The Mexican Gentleman

José Santos

El año 2011, fue de grandes cambios en mi carrera como artista: recibí mi título en Artes con mención honorifica por la University Worcester en Inglaterra.

‘Adventures with Copper Plate Prints’  By José Santos (BA Hons in Fine Art).  The Museum of Royal Worcester, UK.

‘Adventures with Copper Plate Prints’
By José Santos (BA Hons in Fine Art). The Museum of Royal Worcester, UK.

Cuando decidí ser artista de tiempo completo, busqué vivir económicamente de mis obras de arte. Sin embargo, gané y perdí experiencia en el arte de negociar, valuar y ser un profesional en un mundo feroz de competencia. En mi experiencia, el arte ya no es sólo de producirlo, si no de promoverlo con una mano y crearlo con la otra.

He participado en juntas con galerías, museos, competencias, publicaciones en libros, viendo mi trabajo en espacios como Selfridges en Londres, el MAC de Birmingham, artículos en la Bazar Magazine. Asimismo, he tenido el honor de ser invitado para exhibir mi obra en un momento histórico durante la inauguración de la biblioteca The Hive en Worcester, en presencia de su majestad la reina Elizabeth II y el príncipe Phillip de Inglaterra.

Existe una pasión personal por lo histórico y cultural de un país, el arte y sus influencias. Durante esta etapa de mi vida en el Reino Unido, lugar donde resido desde 1997, uno de tantos lugares que me llena de inspiración es el Museum of Royal Worcester. Tiene una colección selecta de porcelana, archivos históricos con diseños referenciales de Asia, América, África, Europa,  desde el siglo XVI.

En esta gema de museo donde he trabajado con la curadora, descubrí alrededor de 110 placas de cobre con grabados exquisitos y una variedad sutil de diseños. Todos para la aplicación de la fina porcelana de mesa, donde una vez fue producida y finamente trabajada en la gran fábrica Royal Worcester, que actualmente funciona de museo. Como artista y grabador, después de más de dos años de tener el privilegio de empezar a limpiar, restaurar, imprimir, seleccionar y curar las primeras 12 obras sobre cobre; por fin, estamos llevado acabo la primera exhibición de estos históricos y magníficos grabados.

Cabe señalar que llevan mi influencia como mexicano, ya que algunas obras fueron impresas en papel ámate. Este proyecto único en su tipo, es posible a la valiosa confianza y colaboración de la directora del museo Amanda Savidge, a la asistente comercial Caroline Engevi, y al experto en antigüedades Henry Sandon MBE, así como a todo el equipo del Museum of Royal Worcester. De parte de este oaxaqueño, su humilde artista y servidor, les estoy honorablemente agradecido.

Para más información, visitar:

http://www.museumofroyalworcester.org/product-category/prints/

 

Patrocina el MCC al Festival Musical Xilik Kilix en México

Se llevó a cabo con éxito el Festival Musical Xilik Kilix, en Guanajuato, México. Durante los días 21 de julio al 1 de agosto de 2014, el festival tuvo como objetivo la creación de una orquesta infantil y juvenil. Más de cien niños y jóvenes mexicanos fueron beneficiados gratuitamente con los talleres educativos. Organizadores: Mtro. Ángel Herdz y Mtra. Elena Ortiz.

Director Artístico

Ángel Herdz inició sus estudios de violín con el profesor Herminio Helena, continuando más tarde sus estudios superiores en el Conservatorio de Música. Posee un Bachillerato en Composición Musical del Conservatorio de Música de Puerto Rico y una distinción como Director de Coro de la misma institución.

Ángel Herdz. Fotografía de José María Melgar.

Ángel Herdz. Fotografía de José María Melgar.

Resultó electo por concurso entre 153 Directores Jóvenes de toda Latinoamérica para una beca de tres años (1993-94-95) con el maestro Mario Benzecry, para el IV, V, y VI curso de Jóvenes Directores de Orquesta de Latinoamérica, auspiciado por la Organización de los Estados Unidos (OEA), Inter American Music Friends, y el Proyecto Multinacional de Orquestas Sinfónicas en Venezuela. Obteniendo los tres diplomas otorgados a los finalistas del curso. En 1994, fue invitado por el Conservatorio de Música de Santo Domingo, en la República Dominicana para dirigir la Orquesta del Conservatorio en un taller de repertorio de dos semanas. Ha dirigido la Sinfónica Juvenil del Estado de Portuguesa en Venezuela, la Orquesta Sinfónica de Barquisimeto, y la Orquesta del Conservatorio de Puerto Rico junto al Taller de Opera del mismo, realizando óperas como Gianni Schichi y Orfeo ed Euridice (1998-1999).  

En el 2000, fue invitado a participar al Primer Curso de Directores del Caribe, realizado en Rep. Dominicana, siendo seleccionado “Director más Destacado”. Ha sido notable su participación como director de diferentes agrupaciones corales como el Coro de la Iglesia Bautista de Carolina, Coro de Bacardi Corporation, Second Union Church, Universidad Central de Bayamón, Coral UCB, Coro de Cámara de la UNE. Realizó una labor conjunta como maestro de Viola, en el Proyecto Orquesta Sinfónica Juvenil (POSJU) de la Corporación las Artes Musicales (CAM) (1995-1999) en el Residencial Luis Llorens Torres. En 2001, fue invitado a dirigir un taller de Dirección de Orquesta de la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez en México.

Con la Universidad de Puerto Rico, recinto de Carolina, fue Director Artístico del Festival Coral de Puerto Rico, al cual llevó su segunda edición con gran éxito en abril de 2006.  El profesor Herdz ha terminado la recopilación de su Música Coral titulada “Cantos”, así como 30 canciones infantiles a varias voces en una recopilación llamada “Canta I» y «Canta 2”. Ha desarrollado y publicado, a través del grupo editorial Harmonia Editores un innovador Método de Flauta Dulce en tres volúmenes, llamado “Cuenta y Toca”.

Actualmente es Director del Departamento de Música de Cupeyville School, donde ha formado el Cupeyville Choir de la Escuela Superior y la Elemental, presentándose en Bellas Artes con gran éxito en el IV Festival de la Danza Puertorriqueña, así como también en los conciertos de Encendido del Árbol de la Navidad, en el Museo de Arte de Puerto Rico, desde el 2005. En conjunto con un grupo de amigos educadores de la música ha creado la organización sin fines de lucro CANTEMOS, la cual busca reunir los coros de diferentes organizaciones educativas y denominaciones religiosas, para realizar en conjunto el Festival Coral Juvenil de gran impacto en la comunidad musical de Puerto Rico.

Con información de Xilik Kilix: http://xilik2.wix.com/xilik

V Festival de Poesía “PoeTi-Sa Fest» México / Estados Unidos

Con el apoyo del Mexican Cultural Centre, se presentará el 18 de julio de 2014, en el V Festival de Poesía “PoeTi-Sa Fest», Tijuana, Baja California, México / San Diego, California, Estados Unidos: “Tormenta perfecta”, primer lugar del Concurso Internacional de Videopoesía, DePaul University / revista Contratiempo, Estados Unidos, 2014. Evento organizado por el Centro Cultural Tijuana, Baja California, México. 

Ángel Zárraga: del cubismo a la figuración

Miguel Ángel Muñoz

El Museo del Palacio de Bellas Artes, México, presenta una exposición del mexicano Ángel Zárraga (1886-1946), quien vivió 37 años en Europa, en particular, París, Francia. Ángel Zárraga. El sentido de la creación, es la exposición de 85 piezas, entre pintura, dibujo y obra mural, que permanecerá en el recinto hasta el próximo 20 de julio de 2014. 

“Escribí  el silencio y escribí la noche”

Arthur Rimbaud

“La dádiva”, 1910, de Ángel Zárraga. Esta obra está ubicada en el Museo Nacional de Arte (MUNAL), México.

“La dádiva”, 1910, de Ángel Zárraga. Esta obra está ubicada en el Museo Nacional de Arte (MUNAL), México.

La polémica sobre los orígenes del cubismo siguen todavía inciertas. El galerista  Kahnweiler  propuso hace ya varios años una lectura rectilínea del movimiento, conjuntando a tres artistas claves: Pablo Picasso, Juan Gris y George Braque. La historiografía ha insistido en el tópico que comparten Douglas Cooper: “cubismo esencial”, lo definió, el historiador Robert Rosenblum. Cabe señalar que el idioma figurativo cubista penetra con distinta intensidad en todas las propuestas artísticas radicales que medían entre 1909 –Téte de Fernande–y 1914 –primeras experiencias del collage y del cubismo sintético u objetual–. En estos años se multiplican los salones pictóricos alternativos que había espoleado la disparidad vanguardista: Salon des Indèpendents, Salon d’Automme, la Section d’or –por mencionar sólo algunos–. Fue Kahnweiler quien calificó a esos artistas de “cubistas de salón” y  “epígonos”, con escaso percepción para los matices. Geizes, Metzinger e incluso en momentos André Lothe y Maurice Denis fueron didácticos sintetizadores de esa estética cubista que destila un repertorio de soluciones sabidas para representar en cubiste los géneros artísticos tradicionales, el paisaje y el retrato.  Pero sin duda, tres son los nombres claves de la invención cubista: Picasso, Braque y Gris. Los tres llenan lo que Octavio Paz llamó “ el cambio y la permanenciam, el movimiento y la quietud”. ¿La  eternelle  tradición pictórica francesa que irrumpió con brío en la escena artística en los años del retorno al orden? Los demás: buenos pintores…

La muestra de Ángel Zárraga (Durango, 1886 – México, 1946), que se presenta en el Museo del Palacio de Bellas Artes, México, tiene la intención de no ser sólo, una retrospectiva del artista, sino vincularlo al cubismo y a otras vanguardias europeas. Casi cien obras pictóricas con una pequeña secuencia de dibujos intercalados que suponen un homenaje a la capacidad creativa del pintor y demuestra que la curaduría tiene la tarea de recuperar a un creador no siempre bien entendido y a menudo difuminado en un estrato secundario por la potente imaginación, ya no digo de los genios del cubismo, sino también por los muralistas mexicanos. La exposición cumple con mostrar a un Zárraga “casi total”, pero a su vez se insiste en uno de los puntos más críticos de su recepción: el inexorable, al parecer, amaneramiento de su obra tardía y la repetición durante las últimas décadas de su vida de la consabida iconografía religiosa sin apenas variaciones formales. Y no digamos ya de su “cubismo”  tardío, que no tiene equiparación con los grandes maestros del movimiento. Aunque encuentro en su estética un cierto acercamiento al grupo de Puteaux y las propuestas decorativas de André Mare, que llevó a los galeristas Guillaume y Leónce Rosenberg, comprometidos en una didáctica artística cubista,  que debía orientar el caótico mercado, cuajado todavía de prestaciones postimpresionistas, fauvistas e incluso  neoconstructivistas. El cubismo como marca comercial, dicho duramente, y con criterio orientativo.

Ángel Zárraga es un artista poco conocido en México. Se fue muy joven a Europa a buscar “fortuna”, aunque a su regreso a su país se arrepiente de permanecer tanto tiempo fuera. Un tema sin duda interesante  que ayuda a comprender el arte inacabado, esencialmente decorativista y suntuario, de un personaje complejo y sumamente católico. A los 18 años de edad –en 1904– inicia su estancia en París y se refugia en el acervo clásico del Museo del Louvre, protegiéndose del desconcierto que le causan el impresionismo y las nuevas corrientes, aunque manifiesta su reconocimiento por Renoir, Gauguin, Degas y Cézanne.

Al no estar muy de acuerdo con lo que se enseña en la Escuela de Bellas Artes de París decide estudiar en la Real Academia de Bruselas, y posteriormente se instala en España (Toledo, Segovia, Zamarramala e Illescas), que representa para él una modernidad menos agresiva, que la de París. Su primer maestro en estas tierras es Joaquín Sorolla, quien lo ayuda a ser incluido en una muestra colectiva en el Museo del Prado en Madrid. De ahí viaja a Italia (Toscana y Umbría) y expone en Florencia y Venecia. Regresa a París en 1911 para presentar su obra por primera vez en el Salón de Otoño;  dos cuadros La Dádiva, 1910 y San Sebastián,  le valen un cierto  reconocimiento, que como cuenta Paz: “Zárraga vivió muchos años en París. Fue amigo de casi todos los pintores de esa época. Aquí pintó y obtuvo  un modesto renombre, un sitio decoroso… Lo  incomprensible es que los mexicanos lo hayamos olvidado”. [1]  En esos años se deja influir por el cubismo y después se dedica a pintar temas deportivos, cuya  etapa creativa es más importante. El movimiento de los corredores, el equilibrio de los lanzadores de discos, la plasticidad de los nadadores, etcétera, lo apasionan intensamente. Cuadros como: Domingo, 1931; El futbolista, 1925; Las futbolistas, 1922, Jugada de fútbol, 1924; La futbolista morena, 1926, logran más una voz propia, aunque asentado en la tradición francesa y española. Los retratos se convierten en abreviadas composiciones sintéticas, tocados por el clasicismo picassiano y las etéreas ensoñaciones narrativas de  Joaquín Sorrolla y Romero de Torres. Todo arte es imaginación formal porque actúa con pigmentos – materia moldeable- y fantasea a través de imágenes y geometrías ilusorias nuevos mundos. Entre  su época cubista pájaros núm, 4, 1916; Mujer con guitarra, 1916  y carnaval, 1917,  hasta  sus últimas pinturas: San Jorge aniquilando al dragón,1932, entre otras, se define  la pensada apreciación estética  propuesta por Zárraga. Un camino inverso a la pintura mexicana en su tiempo. Quizá eso le valió el “reconocimiento” del que habla Octavio Paz en París. Lo cierto es que hoy, gracias a la exposición en Bellas Artes, podremos lograr revalorarlo en el arte mexicano.


[1] Octavio Paz Al margen: Picasso, Rivera y Zárraga, publicado en Sombras de obras,  Seix Barral, Barcelona, España, 1983.

Miguel Ángel Muñozmexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Su dedicación a la creación artística actual es absoluta; compagina su labor en El Financiero, La Jornada Semanal y en la revista Casa del Tiempo, con la de comisario de exposiciones. Ha trabajado personalmente con muchos artistas; entre ellos, Eduardo Chillida, Rafael Canogar, José Luis Cuevas, Josep Guinovart, Roberto Matta, Antoni Tàpies, Richard Serra, María Girona, Vicente Gandía, Ricardo Martínez, Chema Madoz, Luis Feito, Xavier Grau, Charo Pradas, Ignacio Iturria, Albert Ràfols-Casamada, Robert Rauschenberg y Luoise Bourgeois. Es autor de los libros de ensayo: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos (Editorial Praxis, 1999), Ricardo Martínez: una poética de la figura (CONACULTA, 2001), La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas (Editorial Praxis, 2001), El espacio invisible. Una vuelta al arte contemporáneo (Ediciones Batarro, Málaga, España, 2004), Convergencia y contratiempo (Plan C Editores- CONACULTA, 2008), Espacio, superficie y sustancia. La obra de Ricardo Martínez (Siglo XXI Editores, 2009) El espacio vacío, (CONACULTA, 2009), Gutiierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso (CONACULTA, 2009). Asimismo ha editado y comentado los libros El asombro de la mirada. Convergencia de textos. (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2010) Espejismo y realidad. Divergencias estéticas de Rafael Canogar (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2011) y Elogio del espacio. Apreciaciones sobre arte de Rubén Bonifaz Nuño (UNAM, El Colegio Nacional y UAM, México 2012). Además, es autor de los libros de poesía El origen de la niebla (CONACULTA, 2005), Espacio y luz (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) con serigrafías originales de Albert Ràfols-Casamada, Convergencia (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) y Travesías (Centro de Producción Gráfica, México,2004) con serigrafías originales de José Luis Cuevas, Cinco espacios para Rafael Canogar (Ediciones El Taller, Madrid, España, 2004), con grabados originales de Rafael Canogar y Fuego de círculos (Editorial Praxis, México 2012). Sus textos se publican en diversas publicaciones de México, España y América Latina. Es director de la revista literaria Tinta Seca. Es colaborador, asimismo, de las revistas Metérika (Costa Rica), Banda Hispánica y Agulha (Brasil). Actualmente se está capacitando como doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En 2009, fue reconocido por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana y la Facultad de Artes por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.

Ver y vagar, o de la fugaz postal callejera

Benjamín Pacheco López

–Foto, foto.
–¿Quieres tomar una foto?
–Sí. ¿Dónde le pico?
–Aquí, mira…
Y sus manos temblaron al tomar la cámara.

Colonia Indígena Todos Santos

Colonia Indígena Todos Santos, Baja California, México. Fotografía de Benjamín Pacheco López.

Colonia Indígena Todos Santos, Baja California, México. Fotografía de Benjamín Pacheco López.

Sales de la oficina, con las órdenes de trabajo apuntadas aprisa en la libreta. A veces en cualquier pedazo de papel. Avanzas porque traes prisa, porque desde hace más de una década tienes claro que debes andar en movimiento, porque allá afuera hay historias que merecen ser contadas; porque deseas conocer –y documentar para presentar a los lectores– ese reporte de vidas cruzadas, de gente desplazada del aparente anonimato para figurar en una noticia, crónica, artículo o reportaje.

El día se irá en elaborar resúmenes de hechos: dramáticos por un lado, emocionantes desde otro ángulo, e incluso tediosos, aburridos y repetitivos. También estará repleto de aquella numeración, estadística y frase hueca que tanto fascina a la clase política. Con suerte, porque la suerte también forma parte de la jornada, darás con una buena narrativa, una serie de situaciones inusuales que coincidirán con tu presencia y serás testigo de algún hecho heróico o muestras de solidaridad; una declaración absurda; el caos nacido en el accidente vial; los primeros instantes de muerte, de vida interrumpida, de algún destino adelantado; o el mosaico de recuerdos que te entregará un anciano cuando le preguntes por el desarrollo de alguna comunidad.

Lo anterior es apenas una idea, pues lo único cierto es que tienes frente a ti una ciudad desdoblándose en calles y avenidas; escaleras y callejones escondidos; muros deslavados y ventanas agrietadas. El campo es distante y también poblado de misterios. Lo que no debes olvidar es que en todo ese concreto habrá gente desplazándose en todas direcciones: con asuntos claros y otros absurdos como los tuyos; perdidos y vueltos a encontrar en un enmarañado de direcciones; con prisa para cumplir sus asuntos laborales o tirados en alguna banqueta soportando la resaca, el clima, o alguna decepción. Las personas estarán rodeadas de fama, sumidos en la indiferencia o simplemente intentado respirar desde los márgenes que penosamente tiene cualquier sociedad.

Colonia Indígena Todos Santos, Baja California, México. Fotografía de Benjamín Pacheco López.

Colonia Indígena Todos Santos, Baja California, México. Fotografía de Benjamín Pacheco López.

Catarino sale al paso mientras intento acomodar en una toma a dos guajolotes y un par de tambos. Sus pies dialogan directamente con el polvo y las rocas porque no hay algún calzado que sirva de intermediario. Aquí, en la Colonia Indígena Todos Santos (Baja California, México), el paisaje es tan virginal que parece que está naciendo el mundo y es necesario forjarlo a punta de palazos para arrancarle las piedras a los cerros antes de emparejar los predios. Hasta los niños ayudan porque no hay manos que sobren. Tampoco hay electricidad, así que el silencio es constante hasta que ladran los perros o surge una disputa entre gallinas por la sombra que proporciona la parte baja de un automóvil estacionado en los senderos, que los habitantes de 11 viviendas esperan que algún día se vuelvan calles. Ya tienen apartados los nombres: Guadalupe Victoria y El Rosal son algunos, pero en este momento son una mera invocación de la voluntad y la memoria. Catarino dispara y ríe porque ha congelado a un hombre al otro lado de la reja. Unas señoras descienden por una loma y es necesario visitar otras casas. Y me despido de Catarino, quien regresa a su diálogo con el sol y el barro.

Y te sumergirás en ese cosmos urbano y rural compuesto por niños traviesos, niños brincando charcos, niños cazando su reflejo; niños de mirada dura, niños saliendo de una cuartería, niños con perros y sin perros; de perros envueltos en luz y en la luz terminal que encontrarás en su mirada de abandonados. Hallarás vendedoras cuyas rosas florecen en cantinas; tatuadores con la Virgen y la muerte disputándose cada centímetro de piel de su cráneo; obreros sentados en un escenario incomprensible de colchones; jugadores de dominó en un taller de lavadoras; migrantes envueltos en la soledad y la adrenalina que siempre traen los desplazamientos geográficos; verás sombras de bailarinas, sombras de músicos, sombras de postes, y hasta sombras de botas dibujadas en el desierto. El camino te llevará hasta jinetes dueños de un valle, jinetes surfeadores de rodeo, y adelitas desbocadas en pleno mediodía. La noche te traerá el policía en el abandono y el abandono en el que nos dejan los policías. De repente caminarás por jardines de piedra con más vida que muchos funcionarios un lunes por la mañana.Y empezarás a hacerte preguntas. Y de paso sacarás la cámara porque has aprendido que hay imágenes para las que –aunque suene contradictorio si lo dice un reportero– no te alcanzará el vocabulario para describirlas; porque estarás ante atmósferas de sombra, luz y gestos que son fugaces y lo más probable es que no las vuelvas a ver en tu vida.

Pero antes de eso: los recuerdos, la acumulación de nombres y trayectorias: Henri Cartier-Bresson, Sebastián Salgado, Manuel Álvarez Bravo, Héctor García, Nacho López y hasta Juan Rulfo en su etapa de fotógrafo. ¿Qué dijeron y enseñaron? ¿Por qué confundes en ocasiones sus imágenes en tu cabeza? De esa maraña compuesta por distintas lecturas, aparecerá una frase que desde hace años has seguido: “El momento decisivo”, título en inglés de un libro de Cartier-Bresson publicado en 1952. Recordarás que el maestro definía dicho momento en “el reconocimiento simultáneo en una fracción de segundo de la significación de un evento, así como la organización precisa de formas que le darán su adecuada expresión”.

¿Qué significa eso? Mientras intentas reflexionarlo, aparecen ecos de Sebastián Salgado: “Los niños son fuentes de energía: cuando ven una cámara fotográfica suelen alegrarse todavía más con la esperanza de ser retratados. ¿Cómo es posible que una niña sonriente pueda representar el infortunio más profundo? ¿Estamos condenados a ser espectadores en gran medida? ¿Podemos cambiar el curso de los acontecimientos?”. En lo que descifras esas reflexiones escuchas el grito de Robert Capa: “si una foto no es suficientemente buena es porque no estabas suficientemente cerca”. Y te desconciertas, pero Manuel Álvarez Bravo llega a poner orden: “La palabra arte es muy resbaladiza. Realmente no tiene importancia en relación con el trabajo de alguien. Yo trabajo por placer, por el placer del trabajo, y todo lo demás es asunto de los críticos”.

Colonia Indígena Todos Santos, Baja California, México. Fotografía de Benjamín Pacheco López.

Colonia Indígena Todos Santos, Baja California, México. Fotografía de Benjamín Pacheco López.

Te calmas un poco y sigues avanzando por la ciudad, dispuesto a cumplir tus órdenes de trabajo. Y de repente encuentras aquella fugaz postal callejera, sale al paso, gira en una esquina, va cómodamente sentada a bordo de un automóvil o en bicicleta, cruza un umbral, está detenida en la banqueta o recargada en la pared. Se asoma por una alguna ventana.Y como deseas recordar y contar lo que has visto, te apresuras en encender aquel aparato, aprietas los dientes porque se te está yendo ese mundo en movimiento y tú apenas calibrando velocidades y aperturas, y ruegas que no se te haya olvidado ni la pila ni la memoria, ni que se cruce algún curioso, algún automóvil, paloma, perro, o acreedor que ese día te esté persiguiendo, ni que suene el teléfono, ni que aquella postal cambie la dirección de su paso. Te asomas por el lente con la esperanza de alcanzar a congelar ese escenario bellamente equilibrado, y enfocas y desenfocas, mides distancias y sientes como todos los músculos y huesos se concentran en el dedo índice derecho, y entras en una zona de urgencia, dilatación de pupila y tensión corporal, donde lo único que importa es el sonido de un “click” y su promesa de escenarios ordenados y bien expuestos, con relieve, detalle y textura.

Y tiras una ráfaga, tantas como la cámara lo permita; te dejas ir, incluso ladeando un poco el horizonte, confiado en que habrá profundidad de campo y el gesto anhelado. Bajas la cámara y te das cuenta que el instante se ha ido, que has presenciado una vez más las postales fugaces que la ciudad entregará a quienes estén dispuestos a ir por ellas. Respiras.

Solamente un poco porque llega la urgencia de revisar la imagen. Y vuelves a mirar, y lo que ocurre es que levantas el puño, zapateas en la banqueta y maldices porque no revisaste bien el ISO y lo único que tiene guardada la cámara es una serie de barridos espantosos, imágenes voladas y que nunca podrás justificar ni siquiera como experimentales. Pruebas una vez más la derrota a nivel calle y escuchas un murmullo que se va convirtiendo en una carcajada: la ciudad ríe, el tiempo ríe, y todos tus dioses ríen de tu desventura. Ya no hay nada que hacer ahí, salvo caminar nuevamente. Resignado, te adentras nuevamente en la ciudad. Solamente te detienes para arreglar el desajuste en la cámara y sigues tu camino. Vas triste hasta que algo, alguien, llama nuevamente tu atención.Y como deseas recordar y contar lo que has visto, te apresuras en tomar nuevamente la cámara, porque has aprendido que hay imágenes para las que no te alcanzará el vocabulario, porque vale la pena documentar lo que encuentras al paso, cuando te animas a recorrer la ciudad para ver y vagar.

Benjamín Pacheco Lópezmexicano, es reportero y fotógrafo. Ganador del XXVIII Premio Nacional de Ensayo “Enriqueta Ochoa”, otorgado por la Universidad Autónoma de Coahuila, México, 2012, por el ensayo: “Los dominios del Príncipe Paradoja (Dioses griegos y aforismos) en El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde”. Primer lugar en la categoría de Ensayo, en el Foro Cultural Universitario “Espiral”, organizado por la Universidad de Guanajuato, México, 2011. Primer lugar en poesía en los Juegos Florales “Profesor Luis Pavía López”, edición 2007, en Ensenada, Baja California, México.   

En algún país de la memoria: Construcciones o destrucciones genéricas e identitarias en “Las confidentes” de Angelina Muñiz-Huberman

Espejo y espectáculo, telescopio y vivero,  el libro aparece entonces no sólo como la figura arquetípica de la obra, sino como la mejor encarnación del hijo, la personificación del árbol que cada cual ha de sembrar en el interior de sí mismo. 

Adolfo Castañón, Por el país de Montaigne.

Juana Graciela López Rojas

En el apartado principal de Poesía Contemporánea de la biblioteca Cervantes Virtual apareció en 2010 Angelina Muñiz-Huberman (1936 – ) y la imagen de la escritora estuvo compartida con la de su gato. Esta fotografía, en el contexto de su exhibición, ilustró el papel destacado de Angelina como poetisa, pero no sólo la poesía es importante en la producción literaria de esta autora, sino también la novela y el ensayo.

Angelina Muñiz-Huberman. Crédito de la fotografía: http://www.ateneoesmex.com/inicio/1375/noticias

Angelina Muñiz-Huberman. Crédito de la fotografía: http://www.ateneoesmex.com/inicio/1375/noticias

De acuerdo con la página del 2010, la lista de los libros publicados por Angelina Muñiz estaba cerca del número treinta y a esta cifra que representa una notable trayectoria en las letras hispánicas se suman los grados académicos, así como los varios reconocimientos culturales y universitarios que Muñiz-Huberman ha recibido según datos de la misma biblioteca.  En la misma página se menciona que algunas obras recientemente difundidas son: El mercader de Tudela (1998), El canto del peregrino (1999), Trotsky en Coyoacán (2000) y Molinos sin viento (2001).

De las obras mencionadas por la página ya citada, Molinos sin viento es la que inaugura el género de las seudomemorias, dicho género está atribuido a Angelina Muñiz-Huberman por los recursos de construcción de sus textos, donde hay una oscilación continua entre la historia, la biografía y la memoria[1]. Sobre el término ‘seudomemorias’ la autora refiere que es un concepto que atiende la delgada separación entre historia vivida y ficción vistas a través del filtro del recuerdo. En entrevista con Jorge Luis Herrera la autora comenta que además dicho género, al parecer  de acuñación  propia, le permite borrar o tratar con mayor libertad la barrera que intenta marcar una separación tajante entre la memoria y la imaginación (Herrera, 2004).

Dentro del artículo de Alicia Rico contenido en la revista Espéculo (2005) se menciona que Tusquets publicó Las Confidentes (1997), para Rico esta novela es de estructura poco común lo que le recuerda a los relatos transmitidos por la tradición oral y también al Decamerón del siglo XIV escrito por Bocaccio a tal antecedente habría que agregar a Miguel de Cervantes con El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha del siglo XVII y con mayor correspondencia a María de Zayas con las Novelas amorosas y ejemplares escritas en el mismo siglo, pues esta última escritora presenta en sus novelas una estructura similar a la de Bocaccio y Cervantes, a la cual además añade la fuerte presencia de una voz femenina y temas que giran en torno a los sueños, escapes, amor y venganzas, los cuales son también frecuentemente abordados por Angelina Muñiz, quien en comentarios de Rico está interesada por escribir sobre: «la crisis espiritual, la Guerra Civil española [sic] y el exilio, la vida y la muerte, la creación y la destrucción, el conocimiento místico incluyendo aquí la alquimia, la cábala, la recreación de mitos y leyendas» (Rico, 2005).

La entrevista de Jorge Luis Herrera y el artículo de Alicia Rico presentan un recorrido crítico a través de varios libros de Angelina Muñiz y su relación con la seudomemoria, así como la importancia de la autora en la literatura hispanoamericana contemporánea. Es propicio mencionar el objetivo de este ensayo es abordar a la novela titulada Las Confidentes (1997) para dialogar con la siguiente cuestión: ¿Cómo es percibida la imagen de México por las confidentes, en tanto personajes representativos de una identidad genérica a partir de sus historias?

Es necesario mencionar que la estructura de la novela es muy particular y no nos proponemos ahondar en ella desde una perspectiva analítica literaria, pero es necesario referir que la novela presenta una colección de confidencias oscilantes entre madre e hija en cuyo trasfondo puede leerse el conflicto de estar o no estar en un país, de ser o no mexicanas, de pertenecer a uno u otro lado del mar que separa América y Europa. A la tensión que causa la identidad debe sumarse el transe femenino de ‘repetir’ o transmutar de la madre a la hija el legado imperecedero y muchas veces opresor de la memoria.

En el recorrido de nuestras propias observaciones resultan útiles los planteamientos sobre género venidos del ya clásico ensayo feminista de Simone de Beauvoir El segundo sexo publicado por primera vez hacia 1949, así como las exploraciones de identidad  contenidas en Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno (1996) ensayo de Sonia Montecino y algunas consideraciones de Adolfo Castañón tomadas de Por el país de Montaigne (2000), además de recopilar un par de conceptualizaciones sobre la memoria  venidas de diferentes teóricos.

Para comenzar hay que mencionar que la disposición de las historias de Las confidentes (1997) está dada por números, en total son 15 historias más un pequeñísimo apartado a manera de epílogo. Las 15 historias están relatadas por dos mujeres que se han reunido en casa para contarse entre sí los sucesos que han vivido, soñado o imaginado. A su vez,  hay un narrador omnisciente que da cuenta de las acciones de las dos mujeres, la voz del narrador se presenta en las pequeñas introducciones que hay antes de cada intervención femenina, por él sabemos que las mujeres son madre e hija, pero también que son las dos únicas confidentes.

La primera página de la novela comienza con una persuasión: «Yo sé que te gustaría (lo veo en tu cara: estoy segura) que te contara alguna historia.» (Muñiz-Huberman, 1997:11), la persuasión continúa y finalmente hay un convencimiento de la escucha, que impacientemente espera su turno de contar, y también impacientemente cuenta y hace que se repita el movimiento de las historias. La escucha es, en un inicio, la hija que pide historias a su madre, quien no puede contar sobre príncipes, cisnes, tesoros u otros personajes comunes, sino que procura recapitular y transmitir su experiencia vivida, decisión que condena a su escucha-hija a no intentar caer en los clásicos lugares comunes, obligándola a usar también su imaginación, vida y por lo tanto memoria.

La madre, una vez que se le ha otorgado o ella misma se ha impuesto un turno para expresarse, no pierde el tiempo y comienza  su  narración por la causa que la impulsa a desear ser escuchada, ésta es el exilio. Debido al exilio y su tratamiento por los discursos de la madre y la hija es que México aparece y se percibe en las historias. Al respecto de la identidad genérica, en este caso la femenina, y su relación con la identidad cultural explica antropológicamente Sonia Montecino que ambas son construcciones ubicadas en diferentes polos, pues la primera se ubica en una relación de particularidad y la segunda en la universalidad. El ser mujer y pertenecer a una cultura es una forma de concretar o individualizar el ethos ante una sociedad o conjunto de universalidades políticas, económicas, etcétera (Montecino, 1996:33).

Aunque cada historia tiene un título diferente y no todas tratan directamente sobre él, México es, en varias narraciones, el lugar donde se realizaron las acciones y el motivo de discusiones, muertes y conflictos de las mujeres. De acuerdo con el narrador «La Historia 1 contiene, entre otras obsesiones, los recuerdos de un viaje por mar, las fronteras de la madre e hija, la bien fundada infancia, y algunos problemas del cuerpo humano. Por eso se llama: Los brazos necesitan almohadas«. Como dice el narrador en el preámbulo, el viaje por mar del país de origen a otro supone un alejamiento entre la madre y la hija, es decir, se establecen diferencias entre ellas por la lucha de preservar los recuerdos que cada una cree más convenientes. Dentro de esta primera historia la hija menciona: «Cuando años después, mi madre me contaba la presencia de la gente y sus nombres  y el capitán y los oficiales, no le creía: imposible: su imaginación le había hecho ver esas personas. Como a ella no le gustaba la soledad, las inventó, la verdad es que no había nadie en el barco: ni siquiera mis padres» (Muñiz-Huberman, 1997:18). La especulación de la soledad en que la hija se muestra puede leerse como la puesta en duda de la identidad, la suspensión del mundo para encontrarse con un ‘yo’, para abandonarse en él y partir de él al presente.

La inverosimilitud que la hija aprecia en el relato de su madre es el inicio de las constantes disputas sobre las posibles versiones del pasado, este conflicto puede partir teóricamente desde la descripción sociológica de los roles madre e hija hecha por Simone de Beauvoir en el volumen dos del multicitado libro El segundo Sexo, Beauvoir afirma que las tensiones  y conflictos entre madres e hijas tienen un papel decisivo en la formación psicológica y social de las mujeres (Beauvoir, 1999: 313). En el proceso de separación y ruptura entre la madre y la hija, el tema del viaje a otro país es importante en la novela, pero más lo es el hecho de la vida en este otro país que es México, al cual llegan madres españolas y en el cual viven hijas mexicanas, ambas en conjunto con la mayoría de una población mestiza que ve o percibe con mayor resistencia a la cultura española que traen consigo los personajes maternos.

En el exilio la hija aprenderá que México es un país en donde la maternidad no solamente es tarea de crianza, sino de identidad nacional, de parto colectivo y primigenio de una madre mítica situada en el centro geográfico y burlada por un padre venido de ultramar, condición que tiende lazos y hace más o menos fraternal el vínculo entre países americanos, mas no con los países venidos del mar (Montecino, 1996: 34).

Para la hija, la percepción del viaje y el arribo a México comienzan a recuperarse del siguiente modo: «Se me representan otras imágenes: las del otro viaje: esta vez en avión. Mi primer viaje en avión. Ahora rumbo al continente: primero a Mérida, Yucatán: luego a la ciudad de México. Llegar a Mérida fue entrar en un libro extraño: las imágenes ya eran conocidas: esos hombres vestidos de blanco, con pantalones y sombreros cortos de africano» (Muñiz-Huberman, 1999:20). Mientras para la hija el viaje a México se representa con la imagen de una experiencia extraña, pero a fin de cuentas excitante por haber ocurrido en la infancia aventurera, para la madre y padre es una especie de calvario incomprensible que la hija condena: «Ellos no se daban cuenta que provocaban una conmoción, hasta el grado de que lo que ellos decían podía ser lo opuesto para los oídos que lo escuchaban. Sus palabras sonaban como las que pronunciaban otras personas, pero significaban otra cosa. Es indudable que el aparente mismo lenguaje de España y México no lo es. Por lo que los malentendidos eran indescriptibles» (Muñiz-Huberman, 1999:22).

Los malentendidos con las palabras abren brechas generacionales para las confidentes, distancias ideológicas que se agudizan con la pretensión materna de recrearse en la hija. Beauvoir explica teóricamente que la madre tiende a buscar en la hija una recipiendaria total de las vivencias de la familia, la hija es percibida como una extensión o prolongación biológica y social del proyecto femenino denominado maternidad (1999:311-314).

La extensión de la maternidad en las hijas quizá sería un lugar común pues madres e hijas son un eslabón en la cadena de la trama social, pero el rechazo a la cadena, a la recepción de la memoria cultural por la adopción de otra en un nuevo país  es el conflicto principal de la novela, en el cual la madre trata de perpetuarse en una hija que no se percibe como española. La confidente principal, sabe que su hija-escucha  tiene que transportar con ella las vivencias de la familia, y el acoso hacia ella comienza desde la infancia, la niña es plenamente consciente de la tarea que tiene impuesta: «Por eso y por algo más quieres que yo sea la heredera: la custodia: la que repite las palabras y los sucesos en cadena interminable. A mis hijos. Y mis hijos a sus hijos. Y los suyos a los de ellos. ¿No es así? Pero aún así, quiero que me cuentes un cuento. Aunque sea el último» (Muñiz-Huberman, 1997:12).

En el transcurso de la novela la madre acepta la petición de contar, desde la infancia de la hija ella pone en marcha sus ingeniosos planes, los cuales están encaminados a conservar y modelar en la hija un alter ego, que para Beauvoir es  una acción común en las mujeres que son madres: «En una hija la madre no saluda a un miembro de la casta elegida: busca a su doble. Proyecta en ella toda la ambigüedad de su relación consigo misma; y cuando se afirma la alteridad de ese alter ego; se siente traicionada» (Beauvoir, 1999:314).

El proyecto de formación de la doble, a la que la madre añade lo que ella no fue, puede verse en Regalo esperado donde la narradora describe como Aniella integró cuidadosamente diez preceptos a su hija, algunos de ellos son: «Una mujer sola puede conquistar el mundo. Segundo, tenía que hacer una carrera independiente. Tercero, debería desarrollar antiguas cualidades perdidas, propias de la mujer, como la intuición, la adivinación, el sentido de los sueños premonitorios […] Noveno, inventar lo que nadie había inventado. Décimo, hacer lo que nadie había hecho»(Muñiz-Huberman, 1997:68,69).

La otredad de la hija en un principio trata de ser anulada por medio de su inserción en las historias de la madre, ejemplo de ello es que la misma hija reconoce su extravío en la frontera entre su historia y la de su madre: «Después de oír tus historias ya no fui la misma. Perdí también el punto de vista y el horizonte me señalaba a ti o a mí indistintamente. Podía ser yo por dentro o contemplarme como una extraña. Y lo mismo me pasaba contigo. No sabía si eras tú o yo» (Muñiz-Huberman, 1997:13).

La brecha entre una y otra confidente llega a su punto crítico en México, donde -como se verá más adelante-  las historias de las confidentes llevan a una sola gran historia: «De cada historia vamos haciendo una. Avanzamos como cuadros de una colcha de punto de crochet.»(Muñiz-Huberman, 1997:85), los «cuadros» de la gran «colcha» se entretejen desde la infancia tanto en las historias de la madre como en las de la hija, la etapa infantil es un parteaguas digno de mantenerse presente a lo largo de la vida. Beauvoir comenta que la infancia es un recurso muy común en la mayoría de los casos de la escritura femenina porque:

Las mujeres, por el contrario [de los hombres], se suelen limitar al relato de sus primeros años, que son el material preferido de sus novelas, de sus cuentos. Una mujer que cuenta sus cosas a una amiga, a un amante, casi siempre empieza sus historias por estas palabras:<<Cuando era pequeña…>> Sienten nostalgia por ese periodo. Es porque en aquella época sentían sobre su cabeza la mano benévola e impotente del padre al tiempo que disfrutaban de los placeres de la independencia; protegidas y justificadas por los adultos, eran individuos autónomos ante quienes se abría un futuro libre. (1999:437)

Beauvoir menciona que la infancia es la etapa más libre que hay para muchas mujeres y por eso se recuerda con nostalgia, pero en la novela la infancia se convierte en un nido de traumas, que inicia con el exilio para terminar con la vida en México. Infancia, aventura y perturbación se mezclan en el nuevo país:

Recordaba: el tiempo ha pasado: regresan las frases de la infancia. Los sucesos. Recobro las imágenes del viaje. Del gran viaje de la infancia. Del gran viaje de la infancia que fue cruzar el océano Atlántico. Las aventuras habían empezado temprano para mí. Primero la Huída, la desbandada de la guerra civil española. La pérdida que habría de ser para siempre, de la tierra propia. Y, de pronto, encontrarme en medio del mar. Mar por todos los costados del enorme barco. Olvidar que el barco es barco y pensar, en cambio, que es una casa muy grande. De la cual no se puede salir: más que de un cuarto a otro: de un salón a otro. (Muñiz-Huberman, 1997:17).

La duda entre recordar y olvidar es una vaivén constante en las confidencias de la hija, mientras que para la madre sólo es posible y necesario recordar, hacer una reconstrucción sin huecos y mantenerla completa para entregarla entera a la posteridad, para ella: «Los grandes huecos del rompecabezas mental dejaban de serlo para ser rellenados con la pieza adecuada. En su recuento nada faltaba ni sobraba. Empezaba a llegar la perfecta reconstrucción de la memoria» (Muñiz- Huberman, 1997:57).

En las historias el recuerdo y el olvido son características que las confidentes atribuyen a la memoria, entre éstas dos polaridades hay una herencia abstracta que la madre impone y la hija unas veces rechazará otras apropiará. Dicha herencia impuesta, rechazada o asumida es la memoria, para la cual hay una serie muy extensa de definiciones, antes de tomar partido por una de ellas habrá que resaltar al motor de cada historia: el exilio, que como hecho vivido por una madre y una hija marca un punto indeleble en la historia. Por lo cual, las imágenes de México mostradas en la novela son variables desde la perspectiva que cada confidente toma, ya sea la visión de la madre venida de España o de la hija ‘mexicana’.

El exilio como evento general, puede definirse según Víctor Sosa como «una depuración y un punición» (2006:6); depuración porque es un estado que pone a prueba la identificación del sujeto como un ser único, aislado y diferente al encontrarse fuera de los yugos que aglutinan o masifican como pueden ser la familia y el Estado; la punición radica en el costo anímico a pagar por vivir fuera de la comunidad, desde la perspectiva de Sosa el exiliado es típicamente el loco, el disidente, el otro.

De acuerdo con las perspectivas de Montecino en el apartado “Mujer e identidad latinoamericana”, la mujer es la que se queda en la tierra, el pilar de la familia y la que la hereda, de aquí que separar a la mujer de sus raíces terrenas sea más problemático para ella que para un hombre, ligado a la aventura y al viaje. Montecino sostiene que las hijas heredan de las madres la identidad a través de la oralidad, mientras los hijos americanos pudieron serlo de cualquiera y están condenados a vagar por ahí bajo la identidad del ‘huacho’; las hijas son de ellas, en ellas se recrean y así no tienen porqué huir, pueden mantenerse en casa como domésticas o permanecer cerca en tanto objetos del deseo masculino, claro que Montecino se refiere a la mujer nativa, a la que vivía en América y cuyo destino está y permanece ahí, pero dicha explicación fundamenta bien el apego de la madre a la tierra.

Las confidentes de la novela, madre-hija, no tienen más arraigo entre sí que el país que una rechaza y la otra conserva en la memoria, desde esta perspectiva no son tan diferentes de la ‘llorona’, mito americano de mujer que pena por los hijos ahogados, cuyo lastre es la memoria, el recuerdo de lo perdido.

Montecino también expresa en “El marianismo y la cultura latinoamericana” (1996:36) que la figura de María, madre, es una constante en la cultura latina, misma que abarca tanto a México como a España y en dicho culto puede verse también la herencia como una carga destinada, las mujeres en la maternidad al igual que la Virgen María tienen que seguir un destino que les causa penas, sufrimiento y dolor, camino que se repite por condena y aceptación en una y otra mujer, de madre a hija. Atentar contra tal camino es atentar contra el rol de madre a hija en la historia.

Desde la óptica de las identidades de género, el símbolo mariano constituye un marco cultural, que asignará a las categorías de lo femenino y lo masculino cualidades específicas: ser madre y ser hijo, respectivamente. Las implicancias de estas categorías en las experiencias de mujeres y hombres poblaran su universo psíquico y darán modelos de acción coherentes con el espejismo que dibujan (Montecino, 1996: 39).

El marianismo funge como espejismo de identidad genérica, pero también cultural que se construye por la aceptación de un legado histórico. El artículo de Sosa tiene como título El necesario exilio (De la realidad a la ficción de lo real), y uno de sus argumentos es que hay diferencias importantes entre los exiliados, tras terrados y desterrados, una de ellas es que sólo los últimos adquieren la obsesión del retorno, porque en la pérdida de la tierra el sujeto «sufre y padece la amputación de su raíz-centro y flota a la deriva, en ese desarraigo; se desencuentra consigo mismo porque no se encuentra con los otros -semejantes- que incluso actuando como enemigos, y tal vez justamente por eso, le insuflan razón de ser, sentido y única dirección a su existencia» (2009:6).

El desencuentro que menciona Sosa está implícito en cada una de las historias de la novela, pero quizá más explícitamente en las historias de El mensaje, Regalo esperado, Melibea ha muerto, Soy bruja, La niña de Auschwitz y Fragmentos de madre o la imposibilidad de hacer preguntas. En cada una de estas narraciones está presente la identificación como sujeto único en comparación con lo otro, que puede ser México para los personajes que se van del lugar de origen, ejemplo de ello es Paula, quien en Regalo esperado, se presenta enmascarada ante la imagen del desconcierto mexicano: «Paula poseía otra cara de la moneda: la que presentaba ante las calles de la ciudad de México. […] Se inmiscuía, serpenteaba, aprendía el nuevo lenguaje. Parecía feliz y adaptada. Pero el regreso a la casa era el recuento de las diferencias: de los engaños: del estar en guardia: de las hipocresías, de las mentiras. Salir a la calle era la contemplación de un teatro ajeno, violento y desaforado.»(Muñiz-Huberman, 1997:59).

La incomodidad de algunos personajes que son madres como Paula, no sólo es geográfica  o social con México, sino incluso interna, hay madres que se apartan del cuerpo propio como pasa en la tercera narración, donde Teresa vive doblemente fuera, primero de su país y luego de sí  misma como su homónima nacida en Ávila:

Desequilibraste a tus hijos. Acercabas y alejabas a tus nietos. Mientras por dentro te debatías. Buscabas y no encontrabas. Lo mejor tuyo era cuando recordabas tu infancia. Para mí era tener vivo el pasado: conocer algo desconocido: La posibilidad de imaginar una vida tan lejana de la mía. El carnaval de las calles de Madrid. […] Y yo conociéndolo desde aquí, desde esta ciudad mexicana. […] Yo no soy como la otra Teresa, decías. Y no sé por qué lo decías. Ni siquiera creías en Dios. Hay que vivir en Ávila, continuabas […] Pero vivías en México, ¿Te das cuenta? (Muñiz-Huberman, 1997:80).

Los personajes de las historias mencionadas se perciben fuera y, al seguir los argumentos de Sosa se puede decir que por estar lejos de su centro común los personajes se reencuentran  frente a lo otro que es México, con sus recuerdos, su cultura y su modo de ser particular, es decir, todo aquello que les pertenece se concentra en su memoria. La memoria constituye el único objeto propio en tierra extraña, es ella la artífice del recuerdo, pero no es suficiente conservar en ella el hecho bruto, el cual es para las confidentes el exilio, sino que hay que enfrentar todo un proceso donde se teja y confeccione una experiencia, para Castañón ésta comienza con la reflexión:

Para ser plena, la experiencia exige ser pensada. Pide el paso de la razón por la impronta de la impresión, por el recuerdo, exige que la trama de la memoria sea armada por el pensamiento y por la razón, por un lenguaje que al cobrar plena fuerza se dará como experiencia. Pues el lenguaje sólo cobra verdaderamente: el peso de su nombre cuando vida activa y vida contemplativa, vida política y vida teorética se presuponen y queda la sensación de un ir andando en pos de ese darse cuenta, de esas razones para vivir y aun para sobrevivir, para educar y morir en paz habiendo delegado y enriquecido todos y cada uno de los dones recibidos. (Castañón, 2000:118).

Una vez que la reflexión sobre el exilio madura en el recuerdo corresponde a la memoria su reproducción u olvido. Un primer acercamiento a la memoria proviene de un breve recuento clásico, de acuerdo con Roberto Pellerey, en el mundo grecolatino la memoria estaba dividida en tres partes: a) función intelectual, b) instrumento retórico, c) técnica para el discurso cotidiano. Para Pellerey el acto de memorizar pertenece al inciso b), y había muchas técnicas para hacerlo (2004:27), una de ellas es repetir y repetir:

El método más utilizado consiste en la memorización de las salas de un edificio, y de las diversas partes de las salas (ángulos, puertas, ventanas, muebles, estatuas, objetos decorativos). Cada uno de los elementos del lugar, y el edificio entero es un sistema estructurado que organiza la serie de lugares conocidos, así se sabe el orden con que se presentan a la vista  al entrar por la puerta y haciendo el recorrido completo por sus salas. (Pellerey, 2004:27).

He aquí el énfasis de la madre por contar una y otra vez sus historias generación tras generación, ordenando detalles del paseo mental, los cuales van desde los recorridos por las calles hasta las historias negras o de mala fama de la familia española: “Podía recordar la sierra de Guadarrama con todas las sendas que recorrió en su infancia. Los tonos vagos que suelen acompañar las primeras imágenes percibidas, se le convertían en colores definidos y precisos al paso de los años. Aquellas presencias eran ahora tan exactas como si las hubiera vivido el día de ayer” (Muñiz-Huberman, 1997:56).

A esta visión de la memoria como edificio de la historia se puede oponer la concepción de Noé Jitrik, quien plantea una relación entre la memoria y el imaginario como complementos posibles, por lo cual lo acumulado podría ser completado e interpretado por otra parte, quizá ficticia, quizá no tanto (2004: 113, 114). Un tercer teórico es Roberto Flores quien textualmente indica que: «para la memorización, los antecedentes son la capacidad del sujeto -su sensibilidad- y la existencia de lo memorable. Por su parte, el recuerdo convocado posee como sus propios antecedentes el resultado de la memorización y lo que sería posible llamar un ‘disparador del recuerdo’ […]». Desde la definición de Flores, lo memorable podría ser el exilio y la infancia, y la mezcla extraña que se da de ambos una vez que el destino hace que las confidentes se instalen en México, esta nueva ciudad hace que la memoria necesite ser practicada y compartida a fin de no desaparecer, como ya vimos memorizar requiere constancia en la ejercitación del recuerdo.  Paula es conocedora de las necesidades de la memoria, por eso trataba de imponerla afanosamente:

Que no le servía de nada porque al querer transmitir esa memoria reconstruida a sus hijos y a sus nietos, se encontraba con que la memoria de ellos la contradecía. (No mamá, tú nunca nos contaste eso así: ya no te acuerdas.) (Abuela, no nos cambies las historias). Sólo ella sabía la verdad y nadie más. Su enojo era grande y no sabía descargarlo. Su decepción también: si ella era una carga de recuerdos y era eso lo único que podría dejar de herencia, a quién iba a dejárselo si nadie le creía. Y su cabeza se movía de un lado a otro con pesadumbre. (Muñiz-Huberman, 1997:57).

Esta pesada herencia tenía que ser transmitida y por tal razón las hijas padecen un entrenamiento que las hace «sacerdotisas» del tiempo, esto es como mencionaba Montecino seguir la vida de María, dar continuidad histórica, pues están entrenadas para repetir entre familia las mismas historias: » Aunque no quieran, ellos guardarán mis historias, piensa Paula. Se consuela Paula. Sabe que va a morir, pero también quisiera no morir. Olvidar todo. Volver a empezar. La oportunidad que no habrá de surgir: la no oportunidad»(Muñiz-Huberman, 1997:61). En este no olvido se encuentra el rechazo a México, que para Aniella tampoco es una oportunidad, sino un lugar más donde es posible cultivar el pasado: «Tantos recuerdos que guardaba Aniella para desgranarlos en México, en el exilio. Para contárselos a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Para que no olvidaran. Para que, a su vez, los guardaran y los desgranaran cuando llegara el tiempo. Aniella era como una sacerdotisa que tuviera que cumplir con un rito de la memoria, de la palabra encarnada de la cadencia del encantamiento» (Muñiz-Huberman, 1997:66).

La historia de Aniella se titula Regalo esperado y en ella México es el lugar para construir la memoria, ordenarla y repetirla, pero también es el peor lugar para vivir, porque no es un lugar elegido, sino destinado. México es un país «error-horror», para Aniella: «cosas pequeñas y cosas grandes son las que le molestan. (Eso de que la llamen güera en el mercado, cuando ella es morena. O marchantita. Palabras deformadas y palabras en diminutivo. […]» (Muñiz-Huberman, 1997:72). A las incomodidades lingüísticas se suman las grandes incomodidades sociales y culturales, para la protagonista española estas son peores:

México deja su marca. El país-pulpo. Quien llega no sale. Pero no por amor. No. No. Por comodidad. Por facilidad. Por afán de ser diferente. […] Todo es asequible. La ley del menor esfuerzo. Todos los europeos quisieran vivir en México: pero no viven. Eso ocurre solamente en las novelas de Valle-Inclán, de Graham Green o de Malcom Lowry. Piensa Aniella. Aniella que si vive, no sabe todavía si es una ventaja o desventaja. Seguirá pensándolo (Muñiz-Huberman, 1997:73).

El «país-pulpo» mexicano de Aniella resulta un irónico y casi burlón para la hija que narra Yo nunca cruzaré una calle, ella comienza su historia con la angustia que le produce el cambio de banqueta, y en el intento de rastrear el origen del trauma llega a la conclusión de la muerte. Sus padres sobrevivieron a todos los grandes peligros y desastres que pudo haber en la guerra civil española para venir a morir atropellados en la carretera de Puebla (Muñiz-Huberman, 1997:29).

Como ya se ha mencionado, a México llegaron madres españolas que criaron hijos culturalmente mexicanos y esta peculiar razón opone un modo de percepción de un país a otro, y esta percepción irrita a las procuradoras del recuerdo, tal como es el caso de Paula: «Su abatimiento, en lugar de decrecer con los años, fue en aumento y desconoció la resignación: desde el exilio exigía el retorno a la tierra perdida y negaba el tiempo vivido fuera de ella. Sus hijos le decían incomprensiblemente, ya no somos de allí: no se nos ha guardado el lugar» (Muñiz-Huberman, 1997:58). Al final de la historia El mensaje, protagonizada por Paula, la confidente describe que en un papel debajo del mantel de la mesa-camilla había una frase: «Los hijos no son nada«(Muñiz-Huberman, 1997: 63), la negación de los hijos está dada por el rechazo que ellos mismos hacen hacia la memoria materna.

En Soy bruja, Cervantina narra lo poco grato que fue su recibimiento en la ciudad de México y el sentimiento que le provocaba el monumento a la Revolución «enorme mole gris sin ninguna gracia: que debo confesar que me asustaba (y no digamos a mi hija, que se negaba a pasar bajo sus arcos). Creo que estas primeras visiones de la ciudad resultaban deprimentes. Nada se parecía a lo que habíamos dejado atrás. Nada despertaba la nostalgia y por eso mismo la nostalgia se volvía más nostálgica» (Muñiz-Huberman, 1997:102).

Como se ha visto en el transcurso del ensayo la madre es la que selecciona lo memorable, que es  el exilio y sus contenidos, tal como son el pasado y la historia vivida en España,  el contenido de la memoria se filtra a la hija, hijos y familiares a partir de cuentos, anécdotas e historias repetidas una y otra vez. La persistencia en la memoria es una tarea indiscutible para los personajes femeninos que narran al rol de la madre, sin embargo en Fragmentos de madre o la imposibilidad de hacer preguntas, se da paso a la réplica de la otra, de la hija.

La hija es ajena  a la madre en el momento de la juventud, según Beauvoir, porque la toma de decisiones y de identidad separa el apego infantil que hubo con la madre (1999:101), en la novela el apego es aún mayor y se fortalece con la imposición de la madre con sus historias. En algún momento de su narración, la confidente de Regalo esperado menciona que Aniella contempló en algún momento a México como la oportunidad, que no se dio porque el peso de la memoria era demasiado para alguien que había vivido en España, pero para la hija,  que no trae consigo esa carga,  en el país nuevo tampoco hay oportunidad de descubrir un lugar, esta cancelación Beauvoir la entiende como el producto de los celos: «A esta recién llegada [la hija] se le abren posibilidades todavía indefinidas, al contrario de la repetición y la rutina que tuvieron sus mayores; la madre envidia y detesta estas oportunidades; al no poder hacerlas suyas, trata de rebajarlas, de suprimirlas; […]» (1999:318).

Para la hija las historias de la madre comenzaron a convertirse en un hastío que traspasaba fronteras: «¿A caso me importaba saber, aquí, en México, la locura de mi abuela en España, en otra época? ¿Las traiciones de mis tíos y primos? ¿Las estafas, los engaños, las infidelidades, los incestos? ¿Para qué, para qué me lo contaba? Ella no quería que el retorcido cordón que nos unía se desatara y seguía enredándolo y enredándolo. Madeja de hilos que me asfixiaba y me inmovilizaba» (Muñiz-Huberman, 1997:131).

La ruptura con la madre contada por la hija se produce literalmente, con las fotos y la muerte que da paso a la reflexión y quizá a los nuevos recuerdos que pueden incorporarse en la memoria joven, donde posiblemente haya espacio para México una vez que la heredera del legado español haya decidió suprimirlo o darle una importancia minúscula, es decir, de recuerdo pasado, en comparación con la reconstrucción estática y monolítica que la madre veneraba sobre España y su vida anterior al exilio. En el punto de separación o ruptura entre madres e hijas, cuando no se da por medio de la muerte como en la novela, Beauvoir es optimista y apunta que: «La madre acaba aceptando la derrota de grado o por fuerza; cuando su hija llega a adulta, se restablece entre ellas una amistad más o menos tormentosa»(1999:318), esta relación nueva depende de cada una y la particularidad de su historia.  Casi al final de las historias, en la número 13, el narrador describe cuál  fue la intensidad de las palabras intercambiadas entre las confidentes: “La palabra se ha convertido en un arma de destrucción. Han excavado en lugares del corazón y en escondrijos de la memoria.” (Muñiz-Huberman, 1997:133).

En las conclusiones sobre la problemática de la identidad tanto genérica como cultural puede decirse que Las confidentes (1997)  expone de manera novelada dicho conflicto a través de la memoria, de la preservación tenaz de la tradición frente a la capacidad del olvido como puerta liberadora. Para Todorov en Los abusos de la memoria (2000) hay una línea muy delgada entre el derecho a mantener el recuerdo de lo memorable, como en este caso es el exilio, y la férrea preocupación por perpetuar el recuerdo en detrimento del presente (2000:18-25).

En la novela que se trató durante el presente ensayo, las historias de las madres aparecen marcadas por un pasado que perpetuar, éste afecta las relaciones con la familia y el entorno. Ejemplo de lo que Todorov entiende como un abuso al pasado son Paula y Aniella, quienes están convencidas de ser las encargadas de la perpetuación de la gran historia, pues ellas son las arañas del recuerdo:

El individuo que no consigue completar el llamado periodo de duelo, que no logra admitir la realidad de su pérdida desligándose del doloroso impacto emocional que ha sufrido, que sigue viviendo su pasado en vez de integrarlo en el presente, y que está dominado por el recuerdo sin poder controlarlo (y es, con distintos grados, el caso de todos aquellos que han vivido en campos de la muerte), es un individuo al que inmediatamente hay que compadecer y ayudar: involuntariamente se condena a sí mismo a la angustia sin remedio, cuando no a la locura. (Todorov, 2000:323).

Todorov explica que hay dos tipos de reminiscencia posibles para recuperar el acontecimiento: el literal y el ejemplar (2000:29). El primer tipo se encuentra en los intentos de Paula, Aniella, y Teresa, porque para ellas el exilio es un evento irrepetible, que necesariamente hay que incorporar en las generaciones venideras, por más que ya no vivan en el lugar de la guerra, por más que la guerra haya cesado y aún sobre los hijos o nietos que ya no tengan ni siquiera sangre española. El tipo de reminiscencia ejemplar es el que finalmente expone la hija en Fragmentos de madre o la imposibilidad de hacer preguntas, porque a pesar de haberse apropiado de las historias de la madre venidas del exilio, la guerra y la vida en España, ella marca un límite donde las historias son sólo eso y no la vida, este proceso puede observarse metafóricamente con la muerte de la madre y la media vuelta de la hija.

Finalmente con la superación del duelo el «país-pulpo» podría ser memorizado, o al menos observado con menos rigor por los ojos novedosos de una nueva generación que apenas estaría por construir su memoria e identidad. Tal y como ocurrió desde las preconcepciones poéticas de América en buena parte de la tradición literaria, puede decirse que México también es un lugar o imaginario preconcebido por Europa gracias a su poetización literaria firmada por la pluma de numerosos extranjeros a lo largo de la historia nacional en sus diferentes etapas, ya fuera desde el ensayo, la biografía, la poesía o la narrativa.

Curiosamente, para Angelina Muñiz, que se considera doble o triplemente exiliada, por su religión, por su país, y por su escritura tan lejos de lo común, México no es un lugar repudiable, sino un país de oportunidad que después de la guerra de 1936 a 1939 abrió las puertas a toda una generación de intelectuales hispanomexicanos (Rico, 2005) que se lo han apropiado, para pretexto de historias, cuentos y novelas. Cabe mencionar que Angelina Muñiz-Huberman reside en México desde 1942, y desde pequeña también fue receptora de las historias familiares femeninas, en entrevista con Jorge Luis Herrera ella responde que la necesidad de contar historias viene del exilio cuando su madre se las inculcaba como un precepto que siempre había que mantener: “Eso es para que un día escribas estas historias” (Herrera, 2004).


 

Bibliografía

– Beauvoir, Simone de. El segundo Sexo. V. II La experiencia vivida, Trad. Alicia Martorell, 3ª Ed. Cátedra, Madrid, España, 1999 p.545.

– Castañón, Adolfo. Por el país de Montaigne, Paidós, México, México, 2000, p. 199.

– Flores, Roberto. Jitrik, Noé., et al. Tópicos del seminario 12, Sobre la memoria, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, México, 2004, pp. 15-41, 81-106, 107-122.

– Montecino, Sonia. Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno, Sudamericana, Santiago de Chile, Chile, 1996.

– Muñiz-Huberman, Angelina. Las Confidentes, Tusquets Editores, México, México, 1997, p.161.

– Sosa, Víctor. “El necesario exilio (De la realidad a la ficción de lo real)” en, Separata. Revista del pensamiento y del ejercicio artístico, Abril 2009, No.2, Santiago de Querétaro, Querétaro, México, pp. 5-8.

– Todorov, Tzvetan. Los abusos de la memoria, Trad. Miguel Salazar, Paidós, Barcelona, España, 2000, pp.11-36.

Direcciones electrónicas

Bernárdez, Mariana. Del aire y su memoria. Una entrevista perdida, en http://www.periodicodepoesia.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=471&Itemid=77(Acceso, 30 Abril, 2010, 1:30 pm).

Cervantes virtual. La autora, en  http://www.cervantesvirtual.com/portal/poesia/muniz/obra.shtml (Acceso, 30 Abril, 2010, 1:30 pm).

– Herrera, Jorge Luis. Entrevista con Angelina Muñiz-Huberman, en http://sepiensa.org.mx/contenidos/2004/l_angelina/ange_1.htm (Acceso, 30 Abril, 2010, 1:30 pm).

– Rico, Alicia. Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid  El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/confiden.html (Acceso, 30 Abril, 2010, 1:30 pm).

[1] Cervantes virtual. La autora, en  http://www.cervantesvirtual.com/portal/poesia/muniz/obra.shtml (Acceso, 30 Abril, 2010, 1:30 pm).

Juana Graciela López Rojas, mexicana, es estudiante de la maestría en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Guanajuato, México. Ha participado en talleres y eventos académicos relacionados con la creación, difusión y crítica literaria.

Beauty Behind Closed Doors

Susannah Rigg

I have a thing about doors in Mexico and I have a special passion for rundown doors with little holes that I can peek through to see the building inside. To me there is nothing more beautiful, mystical and magical than seeing nature retaking its space behind a deserted doorway. Being read books like The Enchanted Forest and The Secret Garden when I was a young girl undoubtedly inspired this love and mystical intrigue.

Susannah Rigg. Photo: Mexico Retold.

Susannah Rigg. Photo: Mexico Retold.

To me there is always a childlike delight in discovering the secrets behind doors; that wild essence of nature regaining its rightful place. This love is so strong that I could probably offer tours of the deserted houses and best peepholes of Oaxaca. So imagine my surprise and delight when taking my sister to see my favourite peephole that the door I intended to peep through was open and an art installation had taken over the space! Someone else had seen the beauty I saw in this elegantly, crumbling building and they had opened it up to the world.

The first thing that struck me when I walked inside was the orange tree thriving in the central courtyard. Oranges had fallen all around and an old man was sitting there as if guarding the tree. Needless to say, countless stories about this man and his relation to the decomposing house started to form in my head. The smell of oranges infiltrated my senses and I smiled to think that this tree knew all of the secrets of this building. The art installation was diverse and intriguing, and at points I was uncertain as to whether what I was seeing was art or in fact things left behind when the house was abandoned. And that mystery was beautiful, that uncertainty overjoyed me, because it left space for the fantasy, for the creation of my own story.

Some parts of the building still showed signs of the house as it was. The odd sink or window was still in place. The artists had worked with these features to juxtapose the old and the new. Piles and piles of wood were stacked in one room of the building. Could it be art or was it simply part of the house?

Chair and sky. Photo: Mexico Retold.

Chair and sky. Photo: Mexico Retold.

A theme that ran through the art was “Day of the Dead”. There was an altar and metal bedframes covered in the Cempazuchitl flower, traditionally used to decorate graves and altars during that time. My mind wondered imagining that the bedframes were found inside the deserted house and therefore to cover them in these flowers so they looked like graves signified an offering to the ancestors of the house, whose beds they would once have been and whose history lived on in secrets buried in the walls. The themes of life and death so intricately interwoven during the Day of the Dead played out hauntingly in this building, that signified both of these things at once.

The installation also allowed for interaction, asking the viewer to become part of the art, part of the building. Inspired by the story of Elpis and Pandora we were asked to visualize a miracle, write it on a piece of paper and pin it under a metal Oaxacan heart and onto the wall. I stood for a while, visualizing a peaceful Mexico, a Mexico without the “drugs war”, wrote down my wish and hammered the heart onto the wall and breathed deeply imagining the possibility.

If I am honest, I loved the art behind my beloved door, but for me the most beautiful aspect was the run down walls with bricks appearing beneath the stucco, the original arches standing proud, moss and plants retaking their natural place juxtaposed against metal building poles now exposed as the bricks have fallen away. And all this was highlighted by the bluest of blue skies that took the place of the ceiling and was another sign of nature taking back its rightful role!

Susannah Rigg was born and raised in London, England. Before she had even set foot on Mexican soil, she was deeply in love with the country. Learning about the Aztecs at age 10, she decided that she needed to visit their homeland and it felt like her home as soon as she arrived many years later. Susannah lives in Oaxaca and is the founder of Mexico Retold, a site focused on telling a different and positive story about Mexico. Besides her freelance writing, for publications including, Metro UK, The Mexican Londoner, The Matador Network and Truffle Pig and other pro bono projects like Volunteer Oaxaca, Susannah is currently writing her first novel.

 

José Emilio Pacheco y el cine: El entorno familiar en “El castillo de la pureza”, “El Santo Oficio” y “Mariana, Mariana”

Demián Aragón

Conocemos a José Emilio Pacheco (1939-2014) por su obra narrativa y poética, la labor que llevó a cabo en el ámbito de la producción cinematográfica mexicana ofrece la posibilidad de extender los conocimientos en torno a su oficio de escritor.

José Emilio Pacheco, Fotografía de Gorka Lejarceg.

José Emilio Pacheco. Fotografía de Gorka Lejarceg.

Miembro importante de la “Generación de Medio Siglo”, momento de la literatura que despuntó en México a finales de los años 50 y principios de los 60, Pacheco comenzó su carrera como cuentista en 1959 con La sangre de Medusa, se configura como novelista con Morirás lejos en 1967 y en 1981 aparece la novela corta Las batallas en el desierto.

Los textos para cine conservan las premisas de su universo ficcional, mismas que ahora percibirán espectadores y no precisamente lectores. Pacheco dio a conocer sus propuestas visuales con la colaboración conjunta de Arturo Ripstein, cineasta con una poética identificable por espacios cerrados que confrontan la interioridad de los personajes, ofreciendo tintes dramáticos amplios.

Las colaboraciones Pacheco-Ripstein son cuatro, El castillo de la pureza (1972), El Santo Oficio (1973), Foxtrot (1976) y El lugar sin límites (1978), en este último debe mencionarse que su nombre no aparece en los créditos iniciales. Otra película importante en este rubro es Mariana, Mariana de 1987, la cual está basada en Las batallas en el desierto, en esta ocasión el guión corrió a cargo de Vicente Leñero y la dirección es de Alberto Isaac, quienes ofrecieron su interpretación en imágenes de la historia original, percibiéndose algunos cambios importantes que resaltan la relación entre cine y literatura.

Para el presente artículo analizaré tres filmes, tomando como eje interpretativo el papel que juegan las familias, ya que éstas se presentan en diferentes contextos y realidades. Diversas entrevistas refieren cómo El castillo de la pureza se constituyó a partir de la petición que hizo Ripstein a Pacheco de colaborar en la escritura del guión, cuyo argumento estaba inspirado en un hecho real acaecido en la década de 1950 y que el escritor conocía, lo cual favoreció que la trama pudiera concretarse.

La película nos presenta una estructura narrativa que confirma las afirmaciones de Ripstein, Pacheco hace de los guiones literatura, en el caso específico de esta cinta nos encontramos ante una familia atípica que si bien tiene un referente en la realidad, la ficción se encarga de otorgarles una serie de acciones dramáticas bien definidas, somos testigos de una atmósfera intimista que explora la crisis existencial y moral de Gabriel Lima, lo que repercute en su esposa Beatriz y sus hijos, cuyos nombres llevan a la reflexión Porvenir, Utopía y Voluntad.

El padre es un vendedor de raticida que se convierte en protector obsesivo y figura de autoridad paternalista, cuyo principal objetivo es resguardar a los miembros de su familia de la contaminación moral que conlleva el mundo exterior, sin embargo este tipo de acciones lleva a consecuencias que él mismo no imagina y finalmente reprueba como es el incesto, una respuesta que los adolescentes han dado a las cosas naturales de la vida y al paso del tiempo.  

La cinta explora muy bien la espacialidad como elemento narrativo, una vieja y húmeda casona que remite a la soledad y el retraimiento, sin embargo es también un sitio de aislamiento a los ojos de Gabriel Lima, la lluvia interminable se convierte en catalizador de las emociones implícitas de los personajes, mostrando la pesadez y el ensombrecimiento que los rodea, no hay luz en sus vidas.

Otros aspectos importantes que deben tomarse en cuenta y que contextualizan la razón del encierro, son los preceptos que el padre ha inculcado a sus hijos, el valor del trabajo, el castigo ante una mala acción, una educación rígida basada en máximas de pensadores que definen la razón del yo ante los otros, y desde luego la ejercitación física.

Lima hace constantes analogías entre los habitantes del mundo exterior y las ratas que extermina, todo esto es un mundo nocivo que debe alejar, teme a la reproducción, carga con ansiedades e inseguridades, su proceder no es más que un reflejo de su interior quebrantado.

El castillo de la pureza está protagonizada por una familia que irradia una fuerte tensión, es decadente y deprimente, goza de momentos alegres pero medidos por el temor, Gloria incluso llega a afirmar que ha sido feliz todo ese tiempo de encierro. Cuando cae el patriarca, llega la libertad, no volverán a sonar los botes oxidados a la entrada de la casona. El viejo auto cincuentero abandonado en el patio y escenario del incesto, nos remite a una época pasada, a aquella temporalidad en la que esta historia cobró forma en la realidad tan bien ficcionalizada por Pacheco y Ripstein.

El Santo Oficio por su parte es una cinta que presenta un periodo de la Historia de México a partir de una familia, los Carvajal, quienes juegan un papel central en la representación de las concepciones religiosas novohispanas, la Inquisición instaurada por el orden eclesiástico y la persecución de los judíos y sus creencias.

La presencia de la cultura hebrea cobra vida en el film y en las preocupaciones de Pacheco, quien ya ha manifestado estas líneas temáticas en su narrativa, principalmente Morirás lejos y de manera indirecta en Las batallas en el desierto.

El guión de la película y su realización son algo conjunto, ofreciéndonos una perspectiva historicista en la cual están presentes las concepciones literarias de Pacheco y el estilo intimista de Ripstein, quien a partir de una estética que resalta el claroscuro nos muestra la atmósfera sombría del entorno que vivían perseguidores y perseguidos en el periodo colonial.

Literato y cineasta advierten que El Santo Oficio, un título contundente y sin artificios, “es una ficción basada en documentos y hechos históricos. Narra los conflictos reales aunque sintetizados por las necesidades de la construcción cinematográfica”, si bien los creadores logran ficcionalizar un aspecto social, reconocen que sus fuentes, principalmente bibliográficas, daban cuenta de panoramas generales en torno a la figura de los judíos, lamentando que la película se hubiera filmado antes de la aparición de unos estudios etnopsiquiátricos que aclaraban muchas dudas en torno a la mentalidad de la época.

Textos de Fernando Benítez, el Libro rojo de Vicente Riva Palacio, La familia Carvajal de Alfonso Toro e investigación y rastreo de procesos inquisitoriales fueron los principales sustentos informativos para la construcción del guión, que explora un imaginario cercano a las crisis de identidad, el protagonista Luis de Carvajal en este caso transita entre el hecho de ser judío y negar su religión.

El guión atiende también a la minuciosa reconstrucción de la época, observable en las acotaciones y en los parlamentos reconstruidos de manera coloquial, o bien, casi extraídos de los mismos procesos inquisitoriales. La película se compone principalmente de imágenes sobrias que ponen de manifiesto nuevamente la estética de su director, quien ofrece secuencias bien organizadas que se basan principalmente en el adecuado manejo de los espacios.

Los Carvajal nos remiten a una familia inmersa en un contexto histórico-religioso que castiga las malas acciones, en este caso las prácticas judaizantes en un momento en el que la fe católica debía mantenerse fuerte en la Nueva España, Fray Gaspar, fraile dominico que ingresa al sacerdocio para ocultar sus verdaderas creencias, carga con el peso de delatar a los suyos ante los tribunales eclesiásticos, quienes lo invitan a actuar de la forma correcta, ya que en este caso la fe es más importante que cualquier vínculo sanguíneo.

El Santo Oficio se basa en un contexto histórico ficcionalizado a partir de un punto de vista realista, con personajes herméticos, los Carvajal no pueden mantener su unidad, a lo largo de la trama ésta se va resquebrajando hasta llegar a un final tortuoso, lo único que los ha mantenido unidos son sus verdaderas creencias, que a su vez atañen a otra gran familia, la de los judíos que residían en la Nueva España.

En el caso de Mariana, Mariana, basada en la novela corta de Pacheco, observamos una reconstrucción cinematográfica fiel a la narración escrita, las variantes ofrecidas por el filme de Alberto Isaac permiten una identidad propia a la experiencia visual.

Carlitos, el protagonista, pertenece a una familia de clase media típica de finales de la década de 1940, cuando el progreso impulsado por el presidente Miguel Alemán daba paso a la industrialización, urbanización así como un fuerte impulso a las actividades turísticas. Durante este periodo las empresas de electrodomésticos y automotrices también se incrementaron.

La novela está construida a base de pequeñas viñetas, las cuales dan cuenta de los pasajes que circundan la niñez de Carlitos, refiriendo un acercamiento a la ya incipiente cultura pop, debido a la importación de series radiofónicas estadounidenses, proyecciones de cintas animadas de Disney y de monstruos de la Universal, así como la circulación de marcas de autos, aspiradoras o productos de limpieza.

Existe en el filme una intercalación de dos tiempos narrativos que oscilan entre el presente y flashback que recrean el pasado de los personajes, respetándose en esos momentos la narración contenida en Las batallas en el desierto. En primer plano tenemos un Carlos adulto que asiste al funeral de su padre, instante que marca el fin de una generación previa al neoliberalismo de los años ochenta, así como el reencuentro con Rosales, su ex compañero de escuela. El tiempo pasado, el de la colonia Roma, el de las batallas en el desierto, el del amor platónico y edípico es en el filme parte del recuerdo.

La familia central mostrada en la novela corta y en el filme obedecen a un modelo hasta cierto punto estereotípico, la moral como guía de comportamiento, el padre trabajador que se adapta a los cambios, ahora habla inglés y participa del progreso que está viviendo México, en su casa ya hay licuadora y aspiradora.

Se trata de una familia unida y numerosa en la que prevalecen en número las mujeres, dejándose sentir en las acciones del hermano mayor una doble moral, por un lado reprueba los amoríos de su hermana en la oscuridad de la sala cinematográfica, por el otro él mismo quebranta las reglas al exaltar la hombría de su hermanito aún niño al enamorarse a temprana edad de una mujer mayor y casada.

Sin embargo el eje principal de ambas narraciones, la escrita y la visual, puede asociarse con el bildungsroman o relato de iniciación, Carlitos está explorando una transición de la niñez a la adolescencia, cobrando sentido aspectos de índole psicológica, sexual y social.

Mariana, la madre de su amigo Jim, es la amante de un hombre que posee otra familia y que trabaja en el gobierno de Miguel Alemán, este personaje femenino se convierte en el punto de intersección de tres entornos familiares distintos. En principio tenemos la familia nuclear, Carlitos forma parte de ella y se relaciona con Mariana que junto con su hijo forma una familia monoparental, mientras que el padre de Jim posee otra familia nuclear.

Todo ello da como resultado familias que si bien están definidas, no cumplen totalmente las expectativas de los personajes, Mariana juega el rol de sustitución afectiva de Carlitos, quien a pesar de vivir en un entorno estable, confiere a Mariana y a la idealización del amor que siente por ella la carencia afectiva que no ha logrado encontrar plenamente en el medio moral que caracteriza a su familia base, este hecho se pone de manifiesto en un pasaje de la película en el que los psiquiatras que evalúan el caso del niño, discuten las causas de su comportamiento sexual precoz mostrado a partir de un suceso de enamoramiento.

Las propuestas de Pacheco e Isaac exploran un momento determinante de la cultura mexicana, cuando se replanteaban aspectos referentes a la identidad nacional, a la posición de “lo nuestro” frente a la expansión del capitalismo y el advenimiento de sistemas de producción provenientes del extranjero.

En la narración escrita cada palabra de Pacheco se convierte en una máquina del tiempo que nos transporta ante la cotidianeidad y la transformación de un país. En la narración visual cada uno de esos pasajes convertidos en imágenes se transforman en reconstrucción fiel de dos épocas, la que representa el universo que envuelve la novela y aquella propia de la temporalidad del filme, aspecto que hace la diferencia entre el lenguaje literario y el cinematográfico.

Como había mencionado los flashback corresponden a la trama planteada por Pacheco, la secuencia ambientada en los ochenta que da inicio con el funeral del padre de Carlos y concluye con el trayecto en auto, tiempo presente de los personajes, es intercalada mediante cortes de edición con el pasado.

Dicha secuencia es el aporte del discurso cinematográfico a la trama original, ya que ofrece una dinámica mediante la cual se deja de lado la mera adaptación para dar paso a un juego en el que los diferentes momentos de la novela aparecen en orden no lineal, permeados por los parlamentos que sostienen Carlos y Rosales en el auto cuando la avenida está llena de vehículos detenidos por el tráfico.

La novela refiere “Para el impensable 1980 se auguraba […] calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo”, el recorrido que siguen Carlos y Rosales desmienten por completo esa utopía, los ochenta significaron el caos, la sobrepoblación, contaminación que viene arrastrándose desde el progreso iniciado en los 40 y para concluir, un referente no incluido en la novela, el sismo de 1985, acontecimiento posterior a la primera edición de la obra de Pacheco.

La cinta permite una conexión de dos momentos, la modernización del país durante el sexenio alemanista y la utopía inalcanzable, ya visible a 40 años de distancia, y por supuesto el cambio en los modelos familiares, las viejas generaciones ya murieron igual que la vieja colonia Roma devastada por la modernidad y el gran sismo.

Los créditos finales están musicalizados por el bolero puertorriqueño Obsesión mencionado en un pasaje de la novela, el cual contiene al interior de las narraciones un sentido de pertenencia con un pasado que ya no existe, y en especial para Carlos con la reminiscencia de Mariana, quien misteriosamente desaparece de su vida pero no de sus recuerdos.

El crítico de cine Gustavo García ha mencionado la existencia del guión que el escritor realizó con Salomón Laiter, basados en la novela de José Donoso El obsceno pájaro de la noche, el cual no se concretó como obra visual. La labor de José Emilio Pacheco en el cine, permite observar que su estilo narrativo fue más allá de las páginas escritas, ofreciendo la oportunidad de adaptar una de sus obras más reconocidas y concebir guiones cinematográficos emblemáticos.

Demián Aragón, mexicano, es narrador y académico. Su principal interés ha sido la relación entre cine y literatura, ha estudiado la obra de Carlos Fuentes. Actualmente cursa la maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, donde realiza una investigación en torno a la narrativa hispanoamericana contemporánea y literaturas de la globalización.

La insaciabilidad

Adelanto de la novela que publicará la Editorial de la Universidad Veracruzana, México, a fines de 2014. Exclusivo para el Mexican Cultural Centre.

Marco Tulio Aguilera Garramuño

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Estoy borracho, absolutamente borracho, total y definitivamente borracho. Voy tambaleante de pared a pared. Me dirijo al baño con la intención de orinar. Llego con enormes dificultades. Estoy a punto de caer sobre el retrete. Al orinar comienzo a irme de espaldas empi­nándome sobre los talones. El líquido sale después de largos minutos. Acabo de escribir el cuento que por tantas semanas he relegado. Todo lo preparé con minuciosidad, sabiendo que tenía que escribir un texto extraordinario. Se trata de Perry McClue, un hombre que sueña con ser todos los hombres, con correr todas las aventuras, con seducir y ser seducido por mujeres espléndidas, hombres, efebos, doncellas;  que recorre todo el mundo y en todas partes lo espera la maravilla, lo des­mesurado, lo particular; que disfruta   gozosamente de los dones de la tie­rra, y sin embargo termina en una paradójica, incomprensible e inso­portable soledad.

Cuando supe que estaba listo, que todo mi ser era una especie de átomo original a punto del big bang, puse a Atenea de patitas en la calle, compré una botella de tequila, limpié la mesa, coloqué dos cajetillas de cigarros, limón y sal a mi lado. Y me senté. Frente a mí estaba la vieja y perruna Olivetti Lettera 22, que había arrastrado de Cali a Lawrence, de allí a Monterrey, para terminar en donde ahora, entonces, estaba. Pasaron los minutos. No podía escribir ni una sola palabra. Tomé un largo tra­go, me eché a la boca una pizca de sal y me exprimí medio limón. No salió ni una sola palabra. Apuré otro trago con idénticas consecuen­cias. Al tercer trago salió la primera frase, redondita y todavía escu­rriendo líquido amniótico. Celebré el triunfo con una tercera dosis. A partir de entonces el texto emergió espontáneamente. En esos mo-­mentos no sabía si lo que estaba escribiendo valía un potosí o menos que nada. La alegría del instante era pasmosa, el sentimiento de poder comparable al de un dios que con un movi­miento de sus manos levanta montañas, abre desfiladeros, traza valles sin fin y pone sobre ellos criaturas inéditas, sorprendidas y dichosas.

Una vez que hube terminado, anoté en mi Diario: Ya lo escribí. Me siento raro. Eructo constantemente. Puse el agua del baño a calen­tar. La cena está en el fuego. Yo estoy acostado en el sillón romano (así lo llamo por antiguo y desvencijado), escribiendo estas palabras. Me siento raro. Llueve a cántaros. Comeré y me bañaré. Eso es todo. No sé si he hecho honor a la idea que tenía de mi personaje. No sé qué es lo que siento. ¿Estoy bien o mal? Lo ignoro.

Pero cómo se iba a sentir bien Ventura, si había bebido, de una literal sentada, casi medio litro de tequila en acaso tres horas. Se sentía ho­rrorosamente mal, trastornado, no al borde de la locura, sino en el pu­ro centro de ella. Continúa el texto: Estoy en uno de esos sitios de donde uno se pregunta si saldrá o no. Creo que fue una exageración y una temeridad  tomar tanto tequila de forma tan continua y despiada­da. Pienso que todo pasa, que esta sensación imprecisable desapare­cerá en cuanto amanezca. Entonces todo será diferente. Leeré mi texto y sabré si vale la pena o no. Pero ahora, en este instante, siento que las cosas carecen de perfil. Los ojos se me cierran. Pero temo dejarme ir. Sé que si dejo que se cierren, vomitaré como loco, tiraré en la sala  o en el corredor que comparto con la poeta Estrella de los Campos mis entrañas, me desaguaré, quedaré convertido en una gran letri­na… Si hubiera alguien a mi lado. Si hubiera alguien. Alguien.

Ventura no tiene palabras para recordar lo que sintió. Ni entonces ni ahora, ya de regreso. No era simplemente que el mundo girara, como le gira a todos los borrachos cuando pasan la línea de lucidez. Ni que el entorno perdiera sus límites, sino que, simple y llanamente, todo se había duplicado. Existían dos casas, dos cuerpos propios, dos puertas, dos máquinas de escribir. Al asomarse a la noche, vio que la densidad de las estrellas era superior a la habitual.No sólo me trastorné yo, sino que eché a perder el orden del Universo, pensó. Recuerda incluso que con un poco de ironía amarga comenzó a eva­luar  las consecuencias de vivir en un mundo en el que todo tendría su duplicado, no sólo los problemas, sino los cheques quincenales y las mujeres. Acabó de cenar y de bañarse. Lo tuvo que hacer en cuatro patas  porque no pudo tenerse en pie. Suponía que tras comer y bañar­se iba a retornar a la normalidad. ¡Falso, falsísimo! Todo comenzó a girar. Intenta mantenerse en el centro pero no puede. La fuer­za de los giros amenaza con lanzarlo contra las paredes. Va a cerrar los ojos. Voy a cerrar los ojos. No me importa lo que pase. Cierro los ojos y, paradoja de las paradojas, la oscuridad se ha duplicado. No que sea más densa, sino que hay dos oscuridades. Entonces pienso que por fin ha pasado lo que me dijo aquel infecto psiquiatra de mi primera gran caída: el incurrir en un exceso podría trastornarme definitivamente. Mi esquizofrenia precoz, de la que salí con tanta dificultad, había permanecido laten­te, agazapada, y reventó gracias al tequila.

La historia de cómo pudo dormir en medio de la borrasca y có­mo despertó es bastante banal. En su Diario, con letra de parkinson y lamparones de sudor, se halla consignado el despertar y sus reacciones. Son las cuatro de la maña­na. Tengo un dolor de cabeza razonablemente soportable y una sed de beduino. Bebí un litro de leche fría directamente de mi secreta vasi­ja de barro indígena. Abrí la puerta para que entrara mi gata. Atenea atravesó la sala sin ansiedad y se instaló sobre la barra de la cocina a  mirarme como la esposa que no dice una palabra pero que reprocha con los ojos. La supe comprensiva y la quise más que antes. Ya no ten­go sueño. Quiero leer el cuento que acabo de escribir casi a costa de mi cordura. Ya lo leí. Aunque es apenas un boceto, tiene la estructura, la ten­sión, la emoción, la profundidad de lo mejor que he escrito y quizás escribiré en toda mi vida, creo. Coloco los papeles prensados con un clip, al lado del proyecto de novela, junto al colchón. Cada vez que escribo algo seme­jante me gustaría correr por el mundo para leérselo a todos, ir al par­que y congregar a una multitud para leerlo a gritos.

A las cinco de la mañana escupió una masa informe de diversos y escabrosos colores, de los que no estaba excluido el rojo tísico. Su habitación tenía un insoportable olor a tabaco, a magma femenino, pa­pel higiénico húmedo y orines. Qué asco de vida, se dijo Ventura, sa­biendo que era apenas una pose. La verdad es que le encantaba su existencia desastrosa, caótica, a la que en el fondo consideraba profundamente optimista: sabía que de algún lado saldrían un orden y un sentido. El grano sería separado de la paja. A las siete de la mañana vio que un ra­yo de luz trazaba una línea en la pared. Fue una sensación extraña. No la de ver la luz, no la de percibirla cuando es un hecho, sino la de sentir el impacto, como si súbitamente sus ojos hubieran alcanzado la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, o como si el rayo se hubiera retardado para hacerse más visible y evidente. En lugar de cobijarse y cerrar los ojos, corrió a la puerta. Se apoyó en ella y a tra­vés de una gota que caía en chorro intermitente pudo ver el sol. Era un sol partido en dos, sostenido por un hilo de agua. Un sol que tala­draba violentamente la armadura de las nubes y lanzaba un rayo. Un rayo único que caía formando una línea delgada como de vidrio. Pron­to las nubes volvieron a cerrarse y el amanecer se hizo opaco. Ventura regresó a la cama. Pero no durmió. Se revolvió entre las sábanas. Era necesario hacer algo con urgencia. El suicidio pasó por su mente. Le dio risa. Los rudos no se suicidan. Aunque Ventura no fuera un rudo, sí quería serlo, y ello bastaba para que jamás cayera en sensiblerías estúpidas y chantajes bastardos como el suicidio. Eso quedaba para los sentimentales, para los fracasados, para los imbéciles. Dejó a un lado esos pensamientos negros. Tenía que hacer algo que lo salvara… ¿Tocar  violín? ¿Cómo hacerlo después de haberlo visto diluyéndose en el polvo del abandono? Cómo atreverse siquiera a mirarlo después de haber alcanzado la gloria de tocar un Amati. El trasto sonaría como una gui­tarra de ciego. ¿Salir a correr? Eso, salir a correr, derrotar al espíritu enfermo fatigando el cuerpo cómplice. El frenético se puso su traje de luces para correr. Subió hasta la entrada del Parque Macuiltépetl y emprendió el ascenso.

El sol, ya luciendo totalmente desnudo, se astillaba en mil haces que, surgiendo diminutos entre los rendijas del verdor, iban crecien­do hasta formar grandes manchas de luz sobre las sombras. Desde la cima del Cerro, de pie sobre la pirámide que domina toda la extensión de la ciudad, respiró hasta que el aire le inflamó todas las células. Un vigor verdaderamente satánico lo animaba. O estoy loco, se dijo Ventura, o estoy conectado a una central de energía. A las diez de la mañana se bañó. Luego fue a desayunar a La Parroquia. Allí vio a una mujer espléndida y solitaria, como una estatua de marfil, con la morbidez y la suavidad de la Danae pintada por Correggio. No in­tentó acercarse. Quien ha tocado un Amati no debe prostituirse con instrumentos de fabricación en serie.

Almorzó con Bárbara Blaskowitz. Ella no mencionó a Trilce, lo que Ventura halló sorprendente e incluso perverso. Regresó a casa y escribió treinta páginas en las que contó el primer encuentro con Irgla, el asunto de su mística sensualista, sus fachas de Ladi Di, las poses de hija dilecta de lo mejor de la sociedad regiomontana. También hizo el inventario casi bíblico de sus mujeres adI (antes de Irgla) y los recorridos de escritor famoso y relegado. Al final dijo bravo, se aplaudió a sí mismo y decidió salir a ver el mundo. En el mundo (en La Parroquia, ¿dónde más? En el año de gracia de 1983, en la ciudad de Xalapa, no había otro sitio para los solitarios) se encontró de nuevo con Bárbara Blaskowitz. -Te tengo una noticia -dijo tan fresca, tan parecida a su futu­ro-. No sé si buena o mala. Me voy a Europa en diciembre. Y cuan­do regrese… Lo obvio, lo diplomático, hubiera sido preguntarle con quién  y a qué. No lo hizo. La prudencia nunca echa raíces en tierra bronca. Ventura permaneció en silencio. En efecto: no sabía si era buena o mala noticia. Meditó un instante. Le fue imposible armar un gesto de aflicción. Sonrió de una manera que quiso ser triste. Lanzó el último suspiro de sus vacaciones. La vida era generosa. Se renovaba constantemente.      

Los buenos violines

Pero no viajó a Europa. Permaneció en Xalapa cumpliendo con su papel de Venus de Milo animada y con brazos. ¿Crees que puedo irme sabiendo que andas olfateando los huesos de mi Trilce?, dijo. Ventura frunció el duro ceño y prefirió callarse lo que pensaba: se peleó con el millonario de turno y éste retiró la invitación a visitar museos de Florencia y lugares de escándalo en Hamburgo. Se despidieron con un beso fraterno.  Ventura regresó a su cueva y releyó sus notas iniciales en el cuaderno de contabilidad: Me sucede con las mujeres lo que me pasa con los buenos violines: no puedo ver uno sin desear tenerlo entre mis manos, observar el tipo de madera, sentir la textura y gozar el brillo del barniz, oler su  cuello, su superficie, su interior, buscar la marca, indagar el origen, mirar en su intimidad, tocarlo si es posible, titubeante al principio, luego con mayor confianza y reverencia, afinarlo teniendo cuidado de no reven­tar las cuerdas, lanzarme a la aventura de emprender una escala elemental, después notas difíciles, golpes de arco intrincados, agresi­-vos o acariciantes, para sentir el disfrute que proporciona la vibración extendiéndose del brazo a la mano, de la mano al arco, del arco a las cuerdas, de las cuerdas al puente, del puente a la base, de la base al alma, del alma a todo el cuerpo del violín y al resto del mundo. Cada violín tiene su gracia y su arcano. Mi violín poco placer puede darme. Es un humilde instrumento firmado por F. Heberlein, que a lo más tiene 150 años y fue fabricado en serie en Markneukirchen, pueblito poco mencionado de Alemania. Tiene un gran clavo en el gaznate, un trozo de lápiz en lugar de alma y la cuerda de sol vibra de manera antinatural. Aparte de ello padece de grietas en el cuerpo y de un puente demasiado bajo. Estoy seguro, puesto que la experiencia me lo ha enseñado, que con un buen instrumento puedo interpretar música amable. Y con una buena mujer cultivar un buen amor.  

¡Pa­labras, palabras! El sentido estaba en otra parte. Se rascó el occipucio, le dio su lechita a Atenea y se dispuso a regresar a la vida real. Llegó a la oficina a las doce. Llovía a cántaros, como si desde arriba un mi­llón de orates villanos se entretuvieran meando helado sobre el mun­do. Escribió una carta a su madre anunciándole que tal vez decidiera mudar su cuerpo a Managua. Siempre le prometía lo mismo. Leyó un par de capítulos de la novela de un novato que aspira a ganarse un concurso chico. El amigo tímido -su jefe en la oficina: otro pariente de Kafka- es jurado y quiere auxilio. ¿Valdrá la pena darle el premio a esa novela, que es, por decir algo decente, bastante mediocre? Es que, según parece, no hay otra mejor. El dilema de siempre: no se premia lo mejor, sino lo menos malo. El amigo tímido es poco hablador, puede ser ingenioso. Parece carecer por completo de don de mando, pero la verdad es que no le interesa ejercerlo. Es afectuoso, sencillo, de modo que sus subordina­dos le obedecen incluso si no da órdenes: generalmente apenas sugie­re. La mitad del tiempo de oficina la pasa escondido, acomodándose los huevos, mirándole las piernas a la secretaria Chío, tramando sus novelas, buscando sinónimos en su gran dic­cionario y haciendo gestos de desesperación cada vez que lo llama el rector de  nuestra universidad. No quiere atender al batallón de ociosos que lo visitan para hacerle perder el tiempoo pedirle que les publique sus textos engolados, lle­nos de mayúsculas municipales y plagios desvergonzado.  En Xala­pa, que se ha llamado la Atenas Veracruzana se ha perdido la tradición de los siete sabios; ahora lo que existe son los siete farsantes, un grupo de ancianos retóricos que están en todas las fotos y celebraciones. Cada uno de ellos ha escrito más de diez libros, en los que se retratan ellos mismos y repiten hasta la náusea sus haza­ñas intelectuales, que les sirven para deslumbrar a los políticos iletra­dos y cobrar sueldos de magnates, sin hacer otra cosa que rascarse el ombligo y posar para las fotos. Todos han mandado esculpir sus estatuas y están esperando la oportunidad de agraviar las calles de la ciu­dad con sus ignominias, escribió.

El amigo tímido todo lo pide por favor, de manera indirecta, co­mo si temiera ofender. Detesta los horarios y se hace el de la vista gorda para que cada quien tenga las libertades que no hay en otras de­pendencias de la Universidad. Es el jefe ideal. Respeta las ausencias y las debilidades de cada uno de sus empleados. Sabe que Venturaes disciplinado y cumplidor, aunque vive metido en sus escritos y enfan­gado en problemas de faldas y anuncia una nueva obra maestra cada seis meses. Aparte de todas las virtudes del amigo tímido, Ventura re­conoce en él a un buen escritor.


Marco Tulio Aguilera Garramuñocolombiano, es escritor. Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002, Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía El libro de la vida, cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buena bestia / Las noches de Ventura. Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

Congreso Inaugural de la Sociedad Mexicana de Metafísica y Filosofía de la Ciencia

Inaugural Conference of The Mexican Society for Metaphysics and The Philosophy of Science

Patrocinadores/Sponsors: Mexican Cultural Centre, Cambridge Publishing Scholars, Universidad del Golfo de México Rectoría Centro.

Sociedad Mexicana de Metafísica y Filosofía de la Ciencia. Crédito de imagen: http://www.phiscimexico.com/home.html:

Sociedad Mexicana de Metafísica y Filosofía de la Ciencia. Crédito de imagen: http://www.phiscimexico.com/home.html:

Programme/Programa

9:00 a.m.  Registration and coffee/Registro y café.

9:30 a.m. Paniel Reyes Cardenas (Sheffield, UK) The Mathematical Theory of Continuity and its Applications for Irreversible Processes.

10:15 a.m. Sergio Gallegos (Denver, USA) Ethical naturalism and the limits of scientism. Keynote Talk/Conferencia Magistral.

11:00 a.m. Axel Barceló (UNAM, México) The Metaphysics of Iconic Depiction (with some consequences for mathematics) The Inaugural Address.

11:45 a.m. Adolfo García de la Sienra (UV, Xalapa) Religión, ontología y ciencia. Keynote Talk/Conferencia Magistral.

Lunch break/ Receso.

1:20 p.m. Antonio Pardo (UIA, México) Cálculo económico y ontología.

2:00 p.m. Jesús Jasso Méndez (UNAM, México) La aplicación matemática y su relevancia en la homomorfía entre estructuras matemáticas y físicas.  Un estudio de caso.

2:50 p.m. Liliana Almeida (UNAM, México) Modelo de comunicación pública y crítica de la filosofía.

3:20 p.m. Héctor Velázquez (UP, México) ¿Qué papel queda para la finalidad en la explicación natural? Teleología, teleonomía y telemática.

4:00 p.m. Alejandro Vázquez del Mercado (UNAM, México) Proper evaluative terms and the naturalization of epistemic kinds.

4:40 p.m. Conclusion and Society Announcements /Acto conclusivo y avisos de la Sociedad.

Día y lugar del evento: 22 de junio de 2014. Salón de Eventos del Restaurante “Food and Jobs” Oriente 6, No 1490 (Junto a Banco Inbursa), Orizaba, Veracruz, México. Entrada Libre.