Carlos Pellicer

Quince minutos de Hora de Junio[1]

Adolfo Castañón 

para Carlos Pellicer López,

en prenda de alta estima 

Carlos Pellicer. Foto Cortesía.

Carlos Pellicer. Foto Cortesía.

I

En 1976 vi —una forma epidérmica de conocer, de tocar con la mirada— a Carlos Pellicer (1899-1977) con motivo de la publicación de Esquemas para una oda tropical[2] en el Fondo de Cultura Económica auspiciada por Alba Rojo y Jaime García Terrés. Tendría yo unos veintiséis años y el poeta andaría acercándose a los ochenta, y moriría menos de un año después.

Estaba rapado, iba vestido de punta en blanco y tenía un aire impecable y limpio. Parecía una serpiente albina, sin edad y sus ojos fijos se movían rara vez, pero a gran velocidad. Se puso a leer el poema con alzada voz teatral que iba poblando la sala de ecos y presencias. Lo que más me impresionó fue su palabra. Pellicer hablaba a mis oídos una lengua nunca oída, un idioma sutil y sustantivo que yo atendía sin entender, y por así decir, miraba sin comprender. Subía y bajaba la voz, se encogía y estiraba y miraba al auditorio desde una distancia inmemorial, inconcebible como la mirada que hubiere lanzado una escultura griega o una cabeza olmeca. Parecía un dios en el exilio.

Aquello que salía de su voz no era el destilado expresivo habitual que nos va adormeciendo. Fluía de sus labios una fulgurante savia opalina que —insisto— yo oía sin lograr entender del todo, pero que me hipnotizaba como, supongo, Svengalizaba[3] a los demás. Ahí estaba ante nosotros, irguiéndose como una víbora alrededor del árbol de las palabras el amigo de Jorge Cuesta —a quien estaba dedicado aquel “Esquema para una oda Tropical” publicado originalmente en 1937 por las fugaces Ediciones Hipocampo al cuidado del poeta Xavier Villaurrutia—, el mismo año en que el poeta se había trasladado junto con Silvestre Revueltas, Octavio Paz y otros escritores mexicanos a la ciudad española de Valencia donde se celebró el Congreso Internacional de Escritores Anti-fascistas (No dejo de pensar en el aparente contraste dramático entre el ambiente de aquel Congreso y la atmósfera del poema. Digo aparente pues, por lo que se desprende de las crónicas de la época, las memorias de algunos protagonistas y la reconstrucción arqueológica que hace Guillermo Sheridan en su imprescindible Poeta con paisaje. Ensayo sobre la vida de Octavio Paz (2004), aquel Congreso fue tan selvático y estuvo tan poblado de lianas como las odas intactas del tabasqueño). Por cierto, el mismo Carlos Pellicer recordó que:

“Al regresar a México, en la tercera clase de un barco francés, el maestro Silvestre Revueltas […] me preguntó si no tenía yo a la mano un libro mío. Sí lo tenía. Era un ejemplar de Hora de Junio, de reciente publicación; se lo regalé, y poco después de nuestro regreso me telefoneó un día para decirme que había compuesto una obra para pequeña orquesta inspirada en tres sonetos que mucho le gustaron de ese libro. Está considerada, para alegría mía y honor mío, como una de sus obras más importantes; se leen los tres sonetos alternando en forma irregular con la orquesta. Hace algunos años invitaron al maestro Limantour a presentar una obra mexicana en la Sala de Música del Museo de Arte Moderno de New York y escogió esa obra de Revueltas. Yo fui el lector. La obra mereció los mayores elogios de los críticos especializados.”[4]

Otra cosa que me llamaba la atención de su persona era la elasticidad de sus movimientos, la velocidad de esos gestos que contrastaba con la ceremoniosa parsimonia de la dicción. En un texto que el propio poeta preparó para la presentación del libro pero que permaneció muchos años inédito, expresó:

“Mi libro de poemas Hora de Junio [sic] representa diez años de labor. La coherencia del conjunto ha sido más bien espontánea y es acaso mi mejor mérito. Con excepción de Dúos marinos y Retórica del paisaje calculados más o menos desde el primero hasta el último verso, los demás poemas son puro arrebato con mayor o menor intensidad, inclusive los sonetos. Sobre dos poemas fuertes: “Esquemas para una oda tropical” y “La voz”, reposa un arco problemático de temas diversos conjugados con otro-interior- de sonetos que se refieren, casi todo, a un desastre sentimental. El libro abarca ambiciosamente, casi todos los temas de la poesía […] El 95 por cierto de los versos de Hora de Junio son endecasílabos tratados libremente en lo que se refiere a las consonancias o asonancias y la libertad sólo se encuentra cuando los problemas técnicos fundamentales se han resuelto definitivamente.”[5]

Ese hombre-serpiente, no exento de ciertos aires deportivos como de nadador o de piloto de aviación, era un “poeta de la revolución” como ha señalado Gabriel Zaid[6].

No sólo lo era por haber acompañado al legendario José Vasconcelos en sus viajes por América[7] o por haber colaborado en sus propuestas editoriales, o por haber trabajado en las sobrias y mesiánicas misiones diplomáticas del México todavía convaleciente de sus fiebres insurgentes y revolucionarias. Lo era por su cristalino optimismo cristiano, por sus amistades —Diego Rivera, José Vasconcelos, Silvestre Revueltas, Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia—. Pero lo era y lo es sobre todo por su impecable conducta literaria, por su vanguardismo arriesgado que él llevaba y practicaba con infalible y fluida seguridad. Esa compleja pero sutil maquinaria de enunciados artísticos viene desde el subsuelo; nace, por supuesto, del barroco, de Góngora, pero el joven serpiente sabía nadar con espontánea fuerza en el aire cruzado y cubista del tiempo, y si bien tenía en lo literario el instinto del diálogo —recuérdense los poemas de Hora de Junio en que parodia y dialoga con Villaurrutia—, en lo poemático traía el oído despierto para atender la lección que se desprende del coloquio sostenido entre la poesía y pintura, entre el lápiz dibujante y el lapicero cantante. Un lápiz bien afilado —ya sabe— es instrumento que punza y corta.

Los poemas de Pellicer participan de esta condición incisiva y a veces tajante. La elegancia física de Carlos Pellicer —que en aquel día de 1976 me impresionó con su cráneo limpio como de faraón o de calavera de cuarzo azteca— se traducía en su dicción limpia. En su palabra se expresa el evidente pulimiento de sus versos tallados y labrados como terso jade o diáfana obsidiana, por más que haya dicho él mismo que era fruto del “puro arrebato”. En esa sesión el autor recitaba en el tono certero y didáctico del profesor de enseñanza secundaria que el poeta católico-pintor-profesor-museógrafo había sido a lo largo de muchos años; entonaba sus versos con la misma aplicación obstinada con que había venido cincelando a lo largo de los años la cantera de su decir.

 II

Hora de Junio es en la obra de Pellicer un libro axial. Cuenta varias veces una experiencia inicial o iniciática tan poderosa que le resulta necesario asediarla una primera y una segunda vez en forma íntegra (el “esquema” y la “segunda intención”) y luego una tercera en otras instancias. ¿Cuenta o da cuenta de una experiencia con drogas, o la visión alucinada de ese estado rayano en lo místico tiene otra fuente como la decepción amorosa o “el desastre sentimental” al cual él mismo alude? ¿De dónde viene el estallido peculiar de Carlos Pellicer?

Hora de Junio es el libro del mediodía en la vida del poeta. El sexto mes, junio, está a la mitad del año. El libro puede estar bajo la advocación del Dios Jano (que tiene una cara doble, una cara vuelta hacia atrás y otra hacia delante) o bajo la de la diosa  Juno —la divinidad protectora de los misterios de lo femenino en la trinidad capitolina—. Carlos Pellicer escribe el libro en plena posesión de sus destrezas y facultades. Como si fuese la carátula de un reloj, el poemario está constituido por 24 poemas.

La Hora de Junio es la de la recapitulación del pasado y del porvenir. Examen y proyecto. Libro sensual y libro mental, se presenta como un cuaderno de dibujo de un “pintor-poeta”, como dijo de él Luis Cardoza y Aragón, cuaderno que se abre con el deslumbrante “Esquemas para una oda tropical”, dedicado a Jorge Cuesta, quien en 1932 le había pedido a Pellicer y a Villaurrutia que apadrinaran el registro civil de su hijo Antonio Cuesta, producto de su matrimonio con Guadalupe Marín, la ex esposa de Diego Rivera.

El idioma suntuoso y sorprendente en que está escrito este libro del rey Midas de la poesía mexicana que todo lo que tocaba lo bañaba con estelar fulgor —según apunta Vicente Quirarte—, da su peso a cada una de las palabras: atrás, está la lectura precoz de Góngora y se diría que también de Garcilaso, Herrera y Gracián y también, por supuesto, la lectura del mexicano José Juan Tablada; alrededor, se podría imaginar una cierta afinidad del proyecto de Carlos Pellicer y en particular de Hora de Junio con Rafael Alberti y Gerardo Diego; en América, la tiene con José Juan Tablada, Vicente Huidobro y con Aurelio Arturo, apenas unos años menor.

La enunciación metálica y fluida de Pellicer, de compacto, pétreo y restallante cariz, aflora en este Jardín de letras o jardín botánico-poético cuyos personajes principales son el mar, la selva, las rocas, las nubes, las frutas y los cactus. No parece ser casual la asociación entre el mundo de los hombres y el de los hormigueros. Atraviesa el poema una compaginación sistemática del hombre y de la naturaleza, del hombre en la naturaleza, a través de “La voz” que figura aquí como una entidad mediadora y plástica y que es, de hecho, según confiesa el propio Pellicer en el texto arriba citado, una de las columnas sobre las que se levanta este templo de la palabra. El poema —advierte el sujeto elocuente— está alzado o enunciado por cuatro voces que, puede suponer el lector, son las de los cuatro puntos cardinales —norte, sur, este, oeste— o las de los cuatro elementos —agua, tierra, aire, fuego—. Esos cuatro rumbos se equilibran en un quinto punto: el centro, el eje de la escritura que es la voz a partir de la cual se da la “transposición de planos” que opera sistemáticamente el libro-poema. Años después, Pellicer abundaría en las ideas que lo rondaban al intentar escribir el poema:

“Concebí la construcción de un poema que se llamaría ‘Oda Tropical’ y que se realizaría a base de coros, coros de los dos sexos. Entonces yo podría los cuatro elementos en la zona tropical y de acuerdo con esos cuatro elementos habría cuatro solistas: una soprano coloratura para el aire, una soprano dramática para la tierra, un tenor para el agua y un barítono para el fuego.”[8]

Hora de Junio cabe ser leído como una construcción. Imagino que Hora de Junio se alza como un templo que descansa en las dos columnas mencionadas por Pellicer (“El Esquema” y “La Luz”) y como un pabellón de maderas preciosas que su vez se abren y se desdoblan en jardines interiores cuyos senderos se bifurcan al compás de la voz. Ese pabellón llamado Hora de Junio se abre al reino prometido de un amorhacía sí mismo que se resuelve en amor del mundo y en pasión por el poema. Hora de Junio es un pabellón verbal donde la luz se quiebra y produce planetarios que se refractan en una argamasa de sinestesias. Corren por el pabellón llamado Hora de Junio aires de inteligencia y brisas desagacidad pero sobre todo un aliento de contemplado júbilo contenido. La euforia de Pellicer no viene del trasporte de un idioma alcoholizado por enfáticos adjetivos. Viene del agua prístina y regia del substantivo que se yuxtapone sobre el substantivo (una lección que Carlos Pellicer le aprendió bien a López Velarde). Viene de las más secretas fuentes o alfaguaras que son también las más transparentes. La urdimbre sintáctica de Carlos Pellicer recuerda la artesanía indígena, el tejido inflexible del mimbre o la malla entreverada de la palma de moriche: modernidad y aseo, limpieza de los tejidos tropicales, de la textura elástica y firme de las mallas vegetales.

III

“… vivimos pidiéndole a la vida el absoluto y cuando nos lo da nos hacemos pedazos”

Gabriela Mistral a Carlos Pellicer, abril 1928

Uno de los poemas de Hora de Junio, “Elegía délfica”, (“Apolo ha muerto”), se fecha en 1929; otro, “Grupos de palmeras” en Asuán, Egipto, el mismo año; en la página preliminar, el poeta advierte que alude a “Quetzalcoatl” sin nombrarlo en la anécdota de Chichén-Itzá y en la línea de abajo declara que hace “recuerdo de dos héroes culturales fruto del trópico: Buda universal, Quetzalcoatl de nuestra América”. El libro fue publicado en México, el mismo año y su edición estuvo al cuidado de Xavier Villaurrutia en el año que, como ya se dijo, Pellicer viajaba a Valencia, España, al Congreso de Intelectuales Anti-fascistas. El cosmopolitismo no afecta nunca la unidad del poema y más bien esa cartografía peculiar podría sugerir una sendero, un camino calculado o discretamente iniciático. Como si el proyecto vital que está atrás o debajo de la escritura del poema tuviese que ver con un móvil místico, si no es que religioso. Razón religiosa, que aspira a expresarse en términos poéticos y estéticos y que, se diría, se plantea fuera del ámbito doctrinario para elevarse a una dimensión estrictamente lúdica, poética, espiritual. No hay, fuera de la consigna contemplativa y hedonista y del imperativo sensual y sensitivo, otra brújula que la del amor, la danza, la proporción estética que guía al poeta que se concibe a sí mismo implícitamente como un maestro de ceremonias del cosmos cuya función consistiría, entre otras, en acomodar el paisaje y, por así decir, lograr a través de sus palabras exactas que la perspectiva de la tierra en fuga siente mejor sus reales y que tome a través de él mejor posesión de sí misma:

“Apolo ha muerto”

Reza el poema citado. Esta voz ritual hace esperar la aparición de la otra ceremonia complementaria: “Viva Apolo”, que es, como se sabe, la deidad presidente de las musas y, antes, del auto-conocimiento, del dios que habita a Carlos Pellicer. Poeta al fin y al cabo, Pellicer sabe que un idioma estereotipado sólo puede producir un conocimiento igualmente común y corriente y que el juego del poema tiene más gracia y energía cuando es capaz de cortar los susodichos valores previsibles. En esta cruzada lírica en busca de nuevas formas de celebración del paisaje por la palabra, Pellicer sabe que no está sólo –y él sabe que lo precede y rodea una extensa generación-; tampoco ignora que sólo logrará mantener su rumbo magnético entre las nubes a través de una honradez artística y de una probidad artesanal, tan inflexible como cotidiana. Otra forma de adentrarse por la lectura del libro sería seguir las huellas de las personas a quienes está dedicado: su hermano, Jorge Cuesta, Juan Coto, Roberto Meza Fuentes, Xavier Villaurrutia, Rafael Solana, Mauricio y Vicente Magdalero, Genaro Estrada, cierto poeta desconocido. Ninguna mujer. En todo caso es una red, una constelación de amistades invitadas a esa fiesta que es Hora de Junio, donde el poeta recapitula su experiencia y empieza el trazo de lo que será la segunda mitad de su vida creativa:

Yo, desollado, rejuvenecido,

cada vez que los días dan la hora.

De las raíces sube hasta mis ojos

el vigor permanente de la ausencia.

 

No hay crimen: sólo voluntad de vivir

dentro de la simetría de cada uno.

La flor, el fruto, el insecto, el pájaro, las víboras, la

                                                                     [fiera,

y esos colores, húmedos

guantes de algunos árboles,

y la luz de un instante que el viento hace posible”[9]

Hombre-árbol, hombre-ceiba, hombre-ciprés y hombre-encina, Pellicer toma la palabra y hace de sí mismo un espacio de identificación absoluta con el diálogo de la naturaleza del lenguaje consigo mismo:

“Creo que en cualquier parte del poema

esto que estoy diciendo soy yo mismo.”


[1]Apuntes para una conferencia dictada el 20 de junio de 2007 en la Biblioteca Nacional en la Ciudad Universitaria, en el marco del 70° aniversario de la publicación de Hora de junio y la participación del poeta en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia, titulado “Carlos Pellicer entre el amor y la guerra”.

[2]Carlos Pellicer, Esquemas para una oda tropical, México, Fondo de Cultura Económica, 1976, 39 pp.

[3]Svengali es el nombre de un personaje de una película de 1931. Se trata de un profesor  de música que utiliza en todos los sentidos a las mujeres y las controla por medio de ciertos poderes hipnóticos y telepáticos.

[4]Samuel Gordon, Carlos Pellicer. Breve biografía literaria, México, Ediciones Equilibrista y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1997, p. 63-64.

[5]Ibíd., p. 62-63.

[6] “Tres jóvenes poetas, que bien pudieran llamarse de la Revolución, con la misma latitud con que se habla de novelistas de la Revolución, iban a romper, cada uno a su modo, el cerco de esa estrecha definición nacional, y a encarnar nuevos personajes poéticos: Ramón López Velarde (1888-1977), Alfonso Reyes (1889-1959) y Carlos Pellicer (1897-1977), precedidos por un poeta veterano que rejuveneció: José Juan Tablada (1871-1945).” “Pellicer busca su patria fuera y halla tierra firme en la plataforma del continente. Mucho antes que Neruda, empieza a cantar los puertos y las playas de América. Vive en Colombia y Venezuela, de 1918 a 1920, enviado como líder estudiantil por el Gobierno de Carranza. En 1922, acompaña por América a Vasconcelos, quien prolonga más tarde su segundo libro (Piedra de sacrificios. Poema iberoamericano, 1924): ‘Pertenece Carlos Pellicer a la nueva familia internacional que tiene por patria al continente y por estirpe la gente toda de habla española’”. Gabriel Zaid en Carlos Pellicer, Antología Mínima, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 8-10.

[7]Carlos Pellicer, Piedra de sacrificios. Poema Iberoamericano 1924, [Prólogo de José Vasconcelos], México, Ediciones del Equilibrista, 1993, p. 7.

[8] Carlos Pellicer citado por José Joaquín Blanco, Crónica de la poesía mexicana, 1977 en Carlos Pellicer Esquemas para una Oda Tropical [A cuatro voces], Edición crítica comparada y anotada por Samuel Gordon, México,Instituto de Cultura de Tabasco, 1987, p. 11.

[9] Carlos Pellicer, Hora de Junio 1929-1936, México,  Fondo de Cultura Económica, 2001,  p. 30-31.

Adolfo Castañónmexicano, es poeta, narrador, ensayista, traductor, editor y crítico literario. Estudioso de las obras de Michel de Montaigne, Alfonso Reyes, Juan José Arreola y Octavio Paz. Miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Ha sido miembro del consejo de redacción de varias revistas en Latinoamérica, como Vuelta, Letras Libres, La Cultura en México, Plural, Gradita y Literal.   

Elizabeth Cazessús

No es mentira este paraíso

“Entre el pensamiento y el acto, cae la sombra”.

T. S. Eliot

 

Elizabeth Cazessús. Foto Cortesía.

Elizabeth Cazessús. Foto Especial. 

Cuerpo de palabras, háblame, desemboca tu voz esta noche

haz que caigan pétalos entre la bruma

ofrece a la noche los siete mares, las doce lunas

los cantos más antiguos

háblame de los cirios en el desierto

de la onda acuática que se desvanece en tu corazón:

presagio de tempestades, anuncio de la sombra

Deshila tus palabras líquidas y mira las gotas

caer en la arena, anda con tus zapatos de tela

y tu cordón almidonado

Háblame hasta inundar de letras y sueños

lo que no pudo ser en tu propia celda:

órganos convulsionados, llanto sin lágrimas

rabias contenidas

esa tristeza hueca que sólo conocen los cuerpos

de palabras

háblame de tus linderos y caminos andados

de las piedras que encontraste con su carnalidad transgredida

de su materia en estallido, su lado oscuro

resaca del tiempo desconocido donde estuviste

Háblame con tu voz frente al espejo

despliega la remota luz como si tuvieras las alas de un ángel

ve con tu lengua sedienta a la primera página54

Nacido de lo intangible, de lo que pudo ser y no es

vuelve a tu naturaleza de ofidio

y renuncia a lo que no dijeron las palabras

No es mentira este paraíso, ni mentira el sabor de lo perdido

Tal sea la palabra y el destino

recoge de tu casa lo que queda

nunca olvides la crisálida donde se eleva

el dulce sueño de la muerte

Desata entre la hierba los conjuros

que transiten las horas por tus células

como una resurrección, un nacimiento a lo insospechado

y entonces vuelve

hunde tus raíces, animal encendido

bajo esa última luz que se precipita por tus dedos al vacío.

Mujer esqueleto

Sólo huesos tengo para rescatar la memoria de tus brazos

Dame la sal y la pasión que destilan tus lágrimas

Aligérame el paso desgarbado por la sed en que he vivido

En la oscuridad no se distinguen los peldaños ni los giros de la luna

He gravitado callada para no perderme en el bullicio de otras voces

Como sonámbula deambulo con la canción del silencio

sin olvidar la órbita concéntrica en que se mueven los planetas

alrededor de tus ojos que describen la caligrafía del milagro

Deseo

Cada palabra se asoma desde lo innombrable

la belleza nace de lo inédito en medio del paisaje desértico

la unión de contrarios vive entre el cielo y la tierra

como una leyenda antigua grabada en la pulpa seca del cactus

El deseo levanta una fuerza incalculable y sorda

territorio sombrío donde sobrevuelan cuervos

y es posible permanecer bajo el giro del murciélago

El poema celebra el milagro oscuro de tenerse

gravita cual virgen reflejo de dos cómplices fortuitos

ciegos y mudos ante la pasión y sus quehaceres.

Luz estremecida

De frente, sobre la cama

me sigues mirando

y estoy aquí para amarte

Desdibujo la distancia

Penetras mi sombra

Vago contigo en la inmensidad

de la alcoba

Me miras callado

como si quisieras expurgar

en mi mirada el misterio

de una ola mortecina

donde morimos despiertos

balbuceando nuestros nombres

Y más allá —sólo más allá—

encontramos aquello

que nos hipnotiza y libera

en cada caricia

en cada átomo que siembra el deseo

en cada palpito que contienen

nuestros órganos diluidos:

veneros en su propio laberinto

hambrientos de esa luz estremecida.

Elizabeth Cazessús, mexicana, es poeta y artista de performance. Autora de nueve libros de poesía: “Ritual y canto”, “Veinte Apuntes antes de Dormir”, “Mujer de Sal”, “Huella en el agua”, “Casa del sueño”,  “Razones de la dama infiel”,  “No es mentira este paraíso”,  “Enediana”, “Hijas de la Ira”,  2013. Es creadora con trayectoria, FONCA, 1998. Ha realizado Periodismo Cultural, 1983 a 1992 en Tijuana, México. Dirigió el suplemento cultural “Arrecife” y actualmente coordina “Tijuana dossier cultural”, en el periódico mexicano El Sol de Tijuana. Cuenta con los premios: Municipal de Poesía, en los Juegos Florales de Tijuana, 1992; Premio de Poesía, Anita Pompa de Trujillo en Hermosillo, Sonora, 1995. Ha participado en múltiples encuentros y ferias nacionales e internacionales de poesía: Estados Unidos: San Diego y Los Ångeles Ca., Arizona, Cd. de Búfalo,  Nueva York; México: Zócalo, D.F. Guadalajara,  Oaxaca, Veracruz, Hidalgo, Michoacán,  La Paz B.C.S.; Cuba: La Habana, Chile: Santiago;  Puerto Rico, San Juan. Su obra ha sido traducida a los idiomas: inglés y polaco. Está incluido su trabajo literario  en diversas antologías. Realizó la producción de  dos Video poéticas: “Razones de la Dama infiel” 2009  y “Enediana”, 2011, junto con Gerardo Navarro, artista multidisciplinario. Acompañó alternadamente a Carlos Monsiváis,  interpretando voces de la poesía de la popularidad, durante la conferencia: “Mamá Soy Paquito”, Universidad de San Diego, E.U.A. 2009.

Stanislaw Jaroszek

El camino de Alfaro

Stanislaw Jaroszek. Foto: Especial.

Stanislaw Jaroszek. Foto Especial.

Cuando despertó Alfaro, ya no había nadie. Todos los de su grupo se habían ido sin él. El desierto empezaba a calentar mientras el sol subía más y más alto. Miró para adelante, pero no se veía nada más que las rocas negras y la arena del desierto. Desde el día anterior no tenía  agua ni alimentos, y lo único que sabía era que había que caminar. Caminaba sin saber si se acercaba o alejaba de la frontera, con cada minuto sus pensamientos parecían más y más lentos, desaparecían sólo para regresar de nuevo, se aparecían ajenos como si ya no fueron suyos.

 ―Caminar, tengo que caminar―, se repetía a sí mismo. Después de media hora de marcha tuvo que parar para descansar. Ahora el sol pegaba con toda su fuerza, convirtiéndose en el peor enemigo. El cansancio desapareció de repente, pero con él se habían ido todas sus fuerzas. Ahora el sol lo mataba nada más. Era el calor más intenso que había sentido en su vida.

 ―Tal vez ya soy muerto― pensaba… O me morí y estoy en la antesala del infierno. Se dio cuenta que su cuerpo había dejado de sudar y no sentía ningún dolor. Se asustó por sentir una gran alegría. Le daban ganas de reír, y reía de todas las fuerzas. Reía como en la secundaria, reía sólo por reír. Al oscurecer vino un sentido de profunda tristeza. La noche parecía bella y silenciosa.

―Tendré la muerte más hermosa del mundo―. Ya no quiso levantarse, hasta que sintió un enojo contra todo. Ahora sólo era un odio nada más. Se puso de pie en un instante  para marchar en la oscuridad. El odio no duró por mucho tiempo y pasó como el día anterior. Su cuerpo cayó sin fuerzas y se apoderó de él una tranquilidad.

Al despertar empezó caminar de nuevo. Le parecía extraño que lo hiciera sin ningún esfuerzo. Al llegar a un gran río, sintió miedo. De todos modos tenía que arriesgarse. El agua era tibia y lo levantaba como si fuera una balsa de goma. Del otro lado llegaban los gritos. Eran los miembros de su grupo, los acorralaban los hombres en uniformes azules y verdes. El agua lo llevaba en dirección opuesta, alejándolo poco a poco. Desde la distancia observó a los últimos en subirse a las camionetas, mientras el río lo mantuvo en la curva de su trayectoria hasta que no pudo ver más.

La llegada

―¡Soy Alfaro Montes de Oca!― El oficial lo ignoró como si no lo hubiera visto, dedicándose a arrestar a los que lo habían abandonado el día anterior.

―¡Arréstenme a mí!― gritó otra vez, pero su voz se parecía perder en el silencio. Era como si fuera invisible. Después de tratar varias veces el hombre siguió adelante. Caminaba por la carretera, por los campos sin fin, por las paredes de las casas de gente que no conocía. No tenía el sentido del tiempo, y el día y la noche eran lo mismo para él. No supo cuando llegó a la casa de su primo, o mejor dicho a un sótano que alquilaba la familia. Era de noche, el primo roncaba después de la jornada larga; a su lado dormía una mujer igual de cansada. En la cuna encontró despierta a una niña.

 ―Tío Alfaro, siéntate conmigo para jugar―dijo ella. El hombre se sentó en la cuna y empezó a jugar con la niña. La siguiente mañana todos despertaron temprano para esperar noticias de la llegada de Alfaro. Por eso se emocionaron cuando sonó el celular. Era la voz del coyote. ―Lo siento, pero se lo comió el desierto―.  

Stanislaw Jaroszek, polaco, es escritor y maestro de español. Realizó estudios en la Universidad de Illinois en Chicago y Roosevelt University, Estados Unidos. Autor de los libros “Jaleos y denuncias” y «De novias, esposas y otras cosas».

Adriana Zapparoli

en jardín de flores,  leonella

Adriana Zapparoli. Foto Especial.

Adriana Zapparoli. Foto Especial.

estas hierbas somnolientas naciendo de la semilla al comienzo, más o menos, rectangulares o elípticas, respondiendo al concepto, a los órganos, y sus rizomas verde oscuro, y casi insectívoro, atraído por un néctar dulce. se posa … y cuando roza los cilios, y en secreción de jugos digestivos, una Drosera y sus hojas … es una rosa… es el amor y leonella en jardín de flores …

y

en la campiña al tenerlo en las manos sentí deseos alzando los hombros. mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y por la mirilla de la persiana, con un pozo debajo de la ventana, sus cabellos, hojas y miembros… –casi en mi centro… a veces encendía todas las luces de la habitacíon con un libro en las manos pero sin leer y –entre los rosales, a tres pasos de mi boca, en lo oscuro de mis ojos … poder verlo, en su corazón ofrecido, en mi (corazón) de bicho …

y

las semillas son la próxima generación… y el pensamiento estratégico un estróbilo de hojas fértiles, como  imprevisibles en la materia, en forma escrita, la flor es un corto tallo, una espiral sobre el eje, del mismo modo, amolado, en que las hojas se insertan y nos aquejan día tras día, en la mayoría, son trastornos de la velocidad y las flores en fuga de ideas en taquipsiquia. mira … mientras que los gatos están al acecho en la ventana … en el rojo pensamiento …

y

leonella y susurro en la práctica neuronal. sus esquemas de azúcar glas. sus parodias y dulzuras. y una calma aeroespacial, transitoria  azucena, en la sinapsis. todo es orden. en escarpelo de pensamiento escéptico. en el agotamiento de escuálido y espeso encéfalo. y el rendimiento dóping cognitivo en esfera celeste, bolígrafo etílico de tungsteno induciendo la liberación en canales abiertos y estribillos de espliego en flores de color morado, en un día soleado, la esencia y la actividad terapéutica de la planta de lavanda mezclada con otras plantas tranquilizantes nuestras tila, amapola, melisa, pasiflora en nuestro jardín de flores y psicosis anfetamínicas.

Adriana Zapparoli, brasileña, es escritora, poeta y traductora. Ha realizado estudios de postdoctorado en la Universidad Estatal de Campinas, Brasil. Sus poemas han sido publicados en revistas de arte y literatura en diversos países. Es autora de los libros “A flor da abissínia” (versión bilingüe) en 2007; “Cocatriz” en 2008; “Violeta de Sofía” en 2009; “Tílias e tulipas” (versión bilingüe) en 2010, “O leão de Neméia” en 2011; “Flor de lírio” (versión bilingüe) en 2012, “Flor de lótus” (versión bilingüe) en el año 2013, todos han sido editados por Lumme Editor (Bauru, SP). Actualmente es editora de la revista electrónica “Zunái de Poesía y Debate” (ISSN 1983–2621), junto con el poeta Claudio Daniel.

Callejones

Purificación Claver García

Todas las noches cruzaba los estrechos y malolientes callejones. Los contenedores de basura estaban llenos a rebosar, las papeleras habían sido destruidas y la suciedad inundaba el suelo. Cada noche se hacia la misma pregunta. ¿Dejaré algún día estas cloacas? y la respuesta era un infinito silencio en aquel espacio oscuro y pobre, solo alguna rata se escuchaba en su deambular nocturno de camino a casa. En ocasiones algún borracho, con un vocabulario soez e incoherente trataba de captar su atención y Claudia disimulaba su miedo, mirándolo sin perderlo de vista.

Purificación Claver García. Foto Cortesía.

Purificación Claver García. Foto Especial.

Por fin, cuando salía a la explanada desaparecía su angustia, allí quedaban a la vista las casuchas de abajo, iluminadas con luces mortecinas. En aquel lugar tenía su territorio y su refugio, Claudia sorteaba todo aquello como podía, solo tenía que cerrar sus ojos y soñar, mordía sus labios para no dar paso al llanto y seguía su camino. Cuando se acercaba a los destartalados bloques de casas, por fin se rompía el silencio. Allí se percibían los gritos de alguna pareja en plena discusión, risas y llantos de niños y el sonido de los televisores a todo volumen, eso le daba una seguridad momentánea que instintivamente le hacían aminorar el paso. Entró en el portal de su casa con repentinas prisas, la luz de la entrada era difusa, abrió la puerta apoyándose en ella ¡por fin estaba en casa!

Un halo de luz se colaba a través de la ventana, iluminando el contorno, de los pocos muebles que tenía. Encendió unas varas de incienso y pasó a la ducha. El agua estaba fría, no tenía la tibieza suficiente para entrar en calor, se frotó fuertemente su cuerpo casi con furia y se envolvió en una manta quedando dormida en el sofá hasta el alba. Al levantarse aquella mañana, tomó un café sin prisas, y recordó el hogar familiar olvidado durante tanto tiempo. Aquel momento de calma en la mañana, la llevó a tomar la decisión de volver con los suyos. Sin embargo, temía encontrarse con una familia que quizás la habría olvidado. Dejó sus reflexiones a un lado y llamó a su padre por teléfono. Al otro lado de línea la voz emocionada del hombre le contestó sin demora ¡no des explicaciones, te esperamos!

Claudia hizo su equipaje, seleccionando lo más adecuado, para el comienzo de esta nueva etapa de su vida. Fue separando los trajes de lentejuelas de faldas casi inexistentes. Los trajes de generosos escotes y los accesorios propios de “ese trabajo” que nunca mencionaba, todo quedó abandonado en un rincón de aquella oscura estancia. El autobús llegó hasta la última parada de su recorrido. Claudia bajó con su escaso equipaje y vio como se alejaba con indiferencia. Aún le quedaba un largo recorrido para ir al encuentro de su padre.

El arrabal quedaba atrás y el hedor de las cloacas de la gran urbe iba desapareciendo; se vislumbraba el verdoso color del campo, solo tenía que caminar un poco para llegar hasta los abedules. La tarde descendía y el camino de los abedules quedaba ensombrecido. Se sentó sobre una roca, sus ojos se dirigían una y otra vez al camino donde una vez juró no volver. Comenzó a comer una naranja sin apetito, era una manera de mitigar su impaciente espera. El sol estaba ya en su crepúsculo y el resplandor rojizo la tenía abstraída en su contemplación, no advirtiendo la silueta de un hombre que se acercaba por el seno arborescente de la ladera.

-¡Padre!– exclamó y su voz vibró en el aire. Se percató de su error cuando tuvo frente a ella los rasgos de aquel hombre. Sus duras facciones y la cicatriz que tenía en la comisura de los labios, le daban un aspecto sombrío que a ella no le habría asustado en su zona de trabajo. Allá en el arrabal había muchos tipos así, sin embargo, en aquel campo inmenso se sentía indefensa. Cuando el individuo llegó frente a ella por todo saludo exclamó, sarcásticamente: -¡Tu solita por estos lugares!- Claudia contestó sin demora: -Estoy esperando a alguien-. 

Volvió a sentarse sobre la roca, aparentando serenidad. Sacó otra naranja y se la ofreció al desconocido, él la tomó bruscamente y la lanzó lejos por encima de la pendiente. Luego se acercó a ella mofándose de la cortesía que tuvo con él. Claudia venció su miedo y le respondió con valentía: “¡Déjame tranquila desgraciado!” Esas fueron las palabras que saltaron el resorte de la ira de aquel sujeto. En décimas de segundo se abalanzó sobre ella, derribándola al suelo. Todo ocurrió muy rápido, Claudia intentaba defenderse, buscaba algo con la mano que tenía libre. Era un intento desesperado, le faltaba el aire y la mano que atenazaba su garganta aflojó poco a poco. Retiró el pesado cuerpo que oprimía el suyo, miró asustada aquella cabeza sangrando y una piedra manchada de sangre. Estaba extenuada y confusa, maldecía haber salido de los callejones, donde nunca tuvo que defenderse de aquella manera tan atroz. Miraba el cuerpo inerte del hombretón sin saber que hacer, no se atrevía a aproximarse y mucho menos tocarlo.

Aún había suficiente luz, a pesar de que la incipiente noche iba surgiendo poco a poco. Tomó la pendiente frondosa de los abedules y llegó hasta el viejo árbol donde iba a tener su esperado encuentro. Estaba fatigada y temerosa por lo sucedido arriba, estaba rendida y se recostó sobre el pie de aquel macizo tan acogedor. La silueta de un vehículo se divisaba en la carretera. Claudia sintió el ruido del motor y esta vez controló su emoción, tenía que asegurarse de no tener otra equivocación. En aquel paraje se respiraba armonía y paz, nadie diría que unos metros mas arriba estaba la prueba del desagradable trance que había vivido.

La camioneta paró al borde de la carretera, el hombre que la conducía se dirigió con paso decidido hasta donde estaban los árboles más viejos. Una mano firme aunque cariñosa sacudió suavemente su hombro, despertó asustada y confusa. -Soy yo hija. Perdona mi retraso- dijo el hombre, se fundieron en un abrazo tan cálido que a Claudia le costó trabajo separarse. Después, aunque algo aturdida, pasó a relatarle lo ocurrido. Ahora con su padre al lado, se atrevía a encontrarse con la verdad de lo que sucedió. Subieron el vertiginoso cerro, ayudándose por la luz de una linterna a pesar de haber una luna arrebatadora, iluminando las recortadas siluetas de la arboleda y las sinuosas rocas del terreno.

La llegada fue examinada por los dos con precisión. El cuerpo del hombretón había desaparecido y solo la piedra manchada de sangre permanecía en el lugar como testigo de aquella afrenta con un ser extraño y siniestro al que abatió sin saber cómo… El padre de Claudia exclamó: ¡Aquí no hay nadie ni vivo ni muerto! -Es cierto- ¿habrá sido un mal sueño? -contestó- Claudia. Sin embargo, parecía tan real… Bajaron despacio por la ladera, Claudia iba cogida de su mano como cuando era una niña, con la misma seguridad de entonces. Llegaron hasta la camioneta dispuestos a emprender el camino a casa. Una naranja destrozada y perdida cayó sobre la camioneta en el instante que esta se ponía en marcha y algo parecido a un alarido se escuchó en la lejanía. La negrura de la carretera contrastaba con el resplandor de una generosa luna llena, padre e hija iban en silencio. Detrás dejaban el campo de los abedules oscuro y solitario a esas horas, y algo más lejana la gran urbe con sus parpadeantes pupilas y sus recónditos callejones…

Purificación Claver García, española, es narradora. Autora del libro de relatos “Partir de cero”, (España, 2012). Su trabajo literario ha sido incluido en diversas antologías. Colabora en publicaciones digitales españolas como “Digital Extremadura”, donde publica en su página Cultural, en la sección “Cultura de aquí”.

Museo de los corazones rotos

Ana Laura Pazos González

Era mi primer día en Zagreb y, como cualquier turista en una ciudad que visita por primera vez, estaba emocionada. Debía apurarme a salir del hotel porque el invierno había comenzado y el sol —de por sí tímido detrás de los nubarrones— se ocultaba alrededor de las cinco de la tarde. 

Museo de los corazones rotos. Crédito de la imagen: revista cultural mexicana Bicaalú.

Museo de los corazones rotos. Crédito de la imagen: revista cultural mexicana Bicaalú.

Desempaqué mis cosas tan rápido como pude y aparté las prendas que debía usar para que mi termostato interno no sufriera un sobresalto. Bajé al lobby y le hice al encargado preguntas esenciales, como: ¿dónde hay un centro de cambio de divisas? y ¿qué lugares me recomienda visitar? Después de señalar algunos puntos clave en el mapa de la capital de Croacia, el diligente recepcionista dejó a un lado el bolígrafo, levantó la mirada del mapa y me dijo con los ojos fijos en los míos: ‟You can´t miss The Museum of Broken Relationships[1], haciendo especial énfasis al pronunciar las erres. Antes de que pudiera preguntar de qué trataba aquella exhibición, un grupo de empresarios japoneses llegó para registrarse y, aturdida por una decena de voces, apenas alcancé a pedir prestado un paraguas. Había empezado a llover.

En el centro de divisas, cambié mis euros por kunas: nombre de la moneda de Croacia y también de un pequeño mamífero que nosotros conocemos como ‟marta”. Mi primer pensamiento al caminar por las calles iluminadas por farolas, con extensos edificios departamentales y librerías subterráneas, fue que me encontraba en un territorio que había pertenecido a la desaparecida República Federal Socialista de Yugoslavia. Después de atravesar el parque de Zagreb y llegar a la Plaza Ban Jelačić, aquel pensamiento se coloreó con la imagen de un tranvía de vagones azules, edificios en distintos tonos de pastel y cafés con luminosos letreros; decidí refugiarme en uno donde vendían chocolate caliente: la lluvia se había convertido en tormenta.

Al entrar, la mesera dijo: ‟Dobar dan!”, y comprendí que me daba las buenas tardes. Mientras esperaba a que cesara el aguacero con una taza de chocolate y un croissant, me platicó que Croacia cuenta con mil islas, y su capital con tan sólo un millón de habitantes. Me recomendó ir a ver la catedral —precioso edificio gótico, a pesar de que se encuentra en proceso de restauración—, cenar en el restaurante del futbolista Zvonimir Boban y… visitar el Museum of Broken Relationships. ¡Otra vez ese lugar! Le pregunté si la exposición trataba sobre la ocupación nazi o tal vez sobre la Guerra de Yugoslavia. Ella simplemente dijo: ‟Te va a gustar.”

Al día siguiente, mi amiga Marija, quien nació y creció en Zagreb, me llevó en coche al norte de la ciudad para conocer el imponente cementerio de Mirogoj, donde está enterrado Franjo Tuđman —el primer presidente de la Croacia libre—, entre otros ilustres croatas. Cerca de ahí, a lo largo de serpenteantes caminos construidos en lo alto de una montaña, se encuentran las casas de los ricos, todas coronadas con techos de teja anaranjada.

Después del paseo, fuimos al restaurante Dídov san, donde sirven comida dálmata con influencias de la gastronomía bosnia y mediterránea. De entrada pedimos uštipak, unas bolitas de crujiente masa rellenas de queso y, como plato fuerte, una deliciosa variedad de mariscos ahumados. Mientras esperábamos el postre, y una vez que habíamos puesto nuestras vidas al corriente, le pregunté a Marija sobre ese museo de curioso nombre que parecía estar en boca de todos. Ella sonrió enseguida y me contestó que trataba sobre relaciones amorosas frustradas. ‟¿En serio?, ¿eso era todo?, ¿nada de nazis ni guerras?”, pensé. La verdad es que me sentí decepcionada. 

Marija se ofreció a llevarme de regreso al city centre; le agradecí y le dije que prefería volver caminando para ver más de la ciudad. Recorrí calles adoquinadas y flanqueadas por palacetes que —supuse— eran edificios administrativos. Estaba a punto de bajar la colina, rumbo al centro de Zagreb, cuando, en la oscuridad, distinguí unas palabras en inglés: Museum of Broken Relationships. Había llegado sin querer.

Antes de entrar al museo, el visitante debe atravesar una tienda de souvenirs donde venden camisetas con corazones partidos, borradores que dicen ‟bad memories eraser”[2] y libros con las mejores piezas de la exposición. En la primera sala, me encontré con tres pares de zapatos muy gastados. Quedé francamente desconcertada, así que me puse a leer la explicación escrita en la pared, que decía más o menos lo siguiente: ‟The Museum of Broken Relationships nació del concepto de las relaciones fallidas y sus ruinas. En lugar de proporcionar instrucciones para recuperarse después de la pérdida de un amor, el museo otorga la oportunidad de superar un colapso emocional a través de la creación y la donación de objetos personales, en una suerte de ritual o celebración solemne…” ‟Mmm, ¿acaso éste es uno de esos museos donde exhiben objetos de la vida cotidiana que, sólo por haber sido elegidos por alguien, son considerados obras de arte?”, me pregunté con escepticismo.

Entre las piezas expuestas —sin un vidrio protector o línea en el piso que obligara a mantener la distancia— había osos de felpa y vestidos de novia, pero también objetos inesperados: un espejo retrovisor, bolsas para el mareo de las que dan en los aviones, una tanga de dulce, las manos de madera de un maniquí, unas esposas de peluche color rosa… A pesar de la variedad, tenían algo en común: cada uno contaba la historia de un corazón roto.  

Todo comenzó en 2006 con un conejo de felpa que le pertenecía a Drazen Grubisic y a su ex novia Olinka Vistica, los fundadores del museo. La pareja tenía una tradición: cuando uno de ellos hacía un viaje en solitario, llevaba consigo al conejo y le tomaba fotos en los lugares donde le hubiera gustado retratarse con el otro. Tras la ruptura, el muñeco de felpa se convirtió en la manzana de la discordia, y fue así como les vino la idea de crear un proyecto que les permitiera desahogarse de manera artística y, al mismo tiempo, encontrarle un nuevo hogar al disputado juguete.

Ciertos amigos de Drazen y Olinka donaron objetos que simbolizaban sus propias relaciones fallidas y —adicionalmente— escribieron las historias que había detrás de ellos. A esos primeros objetos, se sumaron otros cedidos por personas de diferentes partes del mundo, hasta que el museo llegó a albergar una colección de cien piezas, cien historias escritas por los descorazonados: algunas poéticas, otras graciosas y, muchas de ellas, melancólicas, como la siguiente:

Sacacorchos en forma de llave

23 de enero de 1988 – 30 de junio de 1998

Ljulbjana, Eslovenia

‟Me hablaste con amor y me diste pequeños regalos cada día; éste es sólo uno de ellos. La llave del corazón. Volviste mi cabeza hacia el otro lado de la cama; simplemente no querías pasar la noche conmigo. No me di cuenta de cuánto me amaste hasta que moriste de sida.”

O esta otra:

Un hacha

1995

Berlín, Alemania

‟Durante los catorce días después de su partida, destruí con esta hacha una parte de alguno de sus muebles. Dejé los restos en el piso, como una expresión de mi condición interna. Mientras más llena estaba su habitación de madera picada, contagiada del aspecto de mi alma, mejor me sentía. A las dos semanas, ella volvió para recoger sus cosas. Yo había formado pequeñas montañas de aserrín y fragmentos de madera. Se llevó aquellos restos y nunca más volvió a mi departamento. El hacha se había convertido en un instrumento de terapia.”

Aquellos objetos tenían poder. Eran dolorosos testimonios, ocurrentes vestigios, pequeños y significativos pedazos de la vida de alguien. Durante el recorrido —aunque lo hice sola— me sentí conectada a seres humanos anónimos provenientes de distintas latitudes y culturas, pero con quienes compartía algo: a mí también me han roto el corazón. Creo que, como afirma Drazen Grubisic, ‟el arte de esta muestra reside en la forma en que las historias fueron expuestas”.

Esa noche, sentada a la mesa de un café en la animada calle Opatijska, me puse a pensar en los objetos que yo donaría si tuviera la oportunidad. Para mi sorpresa, al entrar a su sitio web, descubrí que el Museo de las Relaciones Rotas de Croacia está exhortando a los mexicanos a buscar entre sus recuerdos amorosos para dejarlos ir a través de la muestra que, del 12 de marzo al 8 de junio de 2014, estará abierta al público en el MODO —Museo del Objeto del Objeto— de la Ciudad de México. Después de meditarlo un poco, decidí que mis donaciones serían: un afinador para guitarra, un boleto de avión y una caja llena de viejos pétalos de rosa.


[1]‟No puedes perderte el Museo de las Relaciones Rotas”.

[2] Borrador de malos recuerdos.

Ana Laura Pazos Gonzálezmexicana, es escritora y directora de la revista Bicaalú.  Cuenta con estudios de maestría en Humanidades por la Universidad Anáhuac, México. Autora del libro Parvada blanca en la ciudad” (Editorial Jus, México, 2011).  

Hábleme ‘fuerte y claro’

Paniel Osberto Reyes Cárdenas 

Vivo lejos de mi México natal, y además vivo en un país donde se habla una lengua distinta a mi lengua nativa. Quien entiende esta experiencia, entiende también la alegría que da el encontrarse con un paisano, a mí me pasa frecuentemente cuando me encuentro algún compatriota en el correr de la faena diaria. Hace poco conocí a un buen paisano e instantáneamente comencé a buscar un pretexto para conversar.

Paniel Osberto Reyes Cárdenas. Foto Especial.

Paniel Osberto Reyes Cárdenas. Foto Especial.

El punto de esto es que casi tuve que repetir todo lo que decía un par de veces, pues mi compatriota está tan desacostumbrado al castellano que le cuesta ‘procesar’ lo que digo. En aquél momento recordé cuando mi abuela me pedía hablarle ‘fuerte y claro’. Creo que es muy evidente el significado de ‘fuerte’: lo interpretamos como una expresión que tiene el volumen lo suficientemente alto o incluso estridente. Nos es natural percibir que una persona siente seguridad en sus palabras si habla con el suficiente volumen. ¿Pero qué hay con la claridad? Bien, pues sobre la claridad se suele decir poco porque no siempre entendemos lo mismo por ‘claridad’. Con todo, libros enteros sobre metodología, filosofía, análisis, semántica y otras disciplinas estudian el tópico de la claridad como un tema digno de ser estudiado por derecho propio.

Tengo una muy buena amiga que está dedicando su doctorado a esclarecer la ‘claridad conceptual’ pero citar sus concepciones sobre la claridad podría oscurecer el interés de los lectores. Prefiero invocar brevemente los comentarios del filósofo norteamericano Charles S. Peirce, quien fundó la corriente de pensamiento ‘pragmatista’ justamente como un medio para esclarecer nuestras ideas. Peirce consideraba que existen  tres grados de claridad.

Una ‘idea clara’ es aquella que se puede reconocer dondequiera que se encuentre y de la cual estamos en condiciones de no confundir con otra. Éste es nuestro primer deseado grado de claridad. Un ejemplo de esta claridad se encuentra en nuestra idea de nosotros mismos, nos vemos al espejo y sabemos que el reflejo proyectado en él corresponde a nuestra propia imagen, un signo identificado, o una senda que consideramos correcta.

Un segundo grado deseado de claridad tiene que ver con los conceptos que asociamos a ella, o más exactamente, una idea es ‘distinta’ si la podemos precisar en términos abstractos, cuando puedo hacer las distinciones pertinentes para hacer entendible de qué se está hablando. Las definiciones reflejan este grado de claridad, que para muchos es el más deseado. Pero nosotros podemos poner a prueba esta idea de claridad llevándola a un nuevo nivel, es decir, pensemos en cosas de las que tenemos buenas definiciones de “familia” si la definimos como, por ejemplo, “un núcleo unido por vínculos de afecto y consanguinidad” parece no ser suficiente (lo que no significa que la definición sea equivocada) para esclarecer los contextos en que el término es usado con éxito o erróneamente.

Por ello, la claridad parece no detenerse en una definición, por muy buena que ésta pueda ser. Pero el tercer grado más deseado tiene que ver con la vida práctica, el uso adecuado y exitoso que le damos al concepto. Clarificamos un concepto clarificando las proposiciones (oraciones) que lo contienen, diciendo cómo se entienden en los distintos contextos de nuestra vida. Cuando eso se hace realidad, entonces nos volvemos maestros de nuestros conceptos, sabemos aplicarlos con el arte con el que un pintor domina el pincel. Sin embargo clarificar las proposiciones no sólo significa saber usar el concepto, sino identificar las consecuencias prácticas que hacen a esa proposición ser verdadera.

Una consecuencia práctica es una implicación para la acción en relación con la experiencia: cuando una acción es exitosa está reflejada en las experiencias que resulten de ella y al mismo tiempo nos muestra que encaja exitosamente en el mundo porque es verdad: algo entonces, según esta máxima, es claro en este sentido porque la experiencia nos muestra que es verdadero (lo que no significa que sea verdadero por ser exitoso en la experiencia). La moraleja de esta historia es que la claridad tiene niveles, y esto nos autoriza a pensar que en todas las situaciones, desde la vida cotidiana hasta los problemas teóricos más enredados piden un monto de claridad y un esfuerzo nuestro por desear esclarecer nuestras propias ideas.

Paniel Reyes Cárdenas, mexicano, es maestro y doctor en Filosofía por la Universidad de Sheffield, Reino Unido. En su tesis investigó el pragmatismo y la metafísica del realismo escolástico en C. S. Peirce. Aunque animado por su interés en la tradición pragmatista, Paniel tiene un amplio interés filosófico. Ha publicado artículos sobre filosofía de las matemáticas, metafísica, filosofía medieval, filosofía de la religión, Hegel, y sobre todo, Kierkegaard. Ha participado en un importante número de congresos académicos en más de 15 países. Es fundador de la Sociedad Mexicana de Metafísica y Filosofía de la Ciencia.

Qué es la corrupción

Gabriel Zaid

El uso de la palabra corrupción está documentado desde 1438. Viene del latín corruptio, cuya raíz indoeuropea (reup) comparte con romper, interrumpir, derrotarse (salirse de la ruta) y usurpar. Corromperse es desviarse, echarse a perder, dejar de ser lo que se es. Se dice de las cosas, de las personas y de la sociedad, del ambiente físico y el ambiente moral. Pero hay que distinguir.

‘Muerde’ corrupción a México. Fotografía de Reporte Indigo.

‘Muerde’ corrupción a México. Fotografía de Reporte Indigo.

Hay corrupciones que terminan bien. Si los frutos no se pudren, las semillas no germinan. Si los niños no dejan de ser niños, no crecen. El español es un latín corrupto, pero no es deseable que vuelva a ser latín. La Revolución mexicana consolidó la corrupción como sistema político, pero acabó con la matazón.

El México del siglo XIX creó una república artificial. No era tan fácil pasar de un virreinato de tres siglos (y sus instituciones, y el acatamiento de los súbditos) a una supuesta república moderna, carente de instituciones republicanas y de consenso ciudadano. La inestabilidad resultante duró hasta que el general Porfirio Díaz restauró la monocracia, manteniendo la fachada republicana. Años después declaró que, al imponer la paz, el orden y el progreso, había logrado que el país estuviera listo para la democracia. Pero no había creado las instituciones para que funcionara, ni aceptó una transición pacífica encabezada por otro general: Bernardo Reyes. Vio venir el desastre y prefirió el destierro, cuando la insurrección de Madero «soltó el tigre» de las aspiraciones al poder y la lucha armada de todos contra todos. La solución para volver a pacificar el país en el siglo XX fue el acceso al poder por turnos y el reparto pacífico del queso: restaurar la monocracia bajo una modalidad institucional, no personal. 

Esta solución empezó a desmoronarse cuando el presidente Salinas dio la impresión de que buscaba la monocracia personal: romper la regla de que nadie llega al poder para quedarse. Reaparecieron los magnicidios, el ambiente insurreccional y las disputas entre capos. Afortunadamente, su heredero (el presidente Zedillo) aceptó la derrota electoral del PRI frente a Fox. Pero la democracia nació con el nuevo siglo, en circunstancias difíciles. 

Por tercera vez en la historia de México, la desaparición de la monocracia desató el aspirantismo y una multitud de poderes autónomos, voraces y hasta sangrientos que no le rinden cuentas a nadie. La solución para muchos sería restaurar la república simulada bajo una mano dura que, dentro o fuera de la ley, recoja los hilos sueltos del poder en las riendas del Señor Presidente. Para no recaer en eso, la solución democrática se enfrenta a una dificultad históricamente inédita: enfrentar la corrupción como problema, no como solución. Es posible, porque no se trata de cambiar la naturaleza humana. 

Todo es corruptible. ¿Y qué? Meter bajo esa generalidad la corrupción como sistema político sirve para considerarla insuperable y resignarse. Atribuirla al carácter de los mexicanos es erróneo y racista. No es la supuesta perversidad humana o la inferioridad nacional lo que explica nuestra situación. El verdadero problema de la corrupción en el poder radica en la doble personalidad de todo apoderado. Su investidura representa algo distinto de su propio ser. Así como el actor que representa a Hamlet es y no es Hamlet, todo apoderado representa intereses que son y no son los suyos. Que pueden incluso ser contrarios a los suyos. Que nadie represente a nadie es imposible en una democracia representativa. En la democracia directa de los griegos ni siquiera se permitía que un abogado hablara en representación de un acusado. Podía asesorarlo, y hasta escribirle un discurso que memorizara, pero nada más. 

De igual manera, para que una institución o empresa haga sus compras directamente, no por medio de empleados sobornables, tiene que ser microscópica. Cuando el dueño de una microempresa actúa como comprador, no tiene doble personalidad. Sus intereses como comprador y sus intereses como dueño son los mismos. No pide sobornos para comprar, sino reducciones de precio. Que los representantes no tengan intereses o tengan los mismos intereses que sus representados es un deseo piadoso, no una solución. La única solución encontrada hasta hoy es que la doble personalidad y los dobles intereses sean públicos, y que la actuación del representante esté sujeta a sus representados: a su vigilancia, aplausos y castigos. La corrupción como sistema político fue una solución histórica que debe ser comprendida, pero no continuada.

Nota del editor: Qué es la corrupción, artículo de opinión publicado en el periódico mexicano Reforma, 27 de abril de 2014. Se reproduce en el Mexican Cultural Centre, con la autorización del autor.

Gabriel Zaid, mexicano, es poeta, ensayista, crítico, traductor, editor, investigador. Recientemente publicó “Dinero para la cultura” (Debate, México, 2013). http://gabrielzaid.com/

Pinches mayas

El Mexican Cultural Centre tiene el honor de publicar el cortometraje mexicano Pinches mayas, de Rafael Gutiérrez Mercadillo. Este corto fue grabado en 24 horas, con un celular Alcatel One Touch, para el Desafío Expres y el Expreso Film Festival de México.

FICHA TÉCNICA

Director y guión

Rafa Gutiérrez Mercadillo

Talento

Oswaldo Zárate

Fran Recinas

Director de fotografía

Carlos Gerardo García

Asistente de dirección

Jorge Gutiérrez Mercadillo

Asistente de fotografía

Antonio Delgado

Diseño de audio

Daniel Muñoz

Edición y postproducción

Rafa Gutiérrez Mercadillo

DESAFÍO EXPRES

Tlalpujahua, Michoacán, México

Duración

9: 20 minutos

Año

Octubre 2012

Jorge Ortega

Flor inversa

Ar resplan la flors enversa

pels trencans rancs e pels tertres.

(Brilla la flor inversa 

en los acantilados y los cerros.)

RAIMBAUTD’AURENGA

Jorge Ortega en Poetry Foundation, Chicago. Foto Cortesía.

Jorge Ortega en Poetry Foundation, Chicago, EUA. Foto Cortesía.

Más cerca de la duda y la cautela

que de la petición.

 

Más cerca del rechazo.

 

Entran charolas llenas de manjares

pero no te adelantas,

 

sigues parado al fondo de ti mismo

sin mudar un ápice.

 

El péndulo de un antiguo propósito

que alguna vez te hiciste

y no fue consumado

va y viene en la memoria.

 

Todo cuanto se mueve es ilusorio

o despista al vigía, peca de prematuro

o anula

             su misterio,

y lo que continúa inamovible

espera su ración de plenitud.

 

El que guarde silencio

tendrá lo que no pida

                             

                                      y que desea.

 

***

Bosque de niebla

 

Desescribir. Podar la enredadera de esta línea

hasta recuperar la no-palabra,

hasta volver a lo blanco

para decir el bosque

con otro balbuceo.

 

Para nombrar sin reiterar sus dones

o tener que acabar de enumerarlos

uno a

uno

antes que la tormenta nos sorprenda.

 

Como si el lenguaje,

como si la escritura nos bastara

para impedir que el agua.

 

Para identificar las aves por su timbre

al parlotear temprano, camufladas

entre las frondas húmedas,

o la vegetación

de golpe

a simple vista

por el fino recorte de su corola abierta.

 

Andamos sobrados de elocuencia

o faltos de saber.

 

Cómo decir lo verde

y no hacer que germine en una frase.

 

La magnitud del bosque

anida en la renuncia a proclamarlo.

 

 ***

Dorsal atlántica

 

Ciego a lo próximo, cerrado a lo inminente,

consigo echar las redes más allá de la sombra

y su borroso dique

de heredades inútiles.

                            

Del otro lado está

la orilla que soñamos,

el espejo del mar resplandeciente

prefigurando un puerto,

la luz mediterránea

que vuelve a hacer visible lo esfumado.

 

Me mido contra el hueco

donde estuvo lo justo, contra el hueso

de polvareda y aire

calcinante

del rabioso estío

donde antes estaba

donde

había.

 

Detrás del cerco abstracto de la noche,

al margen de su cúpula gaseosa

o más allá de aquellas fragosas latitudes en que se carbonizan los horarios

brilla el lomo desnudo

de un lugar imposible.

***

Jorge Ortega, mexicano, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona y, desde 2007, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México en el área de letras. Autor de una docena de títulos de poesía y de ensayo publicados en México, Estados Unidos, Argentina y España, entre los que destacan los poemarios “Ajedrez de polvo” (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003), “Estado del tiempo” (Hiperión, Madrid, 2005), “Catenaria” (Pen Press, Nueva York, 2009) y “Bedouins” (Molossus, Los Angeles, 2014). Poemas suyos han sido traducidos al inglés y al francés. Ha colaborado en diversos medios culturales y literarios de Iberoamérica, tales como Crítica, Letras Libres, Mandorla, Nexos, Quimera y Revista de Occidente. Su obra poética forma parte de múltiples antologías de poesía mexicana reciente. Su libro “Devoción por la piedra” (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2011) obtuvo en 2010 el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines.