Mexican Cultural Centre: Creación y diálogo internacional

Eduardo Estala Rojas

El Mexican Cultural Centre (MCC) es el primer centro virtual mexicano sin fines de lucro, registrado en el Reino Unido, que promueve y difunde la cultura mexicana, en colaboración internacional con proyectos académicos, culturales y artísticos.

Nottingham, Reino Unido. Fotografía de Eduardo Estala Rojas.

Nottingham, Reino Unido. Foto: Eduardo Estala Rojas.

Contamos con un equipo de profesionales mexicanos como Adriana E. Vera Pérez, Ana L. Pazos González, José L. Santos López, Paniel Reyes Cárdenas. Todas nuestras actividades y contenidos editoriales tienen estándares de calidad.

Por nuestro trabajo, José Antonio Meade Kuribreña, Secretario de Relaciones Exteriores de México, nos envió una carta diplomática el 30 de enero de 2014, a Nottingham, Reino Unido, con el propósito de darnos: “Un reconocimiento por lograr conjuntar una pluralidad de expertos colaboradores, cuya participación deriva en la excelencia de los trabajos editados por ese centro bajo su digno cargo”.

Creación y diálogo internacional

Para Salvador Venegas-Andraca, doctor en Física y Ciencias de la Computación por la Universidad de Oxford, Inglaterra: “México es un productor nato de conocimiento científico y artístico. Desafortunadamente, la imagen que México tiene en el extranjero no hace justicia a nuestra capacidad creadora”. Sobre el trabajo del Mexican Cultural Centre, expresa: “En este contexto el trabajo del MCC se justifica. La muy alta calidad de los contenidos y la pertinente promoción de los mismos empleando herramientas modernas de comunicación como Facebook y correo electrónico, por ejemplo, han logrado que el MCC sea ya un referente en México y Europa”.

Sofía Alejandra González De Aguinaga, licenciada en Mercadotecnia y maestra en Tourism, Environment and Development, por la Universidad de King’s College London, Inglaterra, como becaria CONACyT, declara al respecto: “El Mexican Cultural Centre ha realizado un excelente trabajo de promoción cultural de México y de reconocimiento al talento mexicano. Éste es un portal único que ha sabido sumar esfuerzos para comunicar con gran calidad, tanto de forma como de fondo, artículos escritos por profesionales no sólo mexicanos sino también internacionales. El hecho de que los contenidos del portal abarquen diversos temas dentro del contexto cultural mexicano, y sean escritos desde diferentes puntos de vista, hace mucho más interesante su lectura y por lo tanto más accesible. Asimismo, el MCC ha sabido conjugar las experiencias de los mexicanos en el Reino Unido y difundir diversas convocatorias, eventos y conferencias para mexicanos en dicho país, sirviendo como enlace cultural. Finalmente, la asociación del MCC con otras publicaciones y organizaciones le ha dado más empuje tanto al portal como a sus contenidos permitiéndoles mayor difusión. Además, poco a poco la comunicación del portal del MCC ha ido consolidándose cada vez más a través de las redes sociales, como Facebook, y de los boletines semanales. Por todo esto, estoy segura de que el MCC seguirá creciendo y deleitándonos con sus contenidos”.

Ana Laura Pazos González, comunicadora y maestra en Humanidades por la Universidad Anáhuac de México, comenta: “En últimos tiempos, la capital del Reino Unido —donde se escuchan infinidad de acentos e idiomas— nos hace pensar en una moderna Torre de Babel. La voz de México se lee fuerte y clara en el portal y las redes sociales del MCC, la cual resuena no sólo en las islas británicas, sino en diferentes países donde se entiende el español. A través de los artículos, poesías, ensayos y cuentos publicados por el Mexican Cultural Centre, los mexicanos que están lejos pueden sentirse cerca de casa, y los extranjeros tienen la oportunidad de acercarse al mundo cultural mexicano”. Pazos González es directora general de la revista cultural mexicana Bicaalú y autora del libro “Parvada blanca en la ciudad”.

Finalmente, Adriana Elizabeth Vera Pérez, quien trabaja en el Programa de Historia Latinoamericana, Universidad de Chicago, Estados Unidos, señala: “El MCC ha cumplido su objetivo, que es el de dar a conocer, promover y difundir las diversas actividades relacionadas con el arte y la cultura en sus diversas manifestaciones dentro de nuestro propio país, México, y aún más allá de sus fronteras, en diferentes ciudades de otros países, de una manera accesible y clara. Se da a conocer, se recibe información de diversos eventos, en diferentes localidades, y de una amplia variedad de tópicos. Otra cosa importantísima es que también ha dado a conocer a México y su cultura en Inglaterra y otros países de Europa, tanto directamente como indirectamente al alcanzar diversas universidades y organizaciones culturales, artísticas, sociales y gubernamentales”.


Nota del editor: Este artículo se ha publicado en diversos medios de prensa internacionales.

Fuentes citadas

http://www.siempre.com.mx/2014/07/mexican-cultural-centre/

http://www.ventanalatina.co.uk/2014/07/el-mexican-cultural-centre-creacion-y-dialogo-internacional/

http://www.eliberico.com/el-mexican-cultural-centre-creacion-y-dialogo-internacional.html

http://www.bicaalu.com/tintero_digital/2014/2014_mayo_02.html

http://zonafranca.mx/el-mexican-cultural-centre-creacion-y-dialogo-internacional/


Eduardo Estala Rojas, mexicano, es el Director General del Mexican Cultural Centre en Nottingham, Reino Unido. 

Museo de los corazones rotos

Ana Laura Pazos González

Era mi primer día en Zagreb y, como cualquier turista en una ciudad que visita por primera vez, estaba emocionada. Debía apurarme a salir del hotel porque el invierno había comenzado y el sol —de por sí tímido detrás de los nubarrones— se ocultaba alrededor de las cinco de la tarde. 

Museo de los corazones rotos. Crédito de la imagen: revista cultural mexicana Bicaalú.

Museo de los corazones rotos. Crédito de la imagen: revista cultural mexicana Bicaalú.

Desempaqué mis cosas tan rápido como pude y aparté las prendas que debía usar para que mi termostato interno no sufriera un sobresalto. Bajé al lobby y le hice al encargado preguntas esenciales, como: ¿dónde hay un centro de cambio de divisas? y ¿qué lugares me recomienda visitar? Después de señalar algunos puntos clave en el mapa de la capital de Croacia, el diligente recepcionista dejó a un lado el bolígrafo, levantó la mirada del mapa y me dijo con los ojos fijos en los míos: ‟You can´t miss The Museum of Broken Relationships[1], haciendo especial énfasis al pronunciar las erres. Antes de que pudiera preguntar de qué trataba aquella exhibición, un grupo de empresarios japoneses llegó para registrarse y, aturdida por una decena de voces, apenas alcancé a pedir prestado un paraguas. Había empezado a llover.

En el centro de divisas, cambié mis euros por kunas: nombre de la moneda de Croacia y también de un pequeño mamífero que nosotros conocemos como ‟marta”. Mi primer pensamiento al caminar por las calles iluminadas por farolas, con extensos edificios departamentales y librerías subterráneas, fue que me encontraba en un territorio que había pertenecido a la desaparecida República Federal Socialista de Yugoslavia. Después de atravesar el parque de Zagreb y llegar a la Plaza Ban Jelačić, aquel pensamiento se coloreó con la imagen de un tranvía de vagones azules, edificios en distintos tonos de pastel y cafés con luminosos letreros; decidí refugiarme en uno donde vendían chocolate caliente: la lluvia se había convertido en tormenta.

Al entrar, la mesera dijo: ‟Dobar dan!”, y comprendí que me daba las buenas tardes. Mientras esperaba a que cesara el aguacero con una taza de chocolate y un croissant, me platicó que Croacia cuenta con mil islas, y su capital con tan sólo un millón de habitantes. Me recomendó ir a ver la catedral —precioso edificio gótico, a pesar de que se encuentra en proceso de restauración—, cenar en el restaurante del futbolista Zvonimir Boban y… visitar el Museum of Broken Relationships. ¡Otra vez ese lugar! Le pregunté si la exposición trataba sobre la ocupación nazi o tal vez sobre la Guerra de Yugoslavia. Ella simplemente dijo: ‟Te va a gustar.”

Al día siguiente, mi amiga Marija, quien nació y creció en Zagreb, me llevó en coche al norte de la ciudad para conocer el imponente cementerio de Mirogoj, donde está enterrado Franjo Tuđman —el primer presidente de la Croacia libre—, entre otros ilustres croatas. Cerca de ahí, a lo largo de serpenteantes caminos construidos en lo alto de una montaña, se encuentran las casas de los ricos, todas coronadas con techos de teja anaranjada.

Después del paseo, fuimos al restaurante Dídov san, donde sirven comida dálmata con influencias de la gastronomía bosnia y mediterránea. De entrada pedimos uštipak, unas bolitas de crujiente masa rellenas de queso y, como plato fuerte, una deliciosa variedad de mariscos ahumados. Mientras esperábamos el postre, y una vez que habíamos puesto nuestras vidas al corriente, le pregunté a Marija sobre ese museo de curioso nombre que parecía estar en boca de todos. Ella sonrió enseguida y me contestó que trataba sobre relaciones amorosas frustradas. ‟¿En serio?, ¿eso era todo?, ¿nada de nazis ni guerras?”, pensé. La verdad es que me sentí decepcionada. 

Marija se ofreció a llevarme de regreso al city centre; le agradecí y le dije que prefería volver caminando para ver más de la ciudad. Recorrí calles adoquinadas y flanqueadas por palacetes que —supuse— eran edificios administrativos. Estaba a punto de bajar la colina, rumbo al centro de Zagreb, cuando, en la oscuridad, distinguí unas palabras en inglés: Museum of Broken Relationships. Había llegado sin querer.

Antes de entrar al museo, el visitante debe atravesar una tienda de souvenirs donde venden camisetas con corazones partidos, borradores que dicen ‟bad memories eraser”[2] y libros con las mejores piezas de la exposición. En la primera sala, me encontré con tres pares de zapatos muy gastados. Quedé francamente desconcertada, así que me puse a leer la explicación escrita en la pared, que decía más o menos lo siguiente: ‟The Museum of Broken Relationships nació del concepto de las relaciones fallidas y sus ruinas. En lugar de proporcionar instrucciones para recuperarse después de la pérdida de un amor, el museo otorga la oportunidad de superar un colapso emocional a través de la creación y la donación de objetos personales, en una suerte de ritual o celebración solemne…” ‟Mmm, ¿acaso éste es uno de esos museos donde exhiben objetos de la vida cotidiana que, sólo por haber sido elegidos por alguien, son considerados obras de arte?”, me pregunté con escepticismo.

Entre las piezas expuestas —sin un vidrio protector o línea en el piso que obligara a mantener la distancia— había osos de felpa y vestidos de novia, pero también objetos inesperados: un espejo retrovisor, bolsas para el mareo de las que dan en los aviones, una tanga de dulce, las manos de madera de un maniquí, unas esposas de peluche color rosa… A pesar de la variedad, tenían algo en común: cada uno contaba la historia de un corazón roto.  

Todo comenzó en 2006 con un conejo de felpa que le pertenecía a Drazen Grubisic y a su ex novia Olinka Vistica, los fundadores del museo. La pareja tenía una tradición: cuando uno de ellos hacía un viaje en solitario, llevaba consigo al conejo y le tomaba fotos en los lugares donde le hubiera gustado retratarse con el otro. Tras la ruptura, el muñeco de felpa se convirtió en la manzana de la discordia, y fue así como les vino la idea de crear un proyecto que les permitiera desahogarse de manera artística y, al mismo tiempo, encontrarle un nuevo hogar al disputado juguete.

Ciertos amigos de Drazen y Olinka donaron objetos que simbolizaban sus propias relaciones fallidas y —adicionalmente— escribieron las historias que había detrás de ellos. A esos primeros objetos, se sumaron otros cedidos por personas de diferentes partes del mundo, hasta que el museo llegó a albergar una colección de cien piezas, cien historias escritas por los descorazonados: algunas poéticas, otras graciosas y, muchas de ellas, melancólicas, como la siguiente:

Sacacorchos en forma de llave

23 de enero de 1988 – 30 de junio de 1998

Ljulbjana, Eslovenia

‟Me hablaste con amor y me diste pequeños regalos cada día; éste es sólo uno de ellos. La llave del corazón. Volviste mi cabeza hacia el otro lado de la cama; simplemente no querías pasar la noche conmigo. No me di cuenta de cuánto me amaste hasta que moriste de sida.”

O esta otra:

Un hacha

1995

Berlín, Alemania

‟Durante los catorce días después de su partida, destruí con esta hacha una parte de alguno de sus muebles. Dejé los restos en el piso, como una expresión de mi condición interna. Mientras más llena estaba su habitación de madera picada, contagiada del aspecto de mi alma, mejor me sentía. A las dos semanas, ella volvió para recoger sus cosas. Yo había formado pequeñas montañas de aserrín y fragmentos de madera. Se llevó aquellos restos y nunca más volvió a mi departamento. El hacha se había convertido en un instrumento de terapia.”

Aquellos objetos tenían poder. Eran dolorosos testimonios, ocurrentes vestigios, pequeños y significativos pedazos de la vida de alguien. Durante el recorrido —aunque lo hice sola— me sentí conectada a seres humanos anónimos provenientes de distintas latitudes y culturas, pero con quienes compartía algo: a mí también me han roto el corazón. Creo que, como afirma Drazen Grubisic, ‟el arte de esta muestra reside en la forma en que las historias fueron expuestas”.

Esa noche, sentada a la mesa de un café en la animada calle Opatijska, me puse a pensar en los objetos que yo donaría si tuviera la oportunidad. Para mi sorpresa, al entrar a su sitio web, descubrí que el Museo de las Relaciones Rotas de Croacia está exhortando a los mexicanos a buscar entre sus recuerdos amorosos para dejarlos ir a través de la muestra que, del 12 de marzo al 8 de junio de 2014, estará abierta al público en el MODO —Museo del Objeto del Objeto— de la Ciudad de México. Después de meditarlo un poco, decidí que mis donaciones serían: un afinador para guitarra, un boleto de avión y una caja llena de viejos pétalos de rosa.


[1]‟No puedes perderte el Museo de las Relaciones Rotas”.

[2] Borrador de malos recuerdos.

Ana Laura Pazos Gonzálezmexicana, es escritora y directora de la revista Bicaalú.  Cuenta con estudios de maestría en Humanidades por la Universidad Anáhuac, México. Autora del libro Parvada blanca en la ciudad” (Editorial Jus, México, 2011).  

Hábleme ‘fuerte y claro’

Paniel Osberto Reyes Cárdenas 

Vivo lejos de mi México natal, y además vivo en un país donde se habla una lengua distinta a mi lengua nativa. Quien entiende esta experiencia, entiende también la alegría que da el encontrarse con un paisano, a mí me pasa frecuentemente cuando me encuentro algún compatriota en el correr de la faena diaria. Hace poco conocí a un buen paisano e instantáneamente comencé a buscar un pretexto para conversar.

Paniel Osberto Reyes Cárdenas. Foto Especial.

Paniel Osberto Reyes Cárdenas. Foto Especial.

El punto de esto es que casi tuve que repetir todo lo que decía un par de veces, pues mi compatriota está tan desacostumbrado al castellano que le cuesta ‘procesar’ lo que digo. En aquél momento recordé cuando mi abuela me pedía hablarle ‘fuerte y claro’. Creo que es muy evidente el significado de ‘fuerte’: lo interpretamos como una expresión que tiene el volumen lo suficientemente alto o incluso estridente. Nos es natural percibir que una persona siente seguridad en sus palabras si habla con el suficiente volumen. ¿Pero qué hay con la claridad? Bien, pues sobre la claridad se suele decir poco porque no siempre entendemos lo mismo por ‘claridad’. Con todo, libros enteros sobre metodología, filosofía, análisis, semántica y otras disciplinas estudian el tópico de la claridad como un tema digno de ser estudiado por derecho propio.

Tengo una muy buena amiga que está dedicando su doctorado a esclarecer la ‘claridad conceptual’ pero citar sus concepciones sobre la claridad podría oscurecer el interés de los lectores. Prefiero invocar brevemente los comentarios del filósofo norteamericano Charles S. Peirce, quien fundó la corriente de pensamiento ‘pragmatista’ justamente como un medio para esclarecer nuestras ideas. Peirce consideraba que existen  tres grados de claridad.

Una ‘idea clara’ es aquella que se puede reconocer dondequiera que se encuentre y de la cual estamos en condiciones de no confundir con otra. Éste es nuestro primer deseado grado de claridad. Un ejemplo de esta claridad se encuentra en nuestra idea de nosotros mismos, nos vemos al espejo y sabemos que el reflejo proyectado en él corresponde a nuestra propia imagen, un signo identificado, o una senda que consideramos correcta.

Un segundo grado deseado de claridad tiene que ver con los conceptos que asociamos a ella, o más exactamente, una idea es ‘distinta’ si la podemos precisar en términos abstractos, cuando puedo hacer las distinciones pertinentes para hacer entendible de qué se está hablando. Las definiciones reflejan este grado de claridad, que para muchos es el más deseado. Pero nosotros podemos poner a prueba esta idea de claridad llevándola a un nuevo nivel, es decir, pensemos en cosas de las que tenemos buenas definiciones de “familia” si la definimos como, por ejemplo, “un núcleo unido por vínculos de afecto y consanguinidad” parece no ser suficiente (lo que no significa que la definición sea equivocada) para esclarecer los contextos en que el término es usado con éxito o erróneamente.

Por ello, la claridad parece no detenerse en una definición, por muy buena que ésta pueda ser. Pero el tercer grado más deseado tiene que ver con la vida práctica, el uso adecuado y exitoso que le damos al concepto. Clarificamos un concepto clarificando las proposiciones (oraciones) que lo contienen, diciendo cómo se entienden en los distintos contextos de nuestra vida. Cuando eso se hace realidad, entonces nos volvemos maestros de nuestros conceptos, sabemos aplicarlos con el arte con el que un pintor domina el pincel. Sin embargo clarificar las proposiciones no sólo significa saber usar el concepto, sino identificar las consecuencias prácticas que hacen a esa proposición ser verdadera.

Una consecuencia práctica es una implicación para la acción en relación con la experiencia: cuando una acción es exitosa está reflejada en las experiencias que resulten de ella y al mismo tiempo nos muestra que encaja exitosamente en el mundo porque es verdad: algo entonces, según esta máxima, es claro en este sentido porque la experiencia nos muestra que es verdadero (lo que no significa que sea verdadero por ser exitoso en la experiencia). La moraleja de esta historia es que la claridad tiene niveles, y esto nos autoriza a pensar que en todas las situaciones, desde la vida cotidiana hasta los problemas teóricos más enredados piden un monto de claridad y un esfuerzo nuestro por desear esclarecer nuestras propias ideas.

Paniel Reyes Cárdenas, mexicano, es maestro y doctor en Filosofía por la Universidad de Sheffield, Reino Unido. En su tesis investigó el pragmatismo y la metafísica del realismo escolástico en C. S. Peirce. Aunque animado por su interés en la tradición pragmatista, Paniel tiene un amplio interés filosófico. Ha publicado artículos sobre filosofía de las matemáticas, metafísica, filosofía medieval, filosofía de la religión, Hegel, y sobre todo, Kierkegaard. Ha participado en un importante número de congresos académicos en más de 15 países. Es fundador de la Sociedad Mexicana de Metafísica y Filosofía de la Ciencia.

Qué es la corrupción

Gabriel Zaid

El uso de la palabra corrupción está documentado desde 1438. Viene del latín corruptio, cuya raíz indoeuropea (reup) comparte con romper, interrumpir, derrotarse (salirse de la ruta) y usurpar. Corromperse es desviarse, echarse a perder, dejar de ser lo que se es. Se dice de las cosas, de las personas y de la sociedad, del ambiente físico y el ambiente moral. Pero hay que distinguir.

‘Muerde’ corrupción a México. Fotografía de Reporte Indigo.

‘Muerde’ corrupción a México. Fotografía de Reporte Indigo.

Hay corrupciones que terminan bien. Si los frutos no se pudren, las semillas no germinan. Si los niños no dejan de ser niños, no crecen. El español es un latín corrupto, pero no es deseable que vuelva a ser latín. La Revolución mexicana consolidó la corrupción como sistema político, pero acabó con la matazón.

El México del siglo XIX creó una república artificial. No era tan fácil pasar de un virreinato de tres siglos (y sus instituciones, y el acatamiento de los súbditos) a una supuesta república moderna, carente de instituciones republicanas y de consenso ciudadano. La inestabilidad resultante duró hasta que el general Porfirio Díaz restauró la monocracia, manteniendo la fachada republicana. Años después declaró que, al imponer la paz, el orden y el progreso, había logrado que el país estuviera listo para la democracia. Pero no había creado las instituciones para que funcionara, ni aceptó una transición pacífica encabezada por otro general: Bernardo Reyes. Vio venir el desastre y prefirió el destierro, cuando la insurrección de Madero «soltó el tigre» de las aspiraciones al poder y la lucha armada de todos contra todos. La solución para volver a pacificar el país en el siglo XX fue el acceso al poder por turnos y el reparto pacífico del queso: restaurar la monocracia bajo una modalidad institucional, no personal. 

Esta solución empezó a desmoronarse cuando el presidente Salinas dio la impresión de que buscaba la monocracia personal: romper la regla de que nadie llega al poder para quedarse. Reaparecieron los magnicidios, el ambiente insurreccional y las disputas entre capos. Afortunadamente, su heredero (el presidente Zedillo) aceptó la derrota electoral del PRI frente a Fox. Pero la democracia nació con el nuevo siglo, en circunstancias difíciles. 

Por tercera vez en la historia de México, la desaparición de la monocracia desató el aspirantismo y una multitud de poderes autónomos, voraces y hasta sangrientos que no le rinden cuentas a nadie. La solución para muchos sería restaurar la república simulada bajo una mano dura que, dentro o fuera de la ley, recoja los hilos sueltos del poder en las riendas del Señor Presidente. Para no recaer en eso, la solución democrática se enfrenta a una dificultad históricamente inédita: enfrentar la corrupción como problema, no como solución. Es posible, porque no se trata de cambiar la naturaleza humana. 

Todo es corruptible. ¿Y qué? Meter bajo esa generalidad la corrupción como sistema político sirve para considerarla insuperable y resignarse. Atribuirla al carácter de los mexicanos es erróneo y racista. No es la supuesta perversidad humana o la inferioridad nacional lo que explica nuestra situación. El verdadero problema de la corrupción en el poder radica en la doble personalidad de todo apoderado. Su investidura representa algo distinto de su propio ser. Así como el actor que representa a Hamlet es y no es Hamlet, todo apoderado representa intereses que son y no son los suyos. Que pueden incluso ser contrarios a los suyos. Que nadie represente a nadie es imposible en una democracia representativa. En la democracia directa de los griegos ni siquiera se permitía que un abogado hablara en representación de un acusado. Podía asesorarlo, y hasta escribirle un discurso que memorizara, pero nada más. 

De igual manera, para que una institución o empresa haga sus compras directamente, no por medio de empleados sobornables, tiene que ser microscópica. Cuando el dueño de una microempresa actúa como comprador, no tiene doble personalidad. Sus intereses como comprador y sus intereses como dueño son los mismos. No pide sobornos para comprar, sino reducciones de precio. Que los representantes no tengan intereses o tengan los mismos intereses que sus representados es un deseo piadoso, no una solución. La única solución encontrada hasta hoy es que la doble personalidad y los dobles intereses sean públicos, y que la actuación del representante esté sujeta a sus representados: a su vigilancia, aplausos y castigos. La corrupción como sistema político fue una solución histórica que debe ser comprendida, pero no continuada.

Nota del editor: Qué es la corrupción, artículo de opinión publicado en el periódico mexicano Reforma, 27 de abril de 2014. Se reproduce en el Mexican Cultural Centre, con la autorización del autor.

Gabriel Zaid, mexicano, es poeta, ensayista, crítico, traductor, editor, investigador. Recientemente publicó “Dinero para la cultura” (Debate, México, 2013). http://gabrielzaid.com/

Importancia de la labor editorial y retos

Marco Tulio Aguilera 

Antes que nada tengo que decir que yo no soy precisamente un editor sino una persona, un escritor,  que ha trabajado cerca de la labor editorial en la Universidad Veracruzana, en la que llevo más de 30 años, durante los cuales he asistido a diversas épocas, marcadas precisamente por los directores editoriales. El primero de ellos, con el que trabajé en 1980 fue Sergio Galindo, cuya trayectoria en el plano editorial en México se ha convertido en legendaria.

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto Cortesía.

Con un equipo muy pequeño de administradores, correctores y editores logró publicar a gran parte de la plana mayor de la literatura latinoamericana y española, así como de otros países de Europa y del mundo: comenzando por Gabriel García Márquez, incluyendo a Juan Carlos Onetti, a Juan García Ponce, Ortega y Gasset, Álvaro Mutis, Sergio Pitol y muchos otros. En aquellos tiempos la selección de los textos a publicar estaba centralizada precisamente en Sergio Galindo, cuyo gusto literario fue fundamental para la fundamentación de aquélla, que podría llamarse la «Edad de Oro de la Edición Literaria» en la provincia mexicana.

Habría que comparar esa época con la actual, en la que se publican trescientos o más títulos anualmente, muchos de los cuales he de decir, no me parecen del todo dignos de ser publicados. La época actual, sin embargo, está marcada por la presencia de Sergio Pitol, quien se ha convertido en luz, brújula y dictador de políticas editoriales. Bajo su influencia se han publicado colecciones que no vacilo en calificar de históricas e irrepetibles. Entre ellas destaca la Biblioteca del Universitario, que publica a bajo precio y con magnífica factura, libros clásicos –los libros clásicos–: desde la Ilíada hasta Cumbres borrascosas, obras básicas de Pérez Galdos, Henry James y un largo etcétera. Menos destacable es la Colección Sergio Pitol Traductor, que si bien incluye obras invulnerables, también publica obras que me parecen desechables.  

Con respecto a libros de autores recientes, la Editorial de la Universidad Veracruzana ha conservado hasta cierto punto la honradez editorial de publicar a quien lo merece, independientemente del nombre. Para que un libro llegue a publicarse requiere dos dictámenes positivos, que deben ser hechos por personas autorizadas. A este respecto tengo mis reservas. Muchos de los dictaminadores supongo que son académicos que despachan sus lecturas con desidia o desinterés, o tienen criterios anacrónicos (me atrevo a decir esto porque independientemente que fui lector de la Editorial, también sufrí dictámenes moralistas, de personas que me parece no están a la altura de los manuscritos que juzgan).

¿Será acaso que ha bajado la calidad de la literatura que se produce? ¿O que aquellos personajes que se encargan de seleccionar los libros que se van a publicar no tienen ni el tiempo ni la preparación ni el gusto literario indispensables? ¿Qué sucede en la Editorial Veracruzana? Los libros que llegan como propuestas son enviados a lectores que en muchos casos son académicos o profesores, más interesados en ganar puntos para los programas de productividad académica que en hacer lecturas sesudas, justas e inteligentes.

Yo he sido testigo de las dos caras de la moneda editorial: he sido lector de la Editorial (he de decir que hasta hace poco fui el único lector de planta, lo que me permitía hacer dictámenes en cuatro o cinco días, mientras que en general los libros que se mandan a dictámenes exteriores pueden tardar tres, cuatro y hasta cinco meses o más. Aclaro el verbo en pasado: yo “era” lector de la Editorial de la Universidad Veracruzana hasta que el director actual decidió que no lo fuera y su decisión tuvo que ver más con sus intereses y con lo que se llama en México grillas.

Como escritor sometí varios libros a dictamen y en algunos casos recibí observaciones tan extrañas como la siguientes: un dictaminador pidió que eliminara cinco cuentos de una antología y el otro solicitó que conservara esos cinco y eliminara los otros cinco. De modo que si hubiera de acatar las solicitudes de los dos dictaminadores tendría que haber dejado sólo el prólogo. En otro caso, me pusieron reparos moralistas a una novela algo atrevida.

Hablaré ahora de generalidades del oficio de los editores. De las prácticas ofensivas que pueden ejercer los editores, la peor es la de no informar a los autores sobre los dictámenes. Muchos editores simplemente no cumplen las reglas, reciben los manuscritos y se olvidan de los autores.  Y éstos se pasan los meses esperando y si son muy púdicos o muy diplomáticos simplemente se pueden disipar muchos años a la espera.

Centrándome en otro tema que es central a esta feria, hablaré del oficio del bibliotecario. Los bibliotecarios deben ser buenos lectores, deben saber discriminar lo que vale de lo que no vale, para surtir sus bibliotecas con libros de calidad. No deben comprar fondos, sino autores, y deben hacer todo lo posible por acercar los libros a los lectores. Una de las mejores formas de acercar los libros a los lectores es presentar a los mismos autores ante los potenciales lectores.

Dice Gabriel Zaid que en México todo está organizado para acabar con las librerías. Durante un tiempo las buenas novedades se encontraron en Sanborns, VIPS y en tiendas de autoservicio: ahora sólo se ven los best sellers norteamericanos y los de autoayuda. El oficio de librero y el de escritor se han transformado en oficios de difuntos o mendicantes.

Y con respecto a esos moribundos, las librerías. Leamos lo que dice Gabriel Zaid: “Ahora no se exhiben los libros más que unos cuantos meses, porque prevalece el derecho a devolverlos; con la complicación adicional del plástico retractilado que impide hojearlos, pero hace falta para protegerlos en el viaje de regreso al editor. Todo esto ha llevado a las librerías independientes al colapso. Venden poco y con márgenes reducidos que difícilmente sacan los gastos. Muchas han cerrado. Una persona que sepa de libros, que tenga mucha vocación por difundirlos y mucho sentido comercial, puede sobrevivir, hasta que se cansa. El mismo esfuerzo luce más en otras actividades. A pesar de lo cual, nunca faltan entusiastas que sueñan con poner una librería. Hay que decirles: a menos que tengas dinero para pagarte una afición costosa, no te metas. En México, todo está organizado para acabar con las librerías”.

Y continúa Zaid: “Los darwinistas ven todo esto filosóficamente. Si la ley de la selva destruye el medio ambiente en vez de mejorarlo, y convierte la selva en un desierto, el resultado (por definición) es óptimo, inmejorable. Cualquier intervención para que no se extienda el desierto, o para que reverdezca, sería antinatural. Si los bosques, el agua y la vida desaparecen, no hay que lamentarlo: no eran competitivos”.

Y así sucede con los libros de calidad, que ya no reciben los espacios en librerías, que ya no son publicitados, que no encuentran canales de difusión y que tienen que luchar la batalla totalmente desventajosa con los imperios editoriales, léase Planeta, Alfaguara, Random House Mondadori, que son los que están formando una nueva casta de lectores, los lectores ignaros, carentes de gusto, los que se dejan guiar por la publicidad y no por la opinión inteligente, informada, culta, de los buenos lectores que fueron en el pasado los reseñistas, los reseñistas serios, de los que quedan poco. Contra este sórdido panorama deben levantarse los bibliotecarios, que amparados en su conocimiento del campo, pueden convertirse en guías de lectura, en maestros y en auxiliares de maestros.


Nota del editor: Este texto fue preparado exclusivamente para la mesa redonda con editores en la XXIV Feria Nacional del Libro de León, FeNaL, México, 2013. Participaron A.J. Aragón, Benjamín Valdivia, Anuar Jalife Jacobo, Marco Tulio Aguilera, Juan Carlos Recinos, Luis Mauricio Martínez. Con la autorización del autor y la FeNaL, se publica en el Mexican Cultural Centre.


Marco Tulio Aguilera Garramuño, colombiano, es escritor. Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amorMujeres amadas Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía El libro de la vida, cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

 

La realidad es otra

José Ángel N.

Hace más de veinte años que vivo en Chicago. Aquí maduré. Aquí me eduqué. Aquí me volví profesionista, aquí me casé y aquí nació mi hija.

Portada del libro "Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant" de José Ángel N.  Cortesía: Universidad de Illinois.

Portada del libro «Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant» de José Ángel N. Cortesía de la Universidad de Illinois.

Estoy tan compenetrado con la ciudad que sus inviernos –incluso este crudo invierno: el más frío en treinta años– son algo que ahora en ocasiones añoro, sobre todo durante los bochornosos meses de verano, cuando el sol ardiente y la sofocante humedad hacen de la ciudad un verdadero suplicio. Este último detalle a todos mis conocidos les resulta extraño. Después de todo, oriundo de Guadalajara –Ciudad de la Eterna Primavera– creen que mi temperamento debía ser una brújula interna en sincronía con el clima de mi ciudad natal. Pero la realidad es otra. La realidad es siempre otra.

Y mi realidad, como la de todo indocumentado, ha sido vivir al margen de una sociedad que no termina de aceptarnos, pero que tampoco nos rechaza por completo. Es mi destino subsistir en este imperio de penumbras; ser, de cierto modo, una sombra. Esta metáfora, lugar común en los medios de comunicación masivos, adquiere un significado profundo cuando es uno al que se le adjudica. Un amigo me dice que la omisión de mi apellido le añade a mi libro un aire de protesta. Funciona porque admites que eres Nadie, me dice, un No one, un Nobody.

Es una casualidad lingüística que mucho tiene de verdad: hasta ahora mi idioma ha vacilado entre ambas lenguas sin arraigarse a ninguna; no ha dejado de ser español, pero no alcanza a convertirse en inglés. Por años, mi idioma ha carecido de hogar fijo. Ha sido el lenguaje del mojado: algo que se confunde, se muta, se pierde, se prostituye, se enriquece y luego se reencuentra.

El indocumentado estará condenado al limbo legal, pero no al silencio. Y así, este libro es, ante todo, un acto político de una persona que carece de todo derecho político.

Página web del autor:

http://joseangeln.wordpress.com/

Reseña de Marco Antonio Escalante, autor de Malabarismos del tedio:

http://www.sietevientos.com/638/ilegal/

Nota del editor: El libro Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant publicado por la Universidad de Illinois, se presenta hoy en Chicago, Illinois, Estados Unidos. Su autor, José Ángel N., amablemente ha cedido este texto introductorio exclusivo para el Mexican Cultural Centre.

José Ángel N., mexicano, es escritor. Vive en Chicago.  

No saben qué hacer

Gabriel Zaid

El mayor problema político de México es actualmente el desafío impune a la ley. No accidental o visceral, sino planeado, por vía armada o «pacífica»: el desacato, la ocupación de espacios públicos, el vandalismo, la extorsión, el secuestro, la trata de personas, el tráfico de drogas. El mayor problema económico es el estancamiento. El mayor problema social es el desánimo y la falta de confianza en las autoridades.

Mirror film. Arte de José Santos. www.jsantos.co.uk

Mirror film. Arte de José Santos. http://www.jsantos.co.uk

Frente a todo esto, los poderes públicos han sido omisos o desacertados, y no era de esperarse. Se suponía que el PRI era autoritario y corrupto, pero cuando menos sabía imponer la paz, el desarrollo y la confianza. El pacto del PRI con los mayores partidos de oposición y el asombroso consenso sobre las reformas necesarias parecían renovar la tradición interrumpida: responder a lo que esperaban los votantes que lo llevaron de nuevo a la presidencia.

«Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa» -dice el «Romance sonámbulo» de García Lorca. O el PRI ya no es lo que era, o no sabe qué hacer en las nuevas circunstancias o nunca supo tanto como se creía. Desde luego, en los dos sexenios panistas no supo ser oposición y aprovechar la alternancia para que otros sacaran las castañas del fuego. Y, antes, cuando tuvo plenos poderes y una amplísima aceptación nacional e internacional, perdió la brújula desde 1968.

El presidente Díaz Ordaz no supo qué hacer ante una protesta estudiantil que pudo atender, en vez de exacerbar. El presidente Echeverría enfrentó los problemas innecesarios creados por el desacierto criminal de Díaz Ordaz, pero tampoco supo qué hacer. El presidente López Portillo intentó resolver los problemas adicionales creados por Echeverría, y fracasó, a pesar de la abundancia petrolera caída del cielo o surgida de los veneros del diablo -como dijo López Velarde. Creó una tercera generación de problemas innecesarios, que se acumularon a los anteriores.

El candidato y luego presidente De la Madrid tuvo el acierto de ver que el problema de fondo era la corrupción, y ofreció resolverlo. Cuando le preguntaron cómo, respondió: «Yo sé cómo». Pero no sabía. Quiso cumplir la famosa Renovación Moral, y ordenó a su gabinete: que al terminar este sexenio, no se hable más de corrupción. Y, en efecto, no se habló.

Por cierto que el presidente Peña Nieto y su secretario de Gobernación han tenido un éxito semejante en la guerra contra el crimen. Prometieron superar la mortandad con un cambio de estrategia. Y, en efecto, ya no sale en televisión. Lo que sale es la patética exhibición de un gobierno que no responde a los ciudadanos sometidos por los que imponen su propia ley, impunemente.

El crecimiento económico acelerado, y con poca inflación, duró hasta 1970, a cargo de licenciados en derecho. Cuando llegaron los que sí sabían: los economistas con estudios en el extranjero, se acabó el «desarrollo estabilizador», repudiado como mero «desarrollismo». El desastre económico resultante, atribuido al populismo, fue resuelto a medias por los economistas que llegaron para remediarlo y no supieron qué hacer. Recuperaron la estabilidad, a costa del crecimiento. Guillermo Ortiz, que fue secretario de Hacienda y gobernador del Banco de México, lo reconoce ahora: «Había la ilusión de que con la estabilidad vendría el crecimiento, lo que no se produjo» (Reforma, 29 de agosto 2013).

El secretario actual de Hacienda también tuvo una ilusión: la de ir en caballo de hacienda, gracias al Pacto por México. Sacó del archivo muerto todos los ideales recalentados de la secretaría y se desbocó proponiendo medidas atropelladas, que no podían pasar en el Congreso y no pasaron, o pasaron a gran costo político.

Como si fuera poco, los panistas y perredistas tampoco han sabido qué hacer. A los ojos de los votantes, lo que legitimaba su búsqueda del poder era el rechazo a la corrupción del PRI. Pero, una vez en el poder, cobijaron a sus propios corruptos, destruyeron su capital político y ahora no saben qué hacer.

Es normal que la política mezcle el interés público con los intereses particulares. En buena hora, si la dispersión de múltiples intereses acaba de hecho sirviendo al interés público. Pero una alineación convergente de fuerzas políticas requiere claridad sobre lo que es deseable y posible, y luego capacidad de ejecución. Cuando esto falta o falla, se produce un río revuelto de intereses donde no gana el interés público, sino los pescadores que andan detrás de lo suyo.

Nota del editor: No saben qué hacer, publicado el 26 de enero de 2014, en el periódico mexicano Reforma. Se reproduce en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor.

Gabriel Zaid, mexicano, es poeta, ensayista, crítico, traductor, editor, investigador. Miembro de El Colegio Nacional desde el 26 de septiembre de 1984.  Recientemente publicó Dinero para la cultura (Debate, México, 2013). http://gabrielzaid.com/

No se hagan güeyes

Fernando N. Acevedo

Ofensivo el título, ¿no les parece? ¿Sí? ¡Ah, qué interesante! Déjenme decirles algunas cosillas, a ver si es cierto que les parece ofensivo.

Ilustración: JOSÉ SANTOS / The Drop.

Ilustración: JOSÉ SANTOS / The Drop.

Mi madre narra que en algún momento de su infancia, dos de sus hermanos peleaban por algo. De pronto, uno de ellos calificó al otro como ‟menso” y mi abuelo, famoso en Orizaba (en el Estado de Veracruz, México) entre otras cosas por no decir jamás una mala palabra, reprendió a quien a la postre sería mi tío o tía diciéndole que ‟a nadie se le debe llamar ʽmensoʼ porque es como calificarlo de retrasado mental”.  

No juzguen mal a mi abuelo. Si bien tenía un carácter muy serio, era un buen hombre; pondría mis manos al fuego por defender que él no consideraba el retraso mental como algo malo, bajo y ruin, sino más bien como un estado que no debería deseársele a nadie. Hoy día, ese tipo de discusiones entre hermanos se solucionan con un ‟pendejo” bien puesto.

No sé si esperar que muchos de ustedes, lectores de este artículo, estén riendo o sonriendo en este momento. Si lo hacen, pregúntense por qué el abuelo del autor consideraba el calificativo ‟menso” como una ofensa grave y, en cambio hoy, un ‟pendejo” —ofensa tanto o más grave— se nos resbala tan fácilmente.

Recuerdo que, al regresar de Italia para integrarme a la vida de la Ciudad de México, temía que mi urbe no me reconociera, que me fuera hostil. La primera vez que salí de casa y tomé un transporte de los que llamamos ‟pesero” (colectivos que cobraban un peso el pasaje cuando comenzaron a dar servicio; de allí el nombre que aún persiste no obstante que los más económicos cobran ya tres pesos con cincuenta centavos), lo hice con la sonrisa, la amabilidad y toda la carga de buenas vibraciones que pude para lograr que la ciudad me volviera a acoger de la mejor manera posible. Así fue afortunadamente, pero también me tocó escuchar algo que en su momento me pareció inverosímil, pues era poco común cuando me fui. El chofer venía platicando con un amigo suyo, y todos los pasajeros fuimos testigos de una charla muy parecida a la que invento a continuación:

—Oye güey qué onda güey ya hiciste eso güey

—No güey

—Güey Y por qué no güey Te digo güey de verdad que eres bien güey güey

—No manches güey te pasas conmigo güey te dije que le voy a echar ganas güey

—Pues no parece güey Yo nomás me entero de que esta vez no agarras la chamba por hacerte güey con lo de sacar tus papeles y te parto tu madre ahora sí güey

Debo detenerme, aunque les juro que luego de escuchar algo muy parecido a esta introducción a la nueva Ciudad de México, comencé a contar los ‟güey” con ayuda de mi madre, quien ya ni se espanta ni se ofende: llegamos casi a los cuarenta… ¡en menos de tres cuadras!

Les pido perdón por la redacción de la plática, pero está hecha así a propósito para un pequeño experimento: sustituyan los ‟güey” con signos de puntuación según lo crean conveniente, y verán que los alegres amigos, a punta de güeyes convertidos, tendrían un diálogo estilísticamente correcto. Vean si no:

—Oye, ¿qué onda?, ¿ya hiciste eso?

—No.

—¿Y por qué no? Te digo, de verdad que eres bien güey.

—No manches, te pasas conmigo, te dije que le voy a echar ganas.

—Pues no parece. Yo nomás me entero de que esta vez no agarras la chamba por hacerte güey con lo de sacar tus papeles y te parto tu madre ahora sí.

‟Güey” es una deformación de ‟buey”, animal al que se le atribuyen características de fuerza y aptitud para el trabajo pesado, pero también de una mansedumbre a prueba de todo. De allí que llamar a alguien ‟buey” o ‟güey” sea atribuirle, por extensión, el ‟menso” tan repudiado por mi abuelo. Y es que es menso —o sea, güey— el que se deja de otros, el que no piensa, el que se pierde, el que se equivoca, el que no puede.

Mi argumento es simple: el güey que hoy encontramos hasta en la sopa y que sirve a los amigos para no usar comas ni signos de interrogación en sus pláticas, antes era una verdadera ofensa. En mi niñez, llamar güey a un amigo implicaba hacerse acreedor de una paliza a la salida de la escuela. Hoy, además de usarse como lo hacen nuestros amigos del pesero, la madre lo usa para reprender al hijo que obtuvo mala nota en la escuela —¡Ay, hijo, eres bien güey! —, para aconsejar al amigo —No seas güey, mejor compra ése—, para preguntar por un desconocido —Oye, ¿quién es ese güey?— o incluso para reclamar a un pasajero en el metro — ¡Órale, güey! ¿No ve que me está pisando?

Pienso que ya es tal la fuerza de la costumbre en el uso que le damos a palabras como ésta, antes consideradas un insulto, que ya las adoptamos como algo natural. Y dirán que es normal, que el lenguaje evoluciona y adopta nuevas formas… pero llamo su atención hacia casos similares en otros ámbitos: nos estamos acostumbrando de la misma manera a ver como cotidiano y normal a las guerras, a la pobreza, a la indiferencia, a los malos tratos, a que los temas importantes nos importen poco, a la falta de educación y de civismo. Todas ellas son cosas que deberían ofendernos como seres humanos y que, sin embargo, no lo hacen más. Terrible, ¿verdad?

Tengo el vicio del cigarro y por ello salgo de la oficina para fumar. Lo enciendo y, mientras fumo, observo. Choferes de peseros que se pasan la luz roja del semáforo porque tienen prisa de subir más pasaje, o que bajan al pasajero donde se les da la gana y no en las esquinas; automovilistas que escucharon alguna vez que la vuelta a la derecha es continua y, con media regla de tránsito bajo el brazo —la otra mitad dice que siempre y cuando no vengan autos ni haya personas cruzando la calle sobre la que se va a dar vuelta—, instigan a bocinazos a los peatones no obstante que lo hagan con todo el derecho del mundo yendo sobre el área designada para ello; gente que tira cualquier cantidad de basura en la calle —y administradores públicos que no colocan un bote de basura en kilómetros a la redonda, salvo en el centro de la ciudad.

Dicen que decía mi bisabuelo paterno ya algo borracho, a viva voz y en plena cantina: ‟No sé qué tengo en los ojos que puros güeyes veo.” Pero nunca faltaba quien, con pistola en la cintura, le respondía: ‟Pues váyase con cuidado, don Tiburcio, que de eso se mueren muchos.” Ante esos argumentos, no queda de otra que mejor hacerse güeyes, ¿verdad?

Nota del editor: Texto publicado en la revista cultural mexicana Bicaalú, número 42, noviembre, año 11. Se reproduce en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor. 

Fernando N. Acevedomexicano, es Analista en Sistemas de Información. Ha publicado cuentos, artículos de recomendaciones discográficas, poemas, traducciones en el suplemento Confabulario (1ª. temporada) del periódico Novedades, así como en el suplemento Guardagujas del periódico La Jornada Aguascalientes. Desde diciembre de 2011, publica textos sobre cultura general en la revista Bicaalú. A partir de mayo de 2013, participa como co-conductor del programa Labios de Tinta, transmitido semanalmente en streaming por radiotv.mx. Asistió en diversas épocas a talleres de creación literaria impartidos por Edmundo Valadés, Agustín Jiménez y Gabriel Bernal Granados. A manera de ejercicio, ha traducido del italiano al español textos de autores como Italo Calvino, Giovanni Papini, Alessandro Baricco, Umberto Eco, algunas versiones italianas de Daniel Pennac y, sobre todo, dos libros del guionista y poeta Tonino Guerra. Actualmente se desempeña como Analista Senior para la Empresa Libélula Consultoría Digital.

Las batallas en el desierto

Tarik Torres Mojica

“Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?” (p. 9). Con estas líneas inicia Las batallas en el desierto (1981), novela de José Emilio Pacheco, gran escritor e intelectual de nuestro tiempo, fallecido el 26 de enero, en la Ciudad de México.  

“Las batallas en el desierto”, de José Emilio Pacheco, Ediciones Era, México, 2011.

“Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco, Ediciones Era, México, 2011.

José Emilio Pacheco ha sido uno de los escritores mexicanos contemporáneos de la que no puede dudarse de su gran valor tanto personal como literario. Fue un intelectual, un académico y escritor que hizo de la poesía su territorio preferido, pero que también desarrolló su quehacer en el mundo del ensayo y la narrativa, de la traducción y que se le reconoció como un hábil e inteligente antologador.

Dentro de su vertiente como narrador se ubican colecciones de cuentos como La sangre de Medusa y otros cuentos marginales (1959), El viento distante (1963) o Tarde de Agosto (1992) y novelas como Morirás lejos (1967), El principio del placer (1972) y Las batallas en el desierto (1981); esta última, una de las obras más difundidas y conocidas, y que ocupa nuestra atención en esta ocasión en que queremos hacerle un sentido homenaje a un hombre que fue un virtuoso de la palabra y cuyo pensamiento y obra sobrevive en sus escritos y testimonios de quienes tuvieron el gusto de conocerlo en vida y por medio de sus escritos.

El marco temporal y espacial de Las batallas en el desierto está en la memoria; en los lindes de lo soñado y lo vivido; entre la edad adulta y la infancia. Puede decirse que esta novela tiene el olor agridulce del desencanto de quien despierta y aprende a percibir el mundo sin máscaras.

Las batallas en el desierto es una novela que gradualmente se ha ido deslizando como una obra indispensable dentro del canon literario mexicano, en parte por testimoniar los cambios sociales y culturales que se gestaron en México a mediados del siglo XX, pero, sobre todo, por su gran calidad narrativa.

Esta novela evoca a la Ciudad de México, durante los años cincuenta: fue la época de la modernización industrial y social; época de los gobiernos emanados de la Revolución donde se logró una relativa paz social y estabilidad económica, en detrimento de las libertades ideológicas y políticas. Fue el tiempo en que se construyó la idea de un México como una nación urbana y cosmopolita, y en el proceso le dio la espalda a su pasado rural, indígena e hispánico. Fue el tiempo de los “cachorros de la revolución”; época en que se concentró el poder político y económico en unas cuantas manos, pero se cuidó construir la imagen de un Estado paternal y proveedor.

Pero la obra de Pacheco no únicamente hace una radiografía del México que buscaba modernizarse bajo la idea de ser una nación nueva, emanada de un movimiento revolucionario; también es, estéticamente, una obra compleja que se construye por medio de palabras, frases precisas que erigen un mundo que está en ebullición, que se constituye por medio de imágenes, ilusiones: “La cara del Señor presidente en donde quiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre […]” (10).

También es una obra que tiene a su favor la belleza de lo vertiginoso que se suscita por medio de frases cortas que unen opuestos; lo terrible con lo fantástico: “Decían los periódicos: El mundo atraviesa por un momento angustioso. El espectro de la guerra final se proyecta en el horizonte. El símbolo sombrío de nuestro tiempo es el hongo atómico. Sin embargo había esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: Visto en el mapa México tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia” (11). Es una narración hiperrealista que, precisamente, por los detalles y lo tremendo de lo representado, parece contener vida sin dejar de ser un sueño o, tal vez, una pesadilla.

Las batallas en el desierto es una invitación para pensar nuestras identidades, nuestro entorno cambiante y reflexionar acerca de los límites de nuestra memoria, de las imágenes y los símbolos que le dan forma a nuestro estar en el mundo.

Tarik Torres Mojicamexicano, es doctor en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana de México. Trabaja como profesor de tiempo completo en el Departamento de Estudios Culturales de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad de Guanajuato, Campus León, México.

 

Tres “caballitos” de mezcal por Malcolm Lowry

Ricardo Ariza

1

Muchos forasteros han sido cautivados por México. Se internaron en el territorio sólo para ser progresivamente hechizados por el paisaje, los pueblos, la cultura, las historias, las costumbres y las prácticas ancestrales. Algunos escritores dejaron una sólida huella de su paso por este paradigmático lugar en la tierra.

Ricardo Ariza. Foto de José Omar Ornelas.

Ricardo Ariza. Foto de José Omar Ornelas.

2

Aparentemente perdido en la dimensión sin retorno de la escritura, Malcolm Lowry encontró la ubicación simbólica perfecta para su novela Bajo el volcán en Quauhnahuac. Vocablo náhuatl que significa Lugar cerca de los árboles y también, en un sentido más esotérico, En donde cantan las águilas. “Queda situada bastante al sur del Trópico de Cáncer; para ser exactos, en el paralelo diecinueve, casi a la misma latitud en que se encuentran, al oeste, en El Pacífico, las islas de Revillagigedo o, mucho más hacia el oeste, el extremo más meridional de Hawaii y, hacia el este, el puerto de Tzucox en el litoral Atlántico de Yucatán, cerca de la frontera de Honduras Británica o, mucho más hacia el este, en la India, la ciudad de Yuggernaut, en la Bahía de Bengala”, según sus propias palabras.

Todo comenzó hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos el 2 de noviembre de 1939, cuando dos amigos del cónsul británico Geoffrey Firmin, después de una partida de tenis en el viejo Casino de la Selva, recordaban los pormenores de su muerte, ocurrida exactamente un año atrás.  “La enfermedad no se haya sólo en el cuerpo, sino en aquella parte a la que solía llamarse alma, ¡pobre de su amigo! ¡Gastar su dinero en la tierra en estas tragedias continuas!”.

Bajo el volcán es una novela que al autor inglés Malcolm Lowry le costó ocho años concluir. Germinó de un cuento escrito probablemente en su primera visita a Cuernavaca en 1936, para progresivamente convertirse en el campo de batalla de todas las fuerzas simbólicas y fenomenológicas de un hombre que descubre, igual que Dante antes de encontrarse con el poeta Virgilio, la entrada al infierno una tarde perdido en una selva oscura y espesa.

Geoffrey Firmin, un inglés dipsómano afectado por el recuerdo de la guerra (esa otra ebriedad del mundo) inicia su vertiginoso descenso al Mictlán: El reino de los muertos, por no saber vivir y por no saber amar, en aquel lugar, en donde se había refugiado, dominado por la estela de la pipa siempre humeante del volcán Popocatepetl, vigilante eterno del sueño congelado de su amada Iztaccihuatl, el otro volcán que domina también sobre el valle de la Ciudad de México. 

3

Bajo el volcán es una obra monumental que representa la tragedia humana ante la imposibilidad de cuidar el jardín que es la tierra, tiene como trasfondo una de las festividades más emblemáticas de México, el Día de Muertos. Muchas páginas se han dedicado a la fascinación que provoca en propios y extraños las manifestaciones culturales de los mexicanos y su relación con la muerte. Una explosión de colores y sabores que ha dejado la temporada de lluvia, si es que las cosechas no fueron anegadas por las tormentas; se ofertan en los mercados ceras y cirios, flores de muchos aspectos, texturas y colores, dulces y panes con forma de calaveras. Una gran variedad de alimentos y bebidas son ofrenda en los cementerios para avivar el recuerdo de los que han partido, para procurarles un poco de alivio y compañía en esa soledad de la muerte.

El ritual que durante tres días se realiza para honrar a los muertos, viene también acompañado de estruendosos fuegos artificiales, que de noche iluminan el cielo y de día alejan a las posibles precipitaciones pluviales. A causa de estos artefactos de pólvora, nadie pudo escuchar los disparos con los que el cónsul fue asesinado a manos de la “policía mexicana” por haberlo acusado de ser un espía, después de haberse emborrachado con mezcal hasta perder el sentido de la realidad. Tragedia personal pero también tragedia humana, la imposibilidad del amor lleva al resultado catastrófico de la muerte de ambos amantes distanciados, que intentaron recuperar el tiempo perdido, pero cuyas vidas ya habían sido ofrendadas a la geografía literaria de México.

Ricardo Ariza, mexicano, es escritor, periodista y editor. Ha publicado el libro de poemas El título es consecuencia del azar (Colección El Ala del Tigre, UNAM, 1996). Y también el libro Física de cuerpos ausentes (Colección La Hogaza /5. Instituto de Cultura de Morelos, 2009). Así como la antología personal En donde la memoria arda. (INBA, CONACULTA, SEP, Editorial Eternos Malabares, 2013). Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (1997-1998) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2003-2004). Dirigió los periódicos Postal (2003-2007), El papel cultural (2008-2010). Ha publicado en varias antologías de poesía y cuento a nivel nacional y en Latinoamérica. Ha impartido talleres, conferencias y clases de poesía, narrativa, creación literaria, y periodismo. Ha publicado en la revista Milenio y en la Jornada Semanal. Fue jefe de redacción por dos años del periódico La Opinión de Morelos 2011-2012. Actualmente es colaborador de la revista francesa El Café Latino con distribución en Canadá, Europa y Sudamérica.