La insaciabilidad

Adelanto de la novela que publicará la Editorial de la Universidad Veracruzana, México, a fines de 2014. Exclusivo para el Mexican Cultural Centre.

Marco Tulio Aguilera Garramuño

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Estoy borracho, absolutamente borracho, total y definitivamente borracho. Voy tambaleante de pared a pared. Me dirijo al baño con la intención de orinar. Llego con enormes dificultades. Estoy a punto de caer sobre el retrete. Al orinar comienzo a irme de espaldas empi­nándome sobre los talones. El líquido sale después de largos minutos. Acabo de escribir el cuento que por tantas semanas he relegado. Todo lo preparé con minuciosidad, sabiendo que tenía que escribir un texto extraordinario. Se trata de Perry McClue, un hombre que sueña con ser todos los hombres, con correr todas las aventuras, con seducir y ser seducido por mujeres espléndidas, hombres, efebos, doncellas;  que recorre todo el mundo y en todas partes lo espera la maravilla, lo des­mesurado, lo particular; que disfruta   gozosamente de los dones de la tie­rra, y sin embargo termina en una paradójica, incomprensible e inso­portable soledad.

Cuando supe que estaba listo, que todo mi ser era una especie de átomo original a punto del big bang, puse a Atenea de patitas en la calle, compré una botella de tequila, limpié la mesa, coloqué dos cajetillas de cigarros, limón y sal a mi lado. Y me senté. Frente a mí estaba la vieja y perruna Olivetti Lettera 22, que había arrastrado de Cali a Lawrence, de allí a Monterrey, para terminar en donde ahora, entonces, estaba. Pasaron los minutos. No podía escribir ni una sola palabra. Tomé un largo tra­go, me eché a la boca una pizca de sal y me exprimí medio limón. No salió ni una sola palabra. Apuré otro trago con idénticas consecuen­cias. Al tercer trago salió la primera frase, redondita y todavía escu­rriendo líquido amniótico. Celebré el triunfo con una tercera dosis. A partir de entonces el texto emergió espontáneamente. En esos mo-­mentos no sabía si lo que estaba escribiendo valía un potosí o menos que nada. La alegría del instante era pasmosa, el sentimiento de poder comparable al de un dios que con un movi­miento de sus manos levanta montañas, abre desfiladeros, traza valles sin fin y pone sobre ellos criaturas inéditas, sorprendidas y dichosas.

Una vez que hube terminado, anoté en mi Diario: Ya lo escribí. Me siento raro. Eructo constantemente. Puse el agua del baño a calen­tar. La cena está en el fuego. Yo estoy acostado en el sillón romano (así lo llamo por antiguo y desvencijado), escribiendo estas palabras. Me siento raro. Llueve a cántaros. Comeré y me bañaré. Eso es todo. No sé si he hecho honor a la idea que tenía de mi personaje. No sé qué es lo que siento. ¿Estoy bien o mal? Lo ignoro.

Pero cómo se iba a sentir bien Ventura, si había bebido, de una literal sentada, casi medio litro de tequila en acaso tres horas. Se sentía ho­rrorosamente mal, trastornado, no al borde de la locura, sino en el pu­ro centro de ella. Continúa el texto: Estoy en uno de esos sitios de donde uno se pregunta si saldrá o no. Creo que fue una exageración y una temeridad  tomar tanto tequila de forma tan continua y despiada­da. Pienso que todo pasa, que esta sensación imprecisable desapare­cerá en cuanto amanezca. Entonces todo será diferente. Leeré mi texto y sabré si vale la pena o no. Pero ahora, en este instante, siento que las cosas carecen de perfil. Los ojos se me cierran. Pero temo dejarme ir. Sé que si dejo que se cierren, vomitaré como loco, tiraré en la sala  o en el corredor que comparto con la poeta Estrella de los Campos mis entrañas, me desaguaré, quedaré convertido en una gran letri­na… Si hubiera alguien a mi lado. Si hubiera alguien. Alguien.

Ventura no tiene palabras para recordar lo que sintió. Ni entonces ni ahora, ya de regreso. No era simplemente que el mundo girara, como le gira a todos los borrachos cuando pasan la línea de lucidez. Ni que el entorno perdiera sus límites, sino que, simple y llanamente, todo se había duplicado. Existían dos casas, dos cuerpos propios, dos puertas, dos máquinas de escribir. Al asomarse a la noche, vio que la densidad de las estrellas era superior a la habitual.No sólo me trastorné yo, sino que eché a perder el orden del Universo, pensó. Recuerda incluso que con un poco de ironía amarga comenzó a eva­luar  las consecuencias de vivir en un mundo en el que todo tendría su duplicado, no sólo los problemas, sino los cheques quincenales y las mujeres. Acabó de cenar y de bañarse. Lo tuvo que hacer en cuatro patas  porque no pudo tenerse en pie. Suponía que tras comer y bañar­se iba a retornar a la normalidad. ¡Falso, falsísimo! Todo comenzó a girar. Intenta mantenerse en el centro pero no puede. La fuer­za de los giros amenaza con lanzarlo contra las paredes. Va a cerrar los ojos. Voy a cerrar los ojos. No me importa lo que pase. Cierro los ojos y, paradoja de las paradojas, la oscuridad se ha duplicado. No que sea más densa, sino que hay dos oscuridades. Entonces pienso que por fin ha pasado lo que me dijo aquel infecto psiquiatra de mi primera gran caída: el incurrir en un exceso podría trastornarme definitivamente. Mi esquizofrenia precoz, de la que salí con tanta dificultad, había permanecido laten­te, agazapada, y reventó gracias al tequila.

La historia de cómo pudo dormir en medio de la borrasca y có­mo despertó es bastante banal. En su Diario, con letra de parkinson y lamparones de sudor, se halla consignado el despertar y sus reacciones. Son las cuatro de la maña­na. Tengo un dolor de cabeza razonablemente soportable y una sed de beduino. Bebí un litro de leche fría directamente de mi secreta vasi­ja de barro indígena. Abrí la puerta para que entrara mi gata. Atenea atravesó la sala sin ansiedad y se instaló sobre la barra de la cocina a  mirarme como la esposa que no dice una palabra pero que reprocha con los ojos. La supe comprensiva y la quise más que antes. Ya no ten­go sueño. Quiero leer el cuento que acabo de escribir casi a costa de mi cordura. Ya lo leí. Aunque es apenas un boceto, tiene la estructura, la ten­sión, la emoción, la profundidad de lo mejor que he escrito y quizás escribiré en toda mi vida, creo. Coloco los papeles prensados con un clip, al lado del proyecto de novela, junto al colchón. Cada vez que escribo algo seme­jante me gustaría correr por el mundo para leérselo a todos, ir al par­que y congregar a una multitud para leerlo a gritos.

A las cinco de la mañana escupió una masa informe de diversos y escabrosos colores, de los que no estaba excluido el rojo tísico. Su habitación tenía un insoportable olor a tabaco, a magma femenino, pa­pel higiénico húmedo y orines. Qué asco de vida, se dijo Ventura, sa­biendo que era apenas una pose. La verdad es que le encantaba su existencia desastrosa, caótica, a la que en el fondo consideraba profundamente optimista: sabía que de algún lado saldrían un orden y un sentido. El grano sería separado de la paja. A las siete de la mañana vio que un ra­yo de luz trazaba una línea en la pared. Fue una sensación extraña. No la de ver la luz, no la de percibirla cuando es un hecho, sino la de sentir el impacto, como si súbitamente sus ojos hubieran alcanzado la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, o como si el rayo se hubiera retardado para hacerse más visible y evidente. En lugar de cobijarse y cerrar los ojos, corrió a la puerta. Se apoyó en ella y a tra­vés de una gota que caía en chorro intermitente pudo ver el sol. Era un sol partido en dos, sostenido por un hilo de agua. Un sol que tala­draba violentamente la armadura de las nubes y lanzaba un rayo. Un rayo único que caía formando una línea delgada como de vidrio. Pron­to las nubes volvieron a cerrarse y el amanecer se hizo opaco. Ventura regresó a la cama. Pero no durmió. Se revolvió entre las sábanas. Era necesario hacer algo con urgencia. El suicidio pasó por su mente. Le dio risa. Los rudos no se suicidan. Aunque Ventura no fuera un rudo, sí quería serlo, y ello bastaba para que jamás cayera en sensiblerías estúpidas y chantajes bastardos como el suicidio. Eso quedaba para los sentimentales, para los fracasados, para los imbéciles. Dejó a un lado esos pensamientos negros. Tenía que hacer algo que lo salvara… ¿Tocar  violín? ¿Cómo hacerlo después de haberlo visto diluyéndose en el polvo del abandono? Cómo atreverse siquiera a mirarlo después de haber alcanzado la gloria de tocar un Amati. El trasto sonaría como una gui­tarra de ciego. ¿Salir a correr? Eso, salir a correr, derrotar al espíritu enfermo fatigando el cuerpo cómplice. El frenético se puso su traje de luces para correr. Subió hasta la entrada del Parque Macuiltépetl y emprendió el ascenso.

El sol, ya luciendo totalmente desnudo, se astillaba en mil haces que, surgiendo diminutos entre los rendijas del verdor, iban crecien­do hasta formar grandes manchas de luz sobre las sombras. Desde la cima del Cerro, de pie sobre la pirámide que domina toda la extensión de la ciudad, respiró hasta que el aire le inflamó todas las células. Un vigor verdaderamente satánico lo animaba. O estoy loco, se dijo Ventura, o estoy conectado a una central de energía. A las diez de la mañana se bañó. Luego fue a desayunar a La Parroquia. Allí vio a una mujer espléndida y solitaria, como una estatua de marfil, con la morbidez y la suavidad de la Danae pintada por Correggio. No in­tentó acercarse. Quien ha tocado un Amati no debe prostituirse con instrumentos de fabricación en serie.

Almorzó con Bárbara Blaskowitz. Ella no mencionó a Trilce, lo que Ventura halló sorprendente e incluso perverso. Regresó a casa y escribió treinta páginas en las que contó el primer encuentro con Irgla, el asunto de su mística sensualista, sus fachas de Ladi Di, las poses de hija dilecta de lo mejor de la sociedad regiomontana. También hizo el inventario casi bíblico de sus mujeres adI (antes de Irgla) y los recorridos de escritor famoso y relegado. Al final dijo bravo, se aplaudió a sí mismo y decidió salir a ver el mundo. En el mundo (en La Parroquia, ¿dónde más? En el año de gracia de 1983, en la ciudad de Xalapa, no había otro sitio para los solitarios) se encontró de nuevo con Bárbara Blaskowitz. -Te tengo una noticia -dijo tan fresca, tan parecida a su futu­ro-. No sé si buena o mala. Me voy a Europa en diciembre. Y cuan­do regrese… Lo obvio, lo diplomático, hubiera sido preguntarle con quién  y a qué. No lo hizo. La prudencia nunca echa raíces en tierra bronca. Ventura permaneció en silencio. En efecto: no sabía si era buena o mala noticia. Meditó un instante. Le fue imposible armar un gesto de aflicción. Sonrió de una manera que quiso ser triste. Lanzó el último suspiro de sus vacaciones. La vida era generosa. Se renovaba constantemente.      

Los buenos violines

Pero no viajó a Europa. Permaneció en Xalapa cumpliendo con su papel de Venus de Milo animada y con brazos. ¿Crees que puedo irme sabiendo que andas olfateando los huesos de mi Trilce?, dijo. Ventura frunció el duro ceño y prefirió callarse lo que pensaba: se peleó con el millonario de turno y éste retiró la invitación a visitar museos de Florencia y lugares de escándalo en Hamburgo. Se despidieron con un beso fraterno.  Ventura regresó a su cueva y releyó sus notas iniciales en el cuaderno de contabilidad: Me sucede con las mujeres lo que me pasa con los buenos violines: no puedo ver uno sin desear tenerlo entre mis manos, observar el tipo de madera, sentir la textura y gozar el brillo del barniz, oler su  cuello, su superficie, su interior, buscar la marca, indagar el origen, mirar en su intimidad, tocarlo si es posible, titubeante al principio, luego con mayor confianza y reverencia, afinarlo teniendo cuidado de no reven­tar las cuerdas, lanzarme a la aventura de emprender una escala elemental, después notas difíciles, golpes de arco intrincados, agresi­-vos o acariciantes, para sentir el disfrute que proporciona la vibración extendiéndose del brazo a la mano, de la mano al arco, del arco a las cuerdas, de las cuerdas al puente, del puente a la base, de la base al alma, del alma a todo el cuerpo del violín y al resto del mundo. Cada violín tiene su gracia y su arcano. Mi violín poco placer puede darme. Es un humilde instrumento firmado por F. Heberlein, que a lo más tiene 150 años y fue fabricado en serie en Markneukirchen, pueblito poco mencionado de Alemania. Tiene un gran clavo en el gaznate, un trozo de lápiz en lugar de alma y la cuerda de sol vibra de manera antinatural. Aparte de ello padece de grietas en el cuerpo y de un puente demasiado bajo. Estoy seguro, puesto que la experiencia me lo ha enseñado, que con un buen instrumento puedo interpretar música amable. Y con una buena mujer cultivar un buen amor.  

¡Pa­labras, palabras! El sentido estaba en otra parte. Se rascó el occipucio, le dio su lechita a Atenea y se dispuso a regresar a la vida real. Llegó a la oficina a las doce. Llovía a cántaros, como si desde arriba un mi­llón de orates villanos se entretuvieran meando helado sobre el mun­do. Escribió una carta a su madre anunciándole que tal vez decidiera mudar su cuerpo a Managua. Siempre le prometía lo mismo. Leyó un par de capítulos de la novela de un novato que aspira a ganarse un concurso chico. El amigo tímido -su jefe en la oficina: otro pariente de Kafka- es jurado y quiere auxilio. ¿Valdrá la pena darle el premio a esa novela, que es, por decir algo decente, bastante mediocre? Es que, según parece, no hay otra mejor. El dilema de siempre: no se premia lo mejor, sino lo menos malo. El amigo tímido es poco hablador, puede ser ingenioso. Parece carecer por completo de don de mando, pero la verdad es que no le interesa ejercerlo. Es afectuoso, sencillo, de modo que sus subordina­dos le obedecen incluso si no da órdenes: generalmente apenas sugie­re. La mitad del tiempo de oficina la pasa escondido, acomodándose los huevos, mirándole las piernas a la secretaria Chío, tramando sus novelas, buscando sinónimos en su gran dic­cionario y haciendo gestos de desesperación cada vez que lo llama el rector de  nuestra universidad. No quiere atender al batallón de ociosos que lo visitan para hacerle perder el tiempoo pedirle que les publique sus textos engolados, lle­nos de mayúsculas municipales y plagios desvergonzado.  En Xala­pa, que se ha llamado la Atenas Veracruzana se ha perdido la tradición de los siete sabios; ahora lo que existe son los siete farsantes, un grupo de ancianos retóricos que están en todas las fotos y celebraciones. Cada uno de ellos ha escrito más de diez libros, en los que se retratan ellos mismos y repiten hasta la náusea sus haza­ñas intelectuales, que les sirven para deslumbrar a los políticos iletra­dos y cobrar sueldos de magnates, sin hacer otra cosa que rascarse el ombligo y posar para las fotos. Todos han mandado esculpir sus estatuas y están esperando la oportunidad de agraviar las calles de la ciu­dad con sus ignominias, escribió.

El amigo tímido todo lo pide por favor, de manera indirecta, co­mo si temiera ofender. Detesta los horarios y se hace el de la vista gorda para que cada quien tenga las libertades que no hay en otras de­pendencias de la Universidad. Es el jefe ideal. Respeta las ausencias y las debilidades de cada uno de sus empleados. Sabe que Venturaes disciplinado y cumplidor, aunque vive metido en sus escritos y enfan­gado en problemas de faldas y anuncia una nueva obra maestra cada seis meses. Aparte de todas las virtudes del amigo tímido, Ventura re­conoce en él a un buen escritor.


Marco Tulio Aguilera Garramuñocolombiano, es escritor. Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002, Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía El libro de la vida, cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buena bestia / Las noches de Ventura. Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

Acerca de The Mexican Cultural Centre (MCC), Nottingham, United Kingdom.

The Mexican Cultural Centre (MCC) is the first virtual non-profit cultural centre registered in the United Kingdom. The MCC promotes and divulges Mexican culture in international collaboration with academic, artistic, and cultural projects.
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