leão de Neméia” en 2011; “Flor de lírio” (versión bilingüe) en 2012, “Flor de lótus” (versión bilingüe) en el año 2013, todos han sido editados por Lumme Editor (Bauru, SP). Actualmente es editora de la revista electrónica «Zunái de Poesía y Debate» (ISSN 1983 – 2621), junto con el poeta Claudio Daniel. Edita el blog:  http://zappazine.blogspot.com.br

Mario Eraso Belalcázar

Cementerio

 

Mario Eraso Belalcázar. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Mario Eraso Belalcázar. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

 ***

Páramo

El árbol pelado

Ardiendo

 

 

***

El rayo

Concentrado en la vanidad

De su resplandor

 

 

***

Tocada por los holgazanes

Del misterio

Abierta a chorros y devaneos

Frecuentada ardorosamente

En bares y prostíbulos

En sábanas untadas de esplendor

Roja como la lengua de los tigres

Ausentes

 

A veces

Una rata colgando de la joroba

De un rey

Otras

El peciolo rajado de la luz

Que todo lo oscurece

 

***

El límite del cuerpo es otro cuerpo

 

La noche         cuerpo hambriento

            Que el alba alimenta

Sol       cuerpo

            Donde se reclina el vientre del agua

 

Donde está la boca

            La herida pide nuevas heridas

            La herida no cesa de ser herida

            Ni el cuerpo nuevos cuerpos

 

Tu mano en mi cuerpo

Siembra heridas que renacen en besos

            Que renacen en heridas

 

Mi boca nombra tu cuerpo

Tu cuerpo aparece en mis manos

Como besos de la noche

Más antiguo que los viejos y que las estrellas

***

“Balada imperfecta del dolor”

 

Mi dolor es un necio varón de alas negras

Mi dolor se esconde y da la cara tras el dolor

                                                            Y del dolor

Mi dolor se marcha y me encuentra

                                    Donde me duele

Mi dolor es el dolor del dolor de mi dolor

                                    Es el dolor del dolor

Mi dolor deletrea los murciélagos

                        Que sobrevuelan mi dolor

Que se esconde y da la cara y se marcha

Dolor es decir decir decir dolor dolor

Ciudad de nieve y dolor

Mi dolor es una rosa violenta

                        Y negrísima     una rosa

Aquí adentro donde huele a dolor de rosa

De rosa de rosas de dolor de rosas

Mi dolor mi angustia soy un perro una llama

De dolor de piedras de lanzallamas

De dolor y dolor

Mi dolor me duele mi dolor

*** 

Mario Eraso Belalcázar, colombiano, es doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. En 2009, realizó una Estancia Posdoctoral en el Instituto Tecnológico de Monterrey (sede Monterrey). Ha dado ha conocer tres poemarios: Extravío (edición de autor, 1993), Cementerio (Ediciones Sin Nombre, Bogotá, 2005) y Oro (Ediciones Sin Nombre, México, 2011), y un libro de crítica literaria: Cordón de plata: Diez poetas latinoamericanos nacidos en la década de los años cuarenta del siglo XX (Ediciones Sin Nombre, México, 2010). En revistas como Anales de Literatura Hispanoamericana, Letras Libres, Crítica, Cuadernos de Literatura, entre otras, ha publicado artículos especializados sobre Juarroz, Gómez Jattin, Borges, López Velarde o Castañón. Ha comienzos de 2014 publicó en Literatura Mexicana, la edición crítica de dos poemas extensos de Carlos Pellicer: “Variaciones sobre un tema de viaje” y “Semana holandesa”.  

Importancia de la labor editorial y retos

Marco Tulio Aguilera 

Antes que nada tengo que decir que yo no soy precisamente un editor sino una persona, un escritor,  que ha trabajado cerca de la labor editorial en la Universidad Veracruzana, en la que llevo más de 30 años, durante los cuales he asistido a diversas épocas, marcadas precisamente por los directores editoriales. El primero de ellos, con el que trabajé en 1980 fue Sergio Galindo, cuya trayectoria en el plano editorial en México se ha convertido en legendaria.

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Con un equipo muy pequeño de administradores, correctores y editores logró publicar a gran parte de la plana mayor de la literatura latinoamericana y española, así como de otros países de Europa y del mundo: comenzando por Gabriel García Márquez, incluyendo a Juan Carlos Onetti, a Juan García Ponce, Ortega y Gasset, Álvaro Mutis, Sergio Pitol y muchos otros. En aquellos tiempos la selección de los textos a publicar estaba centralizada precisamente en Sergio Galindo, cuyo gusto literario fue fundamental para la fundamentación de aquélla, que podría llamarse la «Edad de Oro de la Edición Literaria» en la provincia mexicana.

Habría que comparar esa época con la actual, en la que se publican trescientos o más títulos anualmente, muchos de los cuales he de decir, no me parecen del todo dignos de ser publicados. La época actual, sin embargo, está marcada por la presencia de Sergio Pitol, quien se ha convertido en luz, brújula y dictador de políticas editoriales. Bajo su influencia se han publicado colecciones que no vacilo en calificar de históricas e irrepetibles. Entre ellas destaca la Biblioteca del Universitario, que publica a bajo precio y con magnífica factura, libros clásicos –los libros clásicos–: desde la Ilíada hasta Cumbres borrascosas, obras básicas de Pérez Galdos, Henry James y un largo etcétera. Menos destacable es la Colección Sergio Pitol Traductor, que si bien incluye obras invulnerables, también publica obras que me parecen desechables.  

Con respecto a libros de autores recientes, la Editorial de la Universidad Veracruzana ha conservado hasta cierto punto la honradez editorial de publicar a quien lo merece, independientemente del nombre. Para que un libro llegue a publicarse requiere dos dictámenes positivos, que deben ser hechos por personas autorizadas. A este respecto tengo mis reservas. Muchos de los dictaminadores supongo que son académicos que despachan sus lecturas con desidia o desinterés, o tienen criterios anacrónicos (me atrevo a decir esto porque independientemente que fui lector de la Editorial, también sufrí dictámenes moralistas, de personas que me parece no están a la altura de los manuscritos que juzgan).

¿Será acaso que ha bajado la calidad de la literatura que se produce? ¿O que aquellos personajes que se encargan de seleccionar los libros que se van a publicar no tienen ni el tiempo ni la preparación ni el gusto literario indispensables? ¿Qué sucede en la Editorial Veracruzana? Los libros que llegan como propuestas son enviados a lectores que en muchos casos son académicos o profesores, más interesados en ganar puntos para los programas de productividad académica que en hacer lecturas sesudas, justas e inteligentes.

Yo he sido testigo de las dos caras de la moneda editorial: he sido lector de la Editorial (he de decir que hasta hace poco fui el único lector de planta, lo que me permitía hacer dictámenes en cuatro o cinco días, mientras que en general los libros que se mandan a dictámenes exteriores pueden tardar tres, cuatro y hasta cinco meses o más. Aclaro el verbo en pasado: yo “era” lector de la Editorial de la Universidad Veracruzana hasta que el director actual decidió que no lo fuera y su decisión tuvo que ver más con sus intereses y con lo que se llama en México grillas.

Como escritor sometí varios libros a dictamen y en algunos casos recibí observaciones tan extrañas como la siguientes: un dictaminador pidió que eliminara cinco cuentos de una antología y el otro solicitó que conservara esos cinco y eliminara los otros cinco. De modo que si hubiera de acatar las solicitudes de los dos dictaminadores tendría que haber dejado sólo el prólogo. En otro caso, me pusieron reparos moralistas a una novela algo atrevida.

Hablaré ahora de generalidades del oficio de los editores. De las prácticas ofensivas que pueden ejercer los editores, la peor es la de no informar a los autores sobre los dictámenes. Muchos editores simplemente no cumplen las reglas, reciben los manuscritos y se olvidan de los autores.  Y éstos se pasan los meses esperando y si son muy púdicos o muy diplomáticos simplemente se pueden disipar muchos años a la espera.

Centrándome en otro tema que es central a esta feria, hablaré del oficio del bibliotecario. Los bibliotecarios deben ser buenos lectores, deben saber discriminar lo que vale de lo que no vale, para surtir sus bibliotecas con libros de calidad. No deben comprar fondos, sino autores, y deben hacer todo lo posible por acercar los libros a los lectores. Una de las mejores formas de acercar los libros a los lectores es presentar a los mismos autores ante los potenciales lectores.

Dice Gabriel Zaid que en México todo está organizado para acabar con las librerías. Durante un tiempo las buenas novedades se encontraron en Sanborns, VIPS y en tiendas de autoservicio: ahora sólo se ven los best sellers norteamericanos y los de autoayuda. El oficio de librero y el de escritor se han transformado en oficios de difuntos o mendicantes.

Y con respecto a esos moribundos, las librerías. Leamos lo que dice Gabriel Zaid: “Ahora no se exhiben los libros más que unos cuantos meses, porque prevalece el derecho a devolverlos; con la complicación adicional del plástico retractilado que impide hojearlos, pero hace falta para protegerlos en el viaje de regreso al editor. Todo esto ha llevado a las librerías independientes al colapso. Venden poco y con márgenes reducidos que difícilmente sacan los gastos. Muchas han cerrado. Una persona que sepa de libros, que tenga mucha vocación por difundirlos y mucho sentido comercial, puede sobrevivir, hasta que se cansa. El mismo esfuerzo luce más en otras actividades. A pesar de lo cual, nunca faltan entusiastas que sueñan con poner una librería. Hay que decirles: a menos que tengas dinero para pagarte una afición costosa, no te metas. En México, todo está organizado para acabar con las librerías”.

Y continúa Zaid: “Los darwinistas ven todo esto filosóficamente. Si la ley de la selva destruye el medio ambiente en vez de mejorarlo, y convierte la selva en un desierto, el resultado (por definición) es óptimo, inmejorable. Cualquier intervención para que no se extienda el desierto, o para que reverdezca, sería antinatural. Si los bosques, el agua y la vida desaparecen, no hay que lamentarlo: no eran competitivos”.

Y así sucede con los libros de calidad, que ya no reciben los espacios en librerías, que ya no son publicitados, que no encuentran canales de difusión y que tienen que luchar la batalla totalmente desventajosa con los imperios editoriales, léase Planeta, Alfaguara, Random House Mondadori, que son los que están formando una nueva casta de lectores, los lectores ignaros, carentes de gusto, los que se dejan guiar por la publicidad y no por la opinión inteligente, informada, culta, de los buenos lectores que fueron en el pasado los reseñistas, los reseñistas serios, de los que quedan poco. Contra este sórdido panorama deben levantarse los bibliotecarios, que amparados en su conocimiento del campo, pueden convertirse en guías de lectura, en maestros y en auxiliares de maestros.


Nota del editor: Este texto fue preparado exclusivamente para la mesa redonda con editores en la XXIV Feria Nacional del Libro de León, FeNaL, México, 2013. Participaron A.J. Aragón, Benjamín Valdivia, Anuar Jalife Jacobo, Marco Tulio Aguilera, Juan Carlos Recinos, Luis Mauricio Martínez. Con la autorización del autor y la FeNaL, se publica en el Mexican Cultural Centre.


Marco Tulio Aguilera Garramuño, colombiano, es escritor. Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amorMujeres amadas Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía El libro de la vida, cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

 

Conjugar la memoria

Rey Andújar

Era una noche loca, sin gobierno

RRS

"Solo de flauta" de  René Rodríguez Soriano, Santo Domingo, República Dominicana: Alfaguara, 2013.Foto de Rey Andújar.

«Solo de flauta» de René Rodríguez Soriano, Santo Domingo, República Dominicana: Alfaguara, 2013. Foto de Rey Andújar.

La nostalgia es un lugar peligroso. Allí el dolor está cerca de las emociones y en la escritura, como en la vida, las decisiones que se toman a partir de la emoción pueden ser fatales. La cercanía a estos espacios de emoción y memoria implican riesgo y entrega. Por lo tanto, frente a este texto, busco identificar el origen y no el destino. Solo de flauta de René Rodríguez Soriano se funda en el decir de la memoria. La estructura del libro niega el diario o la bitácora. Cada breve pieza es un solo de tiempo, no el recuerdo de una escena, sino la conjugación de un instante preciado. Un compuesto de sueño, magia y tiempo.

Capricho: imagino el libro destartalado en el aire, hecho mil mariposas. Si una de estas alas perdidas viniese a parar en tu regazo leerías en “Certidumbre de las manos”, que una mujer se complace sola mientras el hombre, lejos, desespera, “Me palpé como un gusano, y percibí un pitito en la distancia. No sabía nada del frío y sus secuelas; no conocía la nieve, las heladas”. El cuerpo propio puede ser el espacio de lo ajeno, el animal que crece a la sombra de la soledad.

Rodríguesoriano se caracteriza por diseñar juguetes de mecanismos particulares. Es recomendable llegar a él sin tramas preconcebidas, de lo contrario, el lector se vería ante el libro como el turista que posee un buen mapa de Detroit, pero está en París. El único requisito para esta lectura es la libertad, la destrucción momentánea de las orientaciones; el reto está en perderse: “Y una vez más, cientos de miles de veces más, volvió con los senderos, con la brújula en banda, pensando que cantaba”. Para quien haya degustado de las locuras del siempre niño René, encontrará en este Solo notas de su fuero anterior: el constante coqueteo y homenaje al Tío Julio (Cortázar), la reorganización de los mapas, la conveniente relación entre desplazamiento y temporalidad, la negación de lejanías. Con Solo de flauta se consolida el muestrario del vasto conocimiento de este escritor: sus cosmogonías, sus lecturas, su música.

La mujer aquí es la muchacha locura e ingenuidad, en otras ocasiones es la valentía y el desenfado: “Se fue por la pendiente del hastío, pensaste. Y te encontraste de pronto frente a la noche, transeúnte, solo y sin anillo”. Este es el juego propuesto, el del imposible dentro de lo posible. El fuego siempre el fuego. Mi corazón amaneció prendido en fuego… El cuerpo de la mujer cercana, soñada, el contorno de una guitarra, un estadio repleto en Los Ángeles o el espejo roto de Borges. El autor sostiene una diatriba entre el fondo y la forma que pende de un hilo conductor de colores, frutas y aromas; una película delineando épocas, canciones inolvidables, esquinas coloniales, el campo como un landscape del olvido, amigos, gastronomías, cómplices y amantes. En la relectura concluyo que es el amor lo que articula estos relatos, que son cortos, cortísimos en ocasiones, pero que sin duda conjugan el aleph de un universo llamado Rodriguesoriano.

Semblanza del autor

René Rodríguez Soriano es escritor y editor dominicano, radicado en Estados Unidos desde 1998. Ha recibido las distinciones Talent Seekers International Award 2009-2010, el Premio UCE de Poesía 2008, el Premio UCE de Novela 2007, el Premio Nacional de Cuentos José Ramón López de República Dominicana (1997), entre otros. Ha publicado, entre otros, Todos los juegos el juego (1986); Su nombre, Julia (1991), La radio y otros boleros (1996), Queda la música (2003), Sólo de vez en cuando (2005), El mal del tiempo (2008) y Tientos y trotes (2011). Desarrolla una intensa labor de difusión y promoción de la literatura iberoamericana a través de la revista mediaIsla.

Rey Andújar, escritor dominicano, fue declarado ganador del Concurso Literario Letras de Ultramar 2010 en la categoría de cuento con la colección Saturnario. Andújar ha declarado que Saturnario es un libro que retrata el tránsito entre la puertorriqueñidad y lo dominicano, tanto en Estados Unidos como en el Caribe. Es doctor en Literatura y Filosofía Caribeñas del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, autor de obras como Candela, premiada por el Pen Club de Puerto Rico en el 2007 y Amoricidio, Premio Internacional de Cuento Joven de FIL-RD 2007. Su pieza teatral Ciudadano Cero fue pieza inaugural del Festival Internacional de Teatro, Puerto Rico 2007. Ha sido homenajeado en la FIL de República Dominicana por su labor cultural.