Periodismo Cultural

Ricardo Muñoz Munguía

Primeramente quiero agradecer a la directora de la FeNaL: Lic. Ángeles Suárez Tacotalpan, por su brillante labor al frente de esta feria; al promotor y difusor de la cultura que actualmente radica en el Reino Unido: Eduardo Estala Rojas; y agradecer también el honor que tengo de estar hoy aquí, en esta mesa de Periodismo Cultural, con Gerardo Cárdenas: profesor, investigador y periodista cultural en Estados Unidos; a la periodista cultural Irma Gallo, a Kennia Velázquez, historiadora y reportera cultural, a la también periodista cultural Adriana Cortés Koloffon, una maravillosa amiga que ha llevado a cabo, a través de la entrevista, un amplio panorama que nos permite conocer a fondo tanto a autores como a sus obras; a Guillermo Samperio, un gran amigo y estupendo escritor que ha sabido profundizar ya no sólo en el periodismo cultural sino en su política y hasta en su economía y, sobre todo, a todos los presentes.

Ricardo Muñoz Munguía. Foto cortesía.

Ricardo Muñoz Munguía. Foto cortesía.

Sin duda, esta feria, que es de fiesta, es una magnífica oportunidad para darle la espalda al caos que México hoy vive, un México violento que da la espalda a la cultura. Por ello, aprovechemos y valoremos el significado de este tipo de eventos.

También quiero hablar de lo que se me ha pedido, que es la responsabilidad de estar en un medio de periodismo cultural, como el que ocupo actualmente en La Cultura en México, de la revista Siempre! —por cierto, en el que estoy para celebrar mi vals, pues cumplí ya quince años en este medio—, me hace prender las antenas y aprender de las buenas plumas. Una labor que en muchas ocasiones se vuelve espinosa por los casos de cuando se debe rechazar un texto, ya sea porque es insustancial o muy mal escrito o porque perdió vigencia. Sin duda, por su inmadurez o avaricia, un quehacer de conseguir enemigos, pero principalmente está la firme idea de mostrar el real periodismo cultural y afortunadamente tenemos el respaldo de autores valiosos. Por ello mismo, como lo he dicho a la menor provocación, el suplemento La Cultura en México está abierto al trabajo de exigencia, que contiene ideas y conocimiento, venga de quien venga; así pues, les doy nuestra dirección electrónica porque sé que habrá varios interesados: laculturaenmexico@yahoo.com.mx. Después del anuncio, es de mencionar que las ramas del periodismo cultural —donde cabe la música, el cine, el teatro, el reportaje, la entrevista que hurga en el fondo de la obra y del autor, las reseñas a libros de diverso género: ensayo, creación literaria, de investigación— procuramos atender a las propuestas más serias.

Por otro lado, lo que ya es muy dicho, de que la cultura y el periodismo cultural son castigados. Y de tal castigo pues cada vez se cierran más los espacios y/o en algunos medios la paga se vuelve más simbólica y en varios casos ni eso. El Periodismo Cultural es amor al arte, literalmente, un amor que debe ser correspondido porque de eso no sólo se vive, sino también se le invierte. Ello me hace recordar la anécdota de Armando Ponce con Julio Scherer cuando éste le propuso a Ponce fuera a cubrir la nota de que Octavio Paz muy posiblemente recibiría el Premio Nobel, o que no lo recibiría, lo que también sería una nota importante. Armando prefirió proponer a Carlos Puig y éste fue a la Universidad de Utah, donde estuvo con Paz y su esposa; el poeta no recibió en esa ocasión el premio, y la nota se tituló “El día que no le dieron el Nobel a Paz”. Finalmente se habla de invertir, aunque no se dé lo esperado, como precisamente fue el caso de Irma Gallo cuando consiguió la entrevista a José Emilio Pacheco, entrevista que no fue, pero Irma la supo iluminar con una estupenda crónica que aparece en la revista Variopinto de este mes.

Y para entrar en la esencia de lo que nos ocupa en esta mesa, abundaré en algunos puntos del enorme mundo que es el periodismo cultural. En el nacimiento de la inteligencia estaba firme la inquietud por el conocimiento, ante el conocimiento estaba el alumbramiento de la cultura y ante la cultura estaba la germinación del periodismo.

Gabriel Zaid ha enmarcado esta idea en una oración de exacto tino: “La cultura, que dio origen al periodismo, vuelve al periodismo por la puerta de atrás”. Y, en efecto, es de mencionar que pareciera ser que se trata de un ciclo, que su periodo de iniciar el retroceso ya tiene importantes avances. Apuntalemos esta postura: la diversidad de ideas, o algo parecido a ideas, pululan en el gigantesco mundo de la difusión, tanto impreso como digital. Ya no se trata de los escasos medios impresos que tenían una circulación entre lectores, que merecían cada una de las letras porque había exigencia en el periodismo cultural, ahora se trata navegar entre una enorme lista de medios y “periodistas culturales”, entre comillas, que, debemos aceptarlo, son la mayoría y no es que devalúen el valioso periodismo cultural, sino que abren una nueva propuesta, por llamarla de algún modo, alterna que, por su dimensión y flaqueza, le entran varios aunque de sustancia no se llevan nada.

Es así que nos encontramos con el periodismo de José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Vicente Leñero…, por mencionar a algunos. Sin duda, se vivía el clímax de la inteligencia y el conocimiento. Pero no nos debemos sentir en la orfandad, pues las valiosas plumas, simplemente, no pueden tener extinción, aunque se vean como luciérnagas en la noche apabullante de un periodismo reducido al amarillismo, a los eventos sociales, al embarazo de equis mujer o de la arruga que presentaba el traje de fulano de tal. De esa carga funesta creo vale, por mucho, el periódico mural que —ilústrenme si así sigue o no— en la primaria o en la secundaria se daba información de una noticia que era tratada en la escuela o, por alguna fecha histórica, se abundaba sobre el tema y, por qué no, hasta del próximo evento que tenían en puerta, ya sea el bailable del día de las madres o la celebración del día del niño.

Los exigentes lectores jóvenes, que tienen la perfecta claridad de su rumbo, se vuelven para sí mismos exigentes cuando se trata de tomar la pluma. Y en ese panorama, decía para no quedarnos en la orfandad literaria o cultural, han aparecido varios nombres que, por mencionar unos cuantos, podemos ver a David Huerta, Christopher Domínguez, Ignacio Solares, Marco Antonio Campos, Guillermo Samperio… Una tarea que si insistimos en ver el hilo de los hacedores del periodismo cultural nos acercamos a Alberto Chimal, César Arístides, Adriana Cortés Koloffon, Julio Trujillo, Jorge Volpi, Julián Herbert, Pedro Ángel Palou y, ya con mayor enfoque enlistaríamos así, de botepronto, a Hernán Bravo Varela, Javier Munguía o, precisamente, a Eduardo Estala, quien desde el Reino Unido, es un importante promotor y difusor de la cultura tanto para México como para Estados Unidos o para su lugar de residencia.

Por último, no soslayemos que tenemos un país violento, al que se le teme, donde ya tuvimos por mucho tiempo a la ciudad más peligrosa del mundo: Ciudad Juárez, y que ahora Acapulco ocupa el segundo sitio. Un México que sus gobernantes han tomado la cultura, y lo siguen haciendo, como si se  tratara de unas cuantas gotas de cloro en la alberca pero, si lo meditan un poco, sabrán que sin esa sustancia clorada, el agua de la alberca se pudre, como se pudre cada día este México nuestro. Muchas gracias.


Nota del editor: Texto leído en la XXIV Feria Nacional del Libro de León, México, 2013, a propósito de la mesa que abordó el tema: “Periodismo Cultural en México y Estados Unidos”. Se publica en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor.  


Ricardo Muñoz Munguía, mexicano, poeta, narrador y crítico literario. Es autor de los poemarios Aire corredor, aparecido en la colección El ala del tigre de la UNAM en el año 2000; Amanterio, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, en 2005; Polvo de pabilos, de aparición en K Editores en 2010; de Melodías del suplicio, publicado por la BUAP en 2011 y de Luz silente, de próxima aparición en la UNAM. Su quehacer poético se incluye en antologías como Vuelta a la casa en 75 poemas (Editorial Planeta, 2001), Bestiario inmediato (Ediciones Coyoacán, 2000), 99 poemas de amor (Editorial Random House Mondadori, 2007), Anuario de poesía 2007 (Fondo de Cultura Económica) y en la Antología de poesía latina (Facultad de Filosofía y Letras, de la BUAP) entre otras. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Rubén Bonifaz Nuño en 1997. Su labor creativa y de crítica se ha publicado en distintos diarios y revistas, entre ellos La gaceta (FCE), Arena (Excélsior), la sección cultural de El Financiero, Tragaluz (Guadalajara), Solar (Instituto Cultural de Chihuahua), el suplemento La Cultura en México, de la revista Siempre!, del que actualmente es columnista y coordinador de redacción, y en la Revista de la Universidad de México (UNAM) en la que colabora en la corrección de la misma y donde es encargado del departamento de publicidad. Ha obtenido la beca a Creadores por parte del Conaculta en el Estado de Puebla.

El traductor de poesía como enlace entre dos culturas. El «Aminta» y sus reflejos.

Rodrigo Jardón Herrera

No sé si la poesía sólo pueda ser traducida por poetas. Lo que sí sé, es que el objetivo de la traducción de poesía es que al pasar a otra lengua siga siendo poesía. Por la complejidad del tema, se puede permanecer entre los andamios de una ontología del menester del traductor, sin nunca tocar un verso; o bien, se pueden enumerar todos los componentes técnicos del poema original y cómo es que sus equivalentes en la lengua de llegada los comunican certeramente. Ambas posturas no sólo son loables, sino necesarias para comprender tan complejo proceso en el devenir de las palabras. Sin embargo, yo quisiera hablar del caso de dos poetas que han confluido en una misma obra a través una traducción: se trata de Torquato Tasso y Fabio Morábito.

Torquato Tasso. Imagen: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/tasso.htm

Torquato Tasso. Crédito de imagen: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/tasso.htm

La obra de la que trataremos es el Aminta, un drama pastoril que la mayoría de la crítica italiana no duda en calificar como el madrigal más bello de su tradición. Esta obra fue escrita en los albores de la mayor crisis de la historia italiana. Pertenece al periodo límbico que separa el Renacimiento del Barroco. En sus versos se percibe la funesta presencia de la Contrarreforma. Italia que desde la Edad Media se había consolidado como la región más innovadora, tanto social como artísticamente de Europa, perdió la libertad. Aunque no es hasta finales del siglo XIX que todos los pequeños estados de la península se funden para formar la nación que hoy día conocemos como Italia, este territorio adquirió con su deslumbrante literatura medieval el carácter de universal. A los nombres de Dante, Boccaccio y Petrarca, siguieron otros de igual valía, como el de Ariosto y el de Maquiavelo. El Renacimiento italiano fue un fulgor que prácticamente sólo duró los primeros treinta años del siglo XVI. Para 1544, que es el año en que nació Torquato Tasso, ya era perceptible la agonía de las cortes renacentistas.

Por otra parte, Fabio Morábito es un escritor mexicano nacido en Alejandría en 1955. Hijo de padres italianos, nuestro poeta llega a México a la edad de quince años después de haber vivido en África y en la ciudad de Milán. En el primer poema de su primer poemario Lotes baldíos nos hace partícipes de su historia:

Yo nací en una playa

de África, mis padres

me llevaron al norte,

a una ciudad febril,

hoy vivo en las montañas,

me acostumbré a la altura,

y no escribo en mi lengua,

en ciertos días del año

me dan mareos y vértigos,

me vuelve la llanura,

parto hacia el mar que puedo,

llevo libros que no

leo, que nunca abrí,

los pájaros escriben

historias más sutiles.[1]

Antes de la traducción de Morábito, la única con la que contaba la tradición hispánica era la de Juan de Jáuregui de 1604; realizada nueve años después de la muerte de Tasso. Situación que no puede soslayarse: hay que tomar en cuenta que la primera potencia que invade Italia en el siglo XVI es España. La generación de poetas como Jáuregui son hijos del momento en que el imperio de Carlos V se consolida como el más vasto y potente que Europa hubiera conocido. Así como Roma con Grecia, los españoles adoptaron las costumbres y las artes de los conquistados. El primer Aminta hispano es parte de esa apropiación cultural: una traducción no sólo de una obra literaria; sino de una forma de ver el mundo. Proceso histórico que en su madurez será conocido como Los Siglos de Oro. En el 2000, un poeta que decidió no sumarse a la tradición italiana entregó, en el territorio más emblemático de la conquista española, una versión nueva del Aminta en un español aprendido bajo el cielo de Anáhuac. Se trata de una más de esas afortunadas coincidencias en la historia de la literatura.

El mismo año que salió a la luz hubo una polémica a cerca de la nueva versión del Aminta entre Antonio Alatorre y nuestro traductor en la revista (paréntesis). Motivo de su crítica de la traducción de Morábito es rescatar el trabajo que cuatro siglos antes el sevillano había realizado. Lo que defiende de la primera traducción es que, por su cercanía temporal con la época de Tasso, cuenta con un lenguaje más acorde con el original italiano. Considera que a Morábito se le escaparon algunos “detallitos”, que en el lector pueden crear confusiones. Los errores de la traducción actual, según el académico, se deben a que Morábito usó expresiones y palabras que pecan de contemporáneas. Fuera de los anacronismos, resalta las buenas intenciones del traductor actual por sentir “la necesidad de llamar la atención sobre un poema tan hermoso y olvidado.”[2]

Opinión que evidentemente dio pie a una réplica por parte de Morábito. El traductor utiliza los ejemplos dados por Alatorre para fundamentar su trabajo, admite que “todos somos hijos de nuestro tiempo, y los versos míos que cita Alatorre comprueban, me parece, esta fatalidad.”[3] Explica que allí donde Alatorre dice que se les escapan “detallitos”, él considera que Jáuregui trató de embellecer palabras que en el original de Tasso no son de un registro áulico. Postula que “(l)a traducción (…) no es una metamorfosis, ni una conversión espiritual, sino un diálogo.” [4] Y un poco más adelante se detiene en este tema y da su postura concreta frente a la traducción:

Creo que cuando se traduce no hay manera de escapar de la fatalidad de “poner al día” el texto traducido, para emplear la fórmula de Alatorre (…) El original, en rigor, es siempre un texto antiguo, porque ya halló su forma. Quizá en el fondo la verdadera emoción de traducir consiste, más que en trasladar un texto a otro idioma, en rescatarlo de su tiempo para traerlo al presente, y la manera más radical de hacer esto es, precisamente, a través de su traducción a otra lengua. Y dado que estamos siempre traicionando el original, porque lo ponemos al día, creo que el traductor debería asumir esa traición y llevarla a cabo de modo consiente, o sea desde una perspectiva estilística concreta.[5]

Cada uno está defendiendo su postura frente a la traducción, en ninguno de los dos casos se busca imponer una verdad. Aunque en toda la polémica ambos autores se detienen en ejemplos del uso de algunas palabras concretas; el fondo de la discusión, me parece, enfrenta dos visiones de la literatura, no el mero traslado de palabras. Lo que Alatorre defiende es que una traducción como la de Jáuregui se realizó en un momento muy importante de la consolidación de la tradición hispana. Le impreca a Morábito que si lo que quería era realizar un Aminta contemporáneo, bien pudo tomar el ejemplo de La Odisea reinventada por Joyce. Postura del todo válida, pero que nunca dejará de poner en aprietos a un traductor actual, porque parecería que hay traducciones que por haber sido realizadas, literalmente, en el momento “más indicado” son intocables.

A mi parecer Alatorre tiene razón en su defensa de la primera traducción, así como Morábito tiene toda la razón en proponer una nueva versión. Yo creo que cuando se traduce no se realiza un traslado de palabras. Traducir, y específicamente traducir poesía, es una comunicación entre dos culturas. Así como en su tiempo la traducción de Jáuregui alimentó la tradición española, considero que el trabajo de Morábito enriquece nuestra tradición. La literatura no puede permanecer estática, es necesario que nuevas voces se alimenten en sus infinitos causes. La traducción antes que nada es una lectura. Retomando las palabras de Morábito, si traicionamos a la obra es porque como lectores somos transitorios, por lo tanto como traductores nunca podremos sustituir el original. Nuestro oficio crea equivalentes, obras paralelas. En un artículo llamado “El nado del traductor” Morábito puntualiza la idea de traición: “El traductor acepta, pues, que sin traición no puede haber traducción, de igual modo que sin sombra y penumbra el día sería inhumano. Ningún árbol es igual a otro árbol, pero la aceptación de la semejanza entre los árboles, que nos permite reunir su heterogeneidad de formas en una sola palabra, nos libera de ellos, porque impide que nos perdamos en sus infinitas diferencias.”[6] Por ello, para mí tanto la traducción de Jáuregui como la de Morábito son irremplazables. Son reflejos diferentes de la misma fuente, árboles semejantes que nunca hubieran podido ser iguales.

Quisiera evidenciar cómo es que entre Tasso y Morábito más que una traducción, hay un vínculo poético. El Aminta se sitúa en el territorio idílico del mundo bucólico-pastoril; temática que es muy importante para la literatura italiana. De hecho, uno de los términos más usuales con los que se relaciona este mundo es arcádico. Esta palabra proviene de una obra escrita durante el Renacimiento: la Arcadia de Jacopo Sannazaro. La Arcadia es un espacio inspirado en la tradición clásica como las Bucólicas de Virgilio. Uno de los críticos italianos más importantes, Francesco De Sanctis, puntualizó: “El cuadro habitual de la poesía clásica e italiana es el verde de los campos, las flores, los árboles, la brisa de la primavera, las frescas sombras, los antros, las corrientes, los pájaros, los blandos céfiros: cuadro decorado por el arte con sus estatuas y sus relieves.”[7] Naturaleza que, cabe destacar, es ornamental. Nada hay en estos parajes idílicos que pretenda asemejarse con la realidad campestre. Es más bien un espacio donde lo que impera son los recovecos propicios para el recogimiento. Este espacio, pues, no es una mímesis del mundo: es un invento, un artificio. Se trata de un paisaje íntimo, casi de una cartografía del espíritu.

Fabio Morábito es uno de los estudiosos de este tema. Su libro Los pastores sin ovejas es una reflexión a cerca de cómo lo que se concibe como bucólico y arcádico es parte connatural del hombre. Al inicio de este ensayo, el poeta presenta al lector ese momento en que durante un viaje por carretera, el viajante de vez en cuando fija su mirada en algún punto del paisaje. Ese punto del paisaje, que momentáneamente atrae la atención, es un jardín ideal que se lleva por dentro. Es una imagen instantánea, se trata casi de una ensoñación. En el poema “El clima más idóneo” de su segundo poemario, De lunes todo el año, Morábito versifica ese encuentro con lo bucólico:

Amamos un paisaje

sobre cualquier otro,

cierta manera de la luz,

cierta manera de unidad del todo.

Y en carretera,

rodeados por el campo,

 a veces descubrimos

ese pedazo de la naturaleza

que todo lo contesta,

aunque de nada sirve detenernos,

porque

sin la distancia y la velocidad

ese pedazo vuelve

a hundirse en lo nativo,

en lo insípido.[8]

Lo arcádico es pues “la pasión por el no-lugar, y el no-lugar, la pasión por no existir (…) ejercer la no existencia, vivir a salvo de la vida.”[9] Todo lo que acontece en este universo es el continuo no acontecer de la vida. Los pastores vagan y entre ellos se lamentan de sus fallidos amores con las ninfas, criaturas maravillosas que son inalcanzables; o así lo parecen, porque son parte de ese paisaje inasible. En este mundo, explica Morábito, no hay reyes, no hay una división jerárquica porque “la ambigüedad cortesana de desear simultáneamente la proximidad y la lejanía del rey es una ambigüedad típicamente bucólica (…) lo bastante cerca de él como para ser reconocidos y recordados, pero no tanto como para ser espiados.”[10]

Este no-lugar es de un carácter muy cortesano, y si llegó a nosotros es porque ha sido infinitamente traducido, infinitamente apropiado por culturas diversas, como es el caso del amor cortés medieval. Morábito, aunque nunca hace mención en su ensayo de ser poeta, comunica en silencio al lector uno de los valores supremos de la poesía: todo poeta se suma a una tradición, escoge uno de los tantos causes que alimentan el mar de la literatura. Antes de traducir los versos de Tasso, Morábito se había forjado un conocimiento sobre el tema: había traducido interiormente una idea. Su ensayo y su poesía podrían ser vistos como parte de la traducción del Aminta, o quizás el Aminta como parte de su propia obra. Su análisis poético se nos muestra como una reescritura, por lo tanto una reinterpretación de lo bucólico. Morábito, de hecho, hermana la traducción con la poesía:

(L)a poesía misma es la invocación de otra lengua, el sueño de comunicarnos con otras palabras y la necesidad de bañar nuestro entorno con nuevos ritmos y sonidos. La poesía es nostalgia de otras lenguas, que representa a su vez la nostalgia, el anhelo, de ser oídos en profundidad. En este sentido, la poesía imita la traducción, se presenta como una traducción y, como ésta, constituye un segundo nacimiento de la lengua, su emancipación del estrecho cerco nativo. De ahí el carácter enigmático de los traductores.[11]

Lo anterior nos permite aventurar que cuando se traduce poesía el autor vive una especie de desdoblamiento, porque traducir un texto implica una apropiación. Apropiación que no es el estudio de datos enciclopédicos, sino la interiorización de una forma de comprender el mundo. El poeta antes de traducir se ha traducido a sí mismo en esa visión. Proceso que como se quiere resaltar en esta charla, es le caso de los vasos comunicantes entre Tasso y Morábito. El género del drama pastoril es una continuación de la arcadia renacentista. Era un tipo de representación teatral que se llevaba a cabo en las cortes durante eventos importantes, como un matrimonio. El Aminta se representó por primera vez en el palacio de Belvedere en 1573 cuando Tasso tenía veintinueve años. Para la crítica italiana identificar esta obra con el final de su primacía en el mundo fue importante, pues como De Sanctis afirmó: “el idilio era el reposo de una sociedad cansada, la que frustrada toda seriedad de vida pública y privada, se refugiaba en los campos, como el hombre cansado buscaba la paz en los conventos.”[12] Es una fuga, a la vez que un goce lingüístico. Algo que siempre se le ha reconocido a Tasso es su musicalidad absoluta, Morábito dice en su introducción al Aminta que en esta obra premia:

(L)a supremacía de las palabras sobre los hechos a sus últimas consecuencias (en el madrigal de Tasso) la palabra adquiere un estatus de protagonista dramático, donde el comentario del hecho se vuelve más importante que el hecho en sí, y la interpretación de algo visto u oído, o sea la conjetura, la cavilación y el consecuente ensimismamiento, constituyen la sustancia del proceder de los personajes.[13]

En esa misma introducción, Morábito propone que el Aminta más que una pieza teatral parece un conjunto de monólogos entrelazados. Y de hecho, al leer los diálogos no podemos dejar de constatar que en ella no sucede nada frente al espectador. Como en la tragedia griega, la mayor de las veces los personajes sólo rememoran, con nostalgia o terror, algún evento feliz o funesto. Al inicio de la segunda escena del primer acto, Aminta habla de su amor no correspondido recordándonos en su argumentación el mito de Orfeo (veamos el fragmento en voz de Tasso y de Morábito para constatar la música de ambos):

Ho visto a’l pianto mio

risponder per pietate i sassi e l’onde,

e sospirar le fronde

ho visto a’l pianto mio;

ma non ho visto mai

né spero di vedere

compasïon ne la crudele e bella,

che non so s’io mi chiami o donna o fera.

 

He visto responder al llanto mío

las piedras y las ondas conmovidas

y suspirar las frondas

he visto ante mi llanto;

pero no he visto y creo

que no veré piedad en quien, hermosa

y desalmada, dudo

si tengo que nombrar mujer o fiera.

En rigor los dos fragmentos comunican lo mismo. En cuanto a lo estructural, la obra de Tasso como todo madrigal está escrita usando sólo heptasílabos y endecasílabos, cosa que no se le puede objetar a Morábito, porque también él alterna en su traducción sólo heptasílabos y endecasílabos. Sin embargo, la forma en que los dos poetas realizan esta alternancia difiere, como se puede apreciar en el fragmento anterior. En Tasso la secuencia de los ocho versos es de 7, 11, 7, 7,7, 7, 11, 11; en Morábito es de 11, 11, 7, 7, 7, 11, 7, 11. No obstante, una de las razones por las que el Aminta es considerada una obra maestra para la crítica italiana, deriva de la gran naturalidad y espontaneidad con la que Tasso emplea ambos tipos de versos para que nunca decaiga la musicalidad. Y musical también es la traducción realizada por Morábito, que si alterna de manera distinta los heptasílabos y los endecasílabos es para tratar de ofrecerle al lector de ahora una representación sonora de esa soltura, maleabilidad y musicalidad del verso tassesco.

El porqué de esa decisión nos lo da Morábito en su artículo “El nado del traductor”: “la traducción trae a la superficie una senda previa a la que no añade nada. Su manera de sacar a luz un texto, ahorrándose las incontables vacilaciones con que fue escrito y cuidando sólo de no maltratarlo, como quien recibe un regalo delicado y quebradizo, tiene algo de magia, incluso de burla, tal como un atajo se burla de la red consagrada de caminos.”[14] Finalmente como aclara como más adelante aclara el autor en ese mismo ensayo: “La mayor virtud de un traductor, por ello, no es la precisión sino el ritmo.”[15]

Ahora regresemos al fragmento anterior para ver su contenido. En él Aminta se lamenta por el desprecio de la ninfa ante su amor. Desconsolado constata que aunque el mundo se conmueva por su canto, la mujer que él ama es un muro sordo a su sufrimiento. Morábito en su estudio sobre el bucolismo explica que en ese género es fundamental la abundancia de “(l)ágrimas, suspiros, desmayos, quejas, rubores, enmudecimientos, (…) todo el amplio repertorio de una sensibilidad extenuada y melodramática”[16]. Repertorio emocional que el lector actual puede encontrar decimonónico y afectado, pero que visto a la distancia se presenta como origen del ensimismamiento y de la subjetividad de la poesía moderna. Este recogimiento del poeta es considerado por De Sanctis como una de las características fundamentales del influjo poético italiano:

El idilio italiano no es imitación, sino creación original del espíritu. En Petrarca se anuncia cual se afirma en Tasso: un dulce fantasear entre los mil rumores de la naturaleza. El alma retraída en sí es melancólica e inclinada a la ternura; sentimos su presencia y su acento en aquel fantasear. La naturaleza se vuelve musical, adquiere una sensibilidad, expresa con sus imágenes murmullos y sonidos, voces de la vida interior (…) la cosa no tomada en la naturaleza y simplicidad de su existencia, sino convertida en un fantasma y en un concepto del espíritu.[17]

Morábito desde su primer poemario parece buscar aquel paraje donde fuera del estruendo el alma se encamina a ese jardín interior. Si canta a los lotes baldíos es porque en ese abandono se disfraza la esencia de las cosas. En este poeta la cotidianidad se despoja de su apariencia anodina. Lo bucólico está presente en el recogimiento del poeta que tras el escombro o la ruina encuentra la música, ese fantasma indicio de un concepto del espíritu:

A la ciudad más grande

vine a dar, a esta urbe

que nunca cicatriza;

la lengua aquí se esconde bajo tantas heridas

que hablar es lastimarse,

y quien habla mejor

es quien lastima más,

el que mejor se esconde.

A una ciudad sin prados

vine a dar, sin afureras,

compacta como imán,

vacía como una esponja,

que en sus baldíos me muestra

sus vísceras, sus ángeles,

su infancia acalorada.

Ahí siento claras ráfagas

de tiempo y poesía.[18]

Aunque en la poesía de Morábito con frecuencia el autor hace mención de elementos propios del paisaje bucólico, lo que queremos recalcar es que su bucolismo es algo más profundo, si se quiere más sanguíneo. Cuando alguien hace poesía nos da la impresión de que previamente se ha vaciado en una tradición; se ha abismado en ella para encontrar su propia voz en ese eco lejano. Para que la palabra se materialice en el texto, el escritor primero se ha traducido a sí mismo en esa idea. Y qué es un traductor sino un escritor. Un caso raro de escritor, porque al hacer hablar al otro, al traer al presente una voz como dice Morábito, él mismo se crea. Para muestra hace falta un botón. Una de las cosas que nuestro poeta recalca en su ensayo Los pastores sin ovejas, es que en el bucolismo nunca hay un retorno, es un mundo de “virginidades perpetuas”; es ese punto de la vivencia que casi nos parece fuera del tiempo y del espacio. El poeta se ensimisma para que en el resabio de ese no-tiempo resuene una luz en sus versos. Como bien lo indica, es “la eternización de ese instante” que nos muestra el absoluto: el consuelo que siempre buscamos. Este instante es casi como una fotografía antigua, en la cual nos sentimos reconocidos con sorpresa, porque lo que captó el celuloide fue es algo tan íntimo que no nos parece haberlo vivido, algo así como un dejà vu. Este tipo de instantes son característicos de algunos poemas de Morábito, como es el caso de su poema “Los columpios”, bucólico en su esencia:

Los columpios no son noticia,

son simples como un hueso

o como un horizonte,

funcionan como un cuerpo

y su manutención estriba

 en una mano de pintura

cada tanto,

 cada generación los pinta

 de un color distinto

(para realzar su infancia)

pero los dejan como son,

no se investigan nuevas formas

de columpios,

no hay competencias de columpios,

no se dan clases de columpio,

nadie se roba los columpios,

la radio no transmite rechinidos

de columpios,

cada generación los pinta

de un color distinto

para acordarse de ellos,

ellos que inician a los niños

en los paréntesis,

en la melancolía,

en la inutilidad de los esfuerzos

para ser distintos,

donde los niños queman

 sus reservas de imposible,

sus últimas metamorfosis,

hasta que un día, sin una gota

de humedad, se bajan

del columpio

hacia sí mismos,

hacia su nombre propio

y verdadero, hacia

su muerte todavía lejana.[19]

Este poeta trae al presente y hace nuestra esa tradición de forma tan sutil que algo cotidiano como un columpio adquiere un cariz poético; porque lo que importa nunca es el objeto en sí, sino cómo es que el escritor traduce un sentimiento universal a su presente. La poesía de Morábito muestra que la literatura es un diálogo permanente. Para que el pasado poético perviva es necesario que las formas y los contenidos literarios sean reinterpretados en épocas distintas. A través de la obra de este poeta, podemos aventurar que la traducción es un acto connatural del arte, porque hay ciertos prados recónditos que siempre han sido los mismos. El hecho de que contemos con esta nueva traducción del Aminta hace explícito que la literatura es ese milagro que nos permite comunicarnos con pueblos y tiempos ajenos a nosotros. Podemos concluir que escribir es traducir, y que la traducción literaria evidencia nuestro vínculo con ese espejo mágico que nos unifica, que nos hace menos distintos.


BIBLIOGRAFÍA:

ALATORRE, Antonio y Fabio Morábito, “Disonancias entorno a Tasso: disputa por un bucólico”, en (paréntesis), México, año 1, num. 3, Febrero 2000, p. 62-72.

DE SANCTIS, Francesco, “Torquato Tasso”, en Historia de la literatura italiana, II, Desde el siglo XVI hasta el siglo XIX, Buenos Aires, Ed. Losada, 1952, p.137-176.

MORÁBITO, Fabio, Delante de un prado una vaca, México, Era, 2011. 111 p.

—“El nado del traductor”, en Acta poética, México, num. 21, 200, p. 371-379.

La ola que regresa (poesía reunida), México, FCE, 2011, 179 p.

Los pastores sin ovejas, México, CONACULTA, 1995, 229 p.

TASSO, Torquato, “Aminta”, in Poesie, Milano, Rizzoli, 1934, p. 565-637.

Aminta, Trad. y prol. de Fabio Morábito, México, UNAM, 2001, 119 p.


[1] Fabio Morábito, La ola que regresa (poesía reunida), México, FCE, 2011, p. 13-14.

[2] Ibid., p. 65.

[3] Ibid., p. 66.

[4] Ibid., p. 67.

[5] Ibid., p. 68.

[6] Fabio Morábito, “El nado del traductor”, en Acta poética, México, num. 21, 2000, p. 377-378.

[7] Francesco De Sanctis, “Torquato Tasso”, en Historia de la literatura italiana, II, Desde el siglo XVI hasta el siglo XIX, Buenos Aires, Ed. Losada, 1952, p. 171.

[8] Fabio Morábito, La ola que regresa (poesía reunida), op. cit., p. 118.

[9] Fabio Morábito, Los pastores sin ovejas, México, CONACULTA, 1995, p. 16.

[10] Ibid., p. 54.

[11]Fabio Morábito, “El nado del traductor”,  op. cit., p. 378.

[12]  De Sanctis, op.cit., p. 162.

[13] Fabio, Morábito, “Prólogo”, en Aminta, México, UNAM, 2001, p. 11.

[14] Fabio Morábito, “El nado del traductor”,  op. cit., p. 374-375.

[15] Ibid., p. 375.

[16] Fabio Morábito, Los pastores sin ovejas, op. cit., p. 66.

[17] De Sanctis, op.cit., p. 162.

[18] Fabio Morábito, La ola que regresa (poesía reunida), op. cit., p. 26.

[19] Ibid., p. 72-73.


Nota del editor: Este texto fue preparado exclusivamente para la XXIV Feria Nacional del Libro de León, FeNaL, México, 2013, a propósito de la mesa de reflexión: “Traducción literaria en México”. Participaron Adrián Soto, Gerardo Torres Cervantes, Víctor Toledo, Rodrigo Jardón Herrera y Jeremy Anaya. Diversas circunstancias impidieron su lectura pública. Con la autorización del autor y la FeNaL, se publica en el Mexican Cultural Centre.   


Rodrigo Jardón Herrera, mexicano, egresado de la licenciatura en Letras Modernas Italianas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con especialidad en Traducción. Fue miembro del comité organizador del IV Coloquio para Estudiantes de Letras Modernas, donde presentó el trabajo: “Giorgio Manganelli y los ilimitados caminos de la locura”. Asimismo participó en la quinta edición de ese coloquio con la ponencia: “Teorema: el luminoso pesimismo. La fragmentación humana dentro del capitalismo, según Pier Paolo Pasolini”. 

Crítica cultural en México

Sebastián Pineda Buitrago

El mexicano-dominicano Pedro Henríquez Ureña dijo una cosa genial con respecto a la influencia de México en Latinoamérica. El 5 de septiembre de 1923 escribió para el periódico El Mundo del Distrito Federal un artículo que tituló “El hermano definidor”. Se refería, por supuesto, a México. Lo escribía después de su peregrinar académico por universidades de Nueva York, Minnesota y California, a lo mejor cansado de impartir cátedra sobre literatura latinoamericana y mexicana en un país de otra lengua y otro tiempo histórico.

“El hermano definidor”

Sebastián Pineda Buitrago. Foto de Diana Hernández Suárez.

Sebastián Pineda Buitrago. Foto de Diana Hernández Suárez.

Hasta hace poco, el eterno problema entre la América inglesa y la América Latina, la iniciativa, y hasta el derecho de iniciar, parecía monopolio de los Estados Unidos. [Algo parecido sigue sucediendo incluso con los propios estudios latinoamericanos, inmersos en la academia norteamericana]. Nuestro papel era, políticamente, pasivo, por lo menos después de Bolívar; a través del periódico y del libro discutíamos mucho –y discutimos todavía– “el peligro norteamericano”; a veces, los escritores proponían caminos eficaces de acción internacional, los juristas proponían principios, pero, en el momentos de obrar, con rarísimas excepciones, los países latinos se cruzaban los brazos ante los Estados Unidos. Las naciones que comenzaban a tener gran significación internacional –como Brasil, la Argentina y Chile– se limitaban egoístamente a defender sus intereses políticos inmediatos. Así en 1897, ningún gobierno prestó oídos a la proposición de Hostos, residente entonces en Chile, de que las tras potencias meridionales declarasen la independencia de Cuba en su lucha contra España: con esta intervención tal vez se habría disminuido la excesiva y exclusiva tutela que los Estados Unidos asumieran sobre la isla […] México está asumiendo, desde la Revolución, el “hermano definidor”. México está indicando a los pueblos de su estirpe, que hemos de confiar en nosotros mismos y solo en nosotros; que si nuestro poder material es escaso por ahora, y no bastaría para oponerse al ataque de los extraños, la fe en nuestro porvenir, la conciencia de que tenemos personalidad original que desarrollar y defender, nos dará fuerza para resistir, no solamente a la presión política del norte, sino a la presión diaria, incesante, del ejemplo y del éxito; sabremos oponernos a la conquista moral que sobre nosotros pretende ejercer una civilización incompleta e imperfecta, y que, si se realizara, nos tornaría pasivos ante la conquista militar[1].

No se puede entender la política cultural en México sin esta oposición –sin esta política de Estado– en oposición al Norte. Pero también del Norte han llegado las mejores renovaciones –influencias– de la literatura mexicana y colombiana. Creo que uno de los mejores críticos de la cultura mexicana ha sido un extranjero, o mejor, un chileno-mexicano que llegó aquí muy joven, a vivir en el DF con dieciséis años y a hacerse escritor. Hablo de Roberto Bolaño y, en especial, de un fragmento de su delirante y extenso y vastísima novela 2666 (póstuma, publicada después de su muerte). La cultura en México como política de Estado, por ejemplo, mediante una digresión sobre el Cerdo (Almendro), un poderoso editor con ínfulas de escritor que recibe al misterioso escritor alemán en Ciudad de México y lo pasea por el Zócalo, por la Catedral y por las antiguas ruinas de piedra del imperio azteca. En esta parte, Bolaño rinde un homenaje a «Visión de Anáhuac» de Alfonso Reyes:

«…se fueron a dar una vuelta por los alrededores del Zócalo, en donde visitaron la plaza y los yacimientos aztecas que surgían como lilas en una tierra baldía, según expresión del Cerdo, flores de piedra en medio de otras flores de piedra…» (p. 140).

Esas flores de piedra vienen de «Visión de Anáhuac», donde Reyes precisa:

“En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas”.

Bolaño, a través de la voz del exiliado chileno Amalfitano, devela cómo el Estado controla el «librepensamiento» de los escritores:

El intelectual puede ser un fervoroso defensor del estado o un crítico del Estado. Al Estado no le importa. El estado lo alimenta y lo observa en silencio. Con su enorme cohorte de escritores más bien inútiles, el Estado hace algo. ¿Qué? Exorciza demonios, cambia o al menos intenta influir en el tiempo mexicano. […] Esta mecánica, de alguna manera, desoreja a los escritores mexicanos. Los vuelve locos. […] La literatura en México es como un jardín de infancia, una guardería, un kindergarten, un parvulario, no sé si lo podéis entender. (p. 161).

2666 está llena de humor. Así desacraliza todo mejor. Desmitifica el patriotismo, refugio de canallas y una de las causas de mayor mortandad. Da a entender, al narrar la vida del raro escritor Benno von Archimboldi, cómo la historia europea se partió en dos pedazos con el nazismo alemán. O en tres. El editor Bubis, que publica las novelas de Archimboldi, lo sabe. Ha regresado a Hamburgo tras Hitler, pese a que todos sus parientes han sido quemados en campos de concentración. «Germania, triste de habitar y contemplar». Se lamenta de que no volverán a su editorial manuscritos de un nuevo Musil, de un nuevo Kafka «(aunque si apareciera un nuevo Kafka, decía el señor Bubis riéndose pero con los ojos profundamente entristecidos, yo me echaría a temblar), de un nuevo Thomas Mann». (p. 1011). Las descripciones descarnadas, a ratos de una violencia extrema, no están despojadas de belleza. Ni de ironía, cosa que le faltó a Kafka.

Pero ante todo, yo puedo hablar mejor del caso colombiano. Alguna vez reflexioné que también el intelectual debería contenerse en sus críticas. Ser ante todo auto-crítico. Desde la antigüedad ha habido dos modos de acercarse a la verdad: 1) con afán de poseerla para uno mismo y por medio de pruebas, ratificarla hasta llegar a la categoría de rey-sabio de Platón, y 2) sin afán de poseerla sino sólo de buscarla, que vendría a ser el ideal socrático de la sabiduría relativista, siempre en constantes precisiones y perfeccionamientos. Por desdicha, lo primero que aprenden muchos intelectuales es la arrogancia. Los errores pueden estar ocultos aun en el conocimiento de las teorías mejor comprobadas. En otras palabras, el papel de los intelectuales debería residir en la búsqueda de lo relativo a todo lo que pretenda erguirse como autoritario.

En su libro La responsabilidad de vivir (1995), Karl Pöppel se pregunta si los intelectuales pueden hacer algo para evitar el nacionalismo, el racismo y la violencia a que conlleva la aplicación de muchas políticas e ideologías. “Los intelectuales – dice Pöpper – hemos ocasionado desde hace siglos los daños más atroces. Las matanzas en masa en nombre de una idea, de una doctrina, de una teoría. Esta es nuestra obra, nuestra creación: el invento de los intelectuales. Solamente con que dejáramos de azuzar a unos seres humanos contra otros – a menudo con las mejores intenciones –, únicamente con esto ya se habría ganado mucho”[2]. Que Pöppel culpe a los intelectuales de muchas de las desgracias del mundo sin duda rompe con muchos patrones que se tienen estigmatizados desde la educación. ¿Quiere decir acaso cómo detrás de toda lucha armada hay una ideología anteriormente creada por algún intelectual y que después, por la fuerza de los fanatismos, un grupo de hombres busque llevarla a cabo a través de las armas?  La gente suele mirar a los intelectuales como seres inofensivos que se dedican a opinar sobre todas las cosas sin ser ellos mismos los directos operadores de esas cosas. Pero qué pasa cuándo lo que los intelectuales proponen se quiere llevar a la práctica. Muchos hablan de justicia social y equidad para todos, pero en la práctica es sumamente difícil. Aunque en el papel esté aparentemente probado,  existe una brecha entre lo que opina el intelectual desde un punto de vista contemplativo y lo que ejecuta el político desde los hechos mismos. Lo que en últimas pide Pöpper en su ensayo El conocimiento de la ignorancia consiste precisamente en volver consciente al lector de la dificultad que esta dicotomía encierra y de que nadie, en dado caso, lograra evitar ciertos errores.

No se puede pensar en hablar en un trabajo actual sobre los intelectuales y el poder sin remitirse a Platón y su teoría del rey filósofo (entiéndase por filósofo, “intelectual”). El académico colombiano Danilo Cruz Vélez escribió El mito del rey filósofo: Platón, Marx, Heidegger (1989) en cuya introducción aclaró lo siguiente.

La filosofía y la política pertenecen a dimensiones de la existencia humana totalmente heterogéneas. No hay, pues, entre sus formas de saber peculiares ningún punto de afinidad que motive el desliz de la una en el campo de la otra. Sobre todo, no tienen en común la vocación pantonómica, esto es, la tendencia de abarcar la totalidad de lo que hay. A la política, como es obvio, solo le interesa la realidad política – la coexistencia de los hombres en la polis. Además, la actitud primordial del filósofo frente a las cosas es distinta a la del político. La actitud del filósofo es solo contemplativa. Lo que él pretende es reflejar en la dimensión de la teoría las estructuras ontológicas del orbe político y de las leyes que lo rigen. La actitud del político, en cambio, es predominantemente operativa. Está gobernada por el anhelo de obrar sobre la realidad política (sobre el gobierno establecido, sobre las relaciones entre las clases sociales, sobre los partidos políticos y las ideologías reinantes, sobre los grupos de interés y de presión, sobre las libertades existentes o deseadas, sobre los modos cómo se está impartiendo la justicia…), para organizarla y administrarla, para conservarla o modificarla, o para destruirla y construir una nueva. Todo esto es de sobra evidente. ¿En qué se funda entonces la obstinada y persistente confusión de la filosofía con la política? El fundamento hay que buscarlo en el hecho de que tanto el saber filosófico sobre lo político como el saber que guía al político en su actividad se refieren a lo mismo. Pero también aquí cabe recordar el dicho de Terencio: “Cuando dos hacen lo mismo, no por ello es lo mismo”. Ambos tienen a la vista la misma realidad, pero apuntando cada uno a un blanco diferente dentro de ella. Esto es lo que da origen al campo de ambigüedades en que se mueve la confusión de la filosofía con la política. De suerte que, si se quiere resolverla, es necesario trazar una línea divisoria entre estos dos campos de la actividad humana”.[3]

Platón fue el primero en recomendar que para alcanzar la justicia los gobernantes debían convertirse en filósofos y éstos, a su turno, en políticos. Lo quiso aplicar dos veces en Siracusa (hoy Sicilia) pero fracasó aparatosamente con el rey Dionisio.  Para encontrar este problema en los tiempos modernos se ha consultado otro libro titulado Pensadores temerarios: los intelectuales en la política (2004), del académico estadounidense Mark Lilla. Allí, Lilla habla de las nuevos gobernantes filósofos que han dominado países enteros durante el siglo XX. La nueva Siracusa persiste en La Habana, apoyada por varios  intelectuales a quienes Lilla llama filotiránicos. “¿Cómo la tradición del pensamiento político occidental – iniciada con la crítica de la tiranía que hace Platón en La república y con sus fracasados viajes a Siracusa – ha llegado a este punto en que se ha vuelto aceptable argumentar que la tiranía es algo bueno, incluso hermoso?”[4]

La figura del político-intelectual ha causado nefastos resultados a los países que han tenido que soportarlos. No hay que ir hasta Cuba para observarlo. En Colombia, a pesar de no haber tenido dictadores, también se ha visto en los presidentes o políticos muy intelectuales. Algunos creyeron por muchos años, por un lado, que solamente a través de las columnas de opinión y el periodismo se podrían dirigir los destinos de los colombianos y solucionar los atrasos del país. Mientras otros creyeron que sólo mediante el uso de las armas se podría conquistar el poder para aplicar ciertas utopías, como la guerrilla marxista o la derecha paramilitar. Danilo Cruz Vélez explica este caso cómo una reaparición del mito del rey filósofo dos mil años después y se pregunta: “¿Cómo se produce esta transformación de la crítica? ¿Cómo logra la teoría salir de la cabeza de los filósofos para convertirse en instrumento de destrucción con la ayuda de las armas? Lo consigue, dice, cuando logra apoderarse de las masas. Y esto lo logra cuando comienza a argumentar ad hominem, cuando olvida su ley suprema, la cual le ordena argumentar siempre ad rem, es decir, ateniéndose exclusivamente a la cosa que trata de explicar. Este olvido se produce cuando se hace radical. Entonces agarra el problema por la raíz, la cual no son teorías ni ideologías, sino el hombre mismo. Aquí el hombre es el hombre de las masas, que cuando reciben la teoría la aplica explosivamente sobre la realidad por medio de las armas”. [5]

Por eso Popper advirtió que una de las raíces del autoritarismo es la soberbia a la que son susceptibles algunos intelectuales; son ellos quienes guían las mentes de los jóvenes y los conducen a un furor o a una violencia política que degrada la democracia. Popper sospecha que hay un tirano agazapado en todos nosotros y que el mejor remedio para extirparlo de nuestro ser, según sus propias palabras, radica en la autocrítica


[1] Tomado de Alfredo A. Roggiano, Pedro Henríquez Ureña en México, UNAM, México, 1989, p. 200.

[2] Pöppel, La responsabilidad de vivir, Barcelona, 1995.

[3] Danilo Cruz Vélez, El mito del rey filósofo. Planeta, Bogotá, 1989, Pág. 13.

[4] Mark Lilla, Pensadores temerarios: los intelectuales en la política. Mondadori, Barcelona, 2004. Pág., 169.

[5] Cruz Vélez…., 215. 


Nota del editor: Texto leído en la Mesa Crítica Cultural en México, Feria Nacional del Libro de León, FeNaL, México, 28 de abril de 2013. Se publica en el Mexican Cultural Centre con la autorización del autor. 


Sebastián Pineda Buitrago, investigador colombiano doctorando en Literatura Hispánica por El Colegio de México, estudió Literatura en la Universidad de los Andes, y en 2007 su tesis, La musa crítica: teoría y ciencia literaria de Alfonso Reyes, fue publicada en México por El Colegio Nacional. Investigador del Instituto Caro y Cuervo en 2010 fue becado por la Fundación Carolina para cursar el master de Filología Hispánica en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC en Madrid, España. Recientemente, además de artículos en importantes revistas internacionales, publicó una Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XX. 

¿Español mexicano o español argentino?

Pita Escalona*

Al llegar a Argentina descubrieron mi nacionalidad porque me escucharon decir: “órale”, “ahorita”, “qué padre”, “de nada”, y otras palabras que, a los oídos de los oriundos, suenan con diferente musicalidad y con un toque amistoso.

Pita Escalona. Foto Bicaalú.

Pita Escalona. Foto Bicaalú.

Cuando visité por primera vez la ciudad de Buenos Aires, me topé con muchas contradicciones: como que a Buenos Aires la llaman Capital Federal y que los nativos no son bonaerenses, sino porteños. En el aeropuerto de Ezeiza necesité un transporte para llegar a la ciudad, que queda como a sesenta kilómetros. Al taxi le dicen remís, y a los camiones de pasajeros, colectivos. Los camiones allá son sólo para carga. Al subirme al remís, lo primero que me preguntó el conductor, luego de la dirección, fue: “¿De qué cuadro sos hincha?” De momento quedé paralizada sin saber qué responder. La frase podría sorprender a cualquiera, pero más vale decir el nombre de un equipo extranjero, ya que los aficionados a los equipos locales viven en perpetua pugna y no vaya a ser la de malas que el taxista le vaya al rival. 

Para los mexicanos, ir de compras en Buenos Aires resulta divertido. Al dinero lo llaman plata, guita o mango. En las tiendas de ropa, a las tallas les dicen talles. La falda es pollera; la playera, remera; las mallas, calzas; la sudadera, buzo; la sudadera de invierno, pólar; la playera con cuello, chomba, y la chamarra, campera. A los colores los nombran distinto: el café es marrón; el azul claro, celeste, y el rosa mexicano, fucsia. En las tiendas de zapatos, a los tacones les llaman tacos; a los tenis, zapatillas, y a las chanclas de pata de gallo, ojotas. Descubrí el nuevo lenguaje al pedir que me mostraran una falda del aparador, al que llaman vidriera; de ahí comencé a preguntar hasta salir del probador con un vestido que compré porque las empleadas decidieron que se me veía “re lindo”.

A la hora de la comida quise comer algo ligero, así que en el centro comercial me acerqué a una barra de ensaladas. Pagué una de seis ingredientes a escoger. La empleada tomó el plato tras el mostrador mientras yo miraba los recipientes con verduras. Pedí lechuga, tomate, elote al que llaman choclo—, ejotes que son chauchas—, pequeños frijoles a los que nombran porotos— y aguacate, al que le dicen palta. Ordené un aderezo de jocoque, que para ellos es labán.

Por la tarde fui al cine y, antes de entrar a ver la película, descubrí que las palomitas se llaman pochocho y los hot dogs, panchos. En la noche me llamaron unos amigos porteños para invitarme a un boliche. “No soy muy buena y hace mucho que no juego”, respondí. Rieron. Para ellos el boliche es un antro, y al juego de boliche lo llaman, simplemente, bolos.

Fuimos a “lo de Roberto” así dicen cuando se refieren a ir a casa de alguien o a su negocioa escuchar tango en vivo. Los tangos fueron escritos con un lenguaje muy particular. Al principio cuesta trabajo entenderlos, ya que muchos de ellos incluyen el lunfardo, que es una jerga originalmente adoptada por los delincuentes para planear fechorías o escapes de las prisiones, con el fin de no ser entendidos por los guardias. Se dice que ese léxico se formó con la llegada de los inmigrantes, a finales del siglo xix, gracias a la mezcla de idiomas: italiano, español, lenguas africanas y nativas como el quechua, entre otros. La palabra lunfardo se cree que viene de Lombardía, una región al norte de Italia, donde llamaban lombardos a los ladrones. En la actualidad, lo que comenzó siendo exclusivo de la clase baja, ha sido adoptado por todos los porteños y por los habitantes de las ciudades y países cercanos.

Las letras de los tangos hablan mucho del bacán, personaje adinerado, bien vestido, al que le gusta disfrutar de la buena vida: un patrón; el bulín es un departamento de soltero; la mina es la novia; atorrante, vago, malviviente; pibe, niño; gil, tonto; curda, borrachera, y quilombo, desorden o desmán. Al calor de las copas de vino argentino, mi voz acompañaba los coros de algunos tangos conocidos, como ‟Volver” de Carlos Gardel.

De lo de Roberto nos cambiamos a otro boliche donde cantaban rock en español. Descubrí que sus letras también contienen lunfardo. A las tres de la mañana, afónicos y con un zumbido en los oídos, nos despedimos porque unos de mis amigos querían dormir un poco antes de ir al laburo, que es el trabajo; otro dijo que tenía que llegar antes del amanecer, si no, su vieja lo iba a matar. “¿Eres casado?”, pregunté. “No”, respondió, “mi vieja es mi mamá”.

A media mañana desperté con hambre. El olor a pan recién horneado me guió hasta la acera de enfrente, donde una cafetería afrancesada ofrecía desayunos. Las pequeñas piezas de pan, tras el mostrador, invitaban a probarlas. La mesera, una morocha con rulos, se acercó a tomar la orden.

Se me antojó un café con leche, un plato de fresas con yogur y unos panecillos. La señorita me dijo que las fresas eran frutillas; el café con leche, lágrima, y los panecillos, facturas. Pedí unos cuernitos, que allá les dicen medialunas. Sí, dije: “Quiero dos medialunas”. La chica me preguntó que si las quería de grasa o de manteca. La diferencia es que las de grasa son más crujientes porque están hechas a base de manteca y las de manteca más suaves, porque se elaboran con mantequilla. En la mesa no podía faltar el dulce de leche, que para nosotros es la cajeta para los argentinos cajeta es una mala palabra, al igual que concha. Cuando la mesera trajo los platillos a la mesa, dije: “Gracias”, y ella respondió: “No, por favor”, en vez de “De nada”.

Es gracioso, pero a la hora de la comida, de tres a seis de la tarde, los restaurantes cierran. Sólo se consiguen platillos fríos no muy elaborados, como sándwiches. Un sándwich de miga para los argentinos es un deleite, porque es artesanal y se ofrece también como bocadillo en reuniones formales. Se trata de un sándwich del ingrediente que se prefiera entre capas y capas de pan Bimbo sin orillas, que se cubre con un trapo húmedo con el fin de que se conserve fresco. A nuestras tortas las llaman sándwiches con pan francés o hechas con una especie de medianoche, pebete. El choripán es una riquísima torta de chorizo argentino. Para ellos las tortas son pasteles y al pan de los pasteles le llaman bizcochuelo. A nuestras tortillas les dicen crepas y sus tortillas son como la tortilla española de huevo revuelto con papa y cebolla.

Y qué decir de la conjugación de los verbos, ¿qué más querés vos?

Nota del editor: Este artículo fue publicado en la revista impresa Bicaalú, número 44, enero de 2014, que está a la venta en Sanborns y tiendas Duty Free de toda la República Mexicana. Se reproduce con la autorización de la autora y con el convenio firmado entre el Mexican Cultural Centre y la revista cultural Bicaalú. Para más información, visitar: http://bicaalu.com/

*Pita Escalona, mexicana, es maestra en Creación Literaria por el Centro de Cultura Casa Lamm en México.