Fomentar la diplomacia cultural de Latinoamérica en el extranjero

Miguel Ángel Muñoz

Siempre ha existido una relación cercana entre los países de América Latina, no sólo política, sino cultural. México fue durante años un país de referencia, aunque al paso de los años se ha perdido.

Miguel Ángel Muñoz.  Arte: Vladimir Cora, México, 2014.

Miguel Ángel Muñoz. Arte: Vladimir Cora, México, 2014.

Es necesario en pleno siglo XXI, llevar a cabo una política cultural más fuerte en el intercambio entre instituciones, donde no sólo se incluyan a los “grandes nombres”, sino que también tengan voz los nuevos creadores y los que no estén en el círculo de poder. Por ejemplo, en mi campo de investigación que es el arte, se necesita rearmar el rompecabezas de los museos, galerías, becas y difusión. Es decir, abrir un debate en el campo: ¿Qué papel juegan las instituciones de cada país? ¿Para qué sirven los museos? ¿Para qué las becas de intercambio cultural? ¿Existe un sistema efectivo de promoción fuera de nuestro país de origen?

Lo que me gustaría es que se configurara un centro de investigación de arte y literatura de América Latina, destinado a difundir y promover en todo el continente nuestras propuestas artísticas. Es difícil, lo sé. Pero creo que valdría la pena, ese intercambio de propuestas a partir de una gran red, cuyo eje central fuera dicha institución, por la entidad de los interlocutores: historiadores, críticos, artistas, poetas, novelistas, que han marcado en cada uno de sus países su apreciación sensible una mirada moderna.

Una propuesta en la que siempre vence el orden frente a la fragmentación, lo añejo a lo inmaduro. Por qué no ver y descubrir lo que pasa en Puerto Rico, Panamá, Haití, Costa Rica, República Dominicana. Son países maravillosos más allá del mero encanto de lo extraño. Son culturas desbordantes y con ganas de que su arte y literatura se difundan.

“Los espejos multiplican las cosa y sus efectos lumínicos son fascinantes”, decía mi admirado Robert Hughes. Cada civilización tiene su historia, y que mejor que crear un puente entre todas ellas. Creo que ese sería un buen aporte para crear una diplomacia cultural de Latinoamérica con el extranjero. Es un desafío y un reto de la política cultural de cada país, pero México podría ser el pionero de un proyecto clave y de vanguardia.

Lo veo posible: tenemos —a diferencia de muchos países— una infraestructura cultural armada, con una institución como CONACULTA, con muchos años de experiencia. Falta proponer y dar el paso, realizar un proyecto de tal magnitud. Ojalá y la propuesta tenga cabida en ese mundo burocrático que tanto daño nos hace.


Miguel Ángel Muñoz, mexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En el 2009, fue reconocido en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana, por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.

El sueño de Parténope

La Sirena es un lienzo realizado por la artista argentina Marigela Pueyrredon para la exposición Las balconadas. Inicia una itinerancia por los pueblos de Altea, Alfaz del Pi, Agost y Benimantell, pueblos característicos de la Costa Blanca y del interior de Alicante, Comunidad Valenciana, España. 

La Sirena. Técnica mixta sobre lienzo. 150 x 140 cm. Marigela Pueyrredon, 2014. http://marigela.wix.com/marigela-pueyrredon

La Sirena. Técnica mixta sobre lienzo. 150 x 140 cm. Marigela Pueyrredon, 2014. http://marigela.wix.com/marigela-pueyrredon

El sueño de Parténope, inspirado por la contemplación del lienzo de La Sirena  y preso de su inaudible canto, el poeta mexicano Gerardo Cárdenas decide escribir inmediatamente sus emociones. Parténope, la sirena de Ulises, se sumerge en el sueño de un hombre que a su vez sueña atrapado por la fuerza del deseo.

La poesía de Cárdenas incorpora una nueva dimensión a la contemplación del cuadro y le otorga sonido a la voz, un canto onírico que atrae inexorablemente a los navegantes.

El sueño de Parténope

Duerme la sirena y en el torbellino de su sueño

soy un pez seducido por su carne de mujer,

enganchado a la promesa de su cintura,

sin ver el anzuelo, sin prever el festín.

Ella acaricia una a una mis escamas

y las besa antes de arrancármelas

para hacerse un collar que acaricie su pecho.

Al tragarme, sus ojos de monstruo marino

abarcan la inmensidad del abismo.

Ella gira en eterna seducción y eterno sacrificio

entre la luz de las aguas del alba y la tiniebla abisal

y mis huesos limpios son la arena de este sueño.

Duerme la sirena y en las mareas de su sueño

soy un hombre que come sin pausa su cola de pez

inmune a su canto y a la suavidad de sus senos.

La devoro escama a escama

y ella me encierra en su abismo, me canta entre sus brazos

me arrastra al vórtice oscuro.

El alba me sorprende besando sus cabellos

para cortarlos y ceñirlos a mi cintura.

Inmersos en un círculo de mar y noche

el sueño se repite sin pausa, a los cuatro vientos el deseo se ensancha,

la carne llama, distante en la silueta borrosa del arrecife;

despiertan el hombre y la sirena, duermen el pez y la mujer


Gerardo Cárdenas, mexicano, es poeta, escritor y periodista cultural. Ha vivido en Madrid, Bruselas, Miami, Washington, D.C., y Chicago desde que salió de México en 1989. Radicado en Chicago a partir de 1998, es actualmente director editorial de la revista cultural contratiempo (http://contratiempo.net). Sus artículos, cuentos y poemas han sido publicados en medios impresos y electrónicos de México, Estados Unidos, España, Venezuela, y República Dominicana. Como narrador, ganó el premio John Barry de Ficción en Español desde Chicago en 2004 y 2007, y el segundo lugar del concurso  de literatura erótica Los Cuerpos del Deseo de NeoClubPress, Miami, 2012. En 2011 publicó la colección de relatos A veces llovía en Chicago (Libros Magenta/Ediciones Vocesueltas), que se hizo acreedor al Premio Interamericano Carlos Montemayor de Literatura a Mejor Libro de Relatos. Un segundo libro de relatos, Correr es de cobardes se publicará este año. Actualmente trabaja en una novela y un poemario. Relatos suyos han sido antologados en El libro de los monstruos  (Escuela de Fantasía, Bubok, Madrid, 2012), Los cuerpos del deseo: cuentos eróticos (NeoClubPress, Miami, 2012) y Bajo los adoquines está la calle (Taller de Escritura Creativa Enrique Páez, Madrid, 1998). Además de sus actividades literarias y editoriales, publica el blog En la Ciudad de los Vientos y es director de comunicación de la Organización No Gubernamental AARP en el estado de Illinois. http://gerardo1313.wordpress.com/

The Mexican Gentleman

José Santos

El año 2011, fue de grandes cambios en mi carrera como artista: recibí mi título en Artes con mención honorifica por la University Worcester en Inglaterra.

‘Adventures with Copper Plate Prints’  By José Santos (BA Hons in Fine Art).  The Museum of Royal Worcester, UK.

‘Adventures with Copper Plate Prints’
By José Santos (BA Hons in Fine Art). The Museum of Royal Worcester, UK.

Cuando decidí ser artista de tiempo completo, busqué vivir económicamente de mis obras de arte. Sin embargo, gané y perdí experiencia en el arte de negociar, valuar y ser un profesional en un mundo feroz de competencia. En mi experiencia, el arte ya no es sólo de producirlo, si no de promoverlo con una mano y crearlo con la otra.

He participado en juntas con galerías, museos, competencias, publicaciones en libros, viendo mi trabajo en espacios como Selfridges en Londres, el MAC de Birmingham, artículos en la Bazar Magazine. Asimismo, he tenido el honor de ser invitado para exhibir mi obra en un momento histórico durante la inauguración de la biblioteca The Hive en Worcester, en presencia de su majestad la reina Elizabeth II y el príncipe Phillip de Inglaterra.

Existe una pasión personal por lo histórico y cultural de un país, el arte y sus influencias. Durante esta etapa de mi vida en el Reino Unido, lugar donde resido desde 1997, uno de tantos lugares que me llena de inspiración es el Museum of Royal Worcester. Tiene una colección selecta de porcelana, archivos históricos con diseños referenciales de Asia, América, África, Europa,  desde el siglo XVI.

En esta gema de museo donde he trabajado con la curadora, descubrí alrededor de 110 placas de cobre con grabados exquisitos y una variedad sutil de diseños. Todos para la aplicación de la fina porcelana de mesa, donde una vez fue producida y finamente trabajada en la gran fábrica Royal Worcester, que actualmente funciona de museo. Como artista y grabador, después de más de dos años de tener el privilegio de empezar a limpiar, restaurar, imprimir, seleccionar y curar las primeras 12 obras sobre cobre; por fin, estamos llevado acabo la primera exhibición de estos históricos y magníficos grabados.

Cabe señalar que llevan mi influencia como mexicano, ya que algunas obras fueron impresas en papel ámate. Este proyecto único en su tipo, es posible a la valiosa confianza y colaboración de la directora del museo Amanda Savidge, a la asistente comercial Caroline Engevi, y al experto en antigüedades Henry Sandon MBE, así como a todo el equipo del Museum of Royal Worcester. De parte de este oaxaqueño, su humilde artista y servidor, les estoy honorablemente agradecido.

Para más información, visitar:

http://www.museumofroyalworcester.org/product-category/prints/

 

Ángel Zárraga: del cubismo a la figuración

Miguel Ángel Muñoz

El Museo del Palacio de Bellas Artes, México, presenta una exposición del mexicano Ángel Zárraga (1886-1946), quien vivió 37 años en Europa, en particular, París, Francia. Ángel Zárraga. El sentido de la creación, es la exposición de 85 piezas, entre pintura, dibujo y obra mural, que permanecerá en el recinto hasta el próximo 20 de julio de 2014. 

“Escribí  el silencio y escribí la noche”

Arthur Rimbaud

“La dádiva”, 1910, de Ángel Zárraga. Esta obra está ubicada en el Museo Nacional de Arte (MUNAL), México.

“La dádiva”, 1910, de Ángel Zárraga. Esta obra está ubicada en el Museo Nacional de Arte (MUNAL), México.

La polémica sobre los orígenes del cubismo siguen todavía inciertas. El galerista  Kahnweiler  propuso hace ya varios años una lectura rectilínea del movimiento, conjuntando a tres artistas claves: Pablo Picasso, Juan Gris y George Braque. La historiografía ha insistido en el tópico que comparten Douglas Cooper: “cubismo esencial”, lo definió, el historiador Robert Rosenblum. Cabe señalar que el idioma figurativo cubista penetra con distinta intensidad en todas las propuestas artísticas radicales que medían entre 1909 –Téte de Fernande–y 1914 –primeras experiencias del collage y del cubismo sintético u objetual–. En estos años se multiplican los salones pictóricos alternativos que había espoleado la disparidad vanguardista: Salon des Indèpendents, Salon d’Automme, la Section d’or –por mencionar sólo algunos–. Fue Kahnweiler quien calificó a esos artistas de “cubistas de salón” y  “epígonos”, con escaso percepción para los matices. Geizes, Metzinger e incluso en momentos André Lothe y Maurice Denis fueron didácticos sintetizadores de esa estética cubista que destila un repertorio de soluciones sabidas para representar en cubiste los géneros artísticos tradicionales, el paisaje y el retrato.  Pero sin duda, tres son los nombres claves de la invención cubista: Picasso, Braque y Gris. Los tres llenan lo que Octavio Paz llamó “ el cambio y la permanenciam, el movimiento y la quietud”. ¿La  eternelle  tradición pictórica francesa que irrumpió con brío en la escena artística en los años del retorno al orden? Los demás: buenos pintores…

La muestra de Ángel Zárraga (Durango, 1886 – México, 1946), que se presenta en el Museo del Palacio de Bellas Artes, México, tiene la intención de no ser sólo, una retrospectiva del artista, sino vincularlo al cubismo y a otras vanguardias europeas. Casi cien obras pictóricas con una pequeña secuencia de dibujos intercalados que suponen un homenaje a la capacidad creativa del pintor y demuestra que la curaduría tiene la tarea de recuperar a un creador no siempre bien entendido y a menudo difuminado en un estrato secundario por la potente imaginación, ya no digo de los genios del cubismo, sino también por los muralistas mexicanos. La exposición cumple con mostrar a un Zárraga “casi total”, pero a su vez se insiste en uno de los puntos más críticos de su recepción: el inexorable, al parecer, amaneramiento de su obra tardía y la repetición durante las últimas décadas de su vida de la consabida iconografía religiosa sin apenas variaciones formales. Y no digamos ya de su “cubismo”  tardío, que no tiene equiparación con los grandes maestros del movimiento. Aunque encuentro en su estética un cierto acercamiento al grupo de Puteaux y las propuestas decorativas de André Mare, que llevó a los galeristas Guillaume y Leónce Rosenberg, comprometidos en una didáctica artística cubista,  que debía orientar el caótico mercado, cuajado todavía de prestaciones postimpresionistas, fauvistas e incluso  neoconstructivistas. El cubismo como marca comercial, dicho duramente, y con criterio orientativo.

Ángel Zárraga es un artista poco conocido en México. Se fue muy joven a Europa a buscar “fortuna”, aunque a su regreso a su país se arrepiente de permanecer tanto tiempo fuera. Un tema sin duda interesante  que ayuda a comprender el arte inacabado, esencialmente decorativista y suntuario, de un personaje complejo y sumamente católico. A los 18 años de edad –en 1904– inicia su estancia en París y se refugia en el acervo clásico del Museo del Louvre, protegiéndose del desconcierto que le causan el impresionismo y las nuevas corrientes, aunque manifiesta su reconocimiento por Renoir, Gauguin, Degas y Cézanne.

Al no estar muy de acuerdo con lo que se enseña en la Escuela de Bellas Artes de París decide estudiar en la Real Academia de Bruselas, y posteriormente se instala en España (Toledo, Segovia, Zamarramala e Illescas), que representa para él una modernidad menos agresiva, que la de París. Su primer maestro en estas tierras es Joaquín Sorolla, quien lo ayuda a ser incluido en una muestra colectiva en el Museo del Prado en Madrid. De ahí viaja a Italia (Toscana y Umbría) y expone en Florencia y Venecia. Regresa a París en 1911 para presentar su obra por primera vez en el Salón de Otoño;  dos cuadros La Dádiva, 1910 y San Sebastián,  le valen un cierto  reconocimiento, que como cuenta Paz: “Zárraga vivió muchos años en París. Fue amigo de casi todos los pintores de esa época. Aquí pintó y obtuvo  un modesto renombre, un sitio decoroso… Lo  incomprensible es que los mexicanos lo hayamos olvidado”. [1]  En esos años se deja influir por el cubismo y después se dedica a pintar temas deportivos, cuya  etapa creativa es más importante. El movimiento de los corredores, el equilibrio de los lanzadores de discos, la plasticidad de los nadadores, etcétera, lo apasionan intensamente. Cuadros como: Domingo, 1931; El futbolista, 1925; Las futbolistas, 1922, Jugada de fútbol, 1924; La futbolista morena, 1926, logran más una voz propia, aunque asentado en la tradición francesa y española. Los retratos se convierten en abreviadas composiciones sintéticas, tocados por el clasicismo picassiano y las etéreas ensoñaciones narrativas de  Joaquín Sorrolla y Romero de Torres. Todo arte es imaginación formal porque actúa con pigmentos – materia moldeable- y fantasea a través de imágenes y geometrías ilusorias nuevos mundos. Entre  su época cubista pájaros núm, 4, 1916; Mujer con guitarra, 1916  y carnaval, 1917,  hasta  sus últimas pinturas: San Jorge aniquilando al dragón,1932, entre otras, se define  la pensada apreciación estética  propuesta por Zárraga. Un camino inverso a la pintura mexicana en su tiempo. Quizá eso le valió el “reconocimiento” del que habla Octavio Paz en París. Lo cierto es que hoy, gracias a la exposición en Bellas Artes, podremos lograr revalorarlo en el arte mexicano.


[1] Octavio Paz Al margen: Picasso, Rivera y Zárraga, publicado en Sombras de obras,  Seix Barral, Barcelona, España, 1983.

Miguel Ángel Muñozmexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Su dedicación a la creación artística actual es absoluta; compagina su labor en El Financiero, La Jornada Semanal y en la revista Casa del Tiempo, con la de comisario de exposiciones. Ha trabajado personalmente con muchos artistas; entre ellos, Eduardo Chillida, Rafael Canogar, José Luis Cuevas, Josep Guinovart, Roberto Matta, Antoni Tàpies, Richard Serra, María Girona, Vicente Gandía, Ricardo Martínez, Chema Madoz, Luis Feito, Xavier Grau, Charo Pradas, Ignacio Iturria, Albert Ràfols-Casamada, Robert Rauschenberg y Luoise Bourgeois. Es autor de los libros de ensayo: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos (Editorial Praxis, 1999), Ricardo Martínez: una poética de la figura (CONACULTA, 2001), La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas (Editorial Praxis, 2001), El espacio invisible. Una vuelta al arte contemporáneo (Ediciones Batarro, Málaga, España, 2004), Convergencia y contratiempo (Plan C Editores- CONACULTA, 2008), Espacio, superficie y sustancia. La obra de Ricardo Martínez (Siglo XXI Editores, 2009) El espacio vacío, (CONACULTA, 2009), Gutiierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso (CONACULTA, 2009). Asimismo ha editado y comentado los libros El asombro de la mirada. Convergencia de textos. (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2010) Espejismo y realidad. Divergencias estéticas de Rafael Canogar (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2011) y Elogio del espacio. Apreciaciones sobre arte de Rubén Bonifaz Nuño (UNAM, El Colegio Nacional y UAM, México 2012). Además, es autor de los libros de poesía El origen de la niebla (CONACULTA, 2005), Espacio y luz (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) con serigrafías originales de Albert Ràfols-Casamada, Convergencia (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) y Travesías (Centro de Producción Gráfica, México,2004) con serigrafías originales de José Luis Cuevas, Cinco espacios para Rafael Canogar (Ediciones El Taller, Madrid, España, 2004), con grabados originales de Rafael Canogar y Fuego de círculos (Editorial Praxis, México 2012). Sus textos se publican en diversas publicaciones de México, España y América Latina. Es director de la revista literaria Tinta Seca. Es colaborador, asimismo, de las revistas Metérika (Costa Rica), Banda Hispánica y Agulha (Brasil). Actualmente se está capacitando como doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En 2009, fue reconocido por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana y la Facultad de Artes por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.

Anverso y reverso en la obra de José Luis Cuevas

Miguel Ángel Muñoz

El sentido del espacio en la obra de José Luis Cuevas (México, DF, 1934) se conforma en el juego de límites, en su interacción con las formas que va creando. Crear un lugar significa poner límites, delimitar introduciendo un espacio o vaciándolo. Sacar el espacio de cualquier dibujo es para Cuevas configurar un lugar, entre la vida y la muerte, desde donde contemplar el horizonte y entregarse a la luz y al trazo que la propia luz crea. Dibuja para corregir. “Quienes dibujamos –dice el poeta inglés John Berger- no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable”.[1] El arte de Cuevas, brota, es un juego incesante de formas, volúmenes, lenguajes. Todo se combate y se recrea al mismo tiempo. Sentido inverso de la realidad: estructuras que producen movimiento, sonido.

José Luis Cuevas. Foto Cortesía.

José Luis Cuevas. Foto Cortesía.

Mientras en la Europa de mediados de los años cincuenta se imponía la obra de los expresionistas abstractos norteamericanos como Willen de Kooning, Jackson  Pollock, Esteban Vicente, Theodoros Stamos, Mark Tobey, Franz Kline y Robert Motherwell, y de los informalistas como Luis Feito, Manolo Millares, Rafael Canogar, Antonio Saura, Antoni Tâpies, Josep Guinovart, Pierre Soulages, Jean Fautrier, William Scott, Wols, Emilio Vedova, Alberto Burri, entre muchos; es cuando José Luis Cuevas realiza sus célebres litografías sobre la obra de Quevedo, Kafka y el Marqués de Sade. La figura respira, signo que encarna una oscura voluntad de creación; a su vez, el trazo se despliega secretamente en cada línea. Sueño mineral que se disuelve en el espacio: contradicción sensible, el espacio no se toca, se percibe. Color y forma están unidos en un contexto altamente poético.

En algunos dibujos y grabados el artista vuelve a “recomponer” las figuras, les da una composición para  lograr el efecto deseado. Le gusta contrastar superficies: trabajar en la organización del espacio, romper, rasgar, es decir, unificar. Azar electivo, como decía André Breton. Plenitud y vacuidad, juego visual y poético para conformar un lenguaje. Símbolo que es mejor y peor. El símbolo es realidad e irrealidad, juego lingüístico que encuentra un significado importante en la obra de Cuevas. Este aprovechamiento no sólo evoca su creatividad figurativa, donde recrea agonías, crímenes, cúpulas, desvaríos, monstruos y monstruosidades humanas. De forma  atrevida y sarcástica, se pierde en múltiples imágenes que  van generando cierto gestualismo expresionista, lo que situó su obra, junto a otros artistas latinoamericanos –Jacobo Borges, Ricardo Martínez, Armando Morales, Fernando de Szyszlo y Francisco Toledo-, en un fecundo espacio que recapitulaba críticamente el pasado, próximo y lejano, y que despuntaba como una fabulación reinventada de la figuración.

Cuevas ofrece una lectura de su trabajo que está por hacerse, y no sería en vano porque subraya la naturaleza de una obra que no culmina todavía sino que ha convertido su lenguaje en materia artística, en un creador sin retorno, pero sí en el centro  “reformulador” del  cambio estético contemporáneo. Es decir, toma y retoma una voz poética poblada de símbolos que van más allá de la epitafia del arte. Cuevas respira aires inéditos constantemente y cada trazo es una fugaz imagen nostálgica, es una meditación sobre el inicio de imaginar sin premuras, para desentrañar la complejidad cotidiana, a la vez que fundamenta conceptos cognitivos de su actividad artística: línea, movimiento, signo que  se encuentra perdurable. Cada trabajo resulta complejo, rico y deslumbrante.

Cuevas deja descubrir su proceso inventivo, proporcionando soluciones gráficas y plásticas diversas, que, como siempre, nunca dejarán de asombrar. Las obras contienen un interés iconográfico adicional, añadido a sus diversos autorretratos, que evocan a nuestro imaginario propio. Es una obra de evolución, imágenes líricas, tortuosas, pues Cuevas busca dentro de sí y lo que busca es poner al “yo” en un estado de incertidumbre: sólo así muestra su propia identidad. Dice Mario Vargas Llosa sobre Cuevas: «Su mundo está poblado de marginales, en él la regla es la excepción: catálogo del crimen, paraíso de la deformación, resumen de todas las taras concebibles del hombre…”[2]

Al observar en retrospectiva su trabajo, llego a pensar que me encuentro ante la presencia de un artista que produce una seducción por lo subjetivo y lo poético, ahondando en la relación figura-signo. Fruto de estas atracciones fueron sus series sobre Sevilla, sus estudios, los secretos de Walter Raleigh y sus interminables autorretratos. Símbolos que descifran el laberinto, por caótico que parezca, interminable del artista. Y no me extraña que, siguiendo este proceso, sea el mismo Cuevas quien se pierda en esa complejidad estética. Metáfora sorprendente, conjunción y disyunción de los espacios que Cuevas profana. Quizá la palabra exacta para definir este proceso sea ritmo. El espacio recupera e interpreta los signos que se crean a partir de un trazo sorprendente.

Ya en 1965 Cuevas se libera de influencias estéticas y extra estéticas para abrir camino a su lenguaje individual, único e inédito, que usa y repite en dibujos, grabados y, recientemente, en esculturas. Transforma su imaginación en realidad, crea un registro personal de la memoria.  Manicomio, Mujeres del siglo XX, Comedia humana I y II y Funerales de un dictador son registros expresivos en el cual sorprende la exasperada voluntad por decir. Su dramatismo y su poder radican precisamente en su definición. Picasso transforma los espacios escultóricos y arquitectónicos de la pintura. Pinta y destruye, oculta y revela cada línea sobre un dibujo. Busca la poética del espacio donde habitan, como decía Paul Veléry, los cementerios marinos. Cuevas, en cambio, no profana, sino recrea las estructuras, el porqué de sus movimientos. El sentido de la composición en la obra de Cuevas es romper los límites. Crear un espacio pictórico es delimitar, concretar escenarios, delimitar introduciendo, concretar vaciando. Entretejer un dibujo es crear un lugar donde se contempla la atmósfera y se descubre la materia.

En 1955, Cuevas viaja y expone por  vez primera en París, en la Galería Edouard  Loeb; es el comienzo de su interés por “internacionalizar” su obra y por las corrientes vanguardistas de la época y el culmina años más tarde con grandes exposiciones retrospectivas en diversos museos como el  Museo de Arte Moderno de París, en 1976; en el Museo  Ludwig, de Alemania, en 1978;  en el Chicago Internacional Art Exposition, de esa ciudad en 1987, en el  Museo Nacional Centro de Arte  Reina Sofía, de Madrid,  en 1998, en el Museo del Palacio de Bellas Artes, México, DF, 2008, y en el Museo de Arte Contemporáneo de Santo Domingo, República Dominicana en  2010.  

En la década de los sesenta y setenta descubre nuevamente a Picasso, Klee, Matisse, Braque, al círculo cubista; confronta su trabajo con Antoni Tàpies, Albert Ràfols-Casamada, Pierre Alechinsky, Antonio Saura, Frank Auerbach y el francés Pierre Soulages. Se interesa más por la línea que el ojo pierde, encuentra y vuelve a perder, al grado de reinventar cada trazo. Se concentra, se pierde, pierde el sentido del tiempo, pero rescata el espacio. Juego que descubre composiciones. Es en la representación de sus figuras donde Cuevas revienta la forma total de la masa del cuerpo humano. Así lo vemos en sus series de 1953-58, donde trata de contener no sólo el cuerpo sino la gestualidad del mismo. Es la línea de una figura yaciente, que indica secretos, desde el momento mismo en que el artista descompone los volúmenes. Es el límite el que define cada cuerpo, cada espacio, cada materia; este límite es el que define la claridad del dibujo de José Luis Cuevas a partir de los años setenta.

La realidad meditada del espacio corpóreo se define claramente en su serie de dibujos sobre Kafka realizados para su exposición del Museo de Arte Filadelfia. Lo que al principio es un problema de lenguaje pictórico, Cuevas lo va llevando más allá; él crea un espacio externo, no se conforma con construir formas sino tiende a destruirlas. Todo el peso de las figuras se concentra en la composición, en el ritmo que gravita en su composición.  Si Matisse elevó el trazo a forma poética, Cuevas cuestiona y define el espacio de la esencia de la línea: su propio límite. El elemento estético y poético del dibujo es, y era desde el siglo XIV, un espacio considerado como transformador de volúmenes; por ello Cuevas cuestiona el vacío que produce un dibujo, el espacio que crean los materiales.

El dibujo de Goya sigue cánones de otro tiempo, quizás concreta o sintetiza el modo platónico de un espacio habitable, mientras las ideas van guiando su espíritu creativo. Cada figura tiene forma, cada forma se contradice y se afirma entre sí, de un modo intemporal más que temporal. Anverso y reverso de su discurso estético. El espacio poético creado por Goya es único en cuanto lo define su propio trazo. Por ello, Cuevas indaga nuevas formas, define de forma especial su acto plástico. En esa búsqueda, Cuevas es más rotundo y perfecto en el dibujo. No contradice: interroga y responde.

El diálogo que establece entre silencio-espacio, silencio en el trazo y espacio en el dibujo es determinante en su obra. El silencio no es un acto nuevo, el mito griego nos habla de ello y los gnósticos discutieron abundantemente de lo inefable del silencio del abismo. La experiencia del místico – decía San Juan de la Cruz- es algo absoluto, pero su paradoja es situarse en el lenguaje. Es atracción por el silencio y la reflexión sobre el silencio. Su experiencia, como la de Cuevas, pertenece, de algún modo, al mundo de la meditación, del asombro. En la poesía de Paul Celan o en los estudios herméticos del antiguo Egipto hay una valoración del silencio: el silencio como materia natural del texto y el poema como espacio del silencio. Hay cierto paralelismo entre el acto artístico de Cuevas para quien la obra es el espacio del vacío, y el vacío, la materia natural de lo estético. Todo se opone y se contrapone: definir manifiesta el silencio, encarna el vacío.

El sentido de Cuevas se concreta y madura en los sesenta, se basa en la simplicidad, en la eliminación de excedentes retóricos que produce la imagen; en él destaca la modulación de los espacios y la orquestación de lo no dicho: la energía de la figura adquiere categorías de signo. Una figuración que está dimensionada por espacios no creados, un vacío como el silencio “que sucede a los acordes, no tiene nada que ver con el silencio atento, es un silencio vivo”, dice Marguerite Yourcenar. Y ese plano de correspondencias vibra con diferente intensidad, en diferentes direcciones y de múltiples maneras.

La línea surge entre un silencio y otro, surge de ese silencio absoluto cargado de tensión, y lo va conformando. De esa transgresión original del silencio, del estallido inicial que trabaja el vacío, o que se anula sobre la blanca hoja, surge la obra y su intensidad. El trabajo de Cuevas juega con el límite, en esos instantes fronterizos donde chocan las formas. El poeta busca el milagro de las palabras, en ese silencio cargado de tensión, en esa vibración cósmica entre rito y silencio, aparece el sentido perfecto del lenguaje traducido en imágenes gramaticales. Cuevas comienza sus trabajos con esa concentración que pide el poeta, el alquimista, el místico. Este silencio no es el del minimal. El vacío de Cuevas es la experiencia transgresora del arte conceptual, sino la materia austera de la creación y el culto que el artista le profesa. Rito mágico que descubre sentidos, ordena perspectivas, perturba el asombro.

Dibujar para Cuevas es imponerse sobre los materiales (ponerse en su espíritu, no superponerse) y, sin dejar de ser esa materia, darle vida, un hálito, un ser a un nuevo nivel, el artístico. Así, pues, la obra de Cuevas pertenece a una sensibilidad única, íntima, intransferible, cuyo eje elemental es y será la anulación del tiempo. Cuevas ha domesticado la rebelde figura y el vacío constante, es decir, ha logrado percibir el espacio del universo.  Cuevas piensa que el dibujo se diluye entre el ritmo de un trazo, hay que entenderlo, profanarlo y observarlo. Pero, en último término, su comprensión no es asunto de conocimiento, sino de intuición, como lo demostró en la serie de grabados dedicados al Marqués de Sade. Se intuye con la mirada, dice Cuevas, se destruyen las formas y se consolida en el resultado final, ya sea gráfico o plástico.

En esta serie dedicada al Marqués de Sade, realizada en 1989, Cuevas hace un homenaje no sólo al escritor sino a la poesía. Con esta obra recupera el discurso poético que siempre está presente en su trabajo. La poesía es un capricho para desatar el dibujo como acorde musical, como fuerza cósmica que se entrona entre ambas artes. Creo que Cuevas quiso cuestionar así la línea divisoria entre mito y realidad, entre imagen y estampa, pues para él la línea no es recta ni redonda, sino elíptica; por ello se cuestiona constantemente. Espacio que se enfrenta, lenguajes enemigos: un micro espacio que se une en un mismo límite: espacio poético y visual.

Los dibujos dedicados a esta inquietud, o a los poemas de Quevedo, recogen esa preocupación, que lo ha llevado a innumerables hallazgos. El poema no es la proyección visual, el dibujo es su propia proyección. Un deseo que siempre da en el blanco, que siempre interpreta el poema. El enigma de ambos es destruir su propio universo. Esta afirmación perpetua define un equilibrio mítico sobre el vacío. El silencio de Sade, de Quevedo, el de Cuevas, se produce y reproducen en el milagro del arte, cuya presencia habla de los sentidos.

Cuevas entiende que el dibujo se convierte en un drama de elementos formales que dialogan y se articulan entre sí; hay que observar detenidamente sus autorretratos para descubrir en cada línea el espacio intermedio como signo de configuración estética. De aquí  también su búsqueda por la significación de los materiales. Cuevas jugó con los papeles, es decir, se articula en su mismo espacio. Mancha, levita, cuelga, desgarra, crea tensiones dramáticas, figuras uniformes que originan nuevos mundos.

Cuevas orquesta, juega con los conceptos, pues el uso de los materiales y el papel se lo permiten. Al suspenderse, la línea se articula en diversos relieves. Crea formas que son, en palabras de Octavio Paz: “monstruos que no están únicamente en los hospitales, burdeles y suburbios de nuestras ciudades: habitan nuestra intimidad, son parte de nosotros (…) El pensamiento de este artista está regido por los principios del magnetismo y la electricidad.[3]. Como dice Paz, cada personaje mancha, define, transforma la realidad; esta suspensión “real” da un carácter individual a la atmósfera poética-visual del artista. Sobre todo, al originarse nuevos espacios de sobra y luz, para gravitar en la memoria.

La definición de mancha y linealidad, de la superficie como espacio poético y de los volúmenes como forma visual, que tanto preocupó al constructivismo, aparece concretado en la de Cuevas en los años ochenta, con una sobriedad muy cerca de la delicadeza, que se puede reflejar claramente en sus dibujos y en su obra gráfica. Quizás toda esa concreción de ideas sea su serie Intolerancia, donde el espacio es un enigma yuxtapuesto al significado de las ideas. Esto es lo que la teoría del sociólogo e historiador francés Francois Furet ha llamado como el modo de asociarse y relacionarse con un conjunto de espacios ajenos, que mágicamente aparecen y desaparecen, se entrelazan y desencadenan significados inéditos.

Picasso, Matisse, Klee, Miró y más tarde Antoni Tâpies devolvieron la idea de la forma a la pintura. Cuevas cuestiona y contradice, no esta relación figura-espacio-tiempo, sino la revelación sorprendente de la expresión gestual, es decir, la obra como cuestionamiento de un espacio donde construcción y destrucción se unen. El arte, como apoyo de la meditación, explora el espacio como el silencio a la muerte. El espacio es una viviente totalidad, un fragmento corporal. Convoca y transgrede. No imagino la obra de Cuevas desde otra claridad, desde otra transparencia.

En más de cincuenta años de producción artística, José Luis Cuevas se ha movido por la energía de puntos contrarios: espacio-tiempo.  Y vuelvo a sus primeros dibujos: Copia de Orozco, 1949; Retrato imaginario de Diego Rivera, 1951, Luis Buñuel, 1953; Durante la lectura de Kafka, 1957; Apunte del natural de un cadáver, 1954, Gran señor (tres figuras), 1960; sus series de Autorretratos de 1980;  sus pequeñas cajas –objeto de  1978 y 1980; sus libros de artista con  poetas. Por ejemplo, Cuevas blus que hizó con el escritor francés André Pieyne de Mandiargues –editado en París en 1986- o los que realizó con Miguel Ángel Muñoz Convergencia, 2002, y Líneas paralelas, 2006, editados en México [4]-. Creación y contradicción continua que revela un horizonte que nos guía por su camino. Infinitus y límite. Este espacio tiene signo de acontecimiento. Como ya se ha visto, la obra de Cuevas responde a la invención de los límites. Forma vacía, paradigma contrario; exterior e interior.  En lo interior culmina sus secretos, en lo exterior logra entablar un diálogo estético concreto. Confrontación  radical, pero acertada.

Recuerdo que el poeta español José Ángel Valente me hablaba del silencio como signo de la poesía: “Porque el poema tiene por naturaleza al silencio”.  El dibujo de Cuevas tiene como arte la composición del silencio. Un signo unificante y unificado que está lleno de símbolos, que tenemos que descubrir a cada momento de nuestro propio espacio, quizás lleno de límites y de secretos.


[1] John Berger, El cuaderno de Bento. Editorial Alfaguara, Madrid, España, 2012.

[2] Mario Vargas Llosa,  Los monstruos de José Luis CuevasJosé Luis Cuevas. Exposición retrospectiva. Museo  Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España,  1998. Pág 57.

[3] Octavio Paz, Descripción de José Luis Cuevas, In/mediaciones,  Barcelona, España , Seix Barral, 1979.

[4] El libro Convergencia  serigrafías de José Luis Cuevas y poemas de Miguel Ángel Muñoz, fue editado por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos en 2002, bajo el cuidado e impresión de Enrique Cattaneo.

Miguel Ángel Muñoz, mexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Su dedicación a la creación artística actual es absoluta; compagina su labor en El Financiero, La Jornada Semanal y en la revista Casa del Tiempo, con la de comisario de exposiciones. Ha trabajado personalmente con muchos artistas; entre ellos, Eduardo Chillida, Rafael Canogar, José Luis Cuevas, Josep Guinovart, Roberto Matta, Antoni Tàpies, Richard Serra, María Girona, Vicente Gandía, Ricardo Martínez, Chema Madoz, Luis Feito, Xavier Grau, Charo Pradas, Ignacio Iturria, Albert Ràfols-Casamada, Robert Rauschenberg y Luoise Bourgeois. Es autor de los libros de ensayo: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos (Editorial Praxis, 1999), Ricardo Martínez: una poética de la figura (CONACULTA, 2001), La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas (Editorial Praxis, 2001), El espacio invisible. Una vuelta al arte contemporáneo (Ediciones Batarro, Málaga, España, 2004), Convergencia y contratiempo (Plan C Editores- CONACULTA, 2008), Espacio, superficie y sustancia. La obra de Ricardo Martínez (Siglo XXI Editores, 2009) El espacio vacío, (CONACULTA, 2009), Gutiierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso (CONACULTA, 2009). Asimismo ha editado y comentado los libros El asombro de la mirada. Convergencia de textos. (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2010) Espejismo y realidad. Divergencias estéticas de Rafael Canogar (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2011) y Elogio del espacio. Apreciaciones sobre arte de Rubén Bonifaz Nuño ( UNAM, El Colegio Nacional y UAM, México 2012).Además, es autor de los libros de poesía El origen de la niebla (CONACULTA, 2005), Espacio y luz ( Centro de Producción Gráfica, México, 2003) con serigrafías originales de Albert Ràfols-Casamada, Convergencia (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) y Travesías (Centro de Producción Gráfica, México,2004) con serigrafías originales de José Luis Cuevas, Cinco espacios para Rafael Canogar ( Ediciones El Taller, Madrid, España, 2004), con grabados originales de Rafael Canogar y Fuego de círculos ( Editorial Praxis, México 2012) Sus textos se publican en diversas publicaciones de México, España y América Latina. Es director de la revista literaria Tinta Seca. Es colaborador, asimismo, de las revistas Metérika (Costa Rica), Banda Hispánica y Agulha (Brasil). Actualmente se está capacitando como doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En 2009 fue reconocido por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana y la Facultad de Artes por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.

Louise Bourgeois

Miguel Ángel Muñoz

Recuerdo perfectamente (y me abstengo de la retórica primera persona del plural, que vía el poeta francés Yves Bonnefoy, tan excelente resultado procura a la obra de Bourgeois), mi primer contacto con Louise Bourgeois, -París, Francia, 1911- Nueva York, EEUU, 2010, la cual, tras casi medio siglo de oscura trayectoria artística, sólo recientemente se ha convertido en admirada figura de culto-, curiosamente no fue a través de su obra, sino con ella en París a principios de 1994.

Un recuerdo para aportar elementos, no sobre mi cosmopitalismo, sino sobre la penetración europea de una de las artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. En 1938 se trasladó a vivir a Nueva York, ahí inició cursos en la Art Students League, y se consagra definitivamente a la escultura, a partir de 1949. El espíritu del surrealismo, ya presente en sus primeras telas, se prolonga en la obra escultórica. La artista produce al principio piezas antropomórficas de madera de aspecto monolítico, o bien, apilamientos de fragmentos sostenidos por un eje metálico, aislados o agrupados. Se libera de la frontalidad realizada, con diversos materiales, distintas combinaciones de masas informes. 

Louise Bourgeois. Foto Especial.

Louise Bourgeois. Foto Especial.

En 1966 –su primera exposición individual fue en 1945 en la Galería Bertha Schaefer de Nueva York – decide participar en la exposición Eccentric Abstraction, y la crítica Lucy Lippard afirma que “rara vez un arte abstracto ha estado tan directa y honestamente informado por la psique del artista”, lo que le confiere a Bourgeois un papel, en oposición al minimalismo, de precursora de un arte subjetivista y antiformalista. En este sentido, Bourgeois continuó su carrera de forma independiente, muchas veces ante la indiferencia general de la escena artística americana, hasta que el MOMA le montó una muestra retrospectiva, cuando la artista había cumplido 71 años.

Bourgeois es una artista instintiva, vital, amante del derroche de energía y de la voracidad formal, que entre los elementos de su aproximación a la creación cuenta con la fuerza plástica y una innata maestría para el tratamiento de los materiales escultóricos. Este espíritu ha centrado su poética en una expresión íntima, aunque la amplia experiencia americana le cambió la escala, lo cual la ayudo a ocupar el espacio físico y a proyectar polémicamente su carácter creador.  Su enorme éxito a partir de finales de los  setenta, se debe en cierta forma a la crisis del severo formalismo americano, y su represora censura sobre lo íntimo y lo simbólico, los rieles de cualquier narración más o menos autobiográfica, como es la obra de Bourgeois. Se ha sugerido que la sintaxis artística de Bourgeois hay que buscarla en los orígenes de la escultura abstracta, en la investigación consciente de los tótems plásticos que acompaña el distanciamiento figurativo del expresionismo abstracto: Louise Nevelso, David Hare Seymour Lipton, Pollock y Rothko. Bourgeois fue una artista astuta que entendió su arte como un sistema apenas mediado de experimentación individual. Quizá el testimonio más elocuente sea el duro relato objetual que vemos en casi todo su obra.  Una narración centrada obsesivamente en la niñez infeliz: una madre autista y sufridora, un padre humillantemente enredado con la gouvernante inglesa. La trama de odio y desprecio que describe la sensibilidad dolida de una niña espoliada de afectos.

La artista se sirve del dibujo, del collage, la instalación y la escultura, con la que realiza variaciones, repeticiones, inversiones y giros, manteniendo un orden rítmico y un sentido global de la composición. Cada obra es un sistema de formas y líneas, no de símbolos: lo poético se convierte en duda, en signo. Es consecuencia de la exaltación de la memoria. El proceso que desencadena Bourgeois recuerda al del prestigitador, que arroja luz mediante un descubrimiento repentino.

Sus esculturas–objetos no son alegóricas, parecen hablar solo de sí mismas o de su relación con el espacio, la memoria, la arquitectura y, sin embargo, es deslumbrante en sugerencias. Asuntos como el de la ingravidez (a pesar de utilizar materiales y formas densas); la belleza estricta de los objetos y sus cualidades; la ausencia de encoladuras y solduras superfluas, todo ello configura una estética que posee la sensibilidad de lo nítido y de una sorprendente colocación. La escultura  deja de ser un objeto sobre un pedestal y se mezcla, sin perder su identidad. En este sentido, el eje plástico de Bourgeois no es simplemente una definición de espacios, sino construcción de la memoria o, si se quiere, reflexiones sobre una identidad genérica. Sobre todo en la obra escultórica y dibujística, donde la figura de la madre adquiere una dimensión sobresaliente (que se  han mostraron  en sus exposiciones retrospectivas en el Centro Georges Pompidou de París, en 1995, en el  Museo  Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, 2000 y en el Museo Guggenheim de Bilbao, 2002; en la TATE de Londres, 2007-2008. Y ahora la podremos ver en el Palacio de Bellas Artes, con una importante muestra titulada Louise Bourgeois: petite maman, que por segunda vez se muestra en México, una exhibición de su obra, pues ya hubo una hace un par de años en el Museo Rufino Tamayo). Es la imagen de la razón, de la fortaleza, de la protección, es una Ariadna con cuerpo de araña, amable y atenta, desprovista de la carga devoradora y negativa que le dieron algunos surrealistas. Significado inseparable de la imagen, lenguaje que a su vez es forma radical. Quizás la artista tiene un procedimiento más irónico, ingenioso y alusivo; es decir, se eleva por encima de las simples formas; define lo objetivo, compacto, difuso y extenso del dibujo; imita los recursos de cualquier línea: responde a la evolución antirreumática y a una búsqueda de expresiones que son parte de cierta sensibilidad moderna o, tal vez, muy antigua. 

Si observamos en retrospectiva la obra de Louise Bourgeois, podremos encontrar que hay una unidad cromática concreta; esto es, la primera revelación  contundente al respecto se produjo a partir de la visión de sus dibujos –véase  los grabados de He Disappeared into Complete Silence  (1947) y  The Destruction of the Father  (1974)- que mostraron claves para entender las obras más herméticas de su producción resiente, y desde luego,  marcan un antes y un después, pues significaba la liquidación simbólica de la figura del progenitor.  Ella misma ayudó a modificar la perspectiva crítica, evolucionando su temática a partir de la década de los 70, cuando las vanguardias pasaron de moda, y Bourgeois abordó toda clase de formas históricas, revelando una inteligencia analítica sagaz e irónica.

En su proceso escultórico ha venido reforzándose esa capacidad para retener una idea estética a través de formas simplificadas. En el 2002 Bourgeois presento en una galería madrileña su obra reciente, recuerdo unas figuras decapitadas, como era el caso de Arch  of Hysteria, (2000/2002), destacando por consiguiente las partes del cuerpo más emocional en detrimento de lo racional. Pero las cabezas de Bourgeois están lejos de exhibir rasgos y marcas reconocibles. Lo que siempre ha interesado a Bourgeois no es el detalle fisionómico o la expresión facial como determinante para comprender la supuesta verdad de la psique, sino una expresividad más vaga e inconcreta (recuerdo por ejemplo, instalaciones como Guarida articulada, 1986, Sin salida, 1989, Araña, 2007, Paisaje peligroso, 1997, Silla y tres espejos, 1998, The confessional, 2002). Los objetos parecen signos movibles, como animados por una voluntad mágica; a su vez, el sentido se despliega como un encuentro poético o un sueño mineral imaginario. Bourgeois ha atravesado un largo corredor de silencio, y de pronto, su obra ha cobrado una inusitada actualidad. La vida que empaña la mirada de Louise Bourgeois ha ganado en amargura y densidad. Transfigura el objeto más banal o se lo inventa, tal es su fuerza poética, estética y artística. El pensamiento del artista se desliza en su mirada.  Más contemporánea y radical que ningún creador. Aunque la artista posee una trayectoria ceñida a ciertos temas básicos, recurrentes, su obra siempre logra una solidez sorprendente.  No cabe, duda, la mirada de Bourgeois es dura, pero única.

Miguel Ángel Muñoz, mexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Su dedicación a la creación artística actual es absoluta; compagina su labor en El Financiero, La Jornada Semanal y en la revista Casa del Tiempo, con la de comisario de exposiciones. Ha trabajado personalmente con muchos artistas; entre ellos, Eduardo Chillida, Rafael Canogar, José Luis Cuevas, Josep Guinovart, Roberto Matta, Antoni Tàpies, Richard Serra, María Girona, Vicente Gandía, Ricardo Martínez, Chema Madoz, Luis Feito, Xavier Grau, Charo Pradas, Ignacio Iturria, Albert Ràfols-Casamada, Robert Rauschenberg y Luoise Bourgeois. Es autor de los libros de ensayo: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos (Editorial Praxis, 1999), Ricardo Martínez: una poética de la figura (CONACULTA, 2001), La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas (Editorial Praxis, 2001), El espacio invisible. Una vuelta al arte contemporáneo (Ediciones Batarro, Málaga, España, 2004), Convergencia y contratiempo (Plan C Editores- CONACULTA, 2008), Espacio, superficie y sustancia. La obra de Ricardo Martínez ((Siglo XXI Editores, 2009) El espacio vacío, (CONACULTA, 2009), Gutiierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso (CONACULTA, 2009). Asimismo ha editado y comentado los libros El asombro de la mirada. Convergencia de textos. (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2010) Espejismo y realidad. Divergencias estéticas de Rafael Canogar (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2011) y Elogio del espacio. Apreciaciones sobre arte de Rubén Bonifaz Nuño ( UNAM, El Colegio Nacional y UAM, México 2012).Además, es autor de los libros de poesía El origen de la niebla (CONACULTA, 2005), Espacio y luz ( Centro de Producción Gráfica, México, 2003) con serigrafías originales de Albert Ràfols-Casamada, Convergencia (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) y Travesías (Centro de Producción Gráfica, México,2004) con serigrafías originales de José Luis Cuevas, Cinco espacios para Rafael Canogar ( Ediciones El Taller, Madrid, España, 2004), con grabados originales de Rafael Canogar y Fuego de círculos ( Editorial Praxis, México 2012) Sus textos se publican en diversas publicaciones de México, España y América Latina. Es director de la revista literaria Tinta Seca. Es colaborador, asimismo, de las revistas Metérika (Costa Rica), Banda Hispánica y Agulha (Brasil). Actualmente se está capacitando como doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En 2009 fue reconocido por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana y la Facultad de Artes por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.

Revisiones y configuraciones de ver la crítica y el arte contemporáneo

Miguel Ángel Muñoz*

¿Renovarse o morir? Nunca me ha interesado definir al arte en corrientes, vanguardias o tendencias estéticas. Desde ahí el crítico, poeta  o historiador de arte se erige como comparsa de lo que propone, hay que analizar detenidamente, el papel que juegan hoy los marchantes de arte más poderosos, las revistas especializadas que siguen los pasos de éstos y los museos que apoyan sus intereses más banales. Los conceptos, el arte y uno mismo cambia, evoluciona.

Miguel Ángel Muñoz.  Autor: Vicente Gandía, 2001. Técnica: Gráfito sobre papel. Colección: Miguel Ángel Muñoz.

Miguel Ángel Muñoz. Autor: Vicente Gandía, 2001. Técnica: Gráfito sobre papel. Colección: Miguel Ángel Muñoz.

Sin embargo, no hay que negarnos el derecho a informar a un público más amplio que el «especialista» ni a emitir una opinión personal: cuanto más haya, más puede criticarse y calibrarse la imposición salvaje de las modas y minimovimientos que aparecen y desaparecen en segundos. En este sentido, lo que tiene de interesante cualquier momento artístico no es tener que seguir fielmente y como se creyó en los años ochenta o noventa lo más reciente, ni mucho menos, como creen los posmodernos en su versión más superficial, relativizar completamente el gusto sino la capacidad de releer críticamente lo que fue el arte moderno del siglo XX. De ahí que mis modelos de crítica sean, más que los franceses, sajones y estadounidenses, entre ellos cuatro figuras fundamentales: Robert Hughes, Meyer Schapiro, Clement Greenberg, Arthur C. Danto y Rosalind E. Krauss, que han adquirido a lo largo de los años la categoría de dioses insuperables, de maestros indiscutibles.

Por otra parte, la crítica de arte como especialidad autónoma en el relato artístico nació, como cualquier otra especialidad surgida de la modernidad, como consecuencia temprana de la división capitalista del trabajo intelectual, y se ha justificado, a mi modo de ver a la contra, en paralelo con la progresiva emancipación de los lenguajes creativos, con su distanciamiento de una trama histórica estratificada en estilos y momentos formales.  El crítico ha sido el defensor a ultranza de la forma contra la norma, y en ciertos momentos, a la inversa, de la legendaria perspicacia moderna del Diderot de los salones al radicalismo poético y crítico de Baudelaire, Válery o Apollinaire en plena   vanguardia  visual.

Parece que el historiador y el crítico de arte  -me gustaría incluir a los poetas que ejercen y han ejercido la crítica de forma brillante como Octavio Paz, José Hierro, José Angel Valente, Luis Cardoza y Aragón o Claude Esteban -, se sitúan en dos polos antagónicos, cuando de hecho la escritura del arte demuestra la dosis de voluntad adivinatoria y el conjunto de saberes inéditos, necesarios para adentrarse en la esfera artística que privilegia la inmersión  sensible,  frente a la interpretación narrativa lineal. En sus orígenes, la historia del arte era poco más que la de los artistas   –Vasari es el ejemplo– vinculados por parentelas del oficio, taller y patronazgo. Winckelman subrayó la excelencia individual de las obras de arte con relación a los ideales de perfección del arte griego, que en alguna medida debían imitar.  La historiografía romántica sintetizó un proceso lineal de progresiva complejidad formal y modelo cíclico –inicio, madurez y declive -, que hacen de los estilos sucesivos variables temporales del arte, y que tiempo después llevó al crítico norteamericano Greenberg a negar que el interés de la “crítica reside en el método y no en el contenido de los juicios”.

La crítica, suele aferrarse a las obras y movimientos concretos –más los autores “contemporáneos”-, caracterizadas a partir de la evolución del artista o a través del reflejo especular de los problemas perceptivos y sensibles que sugiere. Se trata de integrar la obra en la cabeza de hallazgos e intuiciones sensibles que construye el artista. Un análisis enraizado en el lenguaje propio del arte que discute las obras visuales como síntesis acabadas o fallidas de un enunciado formal. Es decir, de dar voz no sólo al concepto artístico, sino también a su lenguaje poético y lingüístico.

Pero la difusa realidad artística, política y cultural de hoy hace superflua cualquier diferencia y apela a la desnuda sensibilidad subjetiva, casi personal, frente a la obra plástica. Algunos críticos que admiro,  Arthur C. Danto, André Chastel, John Golding,  Clement Greenberg,  Meyer  Schapiro, John Ashbery,  J. F. Yvars, John Berger,  Yves Bonnefoy, Rosalind E. Krauss, Francisco Calvo Serraller, Valeriano Bozal, David Sylvester, Robert Hugues, Thomas McEvilley, Benjamin H.D. Buchloh y  Donald Kuspit, universales y diversos en formación, método y análisis,  utilizan en su aproximación al arte cuanta información  histórica colabora a desvelar el misterio o la trama de la obra nueva, pero conscientes siempre de las trampas que la autonomía formal supone para la coherencia de su narración, en algunos de ellos hay un rechazo total a la metodología historicista, para apoyarse en las teorías estructuralistas sobre la relación existe entre significado e imagen, para formular un discurso  sorprendente, como es el caso de Rasalind E. Krauss.

Desde hace años han surgido múltiples visiones distintas a las propuestas por Alfred Barr Jr, para el Museo de arte Moderno de Nueva York, que otorgaba toda la primacía a Picasso y Matisse; así, la recuperación de una visión europea ha vuelto a considerar movimientos infravalorados como el expresionismo alemán o el constructivismo ruso. Pero, se puede también, sin temor a considerarnos involucionistas afirmar que Jean Dubuffet,  Balthus, Morandi o Giacometti son grandes artistas, mientras la recuperación de Picabia posdadá ( que ya se dio en la excelente exposición que  organizó la Tate de Londres, bajo la curaduría de Jennifer Mundy),  hay que entenderla como una justificación de tendencias actuales, aunque esto nos conduzca a configurar un campo de estudio fragmentario, en el que el concepto de historia o crítica de arte, se entienda sólo como una visión global de un fenómeno.

En las recuperaciones, hay mucho de justo, algo de esnob y una gran necesidad de encontrar nuevos valores en el mercado del arte, que lleva años muy hambriento de encontrar causes nuevos. En Estados Unidos está de moda afirmar que una exposición de Rothko Gorky, Hopper Kokoschka o Motherwell » ha decepcionado» y se ensalza a un grupo insignificante de artistas «posmodernos», cuando la calidad es abismal. ¿Un discurso de la modernidad artística? No lo sé todavía.

¿Qué decir del momento actual? Leo Castelli, uno de los grandes galeristas del siglo XX, que tenía un ojo sorprendente y cuya edad le permitió mirar detenidamente el pasado, comentó en algún momento la brevedad y caducidad de ciertos movimientos emergentes como el Pattern painting, que apenas duró unos años en Estados Unidos. El recorrido propuesto es un viaje, entre el tardomodernismo y la globalización a lo largo de dos décadas tan turbulentas como amorfas. Unos años en los que se proclamó la muerte y resurrección de la historia y el tiempo y la realidad se ensancharon en todas direcciones. Esa época en la que el mercado se alzó definitivamente con el poder y el todo-vale se convirtió en nada-importa-gran-cosa-en-realidad. Cada lectura es siempre una opción. En mis planes, proyectos y escritos como historiador de arte está revisar con una cadencia anual la parte de lo contemporáneo, pero para contar esta historia en concreto, de teatralidad, resistencia y cambio, he optado  siempre por una selección de artistas y movimientos, que a mí no sólo me dicen algo, sino que también me rompen los esquemas estéticos. Hay ausencias deliberadas y otras impuestas por el espacio de un ensayo breve. Aunque en el fondo de mi selección artística subyace la fidelidad a la pintura, la fotografía y la gráfica, que son una sucesión lineal de nombres propios. Ese es el verdadero credo que me gusta, obseciona y gobierna.

Para construir mi relato, he escogido unos cuantos nombres y, obviamente, he dejado a muchos otros fuera. Dado que la reescritura de la historia resulta uno de los temas centrales del arte contemporáneo, la licencia parece plenamente justificada. Ahora bien, ¿es posible contar todo esto sin recurrir a la obra de artistas de la corriente dominante como Los expresionistas alemanes de finales de los setenta, Baselitz, Lüpertz y Penck o la artista conceptual Rebecca Horn siguen aportando una obra sólida, pero es Anselm Kiefer el que continúa con una fuerza que influye a cientos de jóvenes, o artistas más actuales como Roland Fischer y Günteher Förg, sin olvidar a mis admirados Sigmar Polke y Gerhard Richter. Los españoles Miquel Barceló, Cristina Iglesias, Francesc Torres, Susana Solano, José María Sicilia, Xavier Grau, Charo Pradas, Xomin Badiola, Pedro G. Romero, Rogelio López Cuenca, Alberto García Alix, Esteve Casanoves, Pello Irazu, y Chema Madoz, continúan ejerciendo una influencia decisiva en generaciones recientes, no sólo de España, sino de Europa. ¿Y sin un guiño a la triquiñuela mercadotécnica de Damien Hirst, Tracey Emin y el resto de los Young British Artists, que con tanta soltura dominaron los medios en los noventa? En Brasil, pienso en Ernesto Neto, Vik Muñiz, Adriana Verajao, Valeska Soares, Rosángela Renno y Cildo Meireles. De este último la sensación que provocan sus obras es la de pretender la superación de los límites, de una búsqueda de la expresión del infinito. Otros de mi galería son  el sueco Lars Arrhenius, los ingleses Gillian Wearing, Steven Rodney McQueenel; el suizo Peter Wiilthrich, los norteamericanos Lorna Simpson, Julian Schnabel, Mike Kelly y Paul McCarthy; el uruguayo Ignacio Iturria; el argentino Guillermo Kuitca; los dominicanos Elvis Avilés, Hilario Olivo, Tony Capellán, Raquel Paiewonsky, Jorge Pineda; los panameños Brooke Alfaro, Sandra Eleta y Jonathan Harker; los cuabanos  Kcho, José Bedia y Roberto Fabelo; los guatemaltecos Jorge de León, Yasmin Hage, Sandra Monterroso. Tengo que aceptar que hoy. En México el arte contemporáneo: pintura, gráfica, fotografía e instalación tiene un discurso estético importante, con una filosofía crítica, y hallagos reveladores en sus propuestas, cada vez más lejos de las corrientes en boga. Gabriel Orozco, Pablo Vargas Lugo, Erick Beltrán, Eduardo Abaroa, Minerva Cuevas, Demian Ortega, Laureana Toledo, Diego Guzmán, Rubén Leyva, José Villalobos, Gabriel de la Mora, Ernesto Ríos, Dulce Pinzón, César Flores, Patricia Henríquez, Francisco Quintanar, Tatiana Montoya, Marisa Boullosa, Jorge del Ángel, Sandra Pani, Luis Felipe Ortega, Alfonso Mena, Miguel Ángel Alamilla, Fernanda Deschamsp… Por otra parte, son muy interesantes, las disputas de género y los activismos feministas y homosexuales han alzado la voz en años recientes, bien desde los carteles que reivindican con enfado la ocupación de las calles, bien por la vía de lo grotesco (como en Freak Orlando, de Ulrike Ottinger) o en las poéticas visiones de Itziar Okariz y Eulàlia Valldosera.

En el terreno de la escultura la cosa se mueve con interés, como para afirmar que su último momento de eclosión, el minimalismo, ha sido superado y desbordado desde posiciones mucho más matéricas y metafóricas. No es extraño, que vuelvan a reconsiderarse los artistas del Arte povera italiano, junto a los que emerge otra generación (Luigi Mainolfi, Patrizia Guerresi, Lucia Romualdi); en España Jaume Plensa, Susana Solano y Juan Muñoz, han logrado propuestas contundes; los italianos Giovanni Anselmo, Michelangelo Pistoletto y Luciano Frabro, o, en Gran Bretaña los nombres de Anish Kapoor, Richard Deacon, Richard Long, Tony Cragg o Barry Flanagan, con mayor o menor fortuna, proponen a su vez obras distintas. Tengo que decirlo: mis artistas más admirados en este momento, y a los cuales sigo constante por el mundo; además de tener una devoción total por su arte desde hace un par de años son: Cai Guo-Qiang, William Kentridge, Sean Scully, Anselm Kiefer, Giuseppe Penone y Shirin Neshat. Artistas con una poética luminosa, única, que me conmueven hasta el límite. No pretendo con esto, hacer ni un mínimo de registro de lo que pasa hoy en el arte contemporáneo en México y Europa, sino sólo dar un paseo breve por algunos artistas que me interesan, y dejar registro de su situación en el mercado del arte actual.

*Miguel Ángel Muñoz, mexicano, es poeta, historiador y crítico de arte. Su dedicación a la creación artística actual es absoluta; compagina su labor en El Financiero, La Jornada Semanal y en la revista Casa del Tiempo, con la de comisario de exposiciones. Ha trabajado personalmente con muchos artistas; entre ellos, Eduardo Chillida, Rafael Canogar, José Luis Cuevas, Josep Guinovart, Roberto Matta, Antoni Tàpies, Richard Serra, María Girona, Vicente Gandía, Ricardo Martínez, Chema Madoz, Luis Feito, Xavier Grau, Charo Pradas, Ignacio Iturria, Albert Ràfols-Casamada, Robert Rauschenberg y Luoise Bourgeois. Es autor de los libros de ensayo: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos (Editorial Praxis, 1999), Ricardo Martínez: una poética de la figura (CONACULTA, 2001), La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas (Editorial Praxis, 2001), El espacio invisible. Una vuelta al arte contemporáneo (Ediciones Batarro, Málaga, España, 2004), Convergencia y contratiempo (Plan C Editores- CONACULTA, 2008), Espacio, superficie y sustancia. La obra de Ricardo Martínez (Siglo XXI Editores, 2009), El espacio vacío, (CONACULTA, 2009), Gutierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso (CONACULTA, 2009). Asimismo ha editado y comentado los libros El asombro de la mirada. Convergencia de textos (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2010), Espejismo y realidad. Divergencias estéticas de Rafael Canogar (Editorial Síntesis, Madrid, España, 2011) y Elogio del espacio. Apreciaciones sobre arte de Rubén Bonifaz Nuño ( UNAM, El Colegio Nacional y UAM, México 2012). Además, es autor de los libros de poesía El origen de la niebla (CONACULTA, 2005), Espacio y luz (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) con serigrafías originales de Albert Ràfols-Casamada, Convergencia (Centro de Producción Gráfica, México, 2003) y Travesías (Centro de Producción Gráfica, México,2004) con serigrafías originales de José Luis Cuevas, Cinco espacios para Rafael Canogar (Ediciones El Taller, Madrid, España, 2004), con grabados originales de Rafael Canogar y Fuego de círculos (Editorial Praxis, México 2012). Sus textos se publican en diversas publicaciones de México, España y América Latina. Es director de la revista literaria Tinta Seca. Es colaborador, asimismo, de las revistas Metérika (Costa Rica), Banda Hispánica y Agulha (Brasil). Actualmente se está capacitando como doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. En 2009 fue reconocido por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana y la Facultad de Artes por su “contribución al estudio del Arte Contemporáneo”.